La fotografía

Alguien compartió la foto en Facebook. Una foto en blanco y negro de un hombre anciano, con la cabeza girada hacia su izquierda, mirando a un crío de unos tres años que estaba sentado a su lado, absorto ante la cámara, los pies cruzados en el aire, colgando, y un cochecito de juguete sujeto entre las manos.

El niño parecía ajeno al viejo, concentrado solo en la magia de la fotografía. El viejo había pasado un brazo por los hombros del crío y apoyaba blandamente su mano izquierda sobre el hombro del pequeño.

No sabía quién era el anciano ni quién era el niño; ni siquiera conocía a la persona que había compartido la fotografía. Pero sintió de nuevo aquel cosquilleo detrás de las orejas, el cuerpo como ahuecado -quizás eso era la felicidad, no notar el peso de tu cuerpo, no notar que has de esforzarte para caminar, levantas ahora un pie y luego el otro y te despegas del suelo levemente-, y sintió sobre su hombro adulto la mano protectora del abuelo que nunca conoció.

La casa

Volví a la casa por obligación, sin ningún afecto. Volví porque, muerto mi padre, alguien tenía que hacerse cargo de las gestiones y las cosas. Nunca como entonces deseé tanto haber tenido un hermano en el que apoyarme.

Entré como si el muerto fuera yo o como un extraño que da las luces y abre las puertas  y entra en las habitaciones como si estuvieran vacías. Vacías,  no; me daba cuenta, aun sin mirar, de que todo estaba en su sitio, de que todo seguía igual que la última vez, cuando madre me seguía por el pasillo, ahogando los sollozos con el mandil que arrugaba sobre la boca, sin decir nada, sin atreverse a decir nada, y yo salía de allí para no volver. No sé qué me empujó más a irme de aquella casa de hielo, si los gritos castrantes de mi padre o los silencios humillados de mi madre.

En realidad, sólo había sido feliz allí cuando chico, y no siempre. Mi único recuerdo feliz era el del abuelo, el padre de mi madre, cuando se sentaba en una silla de enea, al lado de la aspidistra del patio, y me contaba historias antiguas mientras yo merendaba pan con chocolate. Me fui como un sonámbulo hasta allí. Allí seguía la silla, con el asiento despellejado y seco y la madera aballada; pero no estaba la aspidistra. Mi madre cuidaba aquella planta que apenas necesitaba cuidados como si fuera el hijo pequeño que nunca llegó después de mí; la trasplantaba de cuando en cuando a un tiesto más grande cada vez, y le separaba hijos que plantaba en tiestos nuevos y colocaba alrededor del patio. No quedaba nada allí; una vez muerta mi madre, mi padre habría sido incapaz de cuidar de ellas, como no supo cuidar nunca de nosotros. Sólo quedaba una huella redonda en el suelo, la que había dejado el fondo de la maceta posada allí durante años; una circunferencia como de óxido bordeando un trozo pálido del patio escondido de la luz. Me quedé eclipsado mirando aquel vacío, la puerta del patio aún entreabierta y yo en el medio, sin entrar ni salir. Mi propio vacío  se rodeó de una herrumbre que me arañó la garganta como si tragara puntas oxidadas.

Me dejé caer en la silla del abuelo y me eché a llorar a borbotones.

 

(De las memorias de Ismael Blanco)

De dolor y muerte.

Mi hermana viajaba en el asiento del copiloto y yo detrás. En los últimos meses habíamos dado pasitos de gigante, sobre todo ella, para conseguir atar los cabos sueltos que nunca estuvieron sueltos y localizar el lugar en dónde mi abuelo estaba enterrado; presuntamente enterrado. Mi abuelo arrebatado; mi abuelo ausente siempre; mi abuelo, esa sombra que siempre ha planeado sobre nuestras vidas, en silencio y casi a escondidas…

El hombre que conducía había hecho el recorrido más veces, demasiadas veces, hasta el lugar por donde iba el camino antiguo de Hervás a Valverde del Fresno, un sitio anodino como cualquier otro bordeado de postes de luz y de terreno sin labrar, dónde antes de este momento nuestro, mucho antes, tuvo mi abuelo su momento particular, y sus asesinos también; mi abuelo para verse obligado a dejarse matar sin culpa y sin poder defenderse, y sus asesinos para dejar en la cuneta el logro de su propia maldición.

Yo, en aquel momento, ni siquiera podía pensar con claridad, la emoción de llegar al sitio en donde mi abuelo había muerto de una forma tan bárbara; el poder ponerle coordenadas, colores, texturas, realidad al fin, me paralizaba. Ninguna de las dos podíamos hablar, mi hermana me miraba por el espejo retrovisor y me veía llorar como el agua desborda de un vaso, pausadamente y en silencio, mientras yo miraba sus ojos en el espejo, que también empezaban a inundarse. El hombre que conducía habló en tono jovial, supongo que no fue un pensamiento en voz alta, que nos hablaba a nosotras aunque no escuché lo que dijo, porque se volvió y nos vio así, calladas y llorando un dolor ancestral ya, y… se puso a canturrear una canción. Aún pude sorprenderme, miraba su espalda y su nuca y oía aquel tarareo que me hacía daño, que volvía a hacer sangrar aquella herida nunca cerrada, que me hacía sentir que mi abuelo volvía a morir en aquellos momentos.