El cementerio

Hoy he vuelto al cementerio. Dos obreros estaban colocando teselas en el mosaico del suelo, delante de un panteón. No había nadie más, salvo los muertos y dos gatos de mal pelo tumbados al sol.

Al entrar me he dado cuenta de que han quitado el árbol. No era el típico ciprés, parecía, más bien, una arizónica gigante y crecía con ansia de extenderse sobre las tumbas. A mí me parecía que aquel árbol, el único, era el vigilante del cementerio, el manto protector, y ahora los muertos están desvalidos bajo este sol que cae a plomo sobre las lápidas. Solo los panteones que rodean el recinto se libran de este fuego, quizás por eso se permiten dejar a la vista los féretros que custodian, porque no corren peligro de arder. En los panteones está el nombre de la familia, y luego, dentro, los féretros apilados a ambos lados, como si descansaran en literas, y en muchos, y en la mayoría de las lápidas, también está la fotografía del muerto, del abuelo del siglo pasado, del padre de familia y del hijo joven que murió prematuramente –un accidente, un tumor o las drogas, pienso, en los ochenta había muchas muertes de jóvenes por drogas-. La foto del muerto cuando aún vivía te reconcilia con la muerte, ayuda a entender que ambas, vida y muerte, están unidas por un lazo invisible, que ambas son la cara y la cruz de la misma moneda.

Las lápidas están como sembradas en cuatro terrenos similares separados por una calle central y rodeados por otra calle periférica y casi circular que las separa de los panteones. Si no fuera por el seto verde que también los rodea, sin mi árbol, todo sería gris en el cementerio de Aveiro.

Camino entre las tumbas y están tan juntas que no puedo menos que pensar que el terreno es caro, tanto para los vivos como para los muertos, y, por eso, incluso de muertos, seguimos hacinados. Que en cada tumba haya dos, tres o más cuerpos no es por la misma razón, las familias pretenden seguir unidas incluso cuando ya no son.

Hay muchos muertos del siglo XIX que han esperado pacientemente a que la piedra que los protege se vaya llenando de nombres y fechas de sus descendientes, y, a veces también, a que alguien elogie a alguno de los que allí reposan. Son frases cortas, de viudos agradecidos a mujeres bondadosas, buenas madres de familia, o de hijos que se sienten desdichados por la reciente orfandaz. No recuerdo haber leído ninguna elegía –aunque posiblemente la haya- cuando el marido es el finado. Es como si el dolor de las viudas fuera más íntimo o se diera por hecho y no necesitara perpetuarse públicamente. También he visto el agradecimiento del pueblo al fundador del equipo de fútbol y el de los alumnos a dos profesores que supieron ser mentores en el aula y en la vida. Lo que no sé es por qué todas las tumbas están en la misma posición, todas excepto dos, que están cabeza abajo.

El cementerio está al lado de un centro comercial, y, cuando digo “al lado”, quiero decir, exactamente, pared con pared, y también hay bloques de pisos con vistas a las tumbas. Los portugueses han sabido integrar a sus muertos en la vida diaria; los nuestros, nuestros muertos, parecen más apartados, más escondidos. Me gustan los cementerios, he de reconocerlo, porque el sitio de los muertos me dice muchas cosas de los vivos. Hay mucha vida donde parece que solo campase la muerte.

Instantánea

Mi madre camina con pasos tartamudos, balbucea con los pies y levanta un poquito los brazos, como los polluelos las alas, buscando apoyo en el aire. Mi madre mira mucho al suelo, mira mucho a todas partes, con los ojos abiertos y la frente fruncida por el esfuerzo, pero no ve todo lo que mira, no le da tiempo a ver…. y se deja llevar sin protestar; más bien espera, aunque no lo dice, que la tomes del brazo y la lleves un poquito por delante, ahora que ella ya va detrás de todo….

                                   Febrero 2011

Como yo era pequeña

Como yo era pequeña

me acostumbré a disfrutar

con las cosas pequeñas;

cosas como pisar las hojas en otoño,

como ver volar un pájaro o

hacer hileras las hormigas,

como tocar los cuernos de los caracoles

o ver brotar una semilla…

Eran cosas pequeñas,

cosas de cada día,

que escondía

en mis bolsillos por si acaso.

Por si acaso la vida se olvidaba de mí.

Lectura con Pepín

Pepín me mira

cuando me pongo a leer;

yo creo que se extraña,

al fin y al cabo

no lo hago a menudo.

Pepín se tumba en el sofá

pegado a mí,

y me mira de vez en cuando, sin moverse;

luego parece dormir un poco,

me mira otra vez,

estamos ahora en dos mundos diferentes,

y se separa un poco de mí.

Y me mira a menudo

para ver si ya he vuelto.

Apariencias

La mujer habló con la madre y, cuando terminó, se dirigió a la hija, una muchachita de unos 8 o 9 años, que había permanecido a su lado, discretamente callada y observando.

-¿Cómo te llamas? Dijo la mujer, y esperó la respuesta.

La niña, levantando apenas los ojos, dijo: Noa.

-¡Qué bonito! Contestó la mujer, entusiasmada. Y lo repitió de nuevo, para que no hubiera lugar a dudas.

La niña, quizás no, pero las dos mujeres sabían que, de haberse llamado Robustiana, la respuesta habría sido la misma. Y el entusiasmo, también.

Aniversario

El día de San Juan de hace un año fue un día extraordinario; uno de esos días frontera entre un antes y un después.

El hecho que lo convierte en extraordinario pesa seis kilos y medio, es algo larguirucho, un poco paticorto, con grandes orejas que se doblan hacia delante -o hacia atrás, como una melena al viento, cuando corre- y ha nacido para seguir rastros, bailar con las polillas, perseguir a las palomas, saludar a todos los perros que andan por la calle -sin importar su tamaño-, desconfiar de los vecinos que salen al balcón frente a nuestra ventana y, sobre todo, ha nacido para quererme.

Pepín lo invade todo en casa. Ha desterrado a Sofía de su vida solitaria y gatuna, y lucha para destronarla de su espacio conmigo, pero aún tiene que negociar con ella quién y cómo ocupa el sofá cuando yo no estoy. Pepín ha cambiado un poco el diseño de algunos muebles,  que tenían esquinas afiladas y ahora se muestran redondas, amables y descoloridas, y me ha obligado a modificar algunas rutinas domésticas para evitar accidentes –todo es comestible -pero, sobre todo, Pepín ha cambiado el fondo y la forma de mis días. Pepín duerme conmigo y se levanta conmigo, si piensa que voy a marcharme se refugia entre cojines y espera a que vuelva, pero, si me ve sentarme en el sofá, acude inmediatamente a tumbarse al lado, o un poco más cerca, con la cabeza apoyada en mi cuerpo. Pepín me vigila de cerca y de lejos, por si necesito un gesto suyo de atención, para adelantarse a lo que yo vaya a hacer y para saber cómo estoy porque yo no se lo cuento y no tiene otra forma de saberlo más que fijarse mucho en mí y en todo a mi alrededor.

Pepín es un perro valiente, muy valiente, pero también tiene miedo: de pasar por un paso estrecho por primera vez, de ver la tabla de la plancha desplegada en la habitación, de subir al coche o en el ascensor, o, aunque ya menos, de que yo no vuelva cuando salgo por la puerta -por eso, cada día, le dejo mi camiseta sobre la cama, y, casi todos los días, cuando vuelvo a casa, mi camiseta aparece en una de sus camitas, caliente aún porque ha estado acostado encima de ella-.

Si mi vida y la suya cumplen con las estadísticas nos haremos viejos juntos, e, incluso, él morirá antes que yo. Y eso me reconforta, a pesar del dolor, porque, si él muere antes, no podrá  sentirse abandonado por morirme yo.

Diario de Pepín. Día 125

Dice mamá que hoy hace un año que estoy con ella. Y con Sofía, claro; aunque con Sofía estoy y no estoy, porque hay días que anda escondida todo el tiempo y solo aparece cuando llega mamá y le pide de comer o salir al rellano.

Si mamá no hubiera dicho eso del año, yo no me habría dado cuenta. Los perros no pensamos en esas cosas. Para mí el tiempo tiene una medida particular. Un día es un puzle donde van encajando las piezas de la rutina: el momento de despertar, el de esperar a que mamá se duche para que venga a abrir la ventana del dormitorio, y, de paso, se quede a mi lado acariciándome un ratito muy corto, el de ponerme el desayuno y no comer nada hasta que ella me da algo del suyo, el de salir a olisquear a la calle, el de que mamá me limpie las legañas y las patitas cuando volvemos -¡puag!, ese momento no me gusta nada…-, el de ver cómo se arregla para irse a trabajar mientras yo espero a que me deje un juguete con comida escondida dentro y su camiseta, por si me pongo nervioso mientras espero a que vuelva… Y el resto del día, poco más o menos, menos cuando ella vuelve por la tarde de trabajar y yo la recibo pegando saltos y bailando y en seguida volvemos a la calle un rato.

Yo creo que no hace falta contar los días. Yo creo que, con mamá, el tiempo no puede medirse. Con mamá es “siempre”.

De bancos

Los bancos (las empresas del dinero, no los bancos de los parques, que pueden llegar a ser aliados imprescindibles para la observación y/o la recuperación física y mental), son entidades con ánimo de lucro –con entusiasmo por el lucro-, y también, hay que reconocerlo, con claros tintes de sadismo.

Ya llevan muchos años intentando evitar las relaciones personales/sociales entre clientes y empleados, porque saben ellos muy bien que la sonrisa y el “buenos días”, la amabilidad y la empatía para con los que necesitan algo (los clientes siempre necesitan algo) no es rentable y puede debilitar el ánimo de cancerbero en el que han adiestrado a sus empleados. “Aquí se está a lo que se está”, “A nosotros no nos interesa la gente, para eso están las ONGs, nos interesa el dinero de la gente, pero, como siempre hay alguien detrás del dinero, pues eso, que no nos queda más remedio que tolerar a la gente”. Cosas así, seguramente, son las que pasan por la acaudalada cabeza de los banqueros. Pero, con todo, esto se podría catalogar más que, como sadismo, tan solo como una actitud antisocial, como una necesidad de apartamiento que evite sentimentalismos nocivos y, de paso, poder prescindir de empleados que ya no esperan un reloj a los veinticinco años de servicio.

Sin embargo no han dejado de dar pasos hacia ese otro nivel de crueldad refinada, el sadismo. Últimamente, en estos azarosos tiempos que vivimos, más aún; como es que quieras cerrar una cuenta y no te lo permitan porque “durante el confinamiento solo estamos para urgencias” y luego te cobren 12 euros al mes por el mantenimiento de una cuenta que no quieres mantener y que ellos te obligan a mantener. Y, a pesar de que no he visto ninguna oficina de banco que sea un cuchitril –al menos, en la ciudad- y cualquiera podría albergar, como poco, a dos o tres clientes –algunas, hasta quince o veinte- manteniendo la distancia de seguridad contra el bicho mientras esperan a ser atendidos, les resulta mucho más placentero tener a la gente en la calle –al fin y al cabo  la calle es de todos y es gratis- esperando, esperando, esperando hasta una hora a pie firme independientemente de la edad y condición física. Eso sí, de vez en cuando, para que los clientes se sientan importantes, sale un empleado a evaluar la hilera y las pretensiones de los ya agotados y todavía pacientes aspirantes e, incluso alguno de ellos, se permite el lujo de decir que no se mantiene suficiente distancia de seguridad.

A mí nadie me saca de la idea de que todo esto es premeditado e, incluso, está calculado al detalle para debilitar los ánimos, porque a ver quién es el valiente que, después de esperar en la calle más de una hora, con frío y fatiga física y mental, guarda fuerzas para protestar por algo cuando, finalmente, te premian con el permiso para entrar. Y eso del gel a la entrada para desinfectarte las manos –que vengan desinfectados de casa-, o limpiar el mostrador entre cliente y cliente – lo mismo- son fantasías de la gente común, que se olvida de que lo único que le importa a los bancos es tu dinero y no tu salud. Y el dinero está a buen recaudo con ellos, ya sea contra ti o contra tus herederos.

Diario de Pepín. Día 124

Que no, que no es que el chico de la gorra se hubiera marchado lejos o se hubiera olvidado de mí, que no. Que ayer lo vi y me llamó y salí corriendo y ladré y di brincos y me empiné y fui y volví un montón de veces y él se agachó y quería acariciarme pero yo no me paraba quieto de la emoción… 

Que la culpa era del confidichoso ese que nos tiene locos.

Que ya estoy yo pensando que a ver si mamá no me lleva al parque y no he vuelto a ver a mis amigos porque el confinoese del demonio no nos deja… Que seguro que él no tienen ningún amigo y no necesita salir de casa…

Diario de Pepín. Día 123

La hora de la siesta es un problema. ¡Con lo que a mí me gusta pegar un brinco y ponerme encima de mamá! Pero esa es la cuestión, encima de mamá. Y es que Sofía también quiere dormirse encima de mamá, y mamá no tiene tanto trozo para repartir…

Al final, nos acomodamos, unas veces yo me pongo entre sus piernas y Sofía en su pecho, otras al revés, y otras nos queremos quitar el sitio uno al otro y mamá se enfada porque no la dejamos dormir.

Mamá dice que yo soy un listo, porque me subo primero, e intento ocupar todo el sitio posible para no dejar espacio a Sofía, y luego me  hago el distraído, como si no fuera conmigo la cosa, cuando ella empieza a remolonear alrededor buscando un hueco. A veces nos olisqueamos como si nos estuviéramos poniendo a prueba, y hasta me enseña los dientes y me levanta la mano, pero la cosa no llega a mayores. Mamá, cuando nos ve así, nos acaricia a los dos a la vez, una mano para cada uno, y nosotros acabamos poniéndonos de acuerdo. Eso sí, algunos días, a mamá ya no le da tiempo a dormirse.