Sombra y luz

Me miro al espejo y solo veo al otro lado unos ojos huecos y turbios, como de peces muertos, camino por la calle y no me sigue el eco de mis pasos y los perros gañen alejándose de mí; ni siquiera busco un sitio donde resguardarme de la lluvia por si acaso la lluvia arrastrara mi dolor… de estar sin ti.

Te reconozco en la luz de cada día, en la mirada alegre de las muchachas, en los labios golosos de las mujeres, en los juegos de los niños en el parque, en cada puesta de sol… Te sé parte del aire que respiro, del alimento que me mantiene en pie, te reconozco en mi sombra y en el ritmo de mi pulso… eres la vida que me lleva hacia ti.

Miedo

El hombre, joven, tiene el pelo negro y lo lleva corto sobre las orejas, mientras se le ahueca un poco en la parte de arriba. Coge el vaso con la mano diestra y se levanta del sofá girándose hacia el espejo de la pared donde se refleja serio y pensativo; podría parecer triste porque el blanco y negro se ha instalado en la escena pero no se siente triste, esa noche no. La camisa abierta, perdida ya la corbata, le devuelve un poco de luz; se fija en el diminuto botón, ahora libre y piensa en alto, “Tengo miedo de morirme sin haber querido lo suficiente”. “Suficiente, ¿para qué?”. Ella ha levantado la cabeza y le ha seguido con la mirada, pero no ha dejado su asiento, no quiere invadirle en este momento. “Suficiente… para perder el miedo a morirme”.

Locura de amor.

Cómo no iba a amarla, si nunca me pidió que la dejara libre. Como no iba a amarla, si cada día lucía su traje más brillante para mí y me regalaba lo mejor de sí misma sin esperar nada a cambio, sin exigir una caricia o un gesto de ternura. Ni siquiera ahora, cuando me ahogo en el remordimiento y el alcohol, puedo olvidar sus ojos, esos ojos siempre tan abiertos, y esa mirada que me traspasaba el alma.

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Mi vida entera.

No me has querido nunca; o me has querido poco, que, para el caso, lo mismo da. Seguro que has olvidado el día en que nos conocimos, cuando bajabas la cuesta del pueblo con aquel vestidito de flores, con vuelos en la falda, y la cintura tan marcada que daban ganas de abrazarte por ella y no soltarte más; cuando me mirabas sonriendo y entornando los ojos, y meneando las caderas. ¡Dios, qué ganas de tenerte, desde aquel día!; y lo que me hiciste marear y andar detrás de ti, espantando moscones que nunca te han faltado alrededor… Te dejabas querer y yo me volvía loco por ti; eras mi vida entera, y tú, tú no lo entendías, no estabas nunca a la altura, dejándome en vergüenza delante de los amigos y de los compañeros de trabajo, muy mosquita muerta, muy modosita, para luego coquetear con todo el que se te pusiera por delante. Si, hasta he dudado de que los niños fueran míos, me dicen que se me parecen y será verdad, pero no puedo soportar que también les quieras a ellos más que a mí, siempre pendiente, siempre encima, y a mí, ni puto caso que me haces…

Alguna vez, sí, alguna vez me has querido, alguna vez me has abrazado y me has mirado con esos ojos negros que me embrujaban, toda mía, pero luego te ibas al trabajo, o con las amigas, o sabe Dios adónde, y volvías con otra cara, con otras palabras, con otro olor, y ya te molestaba que te tocara porque decías que siempre pensaba en lo  mismo y no era el momento; ¡y no te dabas cuenta de que yo necesitaba entonces tenerte, más que nunca! ¡No te dabas cuenta de que tu rechazo era la prueba de lo puta que eras! ¿Por qué me provocabas? Yo no quería pegarte, pero no había forma de hacértelo entender; me resistí lo que pude, ¿cuántos años estuvimos casados sin ponerte la mano encima si no era para acariciarte? ¿Cuántos? Solo he vivido para ti, toda mi vida, y, cuando te di el primer bofetón corriste en seguida a casa de tu madre, hasta que fui a buscarte y me humillé y me arrastré para que volvieras. Creías que siempre iba a ser así ¿verdad? Tú, en un altar, y yo, siempre sumiso, esperando la limosna que me dabas.

Ya se acabó, si querías tanto a los niños, haberlo pensado antes, de ti dependía. Ya no te verán más, ni ellos ni esos hijos de puta con los que seguro que te acostabas. Lo que más me jode es que me has hecho dudar por un momento; me has mirado como aquellas veces, cuando me querías; hasta que te has asustado viendo tanta sangre.

Ahora ya no vas a dejarme, ya no vas a ninguna parte, ni yo tampoco. No quiero ir a ninguna parte sin ti. Esperaré, no tardarán en llegar a buscarme.