Diario de Pepín. Día 79

Dice mamá que es un privilegio pasear por la Plaza Mayor cuando se despierta la ciudad. Yo no entiendo qué quiere decir, pero seguro que tiene razón. A mí me basta con salir a la hierba y a la calle, donde puedo hacer pis y caca y donde hay montones de meadas de otros perros que yo puedo ir oliendo; y eso sin hablar de los restos de comida que se va dejando la gente por ahí.

Lo que sí es verdad es que hay mucha diferencia entre la mañana y la tarde. Por la mañana el parque está completamente vacío, si acaso, alguien que atraviesa por allí para adelantar, pero, por la tarde hay muchísima gente y muchísimos perros. Nos juntamos hasta doce perros o más, que los ha contado mamá, el más pequeño, yo, claro. Corremos como locos y, al principio de llegar, nos peleamos un poco, pero solo un poco, y luego ya como si nos conociéramos de toda la vida. A los papás les hace mucha gracia que yo me ponga de manos, porque aguanto mucho rato e, incluso camino un poco así, pero es que no sé cómo piensan ellos que puedo llegar a olerle los hocicos a los otros perros si no es poniéndome así. Y, ahora que lo pienso, no sé por qué dicen que me pongo de manos si, en realidad, lo que hago es ponerme de pie.

Rutinas

Tengo una amiga que es darse crema en las manos por las mañanas y entrarle ganas de ir al servicio; y vuelta a empezar. Hasta tal punto le pasa esto que, si algún día, próxima a salir de casa, tiene la duda de si debería aligerarse o no antes de que las prisas la atenacen en la calle, se da crema y,  antes de acabar el masaje para que se absorba… duda resuelta, al servicio de cabeza –en lenguaje figurado, claro está-, y, ¡hala! a lavarse y darse crema de nuevo.

Tengo otra amiga, ¿o era la misma? que, al igual que la mayoría de la gente siente ganas de orinar cuando ve el agua corriendo de un grifo, ella, es entrar a la ducha, sentir el agua caliente desbordándose por el cuerpo desde el cabello y ¡zas!, ganas de orinar; da igual que acabe de hacerlo un momento antes, las ganas son las ganas.

Por eso, cuando mis amigas leen noticias en prensa sobre sesudos y costosos  estudios en Universidades extranjeras –en las españolas ya no hay presupuesto para investigar, ni sobre temas sesudos ni sobre otros menos interesantes-, generalmente americanas –americanas de Estados Unidos, conviene no mezclar y confundir-, sobre asuntos  como si preguntar por albardas supone que mi padre venda escopetas, ella o ellas (mis amigas) se preguntan por qué algún viejo rico, chiflado y con mala conciencia ( y, probablemente con incontinencia) no dedica una pasta gansa a la “Investigación sobre la autodeterminación de nuestros esfínteres”; aunque quizás, piensan, sea preferible acurrucarse en el refugio de nuestras rutinas para seguir sintiéndonos nosotros mismos.

Las manos

Desde que la vio llegar a la puerta del instituto y los nervios del primer día la hicieron tropezar y caer, y él le tendió la mano para ayudarla a levantarse, ya no pudo desprenderse de su mirada, ya no pudo cerrar la puerta por la que ella había entrado en su vida sin pedir permiso y ya todo el mundo se habituó a verlos caminar así, con las manos enlazadas, como siameses que desconocen la soledad.
Pasó mucho tiempo, hubo muchos millones de momentos, hasta que ella empezó a sentir que la mano acogedora de él la ataba, que la frontera a la que se llegaba con los brazos de los dos extendidos dibujaba un mundo diminuto y ella quería ir más lejos, mucho más lejos, para poder regresar y, quién sabe, volver a irse después.
Se alejó una tarde cualquiera, sin ni siquiera tener que decirlo; ella tiró un poco de su mano y al momento él abrió la suya para dejarla libre, como se deja que el agua escape del cuenco que hacemos con ellas para beber, irremediablemente.
Cuando ella volvió estaba más guapa que nunca, quizás también un poco más triste, más lánguida; él la vio llegar de lejos y la esperó con las manos en los bolsillos de los pantalones, que empezaron a moverse por el temblor. Ella se acercó en silencio, sonrió y con delicadeza metió la suya en el bolsillo de él buscando entrelazarse con sus dedos, con toda la nostalgia y con toda la ternura de que era capaz después de tanto tiempo, pero no reconoció el tacto de aquella carne temblorosa. Él se liberó despacio y sacó del pantalón aquel amasijo de cicatrices en el que se había convertido su mano, para que ella la viera, y, sin mediar palabra, empezó a llorar.
Ella no preguntó, pero, si lo hubiera hecho, nadie le habría podido explicar cómo había ocurrido aquel accidente. Todos sabían que, cuando se atascaba la sierra, había que pararla e intentar desatascarla después. Todos los sabían, él el primero, y todos le avisaron de que no metiera la mano, pero él no les escuchó, él se fue a la sierra como un loco, como si hubiera querido amputarse la mano desde siempre.