Solo en casa

Mi padre, a mi edad, era ya un viejo. No es que yo no lo sea aún, no; es que se espera de mí que viva más años –la estadística de vida media-, y los que deciden han decidido retrasar de forma torticera la entrada en la vejez, como si no fuera verdad que ahora vivimos más años siendo viejos y no que envejecemos más tarde.  

El hecho cierto es que ya no me pagan por trabajar, sino por haber dejado de hacerlo, que ahora tengo tiempo para todo aquello que siempre quise hacer y ahora ya no quiero –desear lo que no podemos tener o “el espíritu de la contradicción”, que diría mi madre- y que puedo, por fin, sentirme dueño de mi tiempo, aunque sea para perderlo –nunca el tiempo es perdido-.

He cambiado de rutinas, pero alguna conservo. Sigo levantándome a la misma hora porque creo que, de no hacerlo, el día no me dará de sí lo que de él espero y así he ido ganando terreno en campos que antes nunca exploré, como la cocina. Cuando trabajaba –cuando tenía un amplio horario fuera de casa, tediosos desplazamientos en cercanías y más conflictos de los que podía resolver por asuntos ajenos a mí- mi actividad en relación con la cocina se limitaba a desayunar en ella de pie, de prisa y mirando el reloj. Ahora he descubierto el placer de imaginar qué comer y procurar cocinarlo. A veces me quedo solo en ese “procurar” pero otras consigo conciliar el deseo con la mano de obra y llego a saborear bocados que a mí me parecen propios de cardenales. Y, como Juanjo Millás, he descubierto el alcance terapéutico de un buen sofrito. Me refiero al beneficio que para el espíritu supone cortar en pedacitos las verduras, sin prisa, como haciéndote perdonar por ellas semejante estropicio, y acabar de rendirlas en una sartén al fuego. ¡Ojalá lo hubiera descubierto en mi época de empleado de Banca, seguro que me habría evitado los ansiolíticos!.

También me he dado cuenta de que, ahora, mi casa es mi casa y no solo el sitio por donde paso a dormir. Ahora me preocupa el orden, me he dado cuenta de que vivir solo no es óbice para que en la casa pueda reinar el desorden; basta con dejar la ropa sucia fuera del cubo de la ropa sucia, los platos en el fregadero esperando mejores tiempos o la cama deshecha porque no esperas visitas para que la casa, tu casa, parezca la casa de tu enemigo. Por eso cuido ahora los detalles, aprovecho que nadie descoloca lo que coloco yo e, incluso, he comprado un poto con la esperanza de una convivencia satisfactoria para ambos. Y, de momento, los dos estamos bien.

Supongo que en cada piso de mi rellano de escalera vive alguien, pero no conozco a ninguno de ellos. En realidad solo sé que existe mi vecina del B –yo soy el A-. No la he visto nunca, no hemos coincidido en el ascensor ni en la escalera, supongo que antes porque yo salía pronto y llegaba tarde y ahora porque apenas salgo. Si me paro a pensarlo, sé muchas cosas de ella. Sé que es una mujer joven porque escucho su zapateo cuando llega y cuando sale de casa y porque la he oído reírse como solo lo hacen los jóvenes. Será un milagro que pase de los treinta o los treinta y cinco. Sé que vive sola porque solo se la oye hablar por teléfono o se escucha la televisión, de fondo, diálogos de película o de serie, pero no propios. Sé que, además de vivir sola, no tiene pareja  o novio o amigo íntimo o como quiera que se le llame ahora, porque, en seis meses desde que paro en casa, tan solo una vez escuché una voz de hombre, también joven como ella, en pausada conversación, una de esas en las que esperas más la respuesta del otro que el momento de decir algo, en las que los silencios intermedios son más importantes que las voces, en las que el tema de conversación  en realidad no existe porque basta con la presencia, con estar en el mismo sitio y con el mismo deseo. Solo ocurrió una vez, el afán de intimidad debió quedar en tentativa, porque escuché abrirse y cerrarse la puerta de la casa  a una hora demasiado prudente y con palabras y tono propios de amigos, pero nada más que amigos. Alguna vez, en fin de semana y a mediodía, la he escuchado junto a otros hombres y mujeres, cuatro o cinco voces diferentes, sentados alrededor de una mesa, en medio de risotadas y ruidos de cubiertos y de copas entrechocando. Supongo que serán amigos, o viejos –por serlo desde hace mucho tiempo- compañeros de trabajo que acaban siendo amigos y celebran así cumpleaños o ascensos.

Ayer, al abrir mi buzón, me di cuenta de que ella había quitado el nombre del suyo. Se me pasó por la cabeza que trataba de esconderse de mí, pero me di cuenta de que eso no tiene ningún sentido; yo no la espío, tan solo vivo al otro lado y no tengo ningún interés en perjudicarla. Su nombre, conozco su nombre y puedo reconocer sus pasos y su voz, pero ni siquiera sé si es alta o delgada, rubia o morena. Es probable que ella ni siquiera sepa que yo existo.

Casi es la hora de cenar. Ha empezado a sonar al otro lado el golpeteo apresurado y metálico que se escucha cuando se bate un huevo, el golpe del tenedor contra el plato mientras voltea el huevo roto. Será buena idea prepararme también yo una tortilla. Una tortilla francesa y una copita de vino blanco. Y, como cada noche, brindar por ella.

Diario de Pepín. Día 113

Dice mamá que ya voy siendo persona, que se nota que pronto voy a cumplir un año. Supongo que lo dice porque, poco a poco, yo voy entendiendo lo que ella quiere y ella ha aprendido a pensar por delante de mí, sabiendo cómo se las puedo liar. Ahora me llama desde lejos cuando salgo disparado detrás de otro perro en el parque y, asombrosamente para los dos, vuelvo corriendo hasta ella como si fuera un loco. Digamos que todo lo hago con mucha energía, pero me va obrando un poco el juicio, eso dice ella.

Todavía me falta mejorar en lo de no lanzarme a las bicis que pasan por mi lado y a los que van corriendo por la calle, pero es que todavía me cuesta entender que, aunque se muevan, no quieren jugar conmigo. Yo me esfuerzo y mamá me lo agradece con mimos, con abrazos, y también con galletitas.

En lo que estamos completamente atascados en lo de no comer cosas del suelo. ¡Es que hay tantas! ¡Y huelen tan bien y están tan ricas! Reconozco que, en eso, como dice mamá, sigo asilvestrado. A lo mejor es que no basta con cumplir pronto un año, a lo mejor es que hay que ser muy viejo para dejar de comer cosas del suelo y por eso yo no puedo sujetarme; que yo veo que hay perros por la calle, muy tranquilos, que pasan al lado de los trozos de bocadillo o de restos de patatas fritas y, como si nada; y yo salgo como una flecha en cuanto me llega el olor. A lo mejor, con un poco de tiempo, consigo escuchar a mamá todas las veces que me dice “no”, porque ahora, la verdad, hay muchas veces que ni me entero.

Diario de Pepín. Día 109

Mamá dice que he salido en un calendario. Yo no  me lo creía pero me ha enseñado una foto con una de mis hermanas, del último día que estuvimos todos juntos, sin mamita Alba. A mí se me ve bastante pequeño porque mi hermana me saca más de la cabeza. Me acuerdo ahora de cómo todos mis hermanos, que eran seis y eso es ser muchos hermanos, se adelantaban siempre a coger la teta de mamita, y me dajaban al verlas venir. Yo creo que, si no hubiera sido por los cuidados que me dieron los papás de la otra casa, yo me habría muerto de hambre, en medio de todos ellos, hambrientos y grandullones. Menos mal que siempre he tenido papás que me han cuidado, los de la otra casa y mi mamá.

Dice mamá que hoy se acaba un año y mañana empieza otro. A mí me da lo mismo, los días son diferentes dependiendo de si voy a la oficina o me quedo en casa, o si vamos de viaje con el coche, cosas así… Y un año se me hace un tiempo muy largo. Yo no sé cuántos años tendrá ya mamita Alba o cuántos tendrá el perro más viejo que jamás haya visto, pero, si he de empezar un año nuevo, pues quiero seguir todo ese tiempo con mamá, por supuesto, y con el chico de la gorra, y el señor que me llama perrete y la mujer que habla como mamá pero no es mamá. Bueno, y con los abuelos, claro, que yo creo que esos sí que deben ser viejos viejísimos, pero ya les diré yo que, si no pueden caminar bien, pues que se queden sentados, pero que me esperen en el pueblo que tendremos que ir también en ese año nuevo.

Diario de Pepín. día 108

El pueblo ya no tiene secretos para mí. Cuando bajo del coche sé perfectamente cuál es la puerta de la casa de los abuelos. Eso sí, la cortina sigue dándome un poco de miedo, y espero a que mamá la recoja a un lado para poder pasar, pero eso es lo único. Incluso me voy yo solito al trozo de hierba donde mamá me saca para hacer pis; que sabía yo muy bien dónde era y no me iba a perder. Mamá se llevó un poco de susto, eso sí, porque pasaban coches por la carretera y yo me fui a explorar, como si nada.

Los abuelos son muy viejitos y hacen las cosas más despacio que mamá y el chico de la gorra. Nos abrazan  mucho cuando llegamos y cuando nos despedimos, y la abuela me deja subirme al sofá, y eso debe ser algo extraordinario, según dicen mamá y la mujer que habla como ella pero no es ella. La abuela camina un poco raro, arrastra los pies y de vez en cuando parece que se va a caer, pero no. Yo procuro no meterme entre sus piernas porque si ya se tambalea ella sola, no quiero ni pensar si se tropieza conmigo. A veces ella me llama Pepito, y otras se piensa que yo soy una perrita pequeña que ella tuvo hace muchos años, pero a mí no me importa porque sé que ella me quiere igual.

Tener abuelos es una buena cosa.

Librería de viejo

El libro era un ejemplar muy viejo de una edición ya antigua. Tenía las hojas gruesas y ásperas, de márgenes escasos, y la letra demasiado pequeña para animar a leer.

Lo abrí porque los libros viejos despiertan en mí un interés especial, no tanto sobre ellos mismos como sobre sus dueños. A veces aparece un exlibris en las páginas preliminares, a veces una fecha o una firma y yo trato de imaginar su recorrido hasta allí, por qué dejó de interesar, si no gustó o si no gustó lo suficiente como para conservarlo.

No recuerdo el título de aquel, pero el autor se lo había dedicado a una tal Pilar con un cariño que, a buen seguro, no fue correspondido, y con el deseo, sin duda insatisfecho, de que le gustara. “A Pilar con cariño. Espero que te guste”.

Pensé, con alivio, que el escritor nunca habría llegado a enterarse de su fracaso.

Tú, que todo lo ocupas

El hombre era viejo y llevaba un bastón. También llevaba una mochila, como la gente joven, pero no por eso parecía menos viejo. La mujer, de una edad parecida, llevaba un bolso de mano grande y plano, de esos que permiten llevar de todo cuando, quien no utiliza bolso cada día, necesita viajar sin equipaje. Él era menudo y  llevaba un tres cuartos ligero y oscuro, ella era grande y gruesa y no llevaba abrigo; se tapaba la tripa voluminosa y el pecho caído con una rebeca abrochada hasta el cuello.

La mujer se sentó junto a la ventanilla y se dispuso a mirar el paisaje. El hombre, en cambio, en el asiento del pasillo, comenzó a desgranar pensamientos. Alguna vez le preguntaba algo a la mujer, pero casi todo el tiempo fue diciendo en voz alta lo que se le pasaba por la cabeza. Eso sí, cada dos frases al menos, decía el nombre de la mujer como para llamar su atención, pero sin esperar respuesta. Empezaba la frase, decía su nombre, y continuaba hasta finalizar. En realidad, no la llamaba, decía el nombre al aire como si fuera un tic o como si necesitara apuntalar su compañía. La mujer raramente lo miraba y contestaba, si era imprescindible, mirando el paisaje. A requerimientos de él, dos o tres veces, buscaron papeles en el bolso y, también al encontrarlos, estaba claro que los papeles le interesaban al hombre y la mujer solo los llevaba encima.

Al cabo de media hora de viaje el viejo ya había reflexionado sobre su salud, sobre sus visitas al médico de la capital, sobre la vida en los bares, sobre la actitud de un vecino que, al parecer, se había reconducido en el buen camino vecinal y sobre la cantidad de leña que antes había en aquellos cerros comparado con ahora. Al cabo de unos minutos volvió a llamar por su nombre a la mujer y le tocó en el hombro para que lo atendiera. La mujer lo miró con el mismo desinterés que hasta entonces. Y él le dijo: María, hay que decirle (no dijo “tienes que decirle”, dijo “hay que decirle” como si fuera cosa de ambos o de otros que no eran ella) a la mujer que te corta el pelo que tiene que darte una red para la cabeza. Y como la mujer no dijo nada ni asintió con gesto alguno, el hombre le tocó con impaciencia la parte de atrás del pelo, la que se le despeinaba al dormir. La mujer, resignada, volvió a mirar el paisaje.

La casa de ladrillo rojo

En la última curva de la carretera que atravesaba el pueblo había una casa abandonada. Era de ladrillo rojo y la vegetación que crecía sin control había ido cercándola, como si quisiera ahogarla. Ladrillo rojo en un mar verde. Todo en el pueblo era verde, salpicado por aquí y por allá de tejados oscurecidos por la humedad y fachadas de ladrillo o pintadas de colores claros.

En la casa de la curva solo habitaba el abandono. La verja de la entrada estaba entreabierta, o entrecerrada tal vez. Los arbustos habían invadido el espacio que permitía el paso y la puerta de hierro oxidado había quedado fija en un ángulo escaso, como si alguien se la hubiera dejado abierta al salir o, finalmente, no se hubiera atrevido a entrar. Sin duda hacía mucho tiempo que nadie atravesaba aquella entrada.

Los ladrillos rojos de las paredes lucían desgastados, envejecidos, como contagiados de la decadencia interior, de la falta de vida. Algunas ventanas permanecían cerradas, pero, la mayoría, de madera terriblemente envejecida por la falta de cuidado, despellejada y surcada de grietas, enmarcaban solo cuadros negros como pozos, sin la máscara benévola de los cristales. A través de la puerta principal, también entreabierta, se veía la vegetación que había invadido ya el interior de la casa.

En la segunda planta se mantenía firme la baranda oxidada de un balcón amplio y, en cada extremo del balcón había una silla de terraza, oxidada también. Las dos sillas estaban abiertas, una frente a la otra. Nada quedaba ya en la casa que pudiera recordar a los que habían vivido en ella. Nada, salvo las dos sillas esperando que la pareja que allí había vivido, saliera al balcón a la caída de la tarde -uno frente al otro, no frente a la calle o frente al monte-, para reposar, para conversar y para tomar el fresco en compañía.

Todo se lo habían llevado de la casa, menos las sillas del balcón. Todo había desaparecido ya, comido por el monte, pero, mientras las dos sillas siguieran esperando la puesta de sol, los dos viejos seguirían vivos allí, y la casa seguiría en pie.

Vecinos

Mis nuevos vecinos son gente de orden. Antes de verles supe que eran una parejita joven y sin hijos. ¿Quién que tenga un bebé va a arriesgarse a poner delicados visillos en la puerta del balcón, y quién que no sea joven va a escoger unos de color cereza? Su vida sin niños es una vida cuadriculada: el balcón libre de trastos; las persianas se bajan cuando se enciende la luz; los días de diario se levantan a las ocho, los domingos, a las nueve; desayunan en la mesa del salón –los visillos son casi transparentes-, ella frente a mi ventana, él, de perfil. Y ninguno de los dos fuma; nadie tan delicado como para escoger esos visillos dejaría que se impregnaran  del olor a tabaco. Mis vecinos son gente de orden que cuida su  intimidad y viven hacia dentro; excepto hoy, en que ella ha retirado los visillos para depilarse las cejas aprovechando la luz.

Encima de ellos vive un atribulado grupo de estudiantes. Han llegado con el inicio del curso y la fogosidad de su juventud se refleja en todo lo que hacen: salen al balcón a fumar y no paran demasiado tiempo en la misma postura; alternan el pie de apoyo y giran la cabeza en un barrido constante de esquina a esquina de la calle, como si esperaran a alguien que no acaba de llegar; ni bajan las persianas ni corren las cortinas, aunque sean las dos de la mañana y tengan una fiesta en casa; las deportivas duermen pacientemente en el balcón y, sobre todo, no saben tender la ropa: sujetan las sábanas con una sola pinza y el viento juega con ellas hinchándolas como velas y enrollándolas en la cuerda de tender y cuelgan las camisetas por la mitad sin tener en cuenta el tatuaje que les queda y que, probablemente, ni su experimentada madre podría quitárselo al planchar.

Yo salgo poco a la calle; salgo temprano a caminar, los viejos dormimos poco, y luego me encierro en casa, entre mis libros y mi ventana. Ni siquiera me queda tiempo para ver la tele.

A la espera

Hay una mujer joven que se sienta en la silla de ruedas como podría hacerlo en un taburete, le sobran los brazos y el respaldo porque, en realidad, no la necesita, pero aquí la silla de ruedas te identifica. Tiene tan buen aspecto que el hombre de al lado le pregunta si viene para ella o acompañando a alguien -me ha traído la ambulancia, dice mirando de soslayo, un dolor-; y el hombre asiente, parece que le haya satisfecho la respuesta, y mira a la anciana con la que ha venido -el mismo pelo blanco que él, los mismos ojos grises, salvo la prematura barba blanca del hombre, se diría que tienen la misma cara los dos- y al otro hombre con el que ha venido también, más joven, más menudo y algo menos parecido a la mujer, sin duda más mezcla con el padre que el hermano mayor y que se apoya descuidadamente en el bastón que ahora no usa la madre y él custodia.

En la esquina de la sala hay un viejo que repite incansable un quejido apenas lastimero, como si, más que una queja, fuera una demostración para sí mismo de que aún está vivo, de que su demencia no lo ha aniquilado aún del todo. La mujer que lo acompaña lo acomoda con cuidado, una almohada entre el codo y la barrera de la cama, un mullido bajo la cabeza para que el cuello no quede en mala postura, un sorbo de agua de cuando en cuando, todo lo hace de forma eficaz y calculada, entrenada y fría. Sorprende oírle decir “padre” al viejo que no parece oírla.

El último en llegar también es hombre, sin duda debe rondar los setenta y no tiene aspecto de enfermo. El hombre que le acompaña, joven y nervioso, no para quieto a su alrededor, crispado hasta que se escucha en tono de recriminación “¿a quién le iba a extrañar que te pasara eso?”. Eso, según el hombre de los casi setenta años, arriba o abajo, que ahora mira algo cabizbajo, como un niño pillado en un renuncio, ha sido un mareo “muchísimo tiempo después de comer, un mareo y una vomitona. No teníamos que haber venido”. El hombre nervioso se vuelve hacia él cuando lo oye, regresa crispado desde un metro o dos que  se había alejado para aquietarse y arranca: “¡Pero, ¿cómo no te vas a poner malo si no paras de comer?! y a renglón seguido y sin dudar enumera una serie de platos contundentes que parece más la carta de un mesón o el menú de Pantagruel que lo aquel hombre setentón pudiera llevarse a la boca en una sentada. El hombre de la barba blanca mira al setentón con cierta incredulidad y asiente; ya tiene todo controlado.

De gatos

El viejo se sentó en el porche, estiró un poco las piernas –todo lo que pudo con permiso de sus rodillas gastadas- para que el sol le calentara los pies y sacó del bolsillo de la chaqueta una pequeña navaja y un trozo de madera. En la residencia no dejaban que los viejos guardaran ese tipo de cosas, pero él era de los pocos que no tenía que dormir atado de noche y por el día podía ocuparse de pequeñas tareas para ayudar a las muchachas, estaba atento al timbre, les ayudaba a poner las mesas para el desayuno  y como había hecho unos días antes, se ocupaba de podar los rosales del patio. El sol invernal empezaba a devolverle el color a la hierba, que aparecía perlada de gotitas brillantes, separada en línea de la que quedaba cubierta por la escarcha, aun en sombra. El viejo comenzó a tallar torpemente el trozo de madera, el peral de la huerta le proveía de material suficiente para poder seguir recordando sus años de pastor y las horas al lado de la chimenea. De cuando en cuando levantaba la cabeza y, de forma casi mecánica, recorría con la vista el patio y el jardín, con un control inconsciente y amigo; echó de menos a la gata, llevaba unos días en que el animal no aparecía para restregarse contra las perneras de sus pantalones con su habitual maullido mimoso y pensó que, seguramente, ya habría parido, tendría que echar un vistazo por la leñera, a ver si tenía escondidas allí a las crías. Recordó, cuando niño, que la gata de casa –en casa siempre hubo una gata, que fue cambiando a lo largo de los años, a medida que desaparecía la anterior- paría constantemente –eso le parecía a él cuando era chico-, pero él nunca le veía más que un gatito, y solo durante un tiempo; a veces, criaban uno para dárselo a algún vecino y otras desaparecía al poco, y  la gata erraba de un lado a otro maullando de una forma desconsolada. Luego, un día vio a madre buscando en los rincones del corral hasta que dio con las crías recién nacidas y, con total desenvoltura, cogió a todas menos a una de ellas, las metió en un saco de arpillera y dijo que luego su padre lo tiraría al río. Cuando preguntó, madre lo miró como si no entendiera a qué venía aquello:

-¿Qué quieres, que le deje todos y se llene esto de gatos?- parecía enfadada-. Ya le dejo uno para que se descargue de la leche, y se lo tendré que quitar después.

– Pero –balbuceó-, ¿por qué los va a ahogar padre?

-¿Y, qué quieres, que les retuerza el pescuezo?.

Él no quería que la casa se llenara de gatos, no; pero, desde luego, no entendía que la única forma de conseguirlo fuera ahogando a los gatitos recién nacidos, o retorciéndoles el pescuezo para que murieran. Aquella noche un resquemor contra su padre le impidió levantar los ojos del plato de sopas y apenas masculló algunas palabras; incluso padre le había preguntado qué le pasaba y él disimuló –se sintió obligado- diciendo que le dolía la barriga. Se acostó pronto para quitarse de la cocina y de la compañía, pero no consiguió dormirse y, cuando lo hizo, soñó que era un bebé y un hombre lo robaba de la cuna, lo metía en un saco y lo tiraba a un pozo. El hombre no tenía rostro, pero él sabía que era su padre.

Preguntó a la cocinera por la gata y se convenció de que debía de haber parido porque apenas se la veía por allí, de modo que vigiló, en los días siguientes, que no le faltara comida y agua en los cacharros del patio; si estaba dando de mamar, tendría que alimentarse aunque fuera a escondidas. A los pocos días le pidió una caja de cartón a una de las muchachas y rebuscó en la leñera hasta dar con el animal, que no maulló al verle pero tampoco escapó. Aún tuvo que encontrar los rincones donde la gata había escondido a las tres crías y decidió que no había más porque, cuando tuvo a los tres gatitos metidos en el bolsillo de la chaqueta, la gata ya no se separó de él y se olvidó del escondrijo. Tapó el fondo de cartón con un jersey apolillado y con cuidado fue sacándolos, enganchados en el estambre; calculó que tendrían poco más de 8 ó 10 días, aún tenían los párpados semicerrados cubriendo a medias unos ojitos grises y todos salían de aquel abrigo despatarrados, las garritas diminutas abiertas y maullando sin parar.  La madre se metió en la caja cuidando de no pisarlos y los amorró sucesivamente para que se callaran; el viejo acarició a la gata, que se dejó hacer sin  protestar y le respondió aplicando la cabeza al cuenco de su mano con un ronroneo. Levantó la caja con cuidado para no desequilibrar a los animales y la colocó en el quicio de la ventana donde ya estaba dando el sol y, cada día durante la semana siguiente, cuando ya empezaba a hacer frío allí, se llevaba la caja –la madre, confiada, le seguía ya caminando a su lado- hasta el cuarto de las calderas.

Tuvo que dar algunas explicaciones y tranquilizar a la gobernanta que pensaba que iba a llenarle aquello de gatos, pero, cuando los hijos de Engracia vieron que su madre sonreía al ponerle uno de los gatitos sobre el regazo e intentaba seguirlo con un dedo, y le dieron las gracias porque «eso podía mejorar a su madre», dijeron, supo que ya no tendría problemas. Con todo, los animales estaban limitados al patio, al jardín, al porche, y a las salas de estar, pero nunca les dejaban subir a las habitaciones ni entrar en la cocina, para evitar males mayores.

El viernes por la tarde de la segunda semana el viejo se sintió mal, estaba revuelto y pensar en la cena le daba nauseas, de modo que dejó a medias una tortilla francesa que habían hecho para él y se acostó más pronto de lo habitual. Se quedó en seguida dormido pero soñó que le dolía el estómago y, entre sueños y sudor, se dio cuenta de que la gata, sin saber cómo, había llegado hasta su habitación y, de un salto, se había encaramado a la cama. La gata se le acercó hasta tocarle la cara con los bigotes, oliéndole; se puso encima de él, amasó la ropa sobre el pecho y después se ovilló al lado. Podía tocarla con la mano izquierda, y eso hizo para comprobar que no era un sueño; poco a poco el calor del animal le fue reconfortando, y la suavidad del tacto de su pelo fue invadiendo sus dedos y su mano y su brazo entero y se extendió por todo el cuerpo hasta que el dolor de estómago desapareció. Hundió los dedos agarrotados en el lomo del animal y la escuchó ronronear. Y luego ya, nada.

DE GATOS