El beso

No dijo nada; no fue capaz. Le echó los brazos al cuello y se dejó abrazar. Algo de tibieza comenzó a difundir por su pecho, como cuando te acercas a la chimenea con las manos abiertas buscando ahuyentar el frío desolador del invierno. El hueco protector de su hombro volvió a ejercer la magia y el mundo se vació para llenarse solo con ellos dos.  Una eternidad después él se separó un poco y posó sus labios sobre los de ella, apenas un suave aleteo de mariposa, casi imperceptible, y tan extraordinario a la vez, que despertó la tormenta perfecta en la que sucumbir. Él la besaba con los ojos cerrados; por eso no pudo ver cómo las lágrimas desbordaban los ojos de ella.

(De las memorias de Ismael Blanco)

El encuentro

Por aquel entonces empecé a salir a la calle casi a diario. Me lo impuse como una disciplina porque la casa se me caía encima cuando no estaba trabajando. Tu ausencia lo llenaba todo; el hueco que tú habías dejado se comportaba como un agujero negro que todo lo engullía, los espacios, el tiempo, la memoria… Me acostumbré a deambular sin prisa –nadie me esperaba ya a mi vuelta-, forzándome a ver prestando atención, a mirar a mi alrededor, a la gente que pasaba sin prisa, a los turistas que se agolpaban alrededor de su guía, las fachadas de las casas solariegas o las iglesias en las que yo nunca entraba.

Una tarde estaba observando la huella del tiempo en las piedras de la fachada de una pequeña iglesia, aledaña a un convento de clausura. Eran piedras blandas, mermadas por la humedad y por los siglos. Pasé la mano por las que quedaban a la altura de mis ojos y los dedos pulverizaron la superficie con un roce mínimo. Aquella fragilidad, manteniendo la iglesia en pie durante siglos, me pareció una alegoría de mí mismo, tan frágil, tan sensible y, sin embargo, la imagen viva de la resiliencia.

Cuando ya me marchaba vi que, entre dos piedras, había un papel blanco, doblado y colocado en el fondo de la angostura. Hundí la mano tanto como pude en la hendidura y llegué a él con la punta de los dedos. Me costó maniobrar un poco para poder cogerlo pero, finalmente, me hice con él. Era un trozo de papel recortado con torpeza de otro más grande y doblado cuidadosamente en cuatro. En él alguien –no sé si hombre o mujer, no tenía una letra característica- había escrito torpemente una fecha -tres meses antes de aquel día- y, debajo, una confesión de pesimismo, de desesperanza, de despedida. Parecía la nota de un suicida, de hecho, parecía despedirse de alguien o de todo. Me sorprendió encontrarla allí. Pensé que, si era broma, se trataba de una broma macabra, y, de ser sincero aquel escrito, por qué dejarlo allí, donde nadie podría leerlo, o quizás, con la esperanza de que, precisamente, alguien anónimo y ajeno lo leyera. Pensé que esa misma nota, encontrada en otro lugar, en la casa o en el lugar de trabajo, sería la forma de despedirse de un hombre o de una mujer solos y desesperanzados, pero, en la pared de una iglesia, era un grito desgarrador por una fe que habían perdido -el hombre o la mujer- o que nunca habían tenido; un reproche, un reparto de culpas, quizás, por haber buscado refugio allí y haber fracasado.

Que yo encontrara aquella nota tres meses después de ser escrita no solucionaba nada, al contrario, provocaba en mí una tormenta interior, un mar de dudas, sobre lo que finalmente habría ocurrido con su autor o autora; si se habría suicidado, como daba a entender en ella, o habría encontrado un resquicio de esperanza y de valor para seguir viviendo, para seguir luchando. No sé por qué pero no fui capaz de devolver el papel a su sitio –el sitio donde lo había encontrado-; quizás pensé que su sitio cierto estaba conmigo, como si me hubiera estado esperando durante tres meses, hasta mi llegada, como si, de entre todos los pobladores de la ciudad y todos los que solo pasan por ella, me hubiera señalado a mí, como su destinatario. Sentí que debía quedármelo, protegerlo –quizás intentaba proteger a su autor o autora-, como un depósito, como si, al guardarlo yo, algo de la memoria de aquel desconocido o desconocida permaneciera aún en este mundo, en mi propia memoria, sin recuerdos previos, como un intruso invasor que ya siempre me acompaña.

De “Las memorias de Ismael Blanco”

Relativizando

No es hora punta, pero el metro, en Madrid, va lleno igualmente. Todos los asientos están ocupados y hay gente que viaja de pie, apoyándose en las paredes del vagón o asiendo las barras verticales para no caer. Al cabo de un rato, escucho a mi espalda que alguien le dice a una chica –veo que es una chica cuando me vuelvo a mirar- que debe ponerse la mascarilla porque es obligatorio y, además, porque los de seguridad del metro la van a obligar a ponérsela. Supongo que, por casualidad, una pareja de hombres uniformados con llamativos trajes amarillos y verdes, con un logotipo en la espalda de empresa concertada para la seguridad de Metro Madrid, viajan en el vagón. No sé si es por prurito profesional o porque se ven aludidos por el comentario, pero se dirigen, al unísono, vigilantes siameses, hacia la chica de cara descubierta.  No es necesario nada más, la amenaza y la inmediatez de su cumplimiento, son suficientes para que la viajera rebelde se tape la boca, como todos.

La escena, como mínimo, me intimida. Viajamos todos aborregados, resignados ante el ritmo odioso de la gran ciudad, y, cuando alguien saca los pies del plato, siempre hay un ciudadano ejemplar que acusa –no piensa que se le ha olvidado la mascarilla, directamente da por hecho que se está sublevando ante la norma- y unos voluntariosos guardias de seguridad procuran que nadie se salga del redil. Todo bajo control, como debe ser.

¿Quién decide la importancia de las cosas? En su empresa, en la ciudad, en la sociedad entera, ¿quién decide lo que es relevante o no en cada momento? ¿Quién relativiza los asuntos y en función de qué lo hace? Es posible que tenga una respuesta, pero no me gusta.

Porque hace algo más de treinta años –sí, treinta- yo iba a coger un metro en la estación de República Argentina, a las 9,30 de la noche. La entrada se alargaba a través de un espacio largo, larguísimo, y, a esa hora, apenas había gente –parece que en Madrid debiera haber mucha gente a todas horas-. Llegó un momento en que solo yo caminaba hacia la entrada efectiva del metro. Los pasos empezaron a sonar detrás de mí, armónicos y rápidos. Sonaban demasiado en aquel espacio vacío. Las mujeres siempre somos conscientes de las miradas furtivas, de una presencia masculina en la semioscuridad, de unos pasos que nos siguen y no suenan a tacones, sino a las pisadas firmes y pesadas de un hombre que puede seguirnos. Las mujeres siempre nos hemos sentido amenazadas por hombres desconocidos y, demasiadas veces también, culpables por haber podido ser una provocación involuntaria. Culpables, eso nos hicieron creer los que relativizan los asuntos.

Cuando yo había llegado más o menos a la mitad del recorrido todo sucedió muy rápido; los pasos se aceleraron y sonaron junto a mí, y un empujón me hizo girar y me colocó de espaldas a la pared. Un hombre joven, desconocido, por supuesto, me apretaba el cuello con algo que llevaba en su mano derecha –podía ser un cuchillo o una navaja, pero nunca llegué a ver ese objeto, solo notaba la presión y la amenaza en la garganta y eso era lo suficiente como para no intentar comprobar si, en realidad, era un arma blanca o cualquier objeto inofensivo utilizado para la ocasión-. Me empujaba contra la pared, su pierna entra las mías, y, con la mano libre, la izquierda, empezó a desabrocharme el vestido que llevaba. Yo estaba muerta de miedo, no temía que me violara, temía que me matara. Recuerdo el manoseo torpe y apresurado, y la presión sobre mi boca de una boca dura y fría, como de mármol. Yo solo deseaba que llegara alguien, pero el tiempo se me hacía eterno y nadie quería coger ese metro, de modo que lo único que se me ocurrió para salvar mi vida fue hablarle, intentar dejar de ser para él una cosa  y que me reconociera como una persona, ensayar algún nexo de unión con él; con mi posible asesino, con mi probable violador.

Cuando empezaron a oírse pasos, al inicio de aquel pasillo inmenso y desierto, él desapareció corriendo y yo me apresuré a recuperar la compostura, a colocarme otra vez el sostén y a abrocharme el vestido. No recuerdo si vi pasar ante mí a los viajeros que, involuntariamente, acababan de salvarme la vida, pero sí recuerdo, como si fuera ahora, que me dirigí al interior del metro y, en la taquilla, les dije –me costaba hablar- a los dos empleados que allí había, un hombre y una mujer, en charla amigable, lo que me había pasado. Ellos estaban protegidos por la mampara de cristal, protegidos de todo lo que les era ajeno, ya fuera ese violador de mierda que campeaba por los pasillos desiertos o, incluso, yo misma. Y así siguieron, ajenos a todo, tan solo comentaron que intentara buscar a algún guardia de seguridad -no sé si es que ellos no podían o no querían avisar a ninguno-, y la empatía máxima a la que llegaron fue a dejar de charlar y poner cara de circunstancias. Y yo me fui sola, con mi miedo a morir y el alivio de que eso no hubiera sucedido. El asco llegó más tarde.

Hace treinta años no habíamos dejado atrás una pandemia y no era obligatorio llevar mascarilla y, quizás por esa razón, los guardias de seguridad, a las 9:30 de una noche otoñal en Madrid, estaban lejos de cualquier sitio y, por supuesto, muy lejos de mí. Nadie los llamó, yo no los busqué y tampoco los vi en el recorrido que debí hacer, a pie o en el vagón. Mi razón era muy importante para mí, pero supongo que, para otros, para los que relativizan, este tipo de razones no lo son tanto.  Nada comparable a saltarse a la torera la norma de llevar mascarilla en el metro.

Papeles

Rebuscaba papeles para destruir -nos van a comer los papeles, decías a veces-, y era como si cada uno de ellos, de los que iba seleccionando para la chimenea, me fuera arrancado en algún punto de su agonía, como cuando tú saneabas las plantas en casa y arrancabas las hojas muertas que, aun exangües, no habían llegado a caer.  

No fueron muchos, aún no podía desprenderme de todos ellos. Necesitaba primero dejar de sentirlos para luego dejar de verlos. Bajo la portada de un libro viejo, asomando una esquina desgastada, encontré este poema.  Lo leí dos o tres veces, recordando el momento exacto en el que lo escribí y lo guardé de nuevo, cuidadosamente, en aquel viejo libro, en aquella memoria vieja que me ayudaba a vivir.

«Llegó el otoño a mi valle y todo

lo cubrió de rojos,

de ocres y de sienas…

Después, el invierno dibujó los grises

y el viento ululó entre los árboles,

el frío dibujó estrellas

de hielo

y la noche quiso ser eterna…

Pero ya no tuve miedo

porque yo vislumbré

tu nombre entre la niebla».

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

El baile

Por la tarde a ella le gusta tomarse un té verde, sentada a la mesa que está junto a la ventana. Antes tomaba café, solo y sin azúcar, corto y fuerte, pero el café, como otras tantas cosas, aguanta mal el paso del tiempo, y se enfría rápidamente y pierde sabor y esencia, y se convierte en un brebaje apto solo para los que no les gusta el café. Por eso, como cada vez le lleva más tiempo ver la vida desde la ventana en esa hora mágica, decidió, años atrás, decantarse por el té verde, que le calienta las manos y el estómago durante mucho más tiempo, pero de una forma tan tenue, tan desvaída, que, irremediablemente, le trae el recuerdo del sabor intenso, amaderado y ardiente del café expreso.

Él, mientras ella se asoma a la ventana, lee el periódico. En papel, siempre le gustó el olor de la tinta y la amplitud de miras del papel escrito; siempre tuvo la sensación de que leer en un libro digital o en una pantalla era demasiado restrictivo, demasiado plano, demasiado poco. De vez en cuando, levanta la vista del periódico para observarla. Han pasado los años pero sigue siendo tan guapa, tan serenamente bella, que mirarla siempre le sosiega, incluso cuando la sorprende con la mirada perdida, lejos de él y lejos de todo. A veces, con bastante frecuencia aún, el hecho de que él la observe tiene un efecto mágico, y ella se vuelve como si hubiera escuchado su llamada muda, y le sonríe con los ojos y con los labios, como cuando, muchos años atrás, corría hacia él al verse, y se abrazaban y se besaban sin saber cuándo parar.

Él se levanta con torpeza del sofá; le cuesta empezar a andar, su cuerpo, escrupuloso y desafiante, se empeña en llevar la cuenta del tiempo vivido. Se acerca al viejo tocadiscos y escoge uno de los vinilos que se ordenan al lado. Le gusta escuchar el rascado de la aguja antes de que la música llegue. Cuando empieza a sonar se acerca a ella para invitarla a bailar, su brazo derecho rodeando una cintura imaginaria, y la mano izquierda elevada, esperando otra mano que se apoye allí. Entonces, ella retorna, sonriendo, al instante certero en el que él está, se encierra en el anillo de su brazo, apoya la cabeza sobre su hombro y acuna su mano en la mano de él. Y se deja llevar hasta los rincones de su memoria. Y se besan como entonces, como si el tiempo no fuera capaz de destruir el aroma del café.

El asesino

No pudo evitarlo, vio cómo un hombre se encogía, a punto de caer, mientras otro hombre metía y sacaba de su barriga un cuchillo.

Cuando la Policía le preguntó, nada pudo decir del hombre muerto, pero dio todo tipo de detalles del asesino porque, desde entonces, no veía otra cosa más que a él. De día y de noche, despierto o dormido, siempre lo tenía delante.

Cuando se lo cruzó en la escalera, unos días después, sintió que el suelo no era firme. Se paró en seco y el asesino lo miró. Ninguno de los dos dijo nada, no era necesario. El asesino siguió y él se agarró a la barandilla para no caer mientras un sudor helado le calaba la camisa.

Al día siguiente no fue a trabajar. Se plantó detrás de la mirilla y vigiló atentamente los movimientos de todos los vecinos. Por la tarde volvió a verlo, bajaba despacio la escalera y al pasar frente a su puerta se demoró un poco. El miedo dio paso al terror, nunca antes había sentido que su vida estuviera en peligro, pero ahora se sentía amenazado. Tembló. Esperó un tiempo prudencial y bajó él también. Siguió al asesino hasta que llegaron, ya anochecido, a una callejuela oscura. Nunca pensó que fuera tan fácil acercarse a un hombre por la espalda y degollarlo con una navaja suiza. Ya estaba a salvo, ya pensaría después en deshacerse de la navaja y de la ropa. Al fin y al cabo, había sido en defensa propia, o casi.

En los sucesos del informativo local la televisión anunció que un hombre había aparecido degollado, sin poder aclarar más circunstancias. Y también dijeron que la Policía había detenido al hombre que una semana antes había acuchillado a otro hasta matarlo.

Duelo

Cuando tú te fuiste, Isabel, el mundo, mi mundo, se derrumbó. Yo te quería con locura. He dicho mal, no era locura, yo estaba muy cuerdo y por eso te quería. Tú eras una parte de mi vida, pero eras la parte más importante; tú eras mi cobijo, mi compañera, mi contrapunto, y yo contaba contigo para ser feliz y para hacerte feliz también. Por eso, cuando te fuiste, el duelo invadió mi tiempo, cada minuto de mi vida.

No, el dolor que yo sufrí entonces, y que aún a veces me acecha, no es comparable al dolor que provoca la muerte. La muerte es algo irremediable, algo asumido por nuestra condición humana. La  muerte nos arrebata a alguien querido y nada podemos hacer contra eso, y, para seguir viviendo, nos aferramos a los recuerdos de nuestra vida en común, a todo lo bueno que nos dio o que creímos darle, y seguimos viviendo para él o para ella y con él o con ella. Aun después de la muerte, vivimos en su compañía y recibimos su aliento. Su amor perdura.

Pero tú te fuiste, Isabel, tú me dejaste sin una explicación y me dejaste sumido en el más profundo de los dolores. Podrías haberme dicho que te habías enamorado de otro, y lo habría entendido- ¡cómo no saber lo que es enamorarse si yo estaba enamorado de ti!-, o que habías dejado de quererme, sin más, como en una metamorfosis, o que te aburrías a mi lado porque el tiempo había ido desgastando tu interés por mí, yo qué sé… Pero no dijiste nada y, además de tu ausencia, me quedó el sentimiento de culpa, porque algo debía haber hecho yo para provocar tu marcha, o algo debería haber hecho para evitarla. Culpa, culpa, culpa por quererte y porque tú dejaras de hacerlo. Siempre la culpa…

La muerte, Isabel, tu muerte -que nunca, ni en los momentos más duros, he deseado-, me habría dejado la esperanza de seguir viviendo con tu recuerdo, pero tu abandono solo me dejó desesperación; la desesperación de afrontar un futuro helado. Muerto.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

Así empezó todo

Yo caminaba solo por la calle y tú salías de un portal. La calle estaba desierta y yo llevaba tiempo acostumbrándome al eco de mis pasos solitarios y a la luz mortecina de las farolas. Mi propia vida, pensé. Seguí mi camino -yo creía que era un camino, pero en realidad, caminaba sin rumbo, o, precisamente, caminaba intentando no seguir un camino-. Apenas me di cuenta de que tú salías del cobijo de un portal a la intemperie.

Un tiempo más tarde, la escena, más o menos, se repitió. La intemperie tiene su atractivo para quien vive inmerso en la tranquilidad que da un techo, y yo… yo era Ulises luchando con denodado esfuerzo contra el canto de las sirenas.

Sin embargo, poco a poco, fui buscando tu presencia en la calle desierta, me sentía bien al reconocer tu sombra cerca de la mía. Me di cuenta de que yo lloraba en soledad, pero no podía sonreír si no era con alguien, y empecé a imaginar que tú me mirabas y yo sonreía.

De pronto, un día, te pusiste frente a mí y me dijiste:

-¿Tomamos un café?

Y así empezó todo.

                                                                               (De “Las Memorias de Ismael Blanco”)

Niebla

Cada día le cuesta más bajarse de la cama y ponerse en marcha, diríase que tiene que recomponer el esqueleto antes de dar el primer paso. La artrosis ha ido agarrotando sus articulaciones y los años han ido haciendo mella en su cabeza. Solo sus ojitos brillantes siguen siendo los mismos de entonces, la misma chispa de aquel tiempo, cuando aún era joven.

Cada día friega los cacharros del desayuno y sale al porche, se sienta en la mecedora y se balancea despacio, las rodillas bajo una mantita que le da el calor que ya le falta. Y pone en marcha su gimnasia mental. Intenta recordar nombres, anécdotas, caras amigas – hace ya tiempo que olvidó las caras de los que no lo son-, pero se da cuenta de que la niebla es cada vez más espesa y más cercana. Aun así, hay algo que recuerda con absoluta claridad: sus manos. Aquellas manos recias, acostumbradas a trabajar, grandes, masculinas; aquellas manos que eran su fortaleza, que descansaban leves en su cintura cuando dormía a su lado, aquellas manos dulces que enmarcaban su cara para besarla con tanta delicadeza que a ella le parecían alas de ángeles ayudándola a volar.

Eso sí que lo recordaba. Eso sí se lo llevaría a la tumba, huyendo de la niebla.

El lago

Cuando escribo estas páginas me doy cuenta de que escribo para ti, Isabel, aunque tú nunca llegues a leerlo.  

Todo lo que guardamos dentro de nosotros puede aflorar sin previo aviso. Todo lo que hemos vivido queda dormido en nuestro interior, incluso creemos que ha muerto, pero despierta de golpe cuando alguien presiona el interruptor adecuado.

Ayer, como muchas veces antes, me acerqué paseando hasta el lago. Me gusta sentarme en un banco, con un libro, y, de vez en cuando, levantar la vista y embeberme de aquella tranquilidad, es como un bálsamo para mi corazón maltrecho.

Yo creía que estaba solo, el agua como una lámina de plata al atardecer, pero, cuando levanté la vista, vi que una mujer joven se había acercado a la orilla y miraba, inmóvil, la cabeza erguida, no lejos de mí, hacia el horizonte. Vi también que un hombre se acercaba, caminando despacio, mirando en su dirección y al lago. Se quedó detrás de ella y la abrazó por la cintura, la mujer se acurrucó amoldando su espalda al cuerpo de él y recogió con sus brazos los brazos que la abrazaban. Él escondió su cara en el hueco de su cuello y comenzó a besarla, una, dos, tres veces…, hasta que ella se volvió y se besaron en los labios, muy, muy despacio. Al poco se alejaron, abrazados, y, seguro que ni siquiera se dieron cuenta de que yo los observaba.

Aún me quedé unos minutos allí, esperando suavizar el arañazo que me hería la garganta. Luego, ya en calma, seguí recordando, recordándote, seguí cogiéndote por la cintura y besando el hueco de tu cuello, como tantas otras veces, cuando estabas a mi lado.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)