El corazón y la palabra

Después de cuatro años, acabo de publicar mi segundo libro. Se trata de una recopilación de relatos publicados en este blog, a lo largo del tiempo. He seleccionado los que me han parecido más intensos y los que me han parecido mejor escritos.

A veces incurrimos en el error de pensar que, si ya tienes los textos, la publicación de un libro es «pan comido». Pero no, ni mucho menos. A partir de ahí, empieza la corrección de los escritos, porque hay una coma que no está bien situada, o un calificativo demasiado sonoro, o una repetición de palabras que resta sobriedad… mil cosas. Y luego la maquetación, el diseño de la portada y la contraportada o los textos que van a aparecer en ellas. Puedo deciros que se trata de un trabajo laborioso y muy, muy cuidado. Todos los detalles importan.

Os contaré una curiosidad. Con la corrección del libro he aprendido como escribir en el ordenador las comillas españolas «», porque las únicas que yo veía en el teclado eran las inglesas “”. Ahora ya las utilizo directamente, como habéis podido comprobar.

El libro se titula «El corazón y la palabra» y está a la venta en Amazon, tanto en ebook como en papel con tapa blanda. Espero que os guste.

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A veces lo hago…

A veces lo hago; perderme –literalmente, perderme-,  entre la gente de la ciudad. Salgo sin rumbo fijo, sin nada en particular de qué ocuparme, y camino por las calles del casco antiguo, o, por el contrario, me dirijo a las calles más comerciales, llenas de gente dispar que conversa y carga con bolsas, como anuncios andantes. Camino entonces como un sonámbulo que trata de orientarse, mirando todo y a casi todos, como si pasara las hojas de un libro para echar un vistazo rápido, dispuesto a sorprenderme siempre de los ojos que me devuelven la mirada al pasar. Mirar gente desconocida y que esa gente repare en mí me produce siempre una sensación de nudo en el estómago, me parece que quieren decirme mucho más de lo que yo soy capaz de percibir durante los pocos segundos que dura el contacto. De hecho, cuando esto sucede, cuando yo miro a alguien de forma aparentemente distraída, y ese alguien me mira a mí, se desdibuja todo lo demás, la ciudad misma, el aire, la luz, los otros, y solo tomo conciencia de sus ojos profundos, habladores, interrogantes.

Los días en que las calles están demasiado llenas, no; no soporto los codazos o los empujones, me agobian muchísimo, sobre todo si pienso en los niños pequeños que caminan de la mano de sus padres y lo hacen perdidos en un bosque de piernas, sin llegar a ver nunca, desde tan abajo, las caras de los transeúntes con los que se cruzan, esquivando los bolsos de mujeres descuidadas, que siempre se balancean a la altura de sus cabecitas.

Puesto que la ciudad cambia constantemente, he decidido que me gusta verla recién levantada, medio dormida y medio despierta, con la cara lavada y las ventanas abiertas para dar paso a esa luz dorada de las primeras horas del día, la que apenas calienta aún, la que no agobia,  la que lo baña todo de dulces promesas. Me gusta estrenar el día en las calles desiertas, donde solo me cruzo con algún estudiante en bicicleta, o con la gente que prepara las terrazas de las cafeterías para la invasión que les espera –en invierno, no, en invierno, los pocos que se atreven a caminar “bajo cero”, ahuecan los hombros para proteger la cabeza entre las solapas levantadas de los abrigos, mientras el aliento gélido camina por delante de las bocas-. Me resultan familiares los sonidos y los olores de esas primeras horas, puedo escuchar el zureo de las palomas y el canto enloquecedor de los pardales que atosigan los árboles y enmudecen cuando das una palmada al aire; y el sonido de las mangueras a presión rociando las aceras para devolverlas pulcras otra vez y arrastrar las huellas de la vida nocturna. Me gusta el olor a pan reciente, y a café recién hecho, y a churros calientes y tostadas –en cada sitio, un olor, siempre el mismo, como una identidad flotante y acogedora que me envuelve y mece y adormece mi cerebro como una nana intemporal-.

Sí, a veces lo hago; me siento inmortal por estas calles, mirándome en los ojos de los desconocidos…

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En el ocaso

Escoger el nombre había sido cosa de su madre, o, al menos, así se lo contaron cuando era pequeño, cuando él se dio cuenta de que casi todos los niños tenían un nombre corto y él, en cambio, no. O eso le parecía a él.
Solía llegar corriendo desde la escuela a su casa y le preguntaba a mami por qué sus amigos se llamaban Luis, o Manuel, o Jesús, o Javier, o… y él se llamaba con ese nombre tan largo, tan raro.
Su madre, entonces, dejaba la patata a medio pelar en el cestillo, o la labor de costura sobre la mesa camilla, y posaba sus manos, aquellas manos tan ágiles y delicadas aún, sobre sus pequeños hombros, se colocaba frente a él, con los ojos a la altura de los suyos, y le miraba con tanta ternura como él nunca volvió a ver en otros ojos a lo largo de su vida, ni siquiera en los de ella.
Entonces mami le contaba cosas de cuando su padre y ella eran muy jóvenes y no podían separarse uno del otro, -luego sí, luego papá desapareció de pronto un día y mamá lloró mucho, y muchas, muchas veces después, la vio en la ventana, con la mirada lejos y los ojos aguados-, y le contaba cómo soñaban con tener un hijo, el hijo más querido del mundo, el más deseado, porque ellos se querían tanto y querían tantas cosas buenas para él, que, incluso, habían decidido no ponerle un nombre cualquiera, un nombre vulgar como tantos otros. Su hijo era especial, y su nombre debía serlo también. Su nombre era el nombre de su abuelo paterno, porque papá había venerado a su padre y quería que su hijo heredara con el nombre la dignidad, la fuerza de voluntad y el carácter templado que siempre había admirado en él, y mamá escogió cuidadosamente un segundo nombre, nuevo, limpio de lastres, abierto a todas las posibilidades buenas que juntos se atrevieron a soñar para él, para su futuro.

Yo le conocí cuando los sueños de papá y mamá ya se habían esfumado, cuando ya era un viejo de poco más de cuarenta años que caminaba torpemente, como si fuera un polichinela, y el encargado de manipularlo no acertara a mover los hilos sino a base de pequeños tirones. Sus adicciones y todo lo que había ido dejando atrás a lo largo de su vida le habían vuelto gris la piel y el pelo raído, como de estopa, y miraba desde detrás de unos profundos ojos negros, bordeados de surcos más profundos aún. No podría decirse si se dejaba vivir, o, más bien, se estaba dejando morir, tal era su agotamiento. Su madre, a veces, le hacía compañía. Era la única que le seguía llamando por su nombre completo, quizás, pensaba él, porque seguía llamando al hijo que una vez soñó y que, a estas alturas, ya se había ausentado para siempre.
Se sabía próximo a la muerte, con esa certeza que no sienten los que cada día juegan con la vida como si fuera eterna. A veces, se mortificaba pensando cuánto de errores pasados y cuanto de mala suerte había en su camino, para después dejarse envolver en un bálsamo de resignación, de conciencia fatal a mitad de camino entre el azar y el destino, entre el remordimiento y la aceptación.
Se sentía un fracasado; seguro que no había sido el hombre que habían soñado por él, y el miedo y la debilidad le seguían paralizando, pero, en la oscuridad de su habitación, cuando los minutos se volvían eternos, enfrentado a su propia conciencia, se reconocía capaz de buscar la fuerza suficiente para enfrentarse a la muerte, a una muerte cierta y cercana ya.
Entre la niebla y el sueño, tuvo la revelación de su propia esquela, con aquel nombre suyo tan largo, tan único, y se dejó llevar; sin resistencia.

Todo es cierto, salvo alguna cosa…

Acabo de orinarme encima.
Los pantalones azules oscuros, heredados de mi hermana –a los seis años, casi toda la ropa que tengo es heredada de mi hermana mayor-, tienen ahora una mancha más oscura aún en la entrepierna, que se extiende hacia abajo por las perneras. Ahora están húmedos y calientes pero, cuando mi hermana venga a buscarme para llevarme a casa, la mancha ya estará fría, y sentiré más frío aún al salir a la calle, porque es invierno y tendré que caminar encogiendo un poco las piernas para resguardarme.
Doña Carmen, la maestra, está tiesa como un palo, al lado de su mesa, mirándome con los ojos como platos, los brazos a lo largo del cuerpo y las manos entre los pliegues del vestido oscuro. Doña Carmen casi nunca extiende las manos para acariciarnos la cara o colocarnos las trenzas, Doña Carmen casi siempre tiene puños, dispuestos a golpear.
-¡¿Te has meado encima?!- y adelanta un poco la cabeza, e inclina el cuerpo sin mover los pies, como si estuviera clavada en el suelo de madera del altillo desde el que nos vigila. -¡¿no os he dicho que me pidáis permiso para ir al water?!.
Yo no respondo, me quedo de pie, sin decir nada, ni siquiera intento tapar la mancha de orín que me delata, porque estoy llena de vergüenza y de miedo, y, además, aún tengo ganas de orinar.
Todas las niñas de la clase de tercero de párvulos me miran, se miran a sí mismas, desde sus pupitres de madera vieja y gastada. ¿Y, cuántas niñas antes que yo, y cuántas Doña Carmen viejas, gritonas y amargadas enseñando a niños que no son suyos, empecinadas en que la letra con sangre entra y en que la mano dura hace milagros?.
-No me dio tiempo…-respondo tímidamente. Pero no estoy segura de que haya llegado a oírme, en realidad no lo ha preguntado esperando una respuesta, le da igual lo que yo pueda decirle. Yo ya llevaba un rato despistando la urgencia de mi vejiga moviendo las piernas sin parar bajo el pupitre, dibujando números en la pizarra con el pizarrín de manteca y culeando, hasta que la urgencia pudo más que mi deseo de no interrumpir la explicación sobre las sumas y las restas.
-Mari Tere, vete a la clase de Dª María Rosa a buscar a su hermana y que se la lleve a casa.
Seguro que mi hermana piensa “¡otra vez!”, y vendrá a buscarme con ese mohín en su cara que tan bien conozco, me llevará a casa de la mano, ella un poco adelantada y tirando de mí, con el brazo rígido como un remo, porque está enfadada. Y avergonzada de que su hermana pequeña sea una meona.
Mientras espero a mi hermana, Doña Carmen saca a la pizarra a mi amiga Maribel para que haga una suma de ejemplo. La maestra escribe dos números con la tiza blanca, siempre tiene blancas las puntas de los dedos y siempre se sacude el vestido oscuro salpicado de polvo de yeso, y Maribel tiene que poner la suma debajo de la raya que está dibujando Doña Carmen. Mientras mi amiguita piensa la respuesta, la maestra escribe otra cuenta, y otra más. En la primera, Maribel acierta de pleno, aunque dudaba antes de escribir con dedos temblorosos, por lo que se rompe la barra de tiza al hacer fuerza y Doña Carmen le riñe y le da un trozo muy pequeño para evitar que se repita el destrozo. En la segunda se confunde y tiene que rectificar cuando Doña Carmen le pregunta si todavía no sabe ni hacer sumas de una cifra. En la tercera, ante el mutismo de Maribel, la maestra se acerca y la agarra por las orejas y tira de ella hasta la pizarra negra de la pared, hasta golpearle la frente contra ella mientras pregunta, no sabemos a quién, cómo va a ser capaz de meternos las matemáticas en la cabeza. Ninguna de las niñas osamos movernos, y Maribel intenta no llorar, a pesar del golpe en la frente, y del susto que se ha llevado, pero no lo consigue. Llora y moquea con tanto desconsuelo que el suelo se moja entre sus zapatos. Yo intento distraerme del frío de mi pantalón, y del tirón de orejas que me duele a mí también; por eso me fijo en la fotografía que está colgada sobre la pizarra, un hombre calvo y con bigote, con una especie de cinturón que le cruza el pecho, y una chaqueta cerrada hasta el cuello –es el mismo de los sellos de correos que utiliza mi padre para sus cartas, él los compra en pliegos y yo los desprendo por las líneas de puntos y los guardo, uno sobre otro, en una cajita de plástico transparente-, y una cruz de madera, con un hombre de metal que está clavado en ella con los brazos en cruz y la cabeza baja. Yo los veo, pero ellos no nos ven, seguro. No les preguntará a ellos, supongo, hasta una niña de seis años sabe que ninguno de los dos puede responder, ni siquiera pueden vernos… ¿Cómo iban a dejar que Doña Carmen nos diera en las uñas con la regla de madera si ellos nos estuvieran viendo?
Tener que ir a casa a cambiarme de pantalones hace que, tanto mi hermana como yo, no lleguemos a tiempo de ponernos a la cola en el recreo. Cuando llegamos al patio central de las escuelas, las filas de los niños ya casi se han desbaratado, y las de las niñas ya no existen, ya han repartido toda la leche de polvos que llenaba los peroles de porcelana del color del vino tinto, y el que más y el que menos, se entretiene jugando.
Después del recreo me ha parecido que Doña Carmen entraba más tranquila en la clase, el tono de su voz suena casi afable, pero todas nos mantenemos en guardia.
Cuando Doña Carmen vuelve al templete donde está su mesa, con la tiza en la mano derecha, levantada como si fuera un arma dispuesta a atacar a la pizarra, da un paso que casi la levanta en el aire y cae estrepitosamente al suelo, con tal golpe en sus posaderas que ha retumbado la madera, y su alarido atraviesa en nuestros oídos y la pared de la clase, porque en seguida llega la maestra de la clase de al lado para ver qué ha pasado.
Lo que pasa es que, al acercarse Doña Carmen a la pizarra, dispuesta a meternos en la mollera las sumas y las restas, ha pisado los mocos que Maribel no había podido arrastrar con la manga del baby, y habían quedado en el suelo. Lo que pasa es que todas miramos muy atentas, con los cuellos estirados como las gallinas, alzadas sobre los pupitres para alcanzar a ver, pero sin atrevernos a dejar los asientos para que no nos riñan. Nos brillan los ojos e incluso nos reímos a escondidas y cuchicheamos mientras Doña Carmen se ve incapaz de levantarse y se agarra tanto a la maestra que intenta ayudarla, que casi la tira también.
Doña Carmen no volvió a pegarnos. No sé convirtió en una buena maestra, ni en una maestra buena; dejó de dar clase porque sus viejos huesos no soportaron la caída y tuvo que guardar reposo más tiempo del que ella quería y el Ministerio pudo tolerar. En su lugar, a mi escuela llegó una maestra joven, de piel clara y voz suave, que nos explicaba despacio lo que se puede conseguir jugando con los números, y las maravillas del mundo que nos esperaba fuera, de modo que todas teníamos ganas de comprobarlo y salíamos en algarada de la escuela.

Mi memoria histórica.

La madre de mi padre se llamaba como yo, o, quizás mejor, yo me llamo como ella. Era una viejita pequeña y de carácter algo huraño, de moño apretado y nariz chata, muy chata, manos cuadradas de dedos cortos y vestida de gris, o de negro, o de negro con pintitas grises,…Recuerdo que, cuando ya estaba enferma, en una de esas largas enfermedades que socavan el cuerpo con tremenda paciencia hasta agotarlo, me llamaba para que le ayudara a ponerse las medias, tupidas y negras. Quizás su orgullo oculto bajo unos modos ásperos se relajaba un poco conmigo, porque llevaba su nombre y era la más pequeña. Mi abuela es ese recuerdo, y una fotografía familiar en el huerto de casa, seguramente un domingo después de misa, todos arregladitos, llevando en brazos a una niña menudita que no llega, probablemente, a los dos años, toda vestidita de blanco, y ella, toda vestidita de negro. Blanco sobre negro.

 Mi abuelo paterno, en cambio, sólo fue la fotografía de un hombre con chaqueta de pana, pantalón de pana, gorra y un varal bajo el brazo para ayudarse a dominar las vacas que cuidaba para otros.

 La madre de mi madre era la mujer joven que mostraba una cara resignada y envejecida prematuramente, y que aparecía en el cuadro del pasillo de mi casa en una composición fotográfica y extemporánea, forzada por la habilidad del fotógrafo, junto a un rostro masculino y joven, más joven que ella en tiempo y apariencia, peinado cuidadosamente, con un bigote rotundo y unos ojos tan profundos y negros como los míos y como los de mi hijo.

 El joven de la foto, mi abuelo materno, fue siempre el gran ausente, fue la presencia arrebatada. Durante años he visto al hombre de la foto con el mismo traje que lleva en ella pero sucio de barro, descosido y con los botones arrancados, con el cabello despeinado cayendo sobre la frente y los ojos negros, más negros aún por el miedo y la certeza de la muerte próxima, caminando junto a otros hombres sin rostro, tres o cuatro lo más, también jóvenes, todos con las manos atadas a la espalda y trastabillando por el borde de un camino, empujados a empellones por otros hombres de dientes apretados y rostro endurecido.

 He vivido con esta imagen todos estos años y hoy se me viene encima todo su miedo, toda su desesperación. Hoy, un documento escaneado, adjunto en un correo electrónico, me dice que su dolor y su impotencia tienen lugar y fecha. Víctor Sánchez González fue fusilado el 12 de septiembre de 1936 en Granadilla, provincia de Cáceres, a la altura del kilómetro  93,9 de la carretera de Valverde a Hervás; motivo de la muerte “disparos de armas de fuego”. El Registro Civil no toma nota de la realidad, solo de las circunstancias. Debería decir, motivo de la muerte “la intolerancia y la mezquindad” pero el apunte “disparos de armas de fuego” es mucho más conciso, y más gráfico. Debe serlo tanto, que aparece tachado. No está bien escribir que a alguien lo fusilan solo porque sí, sin cargos, sin juicio, solo con la sentencia de quien todo lo puede porque decide sobre la vida de hombres maniatados. El rigor profesional, en el margen del documento, aclara que las tachaduras se hacen por comunicación del superior del partido, en base a la orden nº 86 de la Ley. Qué cómodo es hacer leyes que protejan la impunidad y la vergüenza; menos mal que hay escribientes que dejan constancia en los papeles, constancia del deber cumplido, doble constancia del atropello de la muerte y del atropello de la mentira después. 

 Tenía treinta y seis años y, como sucedía en esos casos, a partir de su muerte, su viuda y sus cinco hijos vivieron como mal pudieron, bajo el signo de Caín, como tantos otros. El tiempo no lo cura todo, no nos engañemos, solo va echando tierra sobre nosotros, y por eso, cincuenta o sesenta años después, la biznieta del condenado sin delito y la biznieta del asesino pueden ser amigas, que en los pueblos pequeños, la mayor coincidencia es la edad y eso hace caer todas las barreras, sobre todo cuando la historia se ha tejido a base de silencios, unos, por temor, y otros, quizá por remordimiento.

 Mi madre ha vivido en el temor toda su vida, y nosotros, sus hijos, hemos tenido que librarnos de ese miedo que, a base de generaciones, se torna atávico, casi genético. El asesino quizá vivió en el remordimiento hasta convertirse en un viejo incapaz de soportar la carga de su delito. No hay redención sin castigo; quizá buscaba esa redención mientras hacía un nudo en la soga de la que acabó colgándose.

 

 

 

Acta de defunción

Instantánea.

Mi madre camina con pasos tartamudos, balbucea con los pies y levanta un poquito los brazos, como los polluelos las alas, buscando apoyo en el aire. Mi madre mira mucho al suelo, mira mucho a todas partes, con los ojos abiertos y la frente fruncida por el esfuerzo, pero no ve todo lo que mira, no le da tiempo a ver…. y se deja llevar sin protestar; más bien espera, aunque no lo dice, que la tomes del brazo y la lleves un poquito por delante, ahora que ella ya va detrás de casi todo….