Diario de Pepín. Día 47

Yo creo que los cachorros no sabemos ir hacia adelante todo el rato. Acabamos recorriendo unos caminos larguísimos pero siempre nos desviamos, oliendo y buscando algo que llevarnos a la boca. Pues yo creo que pasa lo mismo con las cosas que vamos aprendiendo; que, cuando llevamos tres o cuatro días haciendo pis en la calle, de pronto no aguantas las ganas y lo haces en casa. Siempre igual, tres pasos hacia adelante y, de pronto, uno hacia un lado. O hacia atrás. Pero, al final, siempre vamos hacia adelante. Eso es lo que importa.

Diario de Pepín. Día 38

Hoy era un día normal, la vuelta de la mañana, las carreras por el parque, correr hacia mamá cuando me silba, y luego, la oficina. Lo bueno fue que llevaba muchos días sin ver al chico de la gorra y hoy estuvo con nosotros. ¡Madre mía, le hice un montón de gracias y él me dio una paliza de cariño!. Al chico de la gorra no le gustan mis lametazos pero yo no podía aguantar las ganas y venga a lamerle y lamerle las piernas. Al final él dejó de protestar y yo dejé de lamer.

Por la tarde mamá sacó un cajón grande y escuché como le decía a Sofía que ya sabía ella que no le gustaba el transportín, pero que no quedaba otra, y metió dentro un comedero pequeño con comida blanda que a Sofía le encanta -y a mí, también, pero no me dejan comerla-. Sofía empezó a olfatear y casi entró a comer, y mamá la observaba desde lejos, pero, en el último momento Sofía se arrepintió y se fue lejos. Total, que, al final, mamá tuvo que meterla como pudo y Sofía empezó a maullar de una forma que daba mucha lástima. Y es que Sofía no sabe ir andando por la calle, como yo, y por eso la tienen que llevar al veterinario metida en un cajón. Los gatos parecen muy listos pero no saben muchas cosas que nosotros sabemos de normal.

Diario de Pepín. Día 37

Hoy hemos vuelto a nuestra casa de todos los días. Mamá me coge en brazos para subirme al coche y también para bajarme, porque a mí me aterra, igual que me pasa con el ascensor. Luego ya hasta me duermo a ratos y me cambio de sitio en el asiento de atrás porque, a veces, da el sol y me abrasa. En el sitio donde hemos estado hacía fresquito pero aquí hace muchísimo calor; incluso mamá me cogió en brazos al salir de la cochera porque el suelo me quemaba las patitas.

Sofía nos estaba esperando y yo corrí detrás de ella hasta que se subió a la cama de un brinco para escapar. He querido contarle cómo ha sido el viaje, pero parece que no le importa; supongo que es porque ella no ha ido. No he podido decirle que he conocido a Babos y a otros perros que andaban sueltos por allí. La más revoltosa, con mucha diferencia, era Babos, que me agobiaba por ser tan grande aunque era maja. Su papá le reñía y le decía que tuviera cuidado porque yo soy un bebé. Yo no le decía nada, porque, al fin y al cabo , él quería protegerme, pero yo no soy ningún bebé. Yo soy un cachorro que ya tiene cuatro meses, y soy capaz de correr como un perro grande. Y, si no, que le pregunten a Babos.

Diario de Pepín. Día 36.

Mamá dice que toda ese agua es el mar y toda esa arena es la playa. A mí me da igual cómo se llamen, para mí siguen siendo agua y arena, pero en unas cantidades enormemente grandes. El mar se mueve todo el rato y la arena tiene un olor riquísimo, pero meto los hocicos y no saco nada, solo el olor, y se me quedan pegados granitos que me hacen cosquillas. Por encima del mar hay pájaros grandes y blancos que yo no había visto nunca, y chillan como si se quejaran por algo. Y siempre hay mucho viento.

Cuando hemos vuelto a la casa de ahora ha venido la perra Braco a verme y a jugar conmigo. Dice su papá que se llama Babos. Ayer echamos muchas carreras, ella estaba cansada y yo no, pero hoy estoy un poco cansado porque eso de la playa cansa mucho -y subir y bajar del coche, eso sí que me agota-. Total, que he chillado un par de veces como si me hiciera daño y luego me he subido de un brinco al sillón de mamá, porque allí Babos no se atreve. Un minuto más tarde, Babos ya me había dejado en paz, pero yo he aprovechado y me he quedado un poco más. ¡Se estaba tan bien!

Diario de Pepín. Día 35

No me gusta el movimiento de maletas en casa, porque malo es que se marche mamá y me deje aquí pero casi peor es que me lleve con ella. Porque yo, en realidad, odio el coche. Bueno, odio subir y bajar del coche, porque yo no necesito mucho espacio pero es que el coche es como una caja y entrar en una caja no es agradable. Luego ya sí, me echo a dormir en el asiento todo lo largo que soy y hasta voy a gusto.

Me da pena Sofía porque ella se ha quedado en casa, aunque, bien mirado, me echará de menos, con lo tranquila que estará. Yo no puedo más; han sido muchas emociones juntas para un cachorro como yo. Aquí la gente habla un poco raro, yo miro a mamá para ver si ella los entiende y parece que sí. Los perros, no. Los perros son como en todos los sitios. Aquí hay una perra altísima que mamá dice que es una Braco y ha jugado conmigo y, con las patas tan largas que tiene, pues he corrido yo más que ella.

Diario de Pepín. Día 30

Definitivamente, me gustan los domingos. Hemos dado una vuelta enorme, pero enorme de verdad, más de una hora caminando y correteando. Bien es verdad que, a veces, yo le pedía a mamá que volviéramos, pero es que no sabía dónde íbamos y todo me parecía calle y calle, sin más. Pero mamá siguió porque quería llevarme hasta el río. ¡Madre mía, había un montón de agua y muchísimo verde! Y toda la hierba estaba fresquita y correteé por allí de maravilla.

Y hemos perdido el pañuelo. No sé cómo ni cuándo, pero lo hemos perdido. Quizás se enganchó con el arnés nuevo, que me gusta más que el collar porque no noto los tirones en el cuello. Yo creo que el pañuelo le gustaba más a mamá que a mí, por eso supongo que cualquier día se me presenta con otro. Cosas de mamá.

Diario de Pepín. Día 29

Hoy debe ser sábado otra vez porque no hemos ido a la oficina. Mamá ha salido de casa sin llevarme con ella y luego ha vuelto con bolsas llenas de cosas que ha ido colocando en la cocina. Y me ha dado un trocito de manzana. Y me ha gustado muchísimo.

Creo que tengo un amigo. Se llama Cascabel y, de todos los perros que he conocido en el parque, es el que mejor juega conmigo. Es pequeño, más pequeño que yo, lleno de pelos largos que se le manchan mucho, y tiene tantas ganas de jugar como yo. La mamá de Cascabel, que es un poco vieja, habla con mamá mientras nosotros nos chupeteamos los morros y nos olemos el culo. Y luego, cuando mamá dice que ya nos vamos, la mamá de Cascabel sigue contándole cosas y nosotros volvemos a empezar. Es bueno tener amigos.