El instante

Hacía tres semanas desde que había cambiado de casa, dos meses desde que había dejado el trabajo y tres años desde que había dejado a su mujer.

Cuando se levantó por la mañana, abrió la ventana de su habitación y sacó la cabeza para respirar el aire fresco de la calle. Miró a un lado y a otro y solo vio al barrendero, recogiendo sin prisas los montoncitos de basura que había ido formando. Por la esquina de la derecha apareció una mujer joven que miró hacia su ventana al ver la luz. Por un momento, los dos se miraron, y al momento siguiente, los dos desviaron la mirada como sin querer.

Ninguno de ellos podía saber entonces que un futuro en común acababa de prenderse en ese instante. Ninguno de ellos recordaría ese momento como el primer momento de los dos. Y, sin embargo, ya había sucedido.

¿Te acuerdas?

Seguramente tú no te acuerdes, Isabel. Llevábamos ya unos meses sin vernos y nos encontramos por oportunidad – No, por casualidad, no. Nunca pasan las cosas por casualidad-. Tuve la sensación de que éramos dos extraños, un beso calculado en cada mejilla y un “hola, ¿qué tal?” tan convencional…, o quizás los dos nos protegíamos de nosotros mismos. Hablamos de cosas, de cosas ajenas y de cosas cercanas, y, poco a poco, el aire entre los dos se fue entibiando. No sé cuánto duró, veinte minutos o, quizás, toda la eternidad, y nos despedimos siendo ya nosotros mismos, sin escudos, envueltos en un abrazo que volvió a fundirnos como entonces. Y yo tuve la sensación de que volvía a estar en casa.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Con sentido consentido

Cuando él se fue le pareció que el tiempo se hubiera detenido. El tiempo y la luz. Después, poco a poco, con algo más de ese mismo tiempo y de la misma oscuridad, fue reconociéndose, fue acomodándose en  la soledad y se fue desprendiendo de rutinas, de gestos, de evocaciones. Se sorprendió cuando una mañana se dio cuenta de que su cepillo de dientes seguía allí, junto al suyo y junto al tubo de crema dental, como si tal cosa, y algo la detuvo cuando hizo intención de tirarlo a la basura. En los dos meses siguientes, cada vez que ella se lavaba los dientes, una punzada le señalaba el centro del pecho, y un impulso la empujaba y la detenía a la vez. El día en que consiguió arrebatar el cepillo del vaso de cristal se sintió fuerte y, cuando lo vio en el cubo de la basura, se sintió libre.

Ayer fue al supermercado, como tantas otras veces, y, sin proponérselo, se acercó a la sección de droguería; miraba sin ver, se recreaba entre los aromas de aquel pasillo, hasta que reparó en el expositor de las cremas y los cepillos de dientes. Se puso frente a él y los miró sin moverse, como si la elección de un modelo o de un color fuera algo trascendental. Se acordó de él y, con el gesto natural del que necesita renovar su ajuar, escogió uno de mango azul. Después, cuando llegó a casa, lo colocó cuidadosamente en un cajón del baño, junto a las cremas de reserva, y se sintió preparada para mirar de frente al futuro.

El beso

Se le acercó y ella sintió el arrastre suave y firme de su mirada, como el de la maroma que ayuda a atracar el barco. Le retiró un mechón de pelo de la frente y entrelazó sus dedos con el cabello de su sien y ella se recostó un poco en la palma de su mano, abierta y acogedora, y cerró los ojos dejándose llevar. Sintió los labios de él sobre su boca, primero un leve contacto y luego la carne suave y tibia, abandonada a su propio latido. Así estuvieron una vida entera, sin tiempo ni distancia, sin conciencia de su propia existencia y,  al abrir los ojos de nuevo, ninguno de los dos era ya la misma persona que era antes de aquel beso.

El lápiz

El lápiz no obedeció. Volvió la mano y miró la punta para ver si se había roto, pero estaba intacta. Había escrito la A y la M y la O, pero la R, no. Volvió a escribir en el renglón siguiente y el lápiz se volvió a parar en el mismo sitio. Y la tercera, y la cuarta vez. “AMO”, leyó para sí, y se estremeció. Miró a su alrededor y vio las cosas de él dispersas por la habitación; “AMO”, pensó, y tragó saliva con dificultad. Las paredes se movieron hacia ella y temió ahogarse. Se levantó movida por un resorte y corrió hacia la ventana como un asmático, y así estuvo unos minutos, la cabeza afuera,  hasta que el aire fresco le devolvió la conciencia. Buscó entonces las llaves de casa y las dejó sobre la cama, junto a la hoja de papel escrito, recogió el lápiz y salió a la calle con lo puesto, hacia la libertad.

Querer y no querer

Yo no quiero envejecer contigo, yo no quiero planes ni rutinas que me cosan al dobladillo del tiempo. Yo no quiero despertar a tu lado cada día ni darte un beso franquiciado cuando sales por la puerta.  Yo quiero besarte siempre como si fuera el primer beso y darte un abrazo como si fuera la última vez. Yo quiero… yo te quiero cerca y lejos, siempre y nunca. Yo me quiero, contigo y sin ti.