Volver

Me di cuenta cuando volví a la ciudad, después de tantos años. Era la misma que habíamos recorrido juntos, los mismos bares, los mismos rincones… pero no era la misma. Ahora la veía plana, distante; su manto protector había desaparecido. La luz que fue mi inspiración en otro tiempo se había tornado mortecina y cualquier lugar al que mirara era uno más.

Me di cuenta de que, en realidad, las cosas seguían igual, inanimadas. Los mismos edificios, algunos bares nuevos, tiendas cerradas con escaparates sucios y pintarrajeados, los niños en los parques y los viejos en los bancos, buscando el sol. Y me di cuenta de que era yo el que había cambiado. Ya no vivía para las mismas cosas que entonces. Ya no miraba a mi alrededor como si necesitara embeberme de la vida de los otros, ya había vivido lo suficiente como para haber aprendido a vivir solo.

No me malinterpretes, nadie me sobra, pero a nadie necesito. Ya no voy corriendo detrás de los afectos, quizás porque con el tiempo aprendí a quererme un poquito más. Sí, añoraba la ciudad de aquellos tiempos hasta que me di cuenta de que añoraba lo que entonces viví. Y en ese mismo instante, pude verla de nuevo en toda su belleza. Era mi corazón, baqueteado de retiradas y de dejar marchar, el que latía; eran mis ojos llenos de vida los que hacían magníficas aquellas piedras doradas por el sol.

(De “Las memorias de Ismael Blanco”)

El pueblo

No fui feliz allí, pero no me di cuenta hasta mucho tiempo después. En realidad fue la pregunta de Pablo la que me hizo despertar. Me preguntó si, ahora que ya no trabajaba, iba a volverme al pueblo. Y le dije que no.

Me sorprendió la pregunta, me pareció fuera de lugar, una ocurrencia desafortunada. Pero el único que estaba fuera de lugar era yo. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza algo así, y, ahora que la pregunta de Pablo me obligaba a recapacitar, me daba cuenta de que nunca había pensado en volver, de que nunca había querido volver allí.

Cuando era niño me sentía fuera de lugar. Probablemente me habría pasado lo mismo en cualquier otro sitio, pero era allí donde estaba. No encajaba bien entre los otros niños, que me hacían sentir diferente. Y la gente del pueblo… Siempre los he visto como fuego amigo, tan peligroso que puede matarte. Siempre tuve la sensación de que me acechaban, de que, a cada paso o con cada gesto, una doble sombra me seguía, la mía y la que ellos dibujaban. Siempre bajo su mirada crítica; siempre bajo su juicio inapelable.

Me marché en cuanto pude, y creo que nunca sentí nostalgia ni del lugar ni de los momentos. Volví muchas veces, claro. Mientras vivieron mis padres volví a menudo, pero nunca paré lo suficiente como para que algo o alguien me hicieran cambiar de opinión. Por eso ahora, que puedo disponer del tiempo, podría regresar a cualquiera de los otros pueblos donde viví después y dónde fui feliz a veces. Pero al mío, no.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Escribir

Escribir para redimirse, para ser uno mismo.

 

Fíjate que, llegado este momento, no recuerdo si, cuando tú y yo estábamos juntos, yo ya escribía. Supongo que sí, porque esto de escribir fue siempre conmigo –desde chiquitito, diría mi madre, que escribía en los cuadernos sin copiar de ningún sitio, y, cuando le preguntabas que qué estaba escribiendo, siempre decía, “cosas”…-.  Pero yo no lo recuerdo, Isabel. ¿Recuerdas, acaso, el hecho de respirar o de comer o de dormir cada día desde que eras niño? No, sabes que has tenido que respirar y has tenido que comer y has tenido que dormir; pero solo recuerdas el día que pasaste hambre o la noche que tuviste una pesadilla y creíste que te ibas a morir…

Algo así debe sucederme a mí. Echo la vista atrás y me veo…, en realidad no me veo, no acierto a distinguir mi imagen, no alcanzo a verme como el protagonista de mi vida ni tampoco me veo como un mero espectador. Ni dentro ni fuera de mí. Recuerdo, eso sí, las decisiones que he tomado en la vida, las importantes, claro, las que te hacen elegir un camino y dejar los otros, y, sobre todo, recuerdo las que otros tomaron por mí: no es lo mismo caminar que hacer el camino arrastrado por otro.

Quizás ahí radique todo, en que vivo mi vida cada día igual que respiro, como o duermo y solo recuerdo los momentos en que el aire se enrarece a mi alrededor, y yo boqueo y el aire no me llega adentro, y, cuando ya me parece que ni siquiera soy yo, emerge la memoria de mi vida, de la vida que alguna vez he elegido, y vuelvo a escribir. Porque solo escribir me reconcilia conmigo mismo, con lo que he querido ser y con lo que soy.

Por eso no guardo memoria de si escribía cuando estábamos juntos, Isabel, pero sí recuerdo la necesidad inevitable de escribir después.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Las ceremonias de la muerte

Una vez, cuando éramos chicos, el profesor que nos daba Ciencias Naturales adormeció una rana con cloroformo, la despatarró sobre una tabla, la sujetó con alfileres y la abrió en canal para que viéramos sus órganos. Creo que ninguno de nosotros pensó entonces que la rana estaba muerta, nos pareció, más bien, que estaba dormida.

La muerte no era lejana entonces. Cuando chicos, criábamos conejos en casa. Llegado el momento, mi madre escogía uno de ellos, lo agarraba por las patas traseras y lo levantaba a la altura de los ojos, boca abajo. El animal se quedaba inmóvil y mi madre le daba un certero golpe en la nuca que acababa inmediatamente con él. A veces, necesitaba un segundo golpetazo. Después lo colgaba por una de las patas de una punta clavada en la pared y lo iba desnudando de aquel abrigo suave y algodonoso que ni siquiera sangraba.  Desprendía la piel con facilidad con un tirón mantenido, y, al llegar al pescuezo quedaba al descubierto el golpe, hinchado y sanguinolento. Luego, mi madre cercenaba las orejas por la base dejando las ternillas blancas y también el hocico, del que colgaba la piel entera, sonrosada y caliente.

También teníamos gallinas y criábamos pollos para engordarlos. Cuando llegaba el momento de matar alguno, mi madre le cruzaba las alas sobre la espalda haciendo un ocho para evitar aquel aleteo de loco, lo sujetaba entre las piernas o entre los codos y con la mano izquierda le doblaba la cabeza contra el pescuezo mientras con la derecha le arrancaba las plumas de la nuca. Después, con un cuchillo afilado, cortaba la piel desplumada y la sangre oscura empezaba a fluir por la herida. Entonces mi madre le volteaba un poco el pescuezo rajado y la sangre caía sobre un tazón lleno de miga de pan que revolvía con la punta del cuchillo.

En noviembre, con las primeras heladas nocturnas, nos despertábamos una mañana más pronto de lo normal. Todavía la luz era un poco gris, y llegaba envuelta en alaridos que erizaban la piel y hacían que me tirara de la cama inmediatamente. Esa mañana había gente por casa que yo no conocía, un hombre grande, vestido con un mono azul de trabajo que daba unos toques con la cheira a un enorme cuchillo y una mujeruca que se alquilaba para ayudar en las matanzas, casi enana y vestida de negro, con andares de pato por el desgaste de las caderas y las manos deformadas por la reúma. Habían venido también algunos vecinos, se necesitaban varios hombres para sujetar sobre el tajo al cerdo que íbamos a matar. El hombre del mono azul metía el cuchillo afilado en el centro de la garganta de aquel animal enorme y desesperado, y aseguraba el golpe empujando con movimientos circulares de la muñeca. Mientras, las mujeres acercaban un barreño de barro y recogían la sangre que chorreaba, negra y humeante. Yo miraba desde la puerta, los pies juntos y las manos a la espalda. Miraba a los hombres que sujetaban con todas sus fuerzas al cerdo hasta que dejaba de patalear, y a la mujer que recogía la sangre y la batía constantemente para que no se coagulara. Y miraba al matarife que sacaba finalmente el cuchillo ensangrentado, y la mano y el puño también.

La muerte no significaba entonces el final de la vida; la muerte de aquellos animales era el paso necesario para poder comerlos, por eso, seguramente, no pensábamos que la rana estuviera muerta también.

Pero también aprendimos en aquellos años que, cuando la gata o la perra parían, le dejaban las crías un día o dos para vaciar de leche a la madre y evitar las mastitis, y, si después no había ningún vecino que quisiera gato o perro, se los quitaban. No preguntábamos cómo, de pronto un día no estaban, y punto; pero todos sabíamos que les rompían el cuello o los tiraban al río metidos en un saco.

Y había quien ahorcaba un galgo colgándolo de un árbol porque, una vez terminada la temporada de caza, dejaba de ser útil y gastaba en comer. Y supongo, además, que esa forma de muerte era barata y ofrecía escasa dificultad, porque el animal no podía defenderse de  la mano que le ponía la cuerda alrededor del cuello, siendo la mano que cada día le daba de comer. O el espectáculo horrendo de la muerte de un novillo como símbolo de dominación sobre un animal noble y peligroso.

Y asistimos también a las antesalas de la muerte, los muchachos que apedreaban perros por puro y siniestro placer, torturaban gatos hasta dejarlos tullidos, ciegos o rabicortos, o inflaban una rana a través de una pajita para que no pudiera saltar con la barriga llena de aire…

¿Cómo podré explicarles todo esto a los muchachos? ¿Cómo podré hacerles ver que hay muertes inevitables, otras que sólo son útiles y otras que sólo son crueles? Tengo miedo de no ser un buen maestro; miedo de no hacer bien lo que tengo que hacer, enseñarles a mirar para que puedan decidir dónde quieren estar, dónde quieren quedarse…

“De las memorias de Ismael Blanco”

Sobrevivir

Uno se acostumbra a sufrir. La piel va haciendo corteza y uno se acuclilla a su amparo; y así recibes los mismos golpes pero se te antojan más lejanos o más leves. Y uno sigue caminando por dónde antes creyó que no podría hacerlo, como un sonámbulo, sin ver el camino y sin mirar atrás. Pero sigue caminando. Quizás sólo se trate de eso, de no pararse nunca.

Eso era lo que intentabas explicarme. Eso fue lo que aprendí…

(De las memorias de Ismael Blanco)

¿Te acuerdas?

Seguramente tú no te acuerdes, Isabel. Llevábamos ya unos meses sin vernos y nos encontramos por oportunidad – No, por casualidad, no. Nunca pasan las cosas por casualidad-. Tuve la sensación de que éramos dos extraños, un beso calculado en cada mejilla y un “hola, ¿qué tal?” tan convencional…, o quizás los dos nos protegíamos de nosotros mismos. Hablamos de cosas, de cosas ajenas y de cosas cercanas, y, poco a poco, el aire entre los dos se fue entibiando. No sé cuánto duró, veinte minutos o, quizás, toda la eternidad, y nos despedimos siendo ya nosotros mismos, sin escudos, envueltos en un abrazo que volvió a fundirnos como entonces. Y yo tuve la sensación de que volvía a estar en casa.

(De las memorias de Ismael Blanco)

En el lugar de otro

He conocido a una mujer. Nunca pensé que un día estaría escribiendo esto, Isabel. Incluso yo me he sorprendido al darme cuenta de que tengo ojos para alguien que no eres tú, quizás ya ha pasado suficiente tiempo para ser yo de nuevo; yo mismo, sin tu circunstancia.

¡Qué triste destino el de aquel que viene a ocupar el puesto que otro ha dejado, el hijo que nace cuando otro hijo ha muerto y nunca deja de ser el otro para los que lloraron su muerte, la mujer que llega a un corazón destrozado por la huella que otra mujer dejó en él y ha de luchar, sin saberlo, con la desconfianza y con el dolor que todo lo asola, el amigo que empieza a serlo y te ofrece una mano tendida cuando tienes el recuerdo de un amigo traidor…! ¡Qué injusta es la vida con los que llegan a la tuya después de una batalla!

Ella no sabe nada aún de mí porque no sabe nada de ti, ni de mi amor incondicional, ni de mi dolor inconmensurable. Ella no sabe que llega a ocupar el lugar de otra, las ruinas que otra dejó para ella. Ella no sabe de su triste destino ni de la baza injusta que la vida iba a jugarle conmigo. Ella es inocente en mi vida y yo no me siento culpable en la suya. Probablemente esa sea ya la única vida que se nos permitirá vivir.

(De las memorias de Ismael Blanco)