Parejas rotas

Quizás no estaban seguros de que su amor fuera duradero, y por eso necesitaron esculpirlo en el árbol, para que perdurara incluso después de que ellos murieran.

Quizás temían que, con el tiempo, cualquiera de ellos quisiera alejarse del otro, y por eso cercaron sus nombres con un candado.

Quizás el árbol, más sabio por ser más viejo, les hizo un favor rompiendo ese candado y dejándolos libres.

 

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Nunca

Podría dudarse de quién ganó –nunca debió haber guerras ni batallas-. Me has cosificado, me has puesto cadenas y has cercenado mis posibilidades de crecer, pero eso no me convierte en esclavo; esclavo, nunca. Aunque el dolor sea tan profundo que ya forme parte de mí, sigo vivo. Sigo vivo para poder cicatrizar mis heridas, para dar testimonio de mi rebeldía, para demostrarte que podrás destruirme pero nunca, nunca, podrás dominarme.

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En el parque

A Ulises

Cuando yo era pequeña vivía en una ciudad distinta a ésta en la que ahora vivo. Mi madre me llevaba de la mano hasta la puerta del colegio y un señor muy serio, que debía ser el director o el jefe de estudios, según he sabido después, vigilaba que todos los niños entráramos en orden y, sobre todo, que ninguno se subiera a la valla, por mucha prisa que tuviera –en realidad, no recuerdo que tuviéramos prisa por entrar a clase, si acaso por salir al recreo y, después, a comer-. Aquella pared que rodeaba el patio y el edificio donde estaban las clases, tenía una parte de piedra y cemento, desde el suelo hasta la altura de mi cabeza entonces, y, por encima, unas lanzas de hierro oscuro, rectas y frías, que apuntaban al cielo infinito. Todos sabíamos que una vez, no sé cuándo ni por qué, un niño se había subido a la valla y se había quedado clavado en una de aquellas lanzas “como un pincho moruno”, según dijo alguien, y yo ni entonces ni ahora he sido capaz de imaginar lo alto que debía ser ese niño para poder alcanzar el extremo en punta de aquellos hierros, ni, por supuesto, he podido ya comer pinchos morunos, ni siquiera verlos en fotografías.

Todas las tardes, después del colegio y de hacer los deberes, yo iba a jugar un ratito al parque que había cerca de mi casa. Recuerdo que algunas veces nos tocaba esperar y esperar a que unos niños mucho más grandes que nosotros se hartaran de subir y bajar en el balancín, en medio de grandes risotadas, mientras nos miraban desafiantes y esperábamos en silencio con cara de pánfilos. En aquel parque, en una esquina adonde acudían puntualmente cuatro o cinco perros cada tarde, había una placa metálica sobre un pedestal, dando cuenta de que el Sr. Alcalde lo había inaugurado unos años antes. Yo creo que aquel señor alcalde no tenía niños, o, si los tenía, no iban a aquel parque, porque, cada vez que algo se rompía, tardaban meses, casi diría que años, en arreglarlo; el tobogán nos lanzaba hasta un hueco inmenso que se había hecho sobre la tierra de tanto caernos encima, tan profundo que a nosotros nos parecía un pozo, y los columpios se quejaban con un gañido lastimero a falta de aceite que aliviara sus engranajes. Recuerdo que, una tarde, una de las cadenas de las que colgaba el asiento de un columpio se soltó, y la niña que estaba balanceándose en él salió volando, el vestido hinchado como una medusa, y se dio de bruces en el suelo; cuando se levantó tenía las rodillas y las manos arañadas y llenas de tierra y el susto la había dejado hasta sin ganas de llorar. Y otro día, mi amigo Andrés, que era un valiente, se me acercó mirándose un dedo con cara de incrédulo; el índice de su mano izquierda goteaba sangre y Andrés recogió el trozo que le faltaba en el asidero del balancín, que se lo había arrancado.

Todo esto sucedió hace mucho tiempo, pero aún recuerdo, y Andrés también, que una tarde, ya casi anochecido, apareció por allí un hombre alto y serio, no tan serio como para asustarnos, y con una caja de herramientas colgando de la mano izquierda, en realidad, de lo que quedaba de su mano izquierda, pues le faltaba la mitad del dedo índice y un trozo del pulgar y del meñique. El hombre no dijo nada, se agachó sobre la arena, abrió la caja allí y  fue revisando, uno por uno, todos los juegos del parque, apretando un tornillo aquí y aflojándolo allá donde hacía falta. Ninguno dijimos nada tampoco, pero, poco a poco, todos dejamos de jugar y nos quedamos observando al hombre y a su mano ágil y deformada mientras trabajaba. Al cabo de un rato se volvió para mirarnos y  nos dijo: “Hay que tener cuidado, niños, alguien dejó un cohete en el parque cuando yo era pequeño como vosotros, y me explotó en la mano cuando lo prendí. Y mirad como me quedó”. Y adelantó su mano para que todos la viéramos y Andrés miró de reojo el vendaje de la suya.

Fue la única vez, no volvimos a verle y ningún padre supo de él ni siquiera aquel día; era como si hubiera salido de la nada y hubiera vuelto a ella una vez terminado el trabajo. A partir de entonces ya no hubo más averías sin reparar; incluso espiábamos a veces, cuando algún juego estaba maltrecho, para verle llegar y arreglarlo, pero nunca volvimos a verle. Y no volvimos a hablar de ello.

Aún ahora, Andrés conserva una cicatriz en el pulpejo de su dedo herido, y dice que, si toca con él, tiene más sensibilidad. Y eso nos permite pensar que es la prueba de que todo sucedió como lo recordamos.

Escenas II

Por lo visto, el hombre llevaba ya unos minutos en el suelo, en la calle, cuando alguien decidió que aquello era tarea de la Policía Municipal. Por lo visto, no era la primera vez, de modo que nadie había pensado que se tratara de un infarto, o de un intento de homicidio, o, lo más simple, de un tropezón al descuido seguido de un mal golpe en la cabeza. Por lo que dijo la Policía cuando le trajeron a Urgencias, el hombre era un viejo conocido –joven por edad, unos 40 ó 45 años, pero conocido desde hacía tiempo porque, cada vez con mayor frecuencia, se empeñaba en dibujar con tinta de alcohol un círculo vicioso, nunca mejor dicho, del que, como de todos los círculos, es imposible salir-.

El hombre caminaba torpemente, pero por su propio pie, custodiado por los dos policías, uno a cada lado, como si fueran los diques que iban a impedir su desbordamiento, según se balanceaba con las piernas abiertas y poniendo los cinco sentidos que ya le faltaban en no mover demasiado la cabeza para no caer de nuevo. Se había meado en los pantalones, que aparecían renegridos por la puesta ininterrumpida durante días, y salpicados por la sangre que había dejado de manar  de la ceja derecha. La camisa tenía algunos botones arrancados y también estaba manchada de sangre, de tierra y de restos de bebidas con el olor dulzón del alcohol destilado.

-Lo traemos porque se ha hecho una herida en la cabeza- dijo uno de ellos, como disculpándose con nosotros.

No es frecuente que nos traigan borrachos al Servicio de Urgencias, tan solo nos traen a gente joven, demasiado joven, que bebe ocasionalmente hasta casi perder el sentido; pero, cuando beber demasiado se convierte en una costumbre, cuando los accidentes, las caídas y los escándalos son frecuentes, el bebedor pasa a ser un borracho, y los excesos y las broncas se pasan en casa. Por eso el Policía se disculpaba con nosotros, por romper esa rutina de intimidad familiar.

-Ya hemos avisado a su mujer- y todos nos pusimos a echar una mano para subirle a la camilla y evitar nuevos accidentes.

Cuando acabamos con él, me di cuenta del tremendo contraste que suponía la cura limpia sobre la ceja del hombre, y la frente y la mejilla recién lavados, con aquellas greñas llenas de sangre seca (como se cayó, la sangre corrió hacia el pelo, pensé) y aquella ropa sucia y maloliente. El hombre charlaba soltando incoherencias y bravatas sobre lo bien que manejaba él situaciones como ésta. A la vista estaba lo bien que se manejaba.

Cuando se estaba incorporando, con un movimiento algo rotatorio de cabeza, hasta encontrar el equilibrio, llegaron a buscarle su mujer y su hijo.

-¿Qué te ha pasado, hombre?- Preguntó ella avanzando hasta el hombre, como si necesitara alguna respuesta diferente a la que ya tenía solo con verle. Era delgada, y curtida, con el pelo largo sembrado de canas y recogido en una coleta en la nuca- con un obligado sentido práctico de las cosas, pensé. La gente que no tiene dinero se viste por necesidad, no por estética, no entiende de modas. Las mujeres no se maquillan, ni van a la peluquería. La gente que no tiene dinero no puede ir al dentista, pensé también, cuando me fijé en un hueco de su dentadura-.

-Nada, no me ha pasado naaada- respondió él, barriendo el aire con la mano derecha-. Que me he mareado y me he caído.

-Pero, ¿has visto como estás? –dijo la mujer, sin que sonara a reproche; incluso me pareció que había un tono de súplica o de resignación cuando se acercó para colocarse a su lado, como una muleta bajo su hombro, invitándole a salir con ella.

El hijo permaneció inmóvil, inexpresivo, en la entrada de la sala; quizás por eso me llamó la atención. No tendría más de 12 ó 13 años, y, en lugar de acercarse hasta su padre para ayudarle a salir, siguió quieto y a distancia, como si solo fuera un espectador. Me di cuenta de que, en realidad, no quería mirarnos; ni a los policías, que aún seguían allí, ni a la enfermera, ni a mí; como cuando éramos niños y nos escondíamos con la certeza de que, si nosotros no podíamos ver, tampoco nos verían a nosotros. Solo que él se había convertido en el centro de mi atención, como el primer plano que aparece en una película para mostrarnos a uno de los protagonistas mientras la escena se desarrolla fuera de cámara. Tuve la sensación de verme caer por un pozo oscuro y profundo, al que me empujaba toda la vergüenza que el chico sentía. Vergüenza ajena, pensé; pero la peor de las vergüenzas, la que siente por tener un padre así, cuando debería –necesitaría- estar orgulloso de él. Y vergüenza por tener una madre condescendiente y consentidora, con tal de que no haya bronca, de que él no se enfade y todo siga igual cada día. La expresión del chico me pareció desoladora, culpable, con ese sentimiento de culpa que, con frecuencia, tienen las víctimas; y empezó a ahogarme con un dolor casi físico. El aire de la sala de Urgencias se había vuelto caliente y viciado. Agradecí que la torpeza del borracho al salir mantuviera la puerta abierta unos minutos y pudiera entrar el aire fresco de la calle.