Cumpleaños

El 3 de diciembre de 1961 mi padre volvió de Francia. Cuando alguien deja su familia atrás acuciado por la necesidad, aunque se dirija a un lugar determinado, la experiencia es tan abrumadoramente dolorosa, que solo referirse a la dimensión de un país, entonces, o de un continente, ahora, puede ofrecer una dimensión adecuada.

Mi padre solo fue emigrante durante tres meses. Ahora, cada mes recibe algo más de 30 euros que Francia le envía puntualmente en pago del servicio que prestó allí.

Lo único que yo conozco de entonces es la humillación que mi padre sentía cuando se acercaba a algún taller buscando trabajo y el patrón no levantaba la vista siquiera para decirle que no, que allí no. Tanto esfuerzo, tanto dolor, y ni siquiera lo miraban a los ojos.

Mi padre decidió volver a donde las cosas estaban peor, pero donde estaban su casa y su familia.

El día que mi padre volvió yo cumplía tres años y no guardo memoria de nada, pero sé, porque él me lo ha contado, que cuando le vi en casa le pregunté a mi madre quién era aquel señor.

Yo no guardo memoria de esto, ni de nada de aquel tiempo, pero él me lo recuerda cada año, el día de mi cumpleaños, como si cada año celebrara el haberme recuperado.

Por horas

Pocas cosas le quedarían ya por ver después de tantos años limpiando casas. En las dos que tenía fijas desde hace más de diez años había ido viendo crecer a los niños, desde el colegio a la Universidad, aunque solo una vez coincidió con uno de ellos. La casa estaba vacía cuando ella trabajaba porque era más cómodo limpiar sin gente por allí, pero un día, hace unos tres años, uno de los chicos pasó a deshora a recoger algo que se le había olvidado y ella lo reconoció. Era el de la foto de la segunda balda del mueble del salón. Le pareció curioso ponerle voz y movimiento a aquel joven sonriente que miraba al infinito y, de pronto, la miraba a ella como si no se atreviera a entrar en su casa, como si el intruso fuera él. Y quizás tenía razón el chico, porque, a aquella hora, el intruso era él.

Se había acostumbrado a aquellas dos casas vacías de gente pero llenas de vida. Había sabido de sus avatares, de sus tragedias y de sus alegrías sin necesidad de que nadie le dijera nada. No había necesidad cuando era ella la que ponía la lavadora cada día, ordenaba las habitaciones y lavaba los platos de la cena anterior, cuando  era ella la que hacía la cama donde habían dormido dos personas, o no hacía falta hacerla porque nadie había dormido allí esa noche…

Las otras casas, las que no eran fijas, eran diferentes. Casi siempre se trataba de limpiezas ocasionales por una reforma, y entonces se parecían a los pisos de los anuncios de alquiler. Las casas de las reformas eran casas no vividas, frías, sin fotos de jóvenes sonriendo al infinito.

Y luego estaban las otras, las de los viejos que iban necesitando ayuda, casi siempre más ayuda de la que eran capaces de reconocer. Aunque eso solo era al principio porque después  los viejos querían más conversación que limpieza; al fin y al cabo ellos ya no podían ver el polvo sobre los muebles y buscaban, mejor, la compañía.

Fuera en unas o en otras, cuando acababa de trabajar y se cambiada de ropa para salir, siempre echaba una ojeada de satisfacción al ver lo limpio que quedaba todo. Imaginaba entonces lo que sería si llegara a su casa y todo estuviera así de reluciente y, durante unos momentos, un calorcillo le subía por el pecho.

Y, mañana, vuelta a empezar.

Parejas rotas

Quizás no estaban seguros de que su amor fuera duradero, y por eso necesitaron esculpirlo en el árbol, para que perdurara incluso después de que ellos murieran.

Quizás temían que, con el tiempo, cualquiera de ellos quisiera alejarse del otro, y por eso cercaron sus nombres con un candado.

Quizás el árbol, más sabio por ser más viejo, les hizo un favor rompiendo ese candado y dejándolos libres.

 

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Puro erotismo

La vio desde lejos y se acordó de las piernas de Marilyn cuando sujetaba la falda de su vestido sobre el respiradero del metro. Al acercarse solo tuvo ojos para la media de malla y para esa línea sinuosa que unía la pantorrilla con el pie, tan bella como la línea del horizonte. Ni siquiera le puso pegas al calcetín. La pierna femenina, elevada hacia el cielo, era una invitación; aunque solo fuera la pierna de un maniquí.

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La casa de ladrillo rojo

En la última curva de la carretera que atravesaba el pueblo había una casa abandonada. Era de ladrillo rojo y la vegetación que crecía sin control había ido cercándola, como si quisiera ahogarla. Ladrillo rojo en un mar verde. Todo en el pueblo era verde, salpicado por aquí y por allá de tejados oscurecidos por la humedad y fachadas de ladrillo o pintadas de colores claros.

En la casa de la curva solo habitaba el abandono. La verja de la entrada estaba entreabierta, o entrecerrada tal vez. Los arbustos habían invadido el espacio que permitía el paso y la puerta de hierro oxidado había quedado fija en un ángulo escaso, como si alguien se la hubiera dejado abierta al salir o, finalmente, no se hubiera atrevido a entrar. Sin duda hacía mucho tiempo que nadie atravesaba aquella entrada.

Los ladrillos rojos de las paredes lucían desgastados, envejecidos, como contagiados de la decadencia interior, de la falta de vida. Algunas ventanas permanecían cerradas, pero, la mayoría, de madera terriblemente envejecida por la falta de cuidado, despellejada y surcada de grietas, enmarcaban solo cuadros negros como pozos, sin la máscara benévola de los cristales. A través de la puerta principal, también entreabierta, se veía la vegetación que había invadido ya el interior de la casa.

En la segunda planta se mantenía firme la baranda oxidada de un balcón amplio y, en cada extremo del balcón había una silla de terraza, oxidada también. Las dos sillas estaban abiertas, una frente a la otra. Nada quedaba ya en la casa que pudiera recordar a los que habían vivido en ella. Nada, salvo las dos sillas esperando que la pareja que allí había vivido, saliera al balcón a la caída de la tarde -uno frente al otro, no frente a la calle o frente al monte-, para reposar, para conversar y para tomar el fresco en compañía.

Todo se lo habían llevado de la casa, menos las sillas del balcón. Todo había desaparecido ya, comido por el monte, pero, mientras las dos sillas siguieran esperando la puesta de sol, los dos viejos seguirían vivos allí, y la casa seguiría en pie.

Escribir

Escribir para redimirse, para ser uno mismo.

 

Fíjate que, llegado este momento, no recuerdo si, cuando tú y yo estábamos juntos, yo ya escribía. Supongo que sí, porque esto de escribir fue siempre conmigo –desde chiquitito, diría mi madre, que escribía en los cuadernos sin copiar de ningún sitio, y, cuando le preguntabas que qué estaba escribiendo, siempre decía, “cosas”…-.  Pero yo no lo recuerdo, Isabel. ¿Recuerdas, acaso, el hecho de respirar o de comer o de dormir cada día desde que eras niño? No, sabes que has tenido que respirar y has tenido que comer y has tenido que dormir; pero solo recuerdas el día que pasaste hambre o la noche que tuviste una pesadilla y creíste que te ibas a morir…

Algo así debe sucederme a mí. Echo la vista atrás y me veo…, en realidad no me veo, no acierto a distinguir mi imagen, no alcanzo a verme como el protagonista de mi vida ni tampoco me veo como un mero espectador. Ni dentro ni fuera de mí. Recuerdo, eso sí, las decisiones que he tomado en la vida, las importantes, claro, las que te hacen elegir un camino y dejar los otros, y, sobre todo, recuerdo las que otros tomaron por mí: no es lo mismo caminar que hacer el camino arrastrado por otro.

Quizás ahí radique todo, en que vivo mi vida cada día igual que respiro, como o duermo y solo recuerdo los momentos en que el aire se enrarece a mi alrededor, y yo boqueo y el aire no me llega adentro, y, cuando ya me parece que ni siquiera soy yo, emerge la memoria de mi vida, de la vida que alguna vez he elegido, y vuelvo a escribir. Porque solo escribir me reconcilia conmigo mismo, con lo que he querido ser y con lo que soy.

Por eso no guardo memoria de si escribía cuando estábamos juntos, Isabel, pero sí recuerdo la necesidad inevitable de escribir después.

(De las memorias de Ismael Blanco)