La fotografía

Alguien compartió la foto en Facebook. Una foto en blanco y negro de un hombre anciano, con la cabeza girada hacia su izquierda, mirando a un crío de unos tres años que estaba sentado a su lado, absorto ante la cámara, los pies cruzados en el aire, colgando, y un cochecito de juguete sujeto entre las manos.

El niño parecía ajeno al viejo, concentrado solo en la magia de la fotografía. El viejo había pasado un brazo por los hombros del crío y apoyaba blandamente su mano izquierda sobre el hombro del pequeño.

No sabía quién era el anciano ni quién era el niño; ni siquiera conocía a la persona que había compartido la fotografía. Pero sintió de nuevo aquel cosquilleo detrás de las orejas, el cuerpo como ahuecado -quizás eso era la felicidad, no notar el peso de tu cuerpo, no notar que has de esforzarte para caminar, levantas ahora un pie y luego el otro y te despegas del suelo levemente-, y sintió sobre su hombro adulto la mano protectora del abuelo que nunca conoció.

Evolución

Creía, como en lo antiguo, que, con cada foto que hacía, robaba el alma de todo lo que fotografiaba y por eso erraba por ahí, cámara en mano, para llenarse del alma de las cosas o la gente; pero creía también, que, con cada disparo, un poquito de la suya, un atisbo de luz de sus ojos se perdía por el visor. Por eso andaba trastabillándose y dando tumbos, entornando los ojos para no errar el paso,  un poquito árbol, un poquito pájaro y un poquito niño o mendigo cada vez. Cada vez un poquito más camaleón y cada vez un poquito más ciega.

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