Diario de Pepín. Día 52

Mamá dice que solo me faltan los granos para ser un adolescente. Yo la escucho atentamente, pero no entiendo qué quiere decir. Ella sabrá. Las madres saben cosas que nosotros nunca llegamos ni a imaginar.

Supongo que se refiere a que soy un cachorro con ganas de ser grande y a que he crecido pero sigo siendo un cachorro. Vamos, que ni yo sé muy bien lo que soy. Unos días, o unos ratos, los dientes no me dejan en paz y me tiro a morder todo, y otros me pongo mimoso y le pido a mamá que me coja en brazos y me acaricie la tripa. ¡Se está tan bien en brazos de mamá! Escucho su corazón mientras me acaricia la cara y la barriguita… podría pasarme las horas muertas así, hasta que me da un repente y salto a perseguir a Sofía o a recorrer el pasillo con un peluche en la boca. Yo mismo me extraño de estos cambios de humor, pero me dejo llevar; será lo mejor.

Hoy no me he hecho pis en casa. Mamá se puso contenta. Y yo también.

Diario de Pepín. Día 51

Hay días en los que todo sale bien y hay días en los que todo sale mal. Bueno, empezar el día haciendo pis en casa es el aviso de que todo va a ir mal. ¡Y mira que me esfuerzo! ¡Y mira que lo intento! Que yo tengo muy clarito que mamá me ha dicho que no puedo hacer pis en la cunita de tela azul que antes era de Sofía, que yo lo sé… Pero no sé si sería porque ayer bebí más agua, o por el trocito de sandía que me dio mamá por la noche, el caso es que ya no aguantaba más y, eso sí, como yo sé que no debo hacerlo en la cunita azul lo hice justo al lado  pero la camita se quedó pingando otra vez.

Diario de Pepín. Día 50

Sofía se va acercando cada vez más. Es como si la recién llegada fuera ella y, poco a poco, fuera cogiendo confianza.

Yo ya había vivido con gatos en mi otra casa y tengo visto que son gente que anda a su aire, y que, por muy activos que sean, tienen un ritmo que, visto con ojos de perro, ni siquiera es ritmo. Yo veo que mamá me llama y salgo como una bala, o que, cuando llega a casa, me pongo a bailotear de manos delante de ella para que me acaricie y me diga cositas; en cambio, Sofía –y no es porque esté yo-, la espera pacientemente subida en un mueble, maúlla casi sin voz cuando llega mamá y se lo piensa dos veces antes de bajarse –excepto si tiene hambre-. Y si mamá la llama, Sofía va, pero se toma su tiempo.

Bueno, pues ahora, al cabo de dos meses, ya nos sentamos los tres en el Sofá: primero yo, luego llega mamá y, algo más tarde y después de llamarla, llega Sofía. Y, cosa extraordinaria, cuando mamá se tumba en el sofá después de comer, y yo me tumbo encima de mamá, Sofía ya ha empezado a tumbarse al lado. Solo un ratito, luego se pone nerviosa y se va. Claro que dice mamá que, antes de llegar yo, siempre se tumbaba Sofía con ella…

Si no fuera porque a veces me da un repente y salgo corriendo detrás de ella por toda la casa hasta que se sube a cualquier sitio para escapar, yo creo que ya seríamos como hermanos. Porque eso somos en realidad, hermanos con una mamá, aunque yo creo que Sofía no lo sabe.

Diario de Pepín. Día 49

¿Un cachorro puede dejar de ser un cachorro sin haber cumplido los cinco meses? A saber: no he vuelto a hacer pis en casa, espero pacientemente a que mamá se duche y desayune –sin cogerle las chanclas- y hago pis y caca en la hierba que está cerca de casa, espero hasta que la puerta se abre del todo y luego ya salgo yo –un día no esperé y mamá me dio sin querer un golpe en los morros cuando la abrió, por eso he espabilado y ya no me pasa-, y, cuando mamá me deja solo en casa no vacío el vestidor –ella procura dejarlo cerrado por si acaso- ni me llevo arrastrando los muñecos de la cama. ¡Ah, y no he vuelto a comer cacas de Sofía! Porque me da miedo entrar en el arenero cerrado y no poder salir.

Pensándolo bien creo que no, que un cachorro de cinco meses sigue siendo un cachorro. Aunque se porte bien. Supongo que eso es lo que mamá llama “educación”.

Diario de Pepín. Día 48

Estos días han sido una revolución. Mamá no me ha llevado a la oficina porque tampoco ha ido ella a trabajar. He subido y bajado del coche un montón de veces; bueno, mamá me ha subido y me ha bajado del coche, porque yo no me atrevo pero ya no me escapo ni tiro para atrás. La verdad es que en el coche no se va mal; me tumbo en el asiento de atrás y hasta me duermo, salvo cuando pegamos botes, que me asustan mucho, aunque mamá entonces vaya muy despacito.

Vino la mujer que habla como mamá pero no es mamá y yo me asusté por la noche porque no me acordaba de que se había quedado a dormir y empecé a ladrar para avisar a mamá de que había ruidos extraños en la casa. Al día siguiente salimos a caminar temprano y la mujer que habla como mamá me llevó todo el tiempo de la correa, pero muy corta porque dice que tengo que acostumbrarme a ir al lado, que así acostumbró ella a su perrita. Luego, por la tarde ya había muchísima gente en la calle, todo eran piernas a mi alrededor; menos mal que llevaba la correa cortita y nadie se tropezó conmigo.

Hoy ya nos hemos quedado solos mamá, Sofía y yo; y estamos reventados. Yo creo que tango trasiego de maletas y de camas y de idas y venidas nos deja agotados a todos. Por eso me he pasado el día tumbado en el sofá, pero totalmente repantingado, todo lo largo que soy. Y cada vez soy más largo, que he crecido un poco más.

Diario de Pepín. Día 47

Yo creo que los cachorros no sabemos ir hacia adelante todo el rato. Acabamos recorriendo unos caminos larguísimos pero siempre nos desviamos, oliendo y buscando algo que llevarnos a la boca. Pues yo creo que pasa lo mismo con las cosas que vamos aprendiendo; que, cuando llevamos tres o cuatro días haciendo pis en la calle, de pronto no aguantas las ganas y lo haces en casa. Siempre igual, tres pasos hacia adelante y, de pronto, uno hacia un lado. O hacia atrás. Pero, al final, siempre vamos hacia adelante. Eso es lo que importa.

Diario de Pepín. Día 46

¡Qué paliza, madre mía! Mamá me ha dado una sorpresa y hemos vuelto a mi primera casa. Mi mami de antes me llenó de besos en cuanto llegué, pero mis hermanas, las dos que aún no han sido adoptadas y siguen viviendo allí -que están locas, locas-, empezaron a perseguirme y a morderme y a no dejarme en paz. Son más altas que yo y tienen las patas más largas que las mías, pero yo no me dejé albardar y me defendí y también las mordí a ellas; y eso que eran dos. Bueno, en realidad, los mordiscos no eran de hacer mucho daño; pero nos mordimos. Y mucho. Sobre todo cuando llegó Linda, que, entonces, empezamos a perseguirla a ella nosotros tres. Linda se puso muchas veces panza arriba, pero también nos mordió a nosotros en las orejas y nos sacó los dientes para asustarnos. Mamá y los demás nos miraban y nos dejaban hacer y nosotros, venga a correr, venga a correr, aunque yo fui un par de veces a ver a mamá,y, cuando me silbó, me fui corriendo hasta ella, para que no se pensara que, como estaba en mi casa de antes, ahora la quería menos .

Después fueron llegando mis otros hermanos, pero yo casi no los recordaba, porque se fueron pronto de la casa de mis papis a otras casas. A mi mamá Alba sí que la recuerdo, pero no estaba allí, aunque mi otro hermano, el más grandullón de todos, es igualito que ella, igualito, igualito.

Cuando llegó mi papá de antes ya estábamos todos por allí armando y también me abrazó y me besó, que yo sé que me quiere mucho.

Bueno, pues entre tanto jaleo, y tanto correr y tanto morder, el que más armaba y más ladraba de todos era Tony, que siempre tuvo muy mal carácter y sigue igual. Tony lleva años sin ser cachorro, pero se comporta muy mal, a pesar de que sus papás –mis primeros papás- le riñen; pero a él le da igual. Y luego, Messi, que es un tragaldabas de mucho cuidado y quería comer de todo.¡Hasta se subió a la mesa –y mira que está gordo- y se agenció una empanada que medio se zampó antes de que nos diéramos cuenta!.

Ha sido un día muy cansado, pero ha merecido la pena. He llegado tan reventado a casa que casi no me he metido con Sofía. Lo que pasa es que ella ya no se fía de mí y prefiere esconderse antes de que yo empiece a perseguirla por el pasillo. Por si acaso.