Diario de Pepín. Día 112

Mamá dice que tengo los ojos como las cuentas de un collar. Y que son como el azabache. Yo no acabo de entender qué significa eso del azabache, pero debe ser bueno a juzgar por la cara que pone mamá cuando lo dice.

También dice que yo no tengo conciencia de mi tamaño y que por eso me lío como un loco a jugar con perros que son muchísimo más grandes que yo. Yo no entiendo qué es eso de la conciencia, pero supongo que los perros no la necesitamos porque para eso nos fijamos mucho al vernos, nos olemos y ya sabemos que podemos revolcarnos y mordernos sin daño hasta que nos quedemos sin fuerzas.

Yo sé que mamá todo esto lo dice porque me quiere mucho pero, claro, ella no es un perro, y, por mucho que se esfuerce, se le nota un poco.

Diario de Pepín. Día 111

Si yo supiera contar, como mamá, sabría exactamente cuántos días llevo sin ir a trabajar. Yo solo sé que son muchos. Una mañana, mientras mamá se ponía el abrigo para salir, yo agaché las orejas, me hundí un poco más en mi camita y la miré con ojos tiernos; y mamá no tuvo corazón para ponerme el arnés. Bueno, yo creo que también influyó eso que ella dice de “que me pongo empachoso”. Por las tardes, cuando llevamos mucho rato trabajando, yo quiero que me coja un poquito –me gusta mucho estar subido en sus piernas y apoyarme en la mesa y en su brazo mientras escribe en el ordenador- y también quiero salir con mis amigos, que pasan por la puerta de la oficina camino del parque, y entonces voy y vengo cincuenta veces -ella dice que cincuenta, yo solo sé que son muchas veces- desde la puerta a las piernas de mamá, que me riñe y me pide que me baje, y acaba diciendo eso de “no te pongas empachoso, Pepín”. Eso me dice.

Diario de Pepín. Día 110

Cuando ya crees que lo has visto todo y los paseos se limitan a comprobar que todo sigue oliendo como debe oler, vas y te llevas una sorpresa. Debe ser porque soy joven y las cosas pasan lentas  y  necesitan de más tiempo que el que yo llevo aquí. ¿Cuántas cosas me quedarán por conocer aún? No sé si a mamá, que es muchísimo mayor que yo, le quedará algo por ver aún por primera vez, pero supongo que sí, porque yo no le veo cara de aburrida.

El caso es que esta mañana la hierba era casi toda blanca. Ha habido días en los que la hierba brillaba con lucecitas diminutas, casi transparentes, y estaba dura y fría, pero hoy, no; hoy estaba blandita y blanca, cubierta de una capa de algo frío que mamá dijo que era nieve. Nieve. Yo nunca había visto la nieve, pero me gusta. Me he pasado rato y rato oliendo –nada olía igual que otros días- y metiendo las narices en la hierba, pero, en vez de comérmela como otras veces, le he pegado unos buenos lengüetazos a la nieve que la cubría. Era como cuando mamá me deja chupar un palo de helado. Mamá ha esperado pacientemente viéndome disfrutar y luego se ha reído porque hasta mi morro se ha quedado nevado por un momento. Después hemos seguido caminando, como otros días, aunque un poco más lentos, porque dice mamá que ella ya se ha caído en el hielo y no quiere repetir.

Diario de Pepín. Día 109

Mamá dice que he salido en un calendario. Yo no  me lo creía pero me ha enseñado una foto con una de mis hermanas, del último día que estuvimos todos juntos, sin mamita Alba. A mí se me ve bastante pequeño porque mi hermana me saca más de la cabeza. Me acuerdo ahora de cómo todos mis hermanos, que eran seis y eso es ser muchos hermanos, se adelantaban siempre a coger la teta de mamita, y me dajaban al verlas venir. Yo creo que, si no hubiera sido por los cuidados que me dieron los papás de la otra casa, yo me habría muerto de hambre, en medio de todos ellos, hambrientos y grandullones. Menos mal que siempre he tenido papás que me han cuidado, los de la otra casa y mi mamá.

Dice mamá que hoy se acaba un año y mañana empieza otro. A mí me da lo mismo, los días son diferentes dependiendo de si voy a la oficina o me quedo en casa, o si vamos de viaje con el coche, cosas así… Y un año se me hace un tiempo muy largo. Yo no sé cuántos años tendrá ya mamita Alba o cuántos tendrá el perro más viejo que jamás haya visto, pero, si he de empezar un año nuevo, pues quiero seguir todo ese tiempo con mamá, por supuesto, y con el chico de la gorra, y el señor que me llama perrete y la mujer que habla como mamá pero no es mamá. Bueno, y con los abuelos, claro, que yo creo que esos sí que deben ser viejos viejísimos, pero ya les diré yo que, si no pueden caminar bien, pues que se queden sentados, pero que me esperen en el pueblo que tendremos que ir también en ese año nuevo.

Diario de Pepín. día 108

El pueblo ya no tiene secretos para mí. Cuando bajo del coche sé perfectamente cuál es la puerta de la casa de los abuelos. Eso sí, la cortina sigue dándome un poco de miedo, y espero a que mamá la recoja a un lado para poder pasar, pero eso es lo único. Incluso me voy yo solito al trozo de hierba donde mamá me saca para hacer pis; que sabía yo muy bien dónde era y no me iba a perder. Mamá se llevó un poco de susto, eso sí, porque pasaban coches por la carretera y yo me fui a explorar, como si nada.

Los abuelos son muy viejitos y hacen las cosas más despacio que mamá y el chico de la gorra. Nos abrazan  mucho cuando llegamos y cuando nos despedimos, y la abuela me deja subirme al sofá, y eso debe ser algo extraordinario, según dicen mamá y la mujer que habla como ella pero no es ella. La abuela camina un poco raro, arrastra los pies y de vez en cuando parece que se va a caer, pero no. Yo procuro no meterme entre sus piernas porque si ya se tambalea ella sola, no quiero ni pensar si se tropieza conmigo. A veces ella me llama Pepito, y otras se piensa que yo soy una perrita pequeña que ella tuvo hace muchos años, pero a mí no me importa porque sé que ella me quiere igual.

Tener abuelos es una buena cosa.

Diario de Pepín. Día 107

Yo no sé si todos los inviernos van a ser como este, pero, para ser este el primero que a mí me toca vivir, yo diría que está un poco revuelto. A lo mejor esto es lo normal y yo no lo sé porque no puedo comparar. Mamá, que conoce muchos más inviernos que yo, protesta con tanta lluvia y con tanto viento, de modo que no debe ser esto lo normal.

Ayer cerraron el parque; dijo mamá que por peligro de que cayeran los árboles. Nosotros íbamos por la acera, y de pronto, vino un golpe de viento y le dio la vuelta al paraguas de mamá. A mí no me gustan demasiado los paraguas, tienen una forma muy brusca de abrirse y  a veces me asustan, pero el de ayer me dio mucha pena. Tenía los bracitos rotos, colgando, y el vestido arrancado casi del todo. Mamá dijo que íbamos a una papelera, como cuando tiramos las bolsas con mis cacas, y yo ya me imaginé para qué. Se conoce que los paraguas son muy sensibles a esto del viento fuerte, porque en la papelera ya había otros dos desvencijados y otro en el suelo. Podría decirse que ayer vi cómo se moría un paraguas, y a otros tres ya muertos del todo. Estará orgulloso el viento de pelear con gente tan débil…

Nosotros, después de esto, aguantamos como pudimos; yo, con mi impermeable, que me tapa bastante, pero no todo, y  mamá mojándose entera por no tener paraguas. Como en la ducha pero con el agua más fuerte. Diría yo que el viento y la lluvia no son amigos de la gente y de los perros, porque así no hay quién disfrute de un paseo. Hasta yo me doy prisa en hacer caca porque me da pena que mamá se moje.

Diario de Pepín. Día 106

Como si nunca hubiera llovido. Mira que a mí me disgusta mojarme las patitas, que, a veces, doy saltos para evitar los charcos, y, gracias al impermeable que me pone mamá solo me mojo la cabeza, bueno, y la barriga, porque, como soy bajito, en seguida me salpica el agua del suelo; pero es que hoy no había donde meterse para protegerse de la lluvia. Hemos llegado pingando a la oficina, mamá y yo. Mamá sacudió el paraguas antes de entrar y yo me sacudí todo entero, que luego se llena todo de agua y, además, me pesan las orejotas mojadas.

Me parece que hoy tampoco hay parque, porque, cuando llueve –y llueve mucho menos que lo que ha llovido hoy- el parque es un barrizal que todo lo embadurna. Y solo me faltaba llegar a casa y que mamá me metiera en la ducha.