Diario de Pepín. Día 122

Ayer fue mi cumpleaños. Yo no sé nada de días especiales, para mí estaban los domingos y los otros días, pero desde que está el confinosequé, parece que hubiera más domingos que de los otros. Y, tampoco; porque antes del confinosequé ese, los domingos nos íbamos mamá y yo muy lejos, a caminar, y,  luego, yo correteaba por la hierba hasta que me entraban ganas de volver a casa y, ya cerca, nos parábamos a comprar churros –que yo me sentaba en la acera mientras mamá hacía cola y luego ella me daba un pedacito de cada churro que se comía con el café-. Esos sí que eran días especiales…

Así es que ayer hizo un año desde que yo nací, a mí se me hace mucho tiempo, pero si mamá quiere celebrarlo, me parece bien. Yo no sé cuánto tiempo hace desde que, después de vivir con mis primeros papás, mamá y el chico de la gorra me achucharon, me cogieron en brazos y me trajeron a casa. A veces me dan ganas de preguntarle a mamá porque seguro que ella lleva la cuenta también de esto, pero es que, en el fondo, me da igual. Casi toda mi vida llevo a su lado. Y eso me basta.

Diario de Pepín. Día 121

Yo tenía seis hermanos, de eso sí me acuerdo. Y supongo que todos los perros que eran mis amigos, y los que no, también tendrían hermanos. ¿Cómo es posible que ahora todos los perros  hayan desaparecido? ¡Si debíamos ser muchísimos! ¡Si nos juntábamos en el parque hasta diez o doce a la misma hora y ahora no veo a ninguno! El caso es que sigo oliendo meadas en la calle, por eso pienso que en algún sitio deben estar, pero es como si se los hubiera tragado la tierra…

Lo único bueno de todo esto es que ahora juego más con mamá, como no tengo amigos para corretear, ella me tira un nudo de cuerda lo más lejos que puede en casa y yo corro como un loco a por él. Y, luego, nos peleamos los dos a  ver si es capaz de quitármelo de la boca. Y siempre gano yo porque cada vez tengo más fuerza.

Hoy me ha pasado algo extraordinario. Como yo había bebido mucha agua tenía unas ganas enormes de hacer pis, pero quería aguantarme para no hacerlo en casa y que mamá no me riñera. Pero es que aún no era la hora de salir y yo ya no aguantaba más, así que pensando en qué sitio sería el mejor, o el menos malo, se me ocurrió hacer pis en la ducha y no sé si es que mamá no se ha dado cuenta, o es que lo ha visto y no se ha enfadado conmigo, porque no me ha reñido. Temblando estaba.

Diario de Pepín. Día 120

Dice mamá que me están creciendo las uñas. Yo me las miro y no veo nada raro, pero ella dice que si no las desgasto correteando por la calle “voy a poder sacar con ellas la carne del puchero”. Mamá dice, a veces, cosas muy raras, pero a lo mejor tiene razón; desde que empezó esto del confinosequé todo está como del revés, paso tanto tiempo en casa como Sofía y, encima, ella no quiere jugar conmigo. Por eso ladro, porque no me hace caso y es la única forma que tengo de llamarla, pero mamá se enfada conmigo porque dice que molesto a los vecinos…  ¡Tengo unas ganas de poder salir a gusto, que ni pa qué!

Diario de Pepín. Día 119

Esto del confinosequé no me gusta nada. Esta mañana, una mujer nos ha mirado a mamá y a mí como si la calle fuera suya. ¡Ojalá mamá me encontrara un abrigo que fuera de color transparente y solo pudiera verme ella cuando salimos a hacer pis!

Hoy, cuando ha llegado de trabajar yo estaba vomitando. Mamá creyó que me había comido alguna caca de Sofía y por eso tenía mala la tripa, pero después ya fue viendo más cosas. Cuando empecé a estar mal, yo estaba en la cama, acostado con los peluches, los aparté y vomité sobre el edredón, pero a ellos no los manché, y, después, viendo el destrozo, me fui al sofá (nuevo) del salón, pero entonces me entraron unas ganas terribles de hacer caca y antes de poder bajarme al suelo, y hacer caca allí, tuve que hacer un poco en el sofá –sobre la toalla que había dejado mamá para que no se lo llene de pelos-.

Mamá, a medida que iba viendo el desaguisado de habitación en habitación, solo decía “¿qué ha pasado?” y yo la miraba agachando las orejas. Y ni siquiera me riñó, me acarició la tripa y me dijo que no tenía que comer cacas de Sofía, aunque después, más bajito, dijo “a ver si nos hemos pasado con el kéfir”. Luego, ha cambiado la toalla del sofá y me ha tapado con una mantita para que no me quede frío. Mi mamá es la mamá más buena del mundo.

Diario de Pepín. Día 118

Dice mamá que hoy es el sexto día de confinosequé. Yo no entiendo lo que es, pero seguimos saliendo poco rato y echo de menos a mis amigos. Voy solo por la calle, menos mal que hay meadas en las esquinas porque, si no, creería que todos los perros han desaparecido. Se conoce que no nos ponemos de acuerdo en la hora de salir; eso será. Y, encima, Sofía sigue escondiéndose en algún rincón cuando mamá se va a trabajar y no puedo correr detrás de ella.

Hoy nos hemos venido muy disgustados para casa, porque íbamos por una calle sin gente y pasó por el otro lado un hombre, y era joven. Me miró a mí como si hubiera aparecido de entre la niebla y luego miró a mamá con cara de asco –dice mamá que era con desprecio, pero yo no acierto a ver la diferencia- y movió la cabeza hacia los lados como si dijera “no” todo el rato. Mamá dice que ese hombre es digno de lástima, porque debe ser muy infeliz. Muy contento no se le veía.

Diario de Pepín. Día 117

Dice mamá que como poco. Nunca he sido tragón pero es que, desde que no corro en el parque detrás de mis amigos grandes, no me entra hambre. Como, sí, y picoteo de todas esas cosas que me encantan y que come mamá (kéfir, fresas, pan, melón, almendras…) pero también las comía de antes y poco dejaba en el comedero. Y es que estos días están siendo días muy, muy raros. Menos mal que ayer me crucé con Flavia, que hacía miles tiempos que no la veía. ¡Cuánto tiempo no haría que hasta ella, que, cuando me ve, se alegra, pero despacito, empezó a dar brincos como una loca! Pero, nada, en seguida su mamá se la llevó y mamá decía todo el tiempo que teníamos que irnos, que no podíamos jugar.

¡Y sigo sin encontrar nada que comer en la calle…! Porque hambre no tengo, que no es hambre, pero tengo necesidad de olisquear y  llevarme al gaznate todo lo que pille.

Diario de Pepín. Día 116

A mamá le ha dado por salir al balcón y aplaudir. El primer día yo me asusté mucho y empecé a ladrar como un loco, porque retumbaba mucho el aplauso de tanta gente, pero ayer, como hacía muy  mal tiempo, apenas salieron otros dos vecinos y yo ya ni me inmuté. Otra cosa que hizo ayer mamá, antes de lo del aplauso, fue poner un altavoz en el balcón con una canción muy maja que decía algo de resistir. Son tiempos raros estos, se conoce que los balcones son ahora muy importantes, y hace unos meses era donde mamá me ponía un empapador por si quería hacer pis…

Esta mañana hemos salido, como todos los días, pero, como pasa últimamente, solo estaba el barrendero por allí, que no sé qué barre porque está todo limpísimo. Yo ya llevo días que no encuentro nada que llevarme a la boca, de esta se me va a quitar la manía de ir rebuscando. Bueno, pues, en esa calle larguísima que recorremos todos los días,  nos hemos cruzado con un hombre joven que llevaba guantes  morados e iba mirando el teléfono pero, al llegar a cruzarse con nosotros ha mirado a mamá muy sonriente y nos ha dicho “¡buenos días!”, yo creo que, incluso, con alegría. Mamá se ha emocionado. Mamá necesita muy poco estos días para emocionarse, esa es la verdad. Total que, al doblar la esquina, nos hemos encontrado con una mujer que iba como a lo suyo y mamá le ha dicho “¡buenos días!” y le ha dado un buen susto.