Con sentido consentido

Cuando él se fue le pareció que el tiempo se hubiera detenido. El tiempo y la luz. Después, poco a poco, con algo más de ese mismo tiempo y de la misma oscuridad, fue reconociéndose, fue acomodándose en  la soledad y se fue desprendiendo de rutinas, de gestos, de evocaciones. Se sorprendió cuando una mañana se dio cuenta de que su cepillo de dientes seguía allí, junto al suyo y junto al tubo de crema dental, como si tal cosa, y algo la detuvo cuando hizo intención de tirarlo a la basura. En los dos meses siguientes, cada vez que ella se lavaba los dientes, una punzada le señalaba el centro del pecho, y un impulso la empujaba y la detenía a la vez. El día en que consiguió arrebatar el cepillo del vaso de cristal se sintió fuerte y, cuando lo vio en el cubo de la basura, se sintió libre.

Ayer fue al supermercado, como tantas otras veces, y, sin proponérselo, se acercó a la sección de droguería; miraba sin ver, se recreaba entre los aromas de aquel pasillo, hasta que reparó en el expositor de las cremas y los cepillos de dientes. Se puso frente a él y los miró sin moverse, como si la elección de un modelo o de un color fuera algo trascendental. Se acordó de él y, con el gesto natural del que necesita renovar su ajuar, escogió uno de mango azul. Después, cuando llegó a casa, lo colocó cuidadosamente en un cajón del baño, junto a las cremas de reserva, y se sintió preparada para mirar de frente al futuro.

Todavía

A ti ya no te quiero y a ella no la quiero todavía…  Las guerras me desgastan, mis propias  guerras donde yo soy a la vez el que ataca y el que se defiende, donde soy, inevitablemente, el vencido y a la vez y después de muchas agonías, más que el vencedor soy solo un superviviente. Sí, a duras penas, pero siempre sobrevivo. He sobrevivido al hecho de alejarme de ti y he vencido porque, aun así, no te he olvidado. Ni he podido ni he querido olvidarte. Me palpo el alma y las cicatrices están aún tiernas y duelen un poco, pero cada vez se harán más duras y más rígidas y dolerán menos. Solo es cuestión de tiempo.

Ya no te quiero, es cierto. Era mejor para los dos e imprescindible para mí desde que te fuiste que dejara de quererte. La vida no acaba porque un amor termine, me lo dije tantas veces que acabé creyéndolo y así fue. Ahora ella, y yo mismo, esperamos pacientemente mi recuperación, nos vamos acercando al camino como niños que están aprendiendo a andar, tambaleantes y con miedo a caer, de volver a caer, pero con la curiosidad infinita de lo que podamos encontrarnos.

Nunca leerás estas líneas, pero necesitaba escribirlas; ya me conoces, pienso, pienso… pero, hasta que no escribo, no tomo verdaderamente conciencia. Pues bien, es cierto, a ti ya no te quiero y a ella no la quiero todavía. Todavía.

(De las memorias de Ismael Blanco)

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Sombra y luz

Me miro al espejo y solo veo al otro lado unos ojos huecos y turbios, como de peces muertos, camino por la calle y no me sigue el eco de mis pasos y los perros gañen alejándose de mí; ni siquiera busco un sitio donde resguardarme de la lluvia por si acaso la lluvia arrastrara mi dolor… de estar sin ti.

Te reconozco en la luz de cada día, en la mirada alegre de las muchachas, en los labios golosos de las mujeres, en los juegos de los niños en el parque, en cada puesta de sol… Te sé parte del aire que respiro, del alimento que me mantiene en pie, te reconozco en mi sombra y en el ritmo de mi pulso… eres la vida que me lleva hacia ti.