Diario de Pepín. Día 71

Sofía había vomitado mientras nosotros estábamos fuera. Ya había vomitado el día anterior, cuando estábamos tumbados en el sofá después de comer, y mamá me pilló al vuelo cuando quise bajarme de un salto para ir a comerme el vómito. De veras que me pilló en el aire y no pude moverme, y luego ya fue ella con la fregona a limpiarlo mientras yo miraba desde una distancia de seguridad.

Pues hoy, como Sofía vomitó bastante pronto, el robot de mamá que barre cuando ella no está había repartido el vómito por el suelo, haciendo unos preciosos dibujos de ir y venir por casi toda la casa. Así es que mamá se puso con la fregona en cuanto llegamos y yo solo pude dar un par de legüetazos al suelo antes de que mamá me riñera. No sé qué le pasa a mamá con los vómitos que no soporta que me acerque a ellos, ni los de Sofía ni los que me encuentro en nuestros paseos. ¡Y mira que estos días había montones en la calle y en la hierba, como si estuvieran esperando a que pasáramos nosotros para… quedarme con las ganas de hincarles el diente!

Diario de Pepín. Día 62

Lo que no puede ser es que mamá haya comprado la camita nueva y Sofía se la haya cogido como suya. Que ella tiene otra que es solo para ella, como una especie de hamaca que a mí no se me ocurre tocar porque está un poco levantada del suelo, y, además, ella se tumba en la mesa grande del salón, y encima del radiador y en todos los sitios altos que, por esa razón, son sitios de gatos y no de perros. ¡Hombre, y que, desde que trajo mamá la cama nueva, se planta en el medio y no hay quién la mueva de allí! Que mira que podíamos estar los dos, pero no, ella, en el medio. A mí me encanta estar en el sofá al lado de mamá, pero me fastidia ver que, aunque quisiera, no podría estar en la cama nueva. Tan harto me tiene, que, una de las veces que me he despertado, sin que Sofía tuviera tiempo de reaccionar, he dado un salto desde el sofá y me he plantado en la camita. Casi le caigo encima y, ha sido caer yo y salir pitando ella. Hasta mamá se sorprendió, pero se dio cuenta de la jugada, claro.  

En realidad yo paré poco, muy poco, allí; pero, al menos, le enseñé a Sofía que las cosas no son suyas porque sí, y que está muy acostumbrada ella a esquivarme cuando corro detrás porque, de un salto, se sube a los muebles y me deja chafado pero, en el suelo, somos los dos iguales, incluso yo soy un poco más igual que ella.

Antes…
Y después…

Diario de Pepín. Día 57

Yo esperaba a mamá en el sofá después de comer -cuando ella se sienta en el sofá yo me pongo a su lado, pero, en cuanto se levanta a por algo, me estiro todo lo que puedo y me coloco, justo, justo, donde ella estaba-. Mamá llegó a tumbarse y yo corrí a por un muñeco para llevarme a la boca mientras ella fuera a dormir la siesta; porque la ciencia de la siesta es ponerme atravesado sobre mamá y seguir jugando con un peluche pequeño, que no sé yo cómo puede dormirse si yo no paro. Sofía, que ya tiene muy poquitos reparos, vino como una bala en cuanto nos vio y, como no se atrevió a ponerse encima también, se subió al sofá y se colocó al ladito justo de mamá. Yo creo que lo que quería Sofía era estar donde yo estaba y hacer lo que yo hacía porque al cabo de un ratito de nada se bajó y nos dejó solos; que lo mismo hace por la noche en la cama, que, si se acuesta con nosotros no aparece con nosotros por la mañana. Luego le dará envidia de mí, pero no se da cuenta de que yo siempre estoy con mamá, solo si ella se marcha y me deja en casa estoy lejos de ella, si no, siempre estoy a su lado o muy cerquita.

Menos esta mañana cuando salimos a caminar. Como no dejo de dar vueltas, a menudo mamá tiene que cambiar de mano la correa y en una de esas, se le cayó la caja esa donde queda recogida automáticamente. Yo me asusté muchísimo con el ruido y empecé a correr despavorido y la caja me perseguía todo el tiempo. Mamá me llamaba a voces y me decía que me parara –tenía miedo de que me perdiera o me pillara un coche- pero yo era incapaz de hacerle caso hasta que la dichosa caja esa se estrelló contra una pared y se paró. Y yo también pude pararme al final. Mamá me cogió en brazos y me dio muchos besitos, pero el susto fue morrocotudo.

Diario de Pepín. Día 56

Esta noche hemos dormido los tres en la cama, mamá, yo a su lado con la cabeza apoyada en su hombro, y Sofía a sus pies. Y, antes de dormir, vi a Sofía colocarse, por primera vez, en su camita de tela azul. En los dos meses que llevo yo en la casa, ni siquiera se había acercado a ella, y eso que era suya. Debía pensar que yo no la dejaba. Creo que, al final, seremos buenos amigos.

Esta mañana he jugado con Max. Nuestras mamás nos dejaron sueltos porque, si no, preparamos un barullo con las correas imposible de arreglar, y estuvimos corriendo un rato. Me he dado cuenta de que los perros pequeños tenemos una ventaja, y es que nos podemos meter  por sitios donde ellos no caben. Muy grandotes, muy grandotes, pero nosotros podemos ir por donde ellos van y también por donde ellos no pueden ir; además, a la hora de correr, no me gana nadie. Eso sí, cuando yo veía que él me iba a alcanzar, yo empezaba a chillar como si me pegara y, entonces, su mamá le reñía y Max se frenaba un poco. Vamos, que no hace falta ser más grande para ser más listo.

Diario de Pepín. Día 50

Sofía se va acercando cada vez más. Es como si la recién llegada fuera ella y, poco a poco, fuera cogiendo confianza.

Yo ya había vivido con gatos en mi otra casa y tengo visto que son gente que anda a su aire, y que, por muy activos que sean, tienen un ritmo que, visto con ojos de perro, ni siquiera es ritmo. Yo veo que mamá me llama y salgo como una bala, o que, cuando llega a casa, me pongo a bailotear de manos delante de ella para que me acaricie y me diga cositas; en cambio, Sofía –y no es porque esté yo-, la espera pacientemente subida en un mueble, maúlla casi sin voz cuando llega mamá y se lo piensa dos veces antes de bajarse –excepto si tiene hambre-. Y si mamá la llama, Sofía va, pero se toma su tiempo.

Bueno, pues ahora, al cabo de dos meses, ya nos sentamos los tres en el Sofá: primero yo, luego llega mamá y, algo más tarde y después de llamarla, llega Sofía. Y, cosa extraordinaria, cuando mamá se tumba en el sofá después de comer, y yo me tumbo encima de mamá, Sofía ya ha empezado a tumbarse al lado. Solo un ratito, luego se pone nerviosa y se va. Claro que dice mamá que, antes de llegar yo, siempre se tumbaba Sofía con ella…

Si no fuera porque a veces me da un repente y salgo corriendo detrás de ella por toda la casa hasta que se sube a cualquier sitio para escapar, yo creo que ya seríamos como hermanos. Porque eso somos en realidad, hermanos con una mamá, aunque yo creo que Sofía no lo sabe.

Diario de Pepín. Día 46

¡Qué paliza, madre mía! Mamá me ha dado una sorpresa y hemos vuelto a mi primera casa. Mi mami de antes me llenó de besos en cuanto llegué, pero mis hermanas, las dos que aún no han sido adoptadas y siguen viviendo allí -que están locas, locas-, empezaron a perseguirme y a morderme y a no dejarme en paz. Son más altas que yo y tienen las patas más largas que las mías, pero yo no me dejé albardar y me defendí y también las mordí a ellas; y eso que eran dos. Bueno, en realidad, los mordiscos no eran de hacer mucho daño; pero nos mordimos. Y mucho. Sobre todo cuando llegó Linda, que, entonces, empezamos a perseguirla a ella nosotros tres. Linda se puso muchas veces panza arriba, pero también nos mordió a nosotros en las orejas y nos sacó los dientes para asustarnos. Mamá y los demás nos miraban y nos dejaban hacer y nosotros, venga a correr, venga a correr, aunque yo fui un par de veces a ver a mamá,y, cuando me silbó, me fui corriendo hasta ella, para que no se pensara que, como estaba en mi casa de antes, ahora la quería menos .

Después fueron llegando mis otros hermanos, pero yo casi no los recordaba, porque se fueron pronto de la casa de mis papis a otras casas. A mi mamá Alba sí que la recuerdo, pero no estaba allí, aunque mi otro hermano, el más grandullón de todos, es igualito que ella, igualito, igualito.

Cuando llegó mi papá de antes ya estábamos todos por allí armando y también me abrazó y me besó, que yo sé que me quiere mucho.

Bueno, pues entre tanto jaleo, y tanto correr y tanto morder, el que más armaba y más ladraba de todos era Tony, que siempre tuvo muy mal carácter y sigue igual. Tony lleva años sin ser cachorro, pero se comporta muy mal, a pesar de que sus papás –mis primeros papás- le riñen; pero a él le da igual. Y luego, Messi, que es un tragaldabas de mucho cuidado y quería comer de todo.¡Hasta se subió a la mesa –y mira que está gordo- y se agenció una empanada que medio se zampó antes de que nos diéramos cuenta!.

Ha sido un día muy cansado, pero ha merecido la pena. He llegado tan reventado a casa que casi no me he metido con Sofía. Lo que pasa es que ella ya no se fía de mí y prefiere esconderse antes de que yo empiece a perseguirla por el pasillo. Por si acaso.

Diario de Pepín. Día 43

Me he llevado un susto de muerte. Mamá me ha comprado una correa extensible que me gusta mucho, porque puedo corretear por ahí sin que parezca que voy atado. Puedo marchar muy lejos de mamá sin peligro. Además, han puesto carteles en los parques y en la hierba diciendo que los perros no pueden ir sueltos y siempre hay alguien que protesta al vernos sin atar, aunque los perros vayamos a lo nuestro y ni siquiera les miremos.

Pues el caso es que, en casa, mamá me puso el arnés y la correa para salir, pero luego se acordó de algo que tenía que hacer antes y me dijo “¡quédate aquí un momento, quédate quieto!” y yo la miré sin pestañear como si ya, desde ese momento, me hubiera quedado quieto para siempre. Pero el espíritu de los cachorros tiene super poderes y, en cuando mamá se dio  la vuelta, yo empecé a ir detrás. ¡Qué horror, qué ruido más infernal el de la caja donde se enrolla la correa, dando contra el suelo de madera! Yo me asusté muchísimo, cuanto más ruido hacía más corría yo, y más ruido hacía entonces… Pude esconderme debajo de la cama; ni siquiera me di cuenta de que, al parar yo, paraba el ruido; y mamá venga a buscarme y no me encontraba en ninguna habitación. Hasta que me atreví a salir de mi escondite para correr hacia ella y ¡otra vez aquel ruido atronador que me perseguía! Menos mal que mamá nos paró en seco en medio de la carrera, a la correa y a mí. Y Sofía, observándonos tranquilamente desde el sofá, que esta vez no iba la carrera con ella.