Diario de Pepín. Día 50

Sofía se va acercando cada vez más. Es como si la recién llegada fuera ella y, poco a poco, fuera cogiendo confianza.

Yo ya había vivido con gatos en mi otra casa y tengo visto que son gente que anda a su aire, y que, por muy activos que sean, tienen un ritmo que, visto con ojos de perro, ni siquiera es ritmo. Yo veo que mamá me llama y salgo como una bala, o que, cuando llega a casa, me pongo a bailotear de manos delante de ella para que me acaricie y me diga cositas; en cambio, Sofía –y no es porque esté yo-, la espera pacientemente subida en un mueble, maúlla casi sin voz cuando llega mamá y se lo piensa dos veces antes de bajarse –excepto si tiene hambre-. Y si mamá la llama, Sofía va, pero se toma su tiempo.

Bueno, pues ahora, al cabo de dos meses, ya nos sentamos los tres en el Sofá: primero yo, luego llega mamá y, algo más tarde y después de llamarla, llega Sofía. Y, cosa extraordinaria, cuando mamá se tumba en el sofá después de comer, y yo me tumbo encima de mamá, Sofía ya ha empezado a tumbarse al lado. Solo un ratito, luego se pone nerviosa y se va. Claro que dice mamá que, antes de llegar yo, siempre se tumbaba Sofía con ella…

Si no fuera porque a veces me da un repente y salgo corriendo detrás de ella por toda la casa hasta que se sube a cualquier sitio para escapar, yo creo que ya seríamos como hermanos. Porque eso somos en realidad, hermanos con una mamá, aunque yo creo que Sofía no lo sabe.

Diario de Pepín. Día 46

¡Qué paliza, madre mía! Mamá me ha dado una sorpresa y hemos vuelto a mi primera casa. Mi mami de antes me llenó de besos en cuanto llegué, pero mis hermanas, las dos que aún no han sido adoptadas y siguen viviendo allí -que están locas, locas-, empezaron a perseguirme y a morderme y a no dejarme en paz. Son más altas que yo y tienen las patas más largas que las mías, pero yo no me dejé albardar y me defendí y también las mordí a ellas; y eso que eran dos. Bueno, en realidad, los mordiscos no eran de hacer mucho daño; pero nos mordimos. Y mucho. Sobre todo cuando llegó Linda, que, entonces, empezamos a perseguirla a ella nosotros tres. Linda se puso muchas veces panza arriba, pero también nos mordió a nosotros en las orejas y nos sacó los dientes para asustarnos. Mamá y los demás nos miraban y nos dejaban hacer y nosotros, venga a correr, venga a correr, aunque yo fui un par de veces a ver a mamá,y, cuando me silbó, me fui corriendo hasta ella, para que no se pensara que, como estaba en mi casa de antes, ahora la quería menos .

Después fueron llegando mis otros hermanos, pero yo casi no los recordaba, porque se fueron pronto de la casa de mis papis a otras casas. A mi mamá Alba sí que la recuerdo, pero no estaba allí, aunque mi otro hermano, el más grandullón de todos, es igualito que ella, igualito, igualito.

Cuando llegó mi papá de antes ya estábamos todos por allí armando y también me abrazó y me besó, que yo sé que me quiere mucho.

Bueno, pues entre tanto jaleo, y tanto correr y tanto morder, el que más armaba y más ladraba de todos era Tony, que siempre tuvo muy mal carácter y sigue igual. Tony lleva años sin ser cachorro, pero se comporta muy mal, a pesar de que sus papás –mis primeros papás- le riñen; pero a él le da igual. Y luego, Messi, que es un tragaldabas de mucho cuidado y quería comer de todo.¡Hasta se subió a la mesa –y mira que está gordo- y se agenció una empanada que medio se zampó antes de que nos diéramos cuenta!.

Ha sido un día muy cansado, pero ha merecido la pena. He llegado tan reventado a casa que casi no me he metido con Sofía. Lo que pasa es que ella ya no se fía de mí y prefiere esconderse antes de que yo empiece a perseguirla por el pasillo. Por si acaso.

Diario de Pepín. Día 43

Me he llevado un susto de muerte. Mamá me ha comprado una correa extensible que me gusta mucho, porque puedo corretear por ahí sin que parezca que voy atado. Puedo marchar muy lejos de mamá sin peligro. Además, han puesto carteles en los parques y en la hierba diciendo que los perros no pueden ir sueltos y siempre hay alguien que protesta al vernos sin atar, aunque los perros vayamos a lo nuestro y ni siquiera les miremos.

Pues el caso es que, en casa, mamá me puso el arnés y la correa para salir, pero luego se acordó de algo que tenía que hacer antes y me dijo “¡quédate aquí un momento, quédate quieto!” y yo la miré sin pestañear como si ya, desde ese momento, me hubiera quedado quieto para siempre. Pero el espíritu de los cachorros tiene super poderes y, en cuando mamá se dio  la vuelta, yo empecé a ir detrás. ¡Qué horror, qué ruido más infernal el de la caja donde se enrolla la correa, dando contra el suelo de madera! Yo me asusté muchísimo, cuanto más ruido hacía más corría yo, y más ruido hacía entonces… Pude esconderme debajo de la cama; ni siquiera me di cuenta de que, al parar yo, paraba el ruido; y mamá venga a buscarme y no me encontraba en ninguna habitación. Hasta que me atreví a salir de mi escondite para correr hacia ella y ¡otra vez aquel ruido atronador que me perseguía! Menos mal que mamá nos paró en seco en medio de la carrera, a la correa y a mí. Y Sofía, observándonos tranquilamente desde el sofá, que esta vez no iba la carrera con ella.

Diario de Pepín. Día 40

Las cosas con Sofía van mucho mejor. Ahora ya se acuesta en el sofá aunque esté yo por allí y no se asusta si yo me subo de un brinco. Es que, cuando ella salta, no se nota apenas, parece que no pesara nada, y, en cambio, cuando salto yo se nota en el sofá entero.

Por la noche nos acostamos mamá y yo en la cama, y luego ya viene ella –viene ahora, que antes ni aparecía por allí- y da un salto por encima de los dos y se pone también junto a mamá, pero del otro lado. Para poco allí porque en seguida se larga y empieza a maullar muy suave desde la puerta de la cocina, como pidiendo algo. Algunos días mamá se levanta a echarle un poco de comida blanda y ya se calla, pero dice mamá que tiene que acostumbrarse a comer pienso, como yo.

Es más difícil educar a Sofía que a mí porque Sofía insiste muchísimo. Cuando mamá no le da comida blanda se sube a un mueble, se pone de manos y empieza a arañar un cuadro. Por eso mamá la llama “descuelgacuadros”, y le riñe desde lejos y Sofía se para de momento y luego, vuelta a empezar. Mamá tiene mucha paciencia porque Sofía le mueve los cuadros y, cuando me deja en casa, yo me llevo siempre hasta mi camita la oveja rellena de arena que sujeta la puerta de la habitación -y eso, porque me cierra el vestidor y no puedo cogerle las sandalias-. ¡Y mira que nos lo ha dicho veces, que no, que no, que eso no se hace! Pero, de momento, no podemos aguantarnos las ganas…

Diario de Pepín. Día 39

Cuando salimos a la plaza y a los jardines, las mujeres me dicen cosas y me acarician y se entretienen conmigo. Los hombres, también; pero las mujeres me dicen algo cariñoso a mí y luego ya hablan con mamá de sus cosas. De las cosas de ellas, no de las cosas de mamá. Yo olfateo alrededor mientras le cuentan cosas de su casa y de su familia, como si la conocieran de toda la vida aunque sea la primera vez que hablan. A mí no me importa, porque siempre son mujeres viejas que no tienen perro y así disfrutan un poquito también de mí.

Hoy, una de ellas, que nunca había hablado con  nosotros aunque yo ya la había visto más veces en aquel banco, le dijo a mamá que yo era “muy, muy bonito” y le preguntó qué de qué raza soy. Mamá le dijo riendo que yo soy “de marca blanca” y, entonces, ella dijo que era tan bonito como si fuera comprado. Yo no sabía que los perros podían comprarse, supongo que los gatos también, pero Sofía, no; el otro día le dijo mamá a otra mujer que la mamá de Sofía se ahogó en una piscina y se quedaron los gatitos huérfanos y se la regalaron para cuidarla. ¿De verdad se compran los perros? Yo no quiero que me compren, aunque luego digan que soy feo porque mamá no me ha comprado. A mí me basta con que mamá me quiera y me cuide y yo la quiera a ella. Y estoy seguro de que a mamá no le importa si soy más feo o más guapo. Yo la quiero, y basta. Eso basta, ¿verdad?

Diario de Pepín. Día 34

Mamá dice que, cuando no me ve, es que estoy haciendo fechorías. Yo no sé qué significa eso, pero supongo que se refiere a esas cosas que los perros hacemos por necesidad; y por gusto, también. Porque siempre que lo dice es porque le muerdo cosas que ella no quiere que muerda, o asuntos así. Es que, hoy, cuando ha ido a ponerse unas zapatillas blancas, que estrenó hace quince días, se encontró con que a una le faltaba parte del talón. Que se la ha podido poner igual; pero me riñó.

Las cosas con Sofía están más tranquilas, ya no me atrevo tanto con ella porque alguna vez se ha vuelto con la mano en alto y tengo miedo de sus uñas. Pero yo veo que me tolera mucho mejor, debe ser que ya entiende que yo solo quiero jugar, que soy un cachorro y tengo que jugar y corretear. Es difícil que todo el mundo entienda a los cachorros. Pero vamos mejor, incluso a veces nos ponemos los dos en el sofá sin que esté mamá en medio. Eso sí, uno en cada esquina, pero nos miramos y no salimos corriendo.

Lo peor es que Sofía vomita de vez en cuando porque se le llena el estómago de pelos, que es que no para de pasarse la lengua y venga tragar y tragar, y yo corro todo lo que puedo para llegar a su vómito y comérmelo –huele de maravilla-, pero mamá no me deja. Mamá, en cuanto ve que Sofía está vomitando ya me está buscando a mí y diciendo eso de “NO”. Porque es mamá que, si no fuera mamá, no le iba a hacer ningún caso.

Diario de Pepín. Día 27

Mamá no quería subirme a la cama. Me acarició en la alfombra y apagó la luz y, cuando yo me empiné para que me subiera, me acarició otro poco pero no me subió. Yo insistí más y entonces ella volvió a decirme eso de portarme bien y ya, entonces, sí. Sofía llegó un momento después y se colocó a los pies de la cama, en una esquina. Yo no moví ni pata ni oreja, ni se me ocurrió. Hasta mamá se incorporó un momento para saber si seguía allí.

Dice mamá que aprende mucho conmigo. No sé. Dice que, además de aprender cómo funciona la mente de los perros, y así se adelanta a mis fechorías, está aprendiendo a sosegarse y a tener paciencia. Dice que, cuando salimos a la calle, no podemos ir con prisas porque yo me paro en todas partes y que más vale mentalizarse de que el tiempo es una cosa y  las prisas, otra. Ella lo dice pero yo veo que, a veces, le cuesta.