Librería de viejo

El libro era un ejemplar muy viejo de una edición ya antigua. Tenía las hojas gruesas y ásperas, de márgenes escasos, y la letra demasiado pequeña para animar a leer.

Lo abrí porque los libros viejos despiertan en mí un interés especial, no tanto sobre ellos mismos como sobre sus dueños. A veces aparece un exlibris en las páginas preliminares, a veces una fecha o una firma y yo trato de imaginar su recorrido hasta allí, por qué dejó de interesar, si no gustó o si no gustó lo suficiente como para conservarlo.

No recuerdo el título de aquel, pero el autor se lo había dedicado a una tal Pilar con un cariño que, a buen seguro, no fue correspondido, y con el deseo, sin duda insatisfecho, de que le gustara. “A Pilar con cariño. Espero que te guste”.

Pensé, con alivio, que el escritor nunca habría llegado a enterarse de su fracaso.

Bolsas

La chica del supermercado encargada de la frutería está muy atareada. Arrastra cajas y ordena cuidadosa y velozmente el género, y, a cada momento, se acerca a pesar las bolsas medio llenas que los clientes le ofrecen. Una mujer cincuentona y bastante arreglada para ser un sábado por la mañana le pide una bolsa para naranjas, y, entre peso y peso, ella le da una bolsa de plástico grande y con asas. Las naranjas abultan mucho.

Al cabo de unos quince minutos me acerco a las cajas automáticas para pagar. Siempre están muy concurridas y hay que hacer cola, pero son más rápidas que las cajas donde hay cajeras porque la gente llega menos cargada. Mientras espero, veo a la mujer, que ya está frente a una de las cajas. Da al botón de usar sus propias bolsas y saca del bolsillo una arrugada bolsa de plástico para naranjas. Mete en ella las cosas que ha comprado y se marcha. Seguramente piensa que ella es la más lista. Yo pienso que es la más miserable.

Tú, que todo lo ocupas

El hombre era viejo y llevaba un bastón. También llevaba una mochila, como la gente joven, pero no por eso parecía menos viejo. La mujer, de una edad parecida, llevaba un bolso de mano grande y plano, de esos que permiten llevar de todo cuando, quien no utiliza bolso cada día, necesita viajar sin equipaje. Él era menudo y  llevaba un tres cuartos ligero y oscuro, ella era grande y gruesa y no llevaba abrigo; se tapaba la tripa voluminosa y el pecho caído con una rebeca abrochada hasta el cuello.

La mujer se sentó junto a la ventanilla y se dispuso a mirar el paisaje. El hombre, en cambio, en el asiento del pasillo, comenzó a desgranar pensamientos. Alguna vez le preguntaba algo a la mujer, pero casi todo el tiempo fue diciendo en voz alta lo que se le pasaba por la cabeza. Eso sí, cada dos frases al menos, decía el nombre de la mujer como para llamar su atención, pero sin esperar respuesta. Empezaba la frase, decía su nombre, y continuaba hasta finalizar. En realidad, no la llamaba, decía el nombre al aire como si fuera un tic o como si necesitara apuntalar su compañía. La mujer raramente lo miraba y contestaba, si era imprescindible, mirando el paisaje. A requerimientos de él, dos o tres veces, buscaron papeles en el bolso y, también al encontrarlos, estaba claro que los papeles le interesaban al hombre y la mujer solo los llevaba encima.

Al cabo de media hora de viaje el viejo ya había reflexionado sobre su salud, sobre sus visitas al médico de la capital, sobre la vida en los bares, sobre la actitud de un vecino que, al parecer, se había reconducido en el buen camino vecinal y sobre la cantidad de leña que antes había en aquellos cerros comparado con ahora. Al cabo de unos minutos volvió a llamar por su nombre a la mujer y le tocó en el hombro para que lo atendiera. La mujer lo miró con el mismo desinterés que hasta entonces. Y él le dijo: María, hay que decirle (no dijo “tienes que decirle”, dijo “hay que decirle” como si fuera cosa de ambos o de otros que no eran ella) a la mujer que te corta el pelo que tiene que darte una red para la cabeza. Y como la mujer no dijo nada ni asintió con gesto alguno, el hombre le tocó con impaciencia la parte de atrás del pelo, la que se le despeinaba al dormir. La mujer, resignada, volvió a mirar el paisaje.

Amapolas

Me impresionó la torre de cristal y acero. Siempre lo hacía. En el centro de la plaza del centro de la ciudad, tan alta sobre el asfalto y sobre mí, me hizo imaginar a los liliputienses frente a Gulliver.

Fue entonces cuando vi la vieja pared de ladrillo, tan modesta que nunca me había llamado la atención, a pesar de llevar allí más años que la torre inmensa.   Y vi las amapolas, tan desubicadas, aprovechando la poca tierra que el viento había arrastrado hasta el resguardo de los ladrillos. Pensé en lo delicadas que eran esas flores, con pétalos rojos que se arrugan y se enturbian con solo tocarlos, y pensé también en que las amapolas nunca beben del agua de los jarrones y nunca adornan cuidados jardines.

Las amapolas son flores salvajes y libres. Y su sola presencia entre el asfalto y las aceras era la prueba de que aún hay esperanza.

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El pueblo

No fui feliz allí, pero no me di cuenta hasta mucho tiempo después. En realidad fue la pregunta de Pablo la que me hizo despertar. Me preguntó si, ahora que ya no trabajaba, iba a volverme al pueblo. Y le dije que no.

Me sorprendió la pregunta, me pareció fuera de lugar, una ocurrencia desafortunada. Pero el único que estaba fuera de lugar era yo. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza algo así, y, ahora que la pregunta de Pablo me obligaba a recapacitar, me daba cuenta de que nunca había pensado en volver, de que nunca había querido volver allí.

Cuando era niño me sentía fuera de lugar. Probablemente me habría pasado lo mismo en cualquier otro sitio, pero era allí donde estaba. No encajaba bien entre los otros niños, que me hacían sentir diferente. Y la gente del pueblo… Siempre los he visto como fuego amigo, tan peligroso que puede matarte. Siempre tuve la sensación de que me acechaban, de que, a cada paso o con cada gesto, una doble sombra me seguía, la mía y la que ellos dibujaban. Siempre bajo su mirada crítica; siempre bajo su juicio inapelable.

Me marché en cuanto pude, y creo que nunca sentí nostalgia ni del lugar ni de los momentos. Volví muchas veces, claro. Mientras vivieron mis padres volví a menudo, pero nunca paré lo suficiente como para que algo o alguien me hicieran cambiar de opinión. Por eso ahora, que puedo disponer del tiempo, podría regresar a cualquiera de los otros pueblos donde viví después y dónde fui feliz a veces. Pero al mío, no.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Cumpleaños

El 3 de diciembre de 1961 mi padre volvió de Francia. Cuando alguien deja su familia atrás acuciado por la necesidad, aunque se dirija a un lugar determinado, la experiencia es tan abrumadoramente dolorosa, que solo referirse a la dimensión de un país, entonces, o de un continente, ahora, puede ofrecer una dimensión adecuada.

Mi padre solo fue emigrante durante tres meses. Ahora, cada mes recibe algo más de 30 euros que Francia le envía puntualmente en pago del servicio que prestó allí.

Lo único que yo conozco de entonces es la humillación que mi padre sentía cuando se acercaba a algún taller buscando trabajo y el patrón no levantaba la vista siquiera para decirle que no, que allí no. Tanto esfuerzo, tanto dolor, y ni siquiera lo miraban a los ojos.

Mi padre decidió volver a donde las cosas estaban peor, pero donde estaban su casa y su familia.

El día que mi padre volvió yo cumplía tres años y no guardo memoria de nada, pero sé, porque él me lo ha contado, que cuando le vi en casa le pregunté a mi madre quién era aquel señor.

Yo no guardo memoria de esto, ni de nada de aquel tiempo, pero él me lo recuerda cada año, el día de mi cumpleaños, como si cada año celebrara el haberme recuperado.

Por horas

Pocas cosas le quedarían ya por ver después de tantos años limpiando casas. En las dos que tenía fijas desde hace más de diez años había ido viendo crecer a los niños, desde el colegio a la Universidad, aunque solo una vez coincidió con uno de ellos. La casa estaba vacía cuando ella trabajaba porque era más cómodo limpiar sin gente por allí, pero un día, hace unos tres años, uno de los chicos pasó a deshora a recoger algo que se le había olvidado y ella lo reconoció. Era el de la foto de la segunda balda del mueble del salón. Le pareció curioso ponerle voz y movimiento a aquel joven sonriente que miraba al infinito y, de pronto, la miraba a ella como si no se atreviera a entrar en su casa, como si el intruso fuera él. Y quizás tenía razón el chico, porque, a aquella hora, el intruso era él.

Se había acostumbrado a aquellas dos casas vacías de gente pero llenas de vida. Había sabido de sus avatares, de sus tragedias y de sus alegrías sin necesidad de que nadie le dijera nada. No había necesidad cuando era ella la que ponía la lavadora cada día, ordenaba las habitaciones y lavaba los platos de la cena anterior, cuando  era ella la que hacía la cama donde habían dormido dos personas, o no hacía falta hacerla porque nadie había dormido allí esa noche…

Las otras casas, las que no eran fijas, eran diferentes. Casi siempre se trataba de limpiezas ocasionales por una reforma, y entonces se parecían a los pisos de los anuncios de alquiler. Las casas de las reformas eran casas no vividas, frías, sin fotos de jóvenes sonriendo al infinito.

Y luego estaban las otras, las de los viejos que iban necesitando ayuda, casi siempre más ayuda de la que eran capaces de reconocer. Aunque eso solo era al principio porque después  los viejos querían más conversación que limpieza; al fin y al cabo ellos ya no podían ver el polvo sobre los muebles y buscaban, mejor, la compañía.

Fuera en unas o en otras, cuando acababa de trabajar y se cambiada de ropa para salir, siempre echaba una ojeada de satisfacción al ver lo limpio que quedaba todo. Imaginaba entonces lo que sería si llegara a su casa y todo estuviera así de reluciente y, durante unos momentos, un calorcillo le subía por el pecho.

Y, mañana, vuelta a empezar.