En la estación

Los dos pasaban de los sesenta. Podría decirse que estaban aún en esa etapa de la vida en que, siendo mayor, aún no eres viejo, pero, en cuanto te descuidas, pasas esa frontera imperceptible y te caes de bruces al otro lado.

Ella, maquillada, informal en el atuendo, vivaz; él, discreto, más bien oscuro, pensativo…

Los dos toman café y algo más, uno frente a otro, sentados a una mesa de la cafetería. Ella se le acerca para hablarle bajito, pone su mano sobre el brazo de él y le pregunta qué tal está. Hablan en voz baja, íntima, y luego él también, ya más animado, pregunta ¿Y, tú, qué tal?

Se sonríen con los ojos, incluso él parece ahora un poco menos gris. Se tocan las manos en un gesto fugaz, se buscan, y, al final, él gira su silla y se sienta al lado de ella, y, entonces, se toman de la mano y se hablan muy bajito, mientras no dejan de mirarse. “estabas nervioso”, “yo creo que ha salido bien”, “ya pasó”, «qué iban a decir»…

Dos maletas pequeñas siguen frente a ellos. La de ella, con un bolso encima, con una mochila encima la de él. Aún mantienen equipajes independientes para una vida en común recién estrenada.

Al cabo de unos minutos, ella mira su reloj y los dos asienten, se levantan, recogen sus equipajes y se alejan.

Quizás en unos años vuelvan a estar en la misma estación, una maleta grande y única para ambos, sin mucha conversación, sin tocarse furtivamente, un poco apagada la mirada de ella y más aún la de él.

Quizás.

Pero no hoy

El repartidor

Yo sé que son las siete y cuarto porque me cruzo con él. Todos los días, siempre a la misma hora. Incluso cuando yo no madrugo estoy segura de que él hace el mismo recorrido, con la cabeza gacha, la cara inexpresiva y la mano llena de llaves de los portales de comunidad. Poco a poco, va dejando periódicos en los buzones y, poco a poco, el fardo de prensa que lleva bajo el brazo izquierdo va mermando. Si llueve, lo cubre con un plástico mientras él se va mojando, pero, ni siquiera entonces, cambia el ritmo.

Y nunca ha contestado a un “buenos días”.

Debe ser muy duro madrugar para repartir malas noticias: noticias de violencia, de estafas o de corrupción, y luego, además, afrontar tus propias batallas. Hay que ser un superhombre o un insensato para mantener la sonrisa y el gesto alegre después de eso.

Ahora entiendo que este hombre espere Navidad y Año Nuevo como si fuera un crío la noche de Reyes, porque esos dos días, los únicos en todo el año, él puede quedarse en la cama y pensar que, al menos dos días al año, cargará solo con sus propias sombras, sin repartir por cada casa las miserias del mundo.

Papeles

Rebuscaba papeles para destruir -nos van a comer los papeles, decías a veces-, y era como si cada uno de ellos, de los que iba seleccionando para la chimenea, me fuera arrancado en algún punto de su agonía, como cuando tú saneabas las plantas en casa y arrancabas las hojas muertas que, aun exangües, no habían llegado a caer.  

No fueron muchos, aún no podía desprenderme de todos ellos. Necesitaba primero dejar de sentirlos para luego dejar de verlos. Bajo la portada de un libro viejo, asomando una esquina desgastada, encontré este poema.  Lo leí dos o tres veces, recordando el momento exacto en el que lo escribí y lo guardé de nuevo, cuidadosamente, en aquel viejo libro, en aquella memoria vieja que me ayudaba a vivir.

«Llegó el otoño a mi valle y todo

lo cubrió de rojos,

de ocres y de sienas…

Después, el invierno dibujó los grises

y el viento ululó entre los árboles,

el frío dibujó estrellas

de hielo

y la noche quiso ser eterna…

Pero ya no tuve miedo

porque yo vislumbré

tu nombre entre la niebla».

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

El baile

Por la tarde a ella le gusta tomarse un té verde, sentada a la mesa que está junto a la ventana. Antes tomaba café, solo y sin azúcar, corto y fuerte, pero el café, como otras tantas cosas, aguanta mal el paso del tiempo, y se enfría rápidamente y pierde sabor y esencia, y se convierte en un brebaje apto solo para los que no les gusta el café. Por eso, como cada vez le lleva más tiempo ver la vida desde la ventana en esa hora mágica, decidió, años atrás, decantarse por el té verde, que le calienta las manos y el estómago durante mucho más tiempo, pero de una forma tan tenue, tan desvaída, que, irremediablemente, le trae el recuerdo del sabor intenso, amaderado y ardiente del café expreso.

Él, mientras ella se asoma a la ventana, lee el periódico. En papel, siempre le gustó el olor de la tinta y la amplitud de miras del papel escrito; siempre tuvo la sensación de que leer en un libro digital o en una pantalla era demasiado restrictivo, demasiado plano, demasiado poco. De vez en cuando, levanta la vista del periódico para observarla. Han pasado los años pero sigue siendo tan guapa, tan serenamente bella, que mirarla siempre le sosiega, incluso cuando la sorprende con la mirada perdida, lejos de él y lejos de todo. A veces, con bastante frecuencia aún, el hecho de que él la observe tiene un efecto mágico, y ella se vuelve como si hubiera escuchado su llamada muda, y le sonríe con los ojos y con los labios, como cuando, muchos años atrás, corría hacia él al verse, y se abrazaban y se besaban sin saber cuándo parar.

Él se levanta con torpeza del sofá; le cuesta empezar a andar, su cuerpo, escrupuloso y desafiante, se empeña en llevar la cuenta del tiempo vivido. Se acerca al viejo tocadiscos y escoge uno de los vinilos que se ordenan al lado. Le gusta escuchar el rascado de la aguja antes de que la música llegue. Cuando empieza a sonar se acerca a ella para invitarla a bailar, su brazo derecho rodeando una cintura imaginaria, y la mano izquierda elevada, esperando otra mano que se apoye allí. Entonces, ella retorna, sonriendo, al instante certero en el que él está, se encierra en el anillo de su brazo, apoya la cabeza sobre su hombro y acuna su mano en la mano de él. Y se deja llevar hasta los rincones de su memoria. Y se besan como entonces, como si el tiempo no fuera capaz de destruir el aroma del café.

Duelo

Cuando tú te fuiste, Isabel, el mundo, mi mundo, se derrumbó. Yo te quería con locura. He dicho mal, no era locura, yo estaba muy cuerdo y por eso te quería. Tú eras una parte de mi vida, pero eras la parte más importante; tú eras mi cobijo, mi compañera, mi contrapunto, y yo contaba contigo para ser feliz y para hacerte feliz también. Por eso, cuando te fuiste, el duelo invadió mi tiempo, cada minuto de mi vida.

No, el dolor que yo sufrí entonces, y que aún a veces me acecha, no es comparable al dolor que provoca la muerte. La muerte es algo irremediable, algo asumido por nuestra condición humana. La  muerte nos arrebata a alguien querido y nada podemos hacer contra eso, y, para seguir viviendo, nos aferramos a los recuerdos de nuestra vida en común, a todo lo bueno que nos dio o que creímos darle, y seguimos viviendo para él o para ella y con él o con ella. Aun después de la muerte, vivimos en su compañía y recibimos su aliento. Su amor perdura.

Pero tú te fuiste, Isabel, tú me dejaste sin una explicación y me dejaste sumido en el más profundo de los dolores. Podrías haberme dicho que te habías enamorado de otro, y lo habría entendido- ¡cómo no saber lo que es enamorarse si yo estaba enamorado de ti!-, o que habías dejado de quererme, sin más, como en una metamorfosis, o que te aburrías a mi lado porque el tiempo había ido desgastando tu interés por mí, yo qué sé… Pero no dijiste nada y, además de tu ausencia, me quedó el sentimiento de culpa, porque algo debía haber hecho yo para provocar tu marcha, o algo debería haber hecho para evitarla. Culpa, culpa, culpa por quererte y porque tú dejaras de hacerlo. Siempre la culpa…

La muerte, Isabel, tu muerte -que nunca, ni en los momentos más duros, he deseado-, me habría dejado la esperanza de seguir viviendo con tu recuerdo, pero tu abandono solo me dejó desesperación; la desesperación de afrontar un futuro helado. Muerto.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

Así empezó todo

Yo caminaba solo por la calle y tú salías de un portal. La calle estaba desierta y yo llevaba tiempo acostumbrándome al eco de mis pasos solitarios y a la luz mortecina de las farolas. Mi propia vida, pensé. Seguí mi camino -yo creía que era un camino, pero en realidad, caminaba sin rumbo, o, precisamente, caminaba intentando no seguir un camino-. Apenas me di cuenta de que tú salías del cobijo de un portal a la intemperie.

Un tiempo más tarde, la escena, más o menos, se repitió. La intemperie tiene su atractivo para quien vive inmerso en la tranquilidad que da un techo, y yo… yo era Ulises luchando con denodado esfuerzo contra el canto de las sirenas.

Sin embargo, poco a poco, fui buscando tu presencia en la calle desierta, me sentía bien al reconocer tu sombra cerca de la mía. Me di cuenta de que yo lloraba en soledad, pero no podía sonreír si no era con alguien, y empecé a imaginar que tú me mirabas y yo sonreía.

De pronto, un día, te pusiste frente a mí y me dijiste:

-¿Tomamos un café?

Y así empezó todo.

                                                                               (De “Las Memorias de Ismael Blanco”)

Niebla

Cada día le cuesta más bajarse de la cama y ponerse en marcha, diríase que tiene que recomponer el esqueleto antes de dar el primer paso. La artrosis ha ido agarrotando sus articulaciones y los años han ido haciendo mella en su cabeza. Solo sus ojitos brillantes siguen siendo los mismos de entonces, la misma chispa de aquel tiempo, cuando aún era joven.

Cada día friega los cacharros del desayuno y sale al porche, se sienta en la mecedora y se balancea despacio, las rodillas bajo una mantita que le da el calor que ya le falta. Y pone en marcha su gimnasia mental. Intenta recordar nombres, anécdotas, caras amigas – hace ya tiempo que olvidó las caras de los que no lo son-, pero se da cuenta de que la niebla es cada vez más espesa y más cercana. Aun así, hay algo que recuerda con absoluta claridad: sus manos. Aquellas manos recias, acostumbradas a trabajar, grandes, masculinas; aquellas manos que eran su fortaleza, que descansaban leves en su cintura cuando dormía a su lado, aquellas manos dulces que enmarcaban su cara para besarla con tanta delicadeza que a ella le parecían alas de ángeles ayudándola a volar.

Eso sí que lo recordaba. Eso sí se lo llevaría a la tumba, huyendo de la niebla.

El lago

Cuando escribo estas páginas me doy cuenta de que escribo para ti, Isabel, aunque tú nunca llegues a leerlo.  

Todo lo que guardamos dentro de nosotros puede aflorar sin previo aviso. Todo lo que hemos vivido queda dormido en nuestro interior, incluso creemos que ha muerto, pero despierta de golpe cuando alguien presiona el interruptor adecuado.

Ayer, como muchas veces antes, me acerqué paseando hasta el lago. Me gusta sentarme en un banco, con un libro, y, de vez en cuando, levantar la vista y embeberme de aquella tranquilidad, es como un bálsamo para mi corazón maltrecho.

Yo creía que estaba solo, el agua como una lámina de plata al atardecer, pero, cuando levanté la vista, vi que una mujer joven se había acercado a la orilla y miraba, inmóvil, la cabeza erguida, no lejos de mí, hacia el horizonte. Vi también que un hombre se acercaba, caminando despacio, mirando en su dirección y al lago. Se quedó detrás de ella y la abrazó por la cintura, la mujer se acurrucó amoldando su espalda al cuerpo de él y recogió con sus brazos los brazos que la abrazaban. Él escondió su cara en el hueco de su cuello y comenzó a besarla, una, dos, tres veces…, hasta que ella se volvió y se besaron en los labios, muy, muy despacio. Al poco se alejaron, abrazados, y, seguro que ni siquiera se dieron cuenta de que yo los observaba.

Aún me quedé unos minutos allí, esperando suavizar el arañazo que me hería la garganta. Luego, ya en calma, seguí recordando, recordándote, seguí cogiéndote por la cintura y besando el hueco de tu cuello, como tantas otras veces, cuando estabas a mi lado.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

En la madurez

A veces pienso si no miraré demasiado, demasiadas veces, atrás. Pero me doy cuenta de que no es la frecuencia, sino la forma de recordar, lo que importa. El pasado me ayuda a entender mi vida, me ayuda a saber cómo he llegado hasta aquí. No está mal repasarlo, como en las clases repasábamos lo ya aprendido para afianzar los conceptos.

Soy consciente del paso del tiempo. Cuando joven, parecía que todo se daba por añadidura, que la vida era inacabable o el fin estaba tan lejos que nunca llegaría a verlo. Ahora, sé exactamente el lugar que ocupo, en el filo de la navaja.

Ahora cuenta cada minuto, porque cada minuto es un grano de arena en mi reloj.

Ahora es cuando no puedo permitirme tiempos muertos, cuando, en lugar de beberme la vida a tragos, he de saborear cada gota, cada momento, he de mantener todos mis sentidos despiertos y alerta.

No, no tengo miedo a la muerte, si acaso, tengo miedo de morir sin haber vivido.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

Hacia la muerte

Llega un momento en la vida en el que has de prepararte para morir.

Que somos mortales lo sabemos siempre, más aún cuando tienes contacto con la muerte a través de alguien cercano.

Poco a poco, y como de natural, vas perdiendo gente, como los árboles van perdiendo hojas cuando presienten los primeros fríos, aunque aún parezca verano y el sol engañe los sentidos.

Poco a poco se suman a los que ya no ves los que ya no están y corres el riesgo de irte quedando solo y apartado de la vida. Entonces analizas tu pasado como si fuera la única certeza y te das cuenta de que no es así, de que la única certeza es, en realidad, que seguirás vivo mientras seas capaz de amar la vida, mientras seas capaz de ilusionarte.

No importa si quieres a tu pareja, a tus amigos, a tus hijos o a ese extraño que se cruzó contigo en la calle y te miró a los ojos. Importa que esa capacidad vaya contigo. Que sepas respirar el aire fresco de la mañana, buscar la luz en los destellos del sol sobre las hojas de los árboles o detenerte para observar a las palomas que beben en una fuente. Importa que seas consciente de que la vida se te regala alrededor y depende de ti empaparte de ella.

De ti depende, al fin y al cabo, acercarte a la muerte sin desesperación.