El beso

Se le acercó y ella sintió el arrastre suave y firme de su mirada, como el de la maroma que ayuda a atracar el barco. Le retiró un mechón de pelo de la frente y entrelazó sus dedos con el cabello de su sien y ella se recostó un poco en la palma de su mano, abierta y acogedora, y cerró los ojos dejándose llevar. Sintió los labios de él sobre su boca, primero un leve contacto y luego la carne suave y tibia, abandonada a su propio latido. Así estuvieron una vida entera, sin tiempo ni distancia, sin conciencia de su propia existencia y,  al abrir los ojos de nuevo, ninguno de los dos era ya la misma persona que era antes de aquel beso.