Parejas rotas

Quizás no estaban seguros de que su amor fuera duradero, y por eso necesitaron esculpirlo en el árbol, para que perdurara incluso después de que ellos murieran.

Quizás temían que, con el tiempo, cualquiera de ellos quisiera alejarse del otro, y por eso cercaron sus nombres con un candado.

Quizás el árbol, más sabio por ser más viejo, les hizo un favor rompiendo ese candado y dejándolos libres.

 

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Puro erotismo

La vio desde lejos y se acordó de las piernas de Marilyn cuando sujetaba la falda de su vestido sobre el respiradero del metro. Al acercarse solo tuvo ojos para la media de malla y para esa línea sinuosa que unía la pantorrilla con el pie, tan bella como la línea del horizonte. Ni siquiera le puso pegas al calcetín. La pierna femenina, elevada hacia el cielo, era una invitación; aunque solo fuera la pierna de un maniquí.

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La casa de ladrillo rojo

En la última curva de la carretera que atravesaba el pueblo había una casa abandonada. Era de ladrillo rojo y la vegetación que crecía sin control había ido cercándola, como si quisiera ahogarla. Ladrillo rojo en un mar verde. Todo en el pueblo era verde, salpicado por aquí y por allá de tejados oscurecidos por la humedad y fachadas de ladrillo o pintadas de colores claros.

En la casa de la curva solo habitaba el abandono. La verja de la entrada estaba entreabierta, o entrecerrada tal vez. Los arbustos habían invadido el espacio que permitía el paso y la puerta de hierro oxidado había quedado fija en un ángulo escaso, como si alguien se la hubiera dejado abierta al salir o, finalmente, no se hubiera atrevido a entrar. Sin duda hacía mucho tiempo que nadie atravesaba aquella entrada.

Los ladrillos rojos de las paredes lucían desgastados, envejecidos, como contagiados de la decadencia interior, de la falta de vida. Algunas ventanas permanecían cerradas, pero, la mayoría, de madera terriblemente envejecida por la falta de cuidado, despellejada y surcada de grietas, enmarcaban solo cuadros negros como pozos, sin la máscara benévola de los cristales. A través de la puerta principal, también entreabierta, se veía la vegetación que había invadido ya el interior de la casa.

En la segunda planta se mantenía firme la baranda oxidada de un balcón amplio y, en cada extremo del balcón había una silla de terraza, oxidada también. Las dos sillas estaban abiertas, una frente a la otra. Nada quedaba ya en la casa que pudiera recordar a los que habían vivido en ella. Nada, salvo las dos sillas esperando que la pareja que allí había vivido, saliera al balcón a la caída de la tarde -uno frente al otro, no frente a la calle o frente al monte-, para reposar, para conversar y para tomar el fresco en compañía.

Todo se lo habían llevado de la casa, menos las sillas del balcón. Todo había desaparecido ya, comido por el monte, pero, mientras las dos sillas siguieran esperando la puesta de sol, los dos viejos seguirían vivos allí, y la casa seguiría en pie.

Escribir

Escribir para redimirse, para ser uno mismo.

 

Fíjate que, llegado este momento, no recuerdo si, cuando tú y yo estábamos juntos, yo ya escribía. Supongo que sí, porque esto de escribir fue siempre conmigo –desde chiquitito, diría mi madre, que escribía en los cuadernos sin copiar de ningún sitio, y, cuando le preguntabas que qué estaba escribiendo, siempre decía, “cosas”…-.  Pero yo no lo recuerdo, Isabel. ¿Recuerdas, acaso, el hecho de respirar o de comer o de dormir cada día desde que eras niño? No, sabes que has tenido que respirar y has tenido que comer y has tenido que dormir; pero solo recuerdas el día que pasaste hambre o la noche que tuviste una pesadilla y creíste que te ibas a morir…

Algo así debe sucederme a mí. Echo la vista atrás y me veo…, en realidad no me veo, no acierto a distinguir mi imagen, no alcanzo a verme como el protagonista de mi vida ni tampoco me veo como un mero espectador. Ni dentro ni fuera de mí. Recuerdo, eso sí, las decisiones que he tomado en la vida, las importantes, claro, las que te hacen elegir un camino y dejar los otros, y, sobre todo, recuerdo las que otros tomaron por mí: no es lo mismo caminar que hacer el camino arrastrado por otro.

Quizás ahí radique todo, en que vivo mi vida cada día igual que respiro, como o duermo y solo recuerdo los momentos en que el aire se enrarece a mi alrededor, y yo boqueo y el aire no me llega adentro, y, cuando ya me parece que ni siquiera soy yo, emerge la memoria de mi vida, de la vida que alguna vez he elegido, y vuelvo a escribir. Porque solo escribir me reconcilia conmigo mismo, con lo que he querido ser y con lo que soy.

Por eso no guardo memoria de si escribía cuando estábamos juntos, Isabel, pero sí recuerdo la necesidad inevitable de escribir después.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Neurosis

Olía a jabón. Un bebé que huele a jabón resulta delicioso, pero aquel hombre olía siempre a jabón y, por eso, al estar a su lado no podías menos de imaginar la persistente suciedad que le llevaba a lavarse constantemente las manos.

Todo en él era correcto y frío, su forma de vestir, de peinarse, de afeitarse e, incluso, de hablar; sin llamar la atención en colores o hechuras, de visita periódica al barbero, de afeitado diario y sin soltar tacos ni siquiera cuando estaba muy jodido. Porque él, en el fondo, estaba muy jodido y necesitaba esa apariencia relamida y encorsetada, y llegar antes de tiempo a todas las citas, y dejar cada mañana la taza del desayuno en el mismo sitio del fregadero, y contar los escalones que había hasta la entrada de su casa, aunque sabía que siempre eran los mismos, o los pasos que caminaba por la acera hasta llegar a la esquina, o colocar los bolígrafos en determinado orden de color sobre la mesa, o la compra sobre la cinta de la caja del supermercado en un orden estricto que solo él había decidido y que estaba fuera de toda lógica… porque solo así tenía la seguridad de que nada iba a desmadrarse, y de que nada iba a ser una amenaza. Porque solo así podía esquivar el miedo atroz a lo que pudiera pasar.

Cuando yo le conocí me vino a la memoria la imagen de un informativo de televisión donde hablaban de un hombre común, correcto con sus vecinos aunque no demasiado sociable, lo suficiente como para no destacar por arisco ni por metomentodo, que había sido detenido por la Policía porque ocultaba en su jardín varios cadáveres que alimentaban sus rosales desde hacía años. Miré a este hombre plano, aquí y ahora, y pensé que demasiado jabón no sería suficiente para limpiar aquella suciedad que él sabía oculta y que no habría jabón en el mundo capaz de acabar con el olor de los cadáveres que uno oculta en su jardín.

Yo entonces no lo sabía. Mucho tiempo después supe, que, efectivamente, en el jardín de su infancia había quedado enterrado un niño de siete u ocho años; el niño que él debería haber sido si nunca hubiera tenido que bajar a la sacristía después de la catequesis, cuando ya todos se habían marchado a casa y Don Florencio, que en el infierno esté, le pedía solo a él que se quedara para enseñarle a ser monaguillo.

Mujeres

Yo nunca quise ser mujer. Nunca quise ser la mujer que los demás querían que fuera.

Desde niña odié el rosa porque me señalaba diferente a los niños, odié a mi madre cuando quería hacer de mí una mujer de su casa, a la profesora del instituto que me daba clases de Labores para que aprendiera a bordar, a mi padre y a mi madre por la libertad que tenía  mi hermano y nos negaron a mi hermana y a mí, al violador que me atacó en el metro, a la Naturaleza por obligarme a tener la regla y a parir (todo con dolor) para tener un hijo, a todos los que esperaban que dejara de trabajar para criarlo, a los que creían que no sería capaz de romper el techo de cristal, a todo el que no me respetaba como independiente y libre…

Por eso me negué siempre a ser diferente, por eso leí, y estudié, y  miré a todos lados y aprendí en todas partes y eduqué a  mi hijo en la igualdad de sexos. Por eso, también, firmé  mi primer libro con la inicial de mi nombre para que no se supiera, en la portada, que estaba escrito por una mujer, sino solo por alguien que tenía algo que contar.

Porque yo solo quería ser persona. Solo eso.