Librería de viejo

El libro era un ejemplar muy viejo de una edición ya antigua. Tenía las hojas gruesas y ásperas, de márgenes escasos, y la letra demasiado pequeña para animar a leer.

Lo abrí porque los libros viejos despiertan en mí un interés especial, no tanto sobre ellos mismos como sobre sus dueños. A veces aparece un exlibris en las páginas preliminares, a veces una fecha o una firma y yo trato de imaginar su recorrido hasta allí, por qué dejó de interesar, si no gustó o si no gustó lo suficiente como para conservarlo.

No recuerdo el título de aquel, pero el autor se lo había dedicado a una tal Pilar con un cariño que, a buen seguro, no fue correspondido, y con el deseo, sin duda insatisfecho, de que le gustara. “A Pilar con cariño. Espero que te guste”.

Pensé, con alivio, que el escritor nunca habría llegado a enterarse de su fracaso.

Fomentar la lectura

Desde siempre, en Navidad y en Reyes, el regalo imprescindible para mí, han sido los libros. Me recuerdo de pequeña pegarme verdaderas panzadas a leer para aprovechar el final de las vacaciones.

Por eso, pensando en el placer de la lectura, he iniciado una campaña, que durará cinco días, para que mi libro “El corazón y la palabra” tenga un precio especial, tanto en papel como en ebook. 

Ahora el precio en ebook será de 1 euro, y en tapa blanda, de 5 euros.

Gracias por leer.

El corazón y la palabra

Después de cuatro años, acabo de publicar mi segundo libro. Se trata de una recopilación de relatos publicados en este blog, a lo largo del tiempo. He seleccionado los que me han parecido más intensos y los que me han parecido mejor escritos.

A veces incurrimos en el error de pensar que, si ya tienes los textos, la publicación de un libro es «pan comido». Pero no, ni mucho menos. A partir de ahí, empieza la corrección de los escritos, porque hay una coma que no está bien situada, o un calificativo demasiado sonoro, o una repetición de palabras que resta sobriedad… mil cosas. Y luego la maquetación, el diseño de la portada y la contraportada o los textos que van a aparecer en ellas. Puedo deciros que se trata de un trabajo laborioso y muy, muy cuidado. Todos los detalles importan.

Os contaré una curiosidad. Con la corrección del libro he aprendido como escribir en el ordenador las comillas españolas «», porque las únicas que yo veía en el teclado eran las inglesas “”. Ahora ya las utilizo directamente, como habéis podido comprobar.

El libro se titula «El corazón y la palabra» y está a la venta en Amazon, tanto en ebook como en papel con tapa blanda. Espero que os guste.

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Karma

Yo había cogido el primer tren de la mañana, de noche aún, y, como siempre, me puse a leer un rato. Había empezado hacía unos días la última novela de Almudena Grandes, “Los pacientes del Dr. García” y quería aprovechar la hora y media de viaje, porque no es éste un libro que se pueda leer de a poco.

El vagón casi se había llenado esa madrugada, al final de un trimestre universitario, con gente joven acarreando mochilas y maletones. Al cabo de diez minutos casi todos estaban dormidos, unos encogidos, otros contorsionados y, hasta alguno había con la boca abierta.

La chica rubia que se había sentado en mi fila, en el otro lado del pasillo, iba despierta y, de vez en cuando, miraba el móvil o bebía agua de una botella. Al cabo de una media hora cogió una bolsa de plástico blanco que había dejado sobre el asiento libre, la abrió, sacó una mandarina y se puso a pelarla. El aroma penetrante de la piel de la naranja, explotando en múltiples gotitas microscópicas, se extendió rápidamente y llegó hasta mí, de un modo tan intenso que eché de menos no tener también los dedos pegajosos.

Justo en ese mismo momento yo leía la página 117 de la novela de Almudena Grandes. Leí, me volví a mirar a la chica y volví a leer el mismo párrafo. Justo aquel que dice, “Manolo aceptó la misión y disfrutó de la luz, del sabor casi olvidado de las naranjas”.

Causalidad

Eligió el libro casi por casualidad, de entre otros tan ajados y con títulos tan prometedores como el suyo, capaces de solucionar dudas y despertar curiosidades con cuatro o cinco palabras. Ya en casa, lo abrió con calma, como hacía siempre al inicio, y hojeó las primeras páginas sin pararse demasiado en ninguna parte. Cuando vio el resguardo del préstamo de la biblioteca le extrañó haberlo dejado allí, hasta que reparó en que sólo el apellido coincidía, pero, ni el nombre era el suyo, ni el segundo apellido, ni la fecha, que era, sin embargo, muy cercana. Dejó de respirar, por un momento su cuerpo entero quedó como suspendido en el aire, cuando se dio cuenta de que, antes que ella, un hombre que se apellidaba como ella había elegido el mismo libro, había sentido la misma curiosidad y tenía la misma afición que le impelía a buscar las mismas fuentes que ella.

Releyó el resguardo de nuevo y vio que no se equivocaba, allí estaba su nombre y sus dos apellidos, incluso su número de teléfono. Dudó solo un instante, ni siquiera fue consciente de que había tomado una decisión, cogió el teléfono, marcó el número y esperó el sonido que hacían al descolgar al otro lado de la llamada.

De lecturas

Cuando abrió los ojos su primer pensamiento fue para él, incluso había soñado con él aunque  no recordara el sueño, pero sí identificaba el poso que el sueño le había dejado. Se desperezó con la ilusión de su regreso, una tarde más, en aquel refugio fabricado a la medida de los dos, en el que casi nada más existía, o, al menos, nada podía interferir. La espera en sí misma ya resultaba entrañable, como el tráiler algo almibarado de una película romántica, como el presentimiento de una felicidad tranquila, reposada y certera que, sin embargo, acelera el corazón. Todo era siempre igual y, a la vez, tan diferente; igual era el deseo que la empujaba, y sentir que el tiempo se paraba en el reloj, porque, aun a sabiendas de lo manido que resultaba todo, de lo predecible que pueden llegar a ser las emociones, salvo en el momento y en la intensidad de ser vividas, eso era lo que pasaba en realidad, que el tiempo se paraba junto a él, y ella se dejaba transportar a otros universos que después, cuando él ya no estaba, seguían pegados a su piel y a su memoria, y esa huella, imborrable ya, serviría de reclamo para la siguiente tarde, porque tenía que haber una tarde más como aquella, y muchas tardes más, porque si no, ella se sentiría languidecer como una luz de gas. Y todo pasaría muy rápido, demasiado rápido a pesar del tiempo detenido, y al final de la tarde ella se sentiría como emergiendo del sueño que no recordaba, con la piel y el corazón erizados de sensaciones y el deseo intacto de seguir a su lado.

Y así era cada tarde, ella cogía cuidadosamente un libro, buscaba, como en una caricia, el punto en que había quedado su encuentro anterior y ambos se entregaban al juego de los amantes que viven a espaldas de los demás.