Diario de Pepín. Día 84

Hoy he visto otra vez a mi papá de antes. Mamá me había llevado a un sitio que no conozco, donde había gente que tampoco conocía. Menos mal que al cabo de un ratito apareció Byron, mi hermano mayor –aunque todos nacimos el mismo día él era el más grande y el más parecido a mamita Alba-. Luego llegó Linda, pero apenas jugamos hasta que llegó Bri. Bri ahora se llama Luca, y no ha cambiado nada desde que se quedó en casa con Vicky y conmigo, hasta que me vine con mamá y con el chico de la gorra. Estuvimos juntos los tres –Bri, o Luca, o como quiera que se llame ahora- Vicky y yo mucho tiempo después de que se fueran todos los demás, con familias que llegaban a vernos y que se iban enamorando de todos. De todos ellos.

Hoy querían hacernos unas fotos y a mí me tocó con Luca. Se empeñaban en que nos sentáramos y nos estuviéramos quietos, pero es que eso es prácticamente imposible. Mamá sabe que yo solo me siento cuando veo a otro perro venir desde lejos. Yo me siento y me quedo observando  hasta que se acerca lo suficiente como para ponerme de manos y bailar delante de sus hocicos. Pero sentarme para estarme quieto, sin más, me parece una tontería de las grandes.

El caso es que, cuando salimos a la calle, mi papá de antes estaba allí. Yo no sabía cuánto les quiero, a él y a mi mamá de antes, hasta que lo vi allí, junto a la puerta. Empecé a mover el rabo y a contonearme y me fui derechito a meterme entre sus piernas. Y él me acarició como siempre, como si no hubiera pasado el tiempo.

Diario de Pepín. Día 83

Yo no sé qué ha pasado hoy.  Salimos temprano, como siempre, y, de pronto, ha empezado a caer agua del cielo como si estuvieran regando todo desde arriba; que a mí, alguna vez el riego me ha pillado descuidado sobre la hierba y me ha echado un roción de agua encima, pero es que, esta mañana, era un no parar; ni descuidos ni nada. Mamá dijo que había empezado a llover, yo nunca había visto tal cosa. Yo caminaba pegado a las paredes de las casas, pero me seguía mojando por encima y, por supuesto, me mojaba también las patitas con el agua que corría calle abajo. Estuvimos un rato enorme debajo de un balcón, supongo que mamá esperaba a que dejara de llover y yo esperaba a que mamá siguiera caminando, pero creo que a ella tampoco le gusta mojarse…

Tengo la esperanza de que, si esto de llover no había pasado nunca hasta ahora, pueda tirarse un tiempo parecido sin volver a hacerlo, pero no sé yo, porque el cielo sigue gris y las calles siguen mojadas.

Diario de Pepín. Día 82

Me asombro de que me quedan muchas cosas nuevas por conocer. Me pregunto cuándo acabaré de ver todo por primera vez.

Y es que, de pronto, salgo a pasear por la mañana temprano y me doy cuenta de que, durante la noche, le han salido un montón de cosas amarillas y marrones a la hierba. Y, cuando me acerco, me doy cuenta de que son hojas, como las de los árboles, pero sueltas, y que no pesan y se mueven –algunas- en cuanto me acerco y si corre un poquito de aire ya casi ni las alcanzo. Son hojas secas que cubren toda la hierba, y hacen montones en los recovecos donde el viento no llega, y, cuantas más hay en el suelo, menos hay en los árboles. Yo nunca había visto esto, y lo miro con una cierta desconfianza porque mamá pisa los montones amarillos –¡dice que le encanta!- y suena como si algo se rompiera debajo de sus pies, y entonces yo me separo de un brinco, que no sé lo que va a salir de allí.

Si lo pienso bien, hay cosas que, aunque sea la primera vez que las veo, yo ya sé lo que son, o lo que no son. Como si alguien me lo hubiera contado hace mucho tiempo sin yo darme cuenta. Porque, por ejemplo, hoy he visto unos hongos enormes y blancos entre la hierba y yo sé ya, porque sí, que no son comida. Por eso paso de ellos y sigo rebuscando a ver si encuentro un cachito de pan que alguien se haya dejado caer o que hayan puesto para los pájaros. ¡Al pan qué más le da que se lo coma un pájaro o que me lo zampe yo…! A mamá es a la que no le da lo mismo, a juzgar por cómo me riñe cuando cojo comida del suelo. Que un día la voy a morder sin querer y vamos a tener un disgusto, que me mete los dedos en la boca para sacarme lo que estoy comiendo, y yo no soy capaz de abrirla y tragar a la vez.

Diario de Pepín. Día 81

Algunos días no tengo fuerzas para cenar. Llego tan reventado del parque que solo quiero sofá; bebo unos tragos inmensos de agua, espero a que mamá me quite el arnés y me limpie las patitas y me enrosco en el sofá esperando a que ella se siente conmigo después de cenar. Y es que, en el parque, corro sin conocimiento. Corro detrás de alguno de mis amigos como si tuviéramos que dar la vuelta al mundo en una tarde, o delante, como si huyera de un fuego. El caso es correr como corren las liebres escapando de un galgo, porque también hay galgos en el parque, y también corro delante o detrás de ellos; ¡cómo no voy a cansarme!  

Yo creo que en este mundo debe haber varios modelos de felicidad. Una de las mejores es saber que está mamá, y que me quiere tanto que nunca va a abandonarme, y estar con ella es una de las cosas más bonitas que pueden pasarme; y otra diferente  es correr y correr y correr como si no hubiera un mañana. Esta felicidad también es muy buena, pero es mucho más cansada.

Diario de Pepín. Día 80

Yo no entendía cómo era posible que las esquinas y los árboles olieran a pis, hasta que vi a un perro meando contra una farola con la pata levantada. Era un perro muy grande, y su meada llegó tan alta que yo tuve que empinarme para llegar a olerla. Entonces comprendí que si yo meaba siempre apretando riñones, solo podría orinar en la hierba o en el borde del árbol o en la acera, pero nunca desde arriba. Así que llevo un día entero ensayando a levantar la pata para mear. Y más de la mitad de las veces que orino o marco el terreno, ya lo hago así, levantado la pata; bueno, las patas, unas veces una y otras veces otra, según cuadre a qué lado me queda la farola o la esquina, que no voy a darme yo la vuelta para levantar siempre la misma.

Yo creo que en cosas así se nota que voy haciéndome grande, grande de edad, se entiende. Y en que, a veces, me dan unos repentes que no puedo controlar, como el otro día en el parque, que no pude menos de ponerme encima de un perro más o menos como yo de grande y empezar a empujar con todas mis fuerzas mientras lo tenía abrazado por detrás. El perro protestó un poco, pero todos los papás que estaban allí se rieron. Yo no creo que hiciera el ridículo, porque otros perros también lo hacen y sus papás no se ríen de ellos. Mamá no se rió, abrió mucho los ojos, como cuando se lleva una sorpresa, y luego me quitó de allí porque dijo que al otro perro no le hacía gracia que yo estuviera “dale que te pego”. Eso dijo. Yo no sabía que lo que yo estaba haciendo se llamara así, “dale que te pego”. Cada día aprendo cosas nuevas.

Diario de Pepín. Día 79

Dice mamá que es un privilegio pasear por la Plaza Mayor cuando se despierta la ciudad. Yo no entiendo qué quiere decir, pero seguro que tiene razón. A mí me basta con salir a la hierba y a la calle, donde puedo hacer pis y caca y donde hay montones de meadas de otros perros que yo puedo ir oliendo; y eso sin hablar de los restos de comida que se va dejando la gente por ahí.

Lo que sí es verdad es que hay mucha diferencia entre la mañana y la tarde. Por la mañana el parque está completamente vacío, si acaso, alguien que atraviesa por allí para adelantar, pero, por la tarde hay muchísima gente y muchísimos perros. Nos juntamos hasta doce perros o más, que los ha contado mamá, el más pequeño, yo, claro. Corremos como locos y, al principio de llegar, nos peleamos un poco, pero solo un poco, y luego ya como si nos conociéramos de toda la vida. A los papás les hace mucha gracia que yo me ponga de manos, porque aguanto mucho rato e, incluso camino un poco así, pero es que no sé cómo piensan ellos que puedo llegar a olerle los hocicos a los otros perros si no es poniéndome así. Y, ahora que lo pienso, no sé por qué dicen que me pongo de manos si, en realidad, lo que hago es ponerme de pie.

Diario de Pepín. Día 78

Mamá tiene miedo. Cuando vamos al parque por la tarde hay muchos perros de todos los tamaños y yo corro, ya sin correa, hacia ellos. Nos lo pasamos en grande, sobre todo yo, porque soy el que más corro y todos los papás me conocen y se alegran de verme y me acarician. Yo, cuando veo que son demasiados perros o demasiado grandes y no puedo correr durante mucho tiempo, me meto entre las piernas de los papás y ellos me protegen. Y es que hay un perro, que casi siempre está solo porque riñe con todos, y que me ha perseguido como un loco enseñándome los dientes, y, claro, mamá tiene miedo porque dice que soy muy pequeño. Pero es que ella no se da cuenta de que yo corro como una liebre y, a no ser que me choque con otro perro o contra la valla de piedra, ninguno me alcanza, y, si me pongo de pie, le llego a los morros al perro más grande.

Que yo puedo ser pequeño, pero soy muy valiente.