Mujeres

Yo nunca quise ser mujer. Nunca quise ser la mujer que los demás querían que fuera.

Desde niña odié el rosa porque me señalaba diferente a los niños, odié a mi madre cuando quería hacer de mí una mujer de su casa, a la profesora del instituto que me daba clases de Labores para que aprendiera a bordar, a mi padre y a mi madre por la libertad que tenía  mi hermano y nos negaron a mi hermana y a mí, al violador que me atacó en el metro, a la Naturaleza por obligarme a tener la regla y a parir (todo con dolor) para tener un hijo, a todos los que esperaban que dejara de trabajar para criarlo, a los que creían que no sería capaz de romper el techo de cristal, a todo el que no me respetaba como independiente y libre…

Por eso me negué siempre a ser diferente, por eso leí, y estudié, y  miré a todos lados y aprendí en todas partes y eduqué a  mi hijo en la igualdad de sexos. Por eso, también, firmé  mi primer libro con la inicial de mi nombre para que no se supiera, en la portada, que estaba escrito por una mujer, sino solo por alguien que tenía algo que contar.

Porque yo solo quería ser persona. Solo eso.

De piedra

Dijo que era médico. Y francotirador en Irak. Lo habían entrenado para ser un soldado de élite. Para sobrevivir en situaciones extremas. Para acechar y disparar. Para no pensar si aquellos hombres tenían hijos, queridos hijos, o una mujer que los esperaba en casa. Sólo eran blancos perfectos para su adiestrada puntería. Y malos. Eran los malos, el enemigo a batir. Estaba orgulloso. Y tranquilo.

Ahora, en tiempo de paz para él, había escrito un libro para contar su realidad. Y volvería a ser médico.

También contó que tenía un hijo, aún sin edad para ser soldado, pero al que educaba en los mismos valores que habían guiado su propia vida. Su hijo no había leído el libro. No le había dejado leerlo porque se decían muchos tacos en él.

20 de noviembre

Hoy es 20 de noviembre, y, como siempre, cualquier situación puede empeorar, o, al menos, no mejorar. Nos pareció una liberación aquel 20 de noviembre y resulta que no podemos ya ni hacer fotos de las manifestaciones, para que no quede constancia, para proteger la impunidad, que no la presunción de inocencia, que en seguida hay algún vecino haciendo vídeos con el móvil. Sí, también es el día del Niño, de ese niño que se muere de hambre lejos de aquí, o que se droga para ser soldado en una guerra aniquiladora, o que va al colegio con nuestros hijos y solo come un par de veces al día, o que espera a que sus padres lleguen con lo que han recogido de la basura, o que bebe el único vaso de leche que se sirve en casa. O ese niño que no puede ir al médico porque no tiene tarjeta sanitaria, o no puede pagar los medicamentos que le prescriben, o ese niño que no podrá ir a la Universidad porque ES POBRE, y se verá así condenado a ser siempre pobre.

Sí, hoy es 20 de noviembre. Está claro que, como sociedad, tenemos mucho que celebrar.

Guantánamo

Me desayuno esta mañana con la noticia de que Estados Unidos va a respetar el Ramadán para los presos de Guantánamo, y, por este motivo, no va a forzar la alimentación durante el día ni a los presos que mantiene atados ni a los que están en huelga de hambre… Qué detalle, qué considerados!!!.

La náusea me dura aún, a pesar del café solo que me ayuda a despertar cada mañana y me prepara el estómago para tragar sapos como éste. ¡¡Diez años ya, qué corto se me ha hecho a mí, que estoy fuera y soy tan inconsciente que no me siento amenazada!!! Diez años de privación de libertad, a espaldas de toda legalidad nacional o internacional, atropellando los derechos de unos pocos, y de sus familias, y de sus amigos, que ya no tendrán, y de sus conocidos, que quizás renieguen de cualquier relación y de cualquier trato con ellos…

La comunidad internacional no ha hecho ni hace nada al respecto. O peor aún, no solo consiente con una aquiescencia servil, sino que premia al representante del Tío Sam con el Nobel de la Paz.

Alfred Nobel destinó gran parte de su riqueza, adquirida gracias a la enorme destrucción que generaron sus invenciones sobre explosivos, a la Fundación Nobel, en un intento hipócrita de redención. No ha pasado tanto tiempo, ni somos tan diferentes.

Políticos

Ante el gravísimo accidente de autobús en Ávila, el ministro del Interior anuncia que se plantean establecer el límite de 70 km por hora para los autobuses que no llevan cinturones de seguridad.

El ministro visita la zona, y habla. No sé si piensan los políticos que sufrimos que esa es la actitud que esperamos de ellos con arreglo a su cargo.

No se le ocurre mejorar el transporte de viajeros por ferrocarril, que todos sabemos tiene un índice de siniestralidad muchísimo menor, salvo si hablamos de atentados, ahora que se están empleando a fondo para destrozar lo que queda de Renfe y tienen que salir los vecinos de los pueblos afectados a protestar porque sus niños se pasan la vida en el camino si les quitan el tren.

No se le ocurre que se instalen cinturones de seguridad en todos los autobuses que no los llevan por ser más antiguos que la normativa que les obliga a ello, o impedir que circulen si no están adaptados a dichas normas.

No se le ocurre pensar que un autobús que circula a 70 km/h por la carretera estorba al resto de vehículos que circulan por la misma vía, en el mejor de los casos.

No sabe el señor ministro, ni lo pregunta, ni parece que sus asesores sean capaces de informarle, de que un accidente de tráfico a 70 km/h en el que una persona sale despedida del vehículo por no llevar cinturón de seguridad, tiene también muchísimas probabilidades de ser mortal.

Cuando se conoce que el único responsable del accidente ha sido el conductor, que se ha quedado dormido al volante, el ministro, raudo y veloz, tiene la solución, restrictiva, como ocurre siempre en este país que no acaba de salir de la cultura del post-franquismo, donde parece que es mejor prohibir que educar, poner límites en lugar de practicar responsabilidades.

Deberíamos exigir a nuestros políticos que fueran medianamente inteligentes, que respetaran nuestra inteligencia, que la tenemos, y que tuvieran un mínimo de sentido común. Sólo eso.