Amapolas

Me impresionó la torre de cristal y acero. Siempre lo hacía. En el centro de la plaza del centro de la ciudad, tan alta sobre el asfalto y sobre mí, me hizo imaginar a los liliputienses frente a Gulliver.

Fue entonces cuando vi la vieja pared de ladrillo, tan modesta que nunca me había llamado la atención, a pesar de llevar allí más años que la torre inmensa.   Y vi las amapolas, tan desubicadas, aprovechando la poca tierra que el viento había arrastrado hasta el resguardo de los ladrillos. Pensé en lo delicadas que eran esas flores, con pétalos rojos que se arrugan y se enturbian con solo tocarlos, y pensé también en que las amapolas nunca beben del agua de los jarrones y nunca adornan cuidados jardines.

Las amapolas son flores salvajes y libres. Y su sola presencia entre el asfalto y las aceras era la prueba de que aún hay esperanza.

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Lluvia

Afuera sigue lloviendo y también aquí dentro el aire se ha vuelto más limpio.

No tengo ventanas a mi alcance pero escucho cómo pasan los coches exprimiendo a su paso el agua sobre el asfalto y ese sonido inconfundible me acerca a la imagen del agua sobre los paraguas, sobre la gente que corre a refugiarse, sobre los árboles que forman goterones y cimbrean las ramas delgadas bajo su peso. Veo llover con solo escuchar el eco tardío de la lluvia, cuando ya ni siquiera es lluvia.

En el libro de ayer llovía sin ruido. El hombre sin nombre de la novela vive de prestado en una casa en la montaña y ve llover a través de sus ventanas. La lluvia de ese otoño japonés es fina, suave, y cae sin ruido, sin hacerse notar demasiado si no fuera por el frío que la acompaña. Murakami no explica en sus libros los hechos que decoran la trama principal. Tan solo los cuenta como una rutina, sin insistir mucho en ello, sin distraer la atención de lo que importa, pero, aun así, yo vi su lluvia fina y fría, silenciosa y benefactora. Y ahora esa lluvia me llama, me pide que salga a la calle esquivando los charcos y los coches y vaya a acurrucarme al sofá, a respirar el olor limpio del bosque oscuro y a observar cómo un hombre que se busca a sí mismo mira llover a través de los cristales.

Volver

Me di cuenta cuando volví a la ciudad, después de tantos años. Era la misma que habíamos recorrido juntos, los mismos bares, los mismos rincones… pero no era la misma. Ahora la veía plana, distante; su manto protector había desaparecido. La luz que fue mi inspiración en otro tiempo se había tornado mortecina y cualquier lugar al que mirara era uno más.

Me di cuenta de que, en realidad, las cosas seguían igual, inanimadas. Los mismos edificios, algunos bares nuevos, tiendas cerradas con escaparates sucios y pintarrajeados, los niños en los parques y los viejos en los bancos, buscando el sol. Y me di cuenta de que era yo el que había cambiado. Ya no vivía para las mismas cosas que entonces. Ya no miraba a mi alrededor como si necesitara embeberme de la vida de los otros, ya había vivido lo suficiente como para haber aprendido a vivir solo.

No me malinterpretes, nadie me sobra, pero a nadie necesito. Ya no voy corriendo detrás de los afectos, quizás porque con el tiempo aprendí a quererme un poquito más. Sí, añoraba la ciudad de aquellos tiempos hasta que me di cuenta de que añoraba lo que entonces viví. Y en ese mismo instante, pude verla de nuevo en toda su belleza. Era mi corazón, baqueteado de retiradas y de dejar marchar, el que latía; eran mis ojos llenos de vida los que hacían magníficas aquellas piedras doradas por el sol.

(De “Las memorias de Ismael Blanco”)

Tráiler

Probablemente, en el español exista una palabra -o varias- para cada cosa o para cada acción. Me ha venido esto a la mente, al analizar el significado de la palabra “tráiler”, porque eso era lo que antes, cuando era niña y acudía al cine de mi pueblo, y ahora, cuando ya solo peino canas y voy con muy poca frecuencia al cine, me llenaba de curiosidad y me impelía a querer ver la película entera. Ya entonces se utilizaba este anglicismo para referirse al avance que te ponían de otras películas.

Pues eso hago yo. Voy poniendo en Facebook pequeños avances de los relatos de mi libro «El corazón y la palabra», esperando que así les pique la curiosidad a los posibles lectores. Se inicia una escena y queda en el aire el desenlace o te preguntas cómo hemos llegado hasta allí.

Veamos: «Hace frío y el aliento dibuja volutas que se desvanecen poco a poco a esta hora de la mañana. Ella es pequeña, menuda, y pliega y despliega un mapa de la ciudad mientras lo mira a él, mucho más alto y tan joven como ella, y le niega algo con la voz y con el gesto…»

Ahora solo queda esperar a que alguien, muchos “alguien”, se pregunte cómo sigue…

Fomentar la lectura

Desde siempre, en Navidad y en Reyes, el regalo imprescindible para mí, han sido los libros. Me recuerdo de pequeña pegarme verdaderas panzadas a leer para aprovechar el final de las vacaciones.

Por eso, pensando en el placer de la lectura, he iniciado una campaña, que durará cinco días, para que mi libro “El corazón y la palabra” tenga un precio especial, tanto en papel como en ebook. 

Ahora el precio en ebook será de 1 euro, y en tapa blanda, de 5 euros.

Gracias por leer.

El pueblo

No fui feliz allí, pero no me di cuenta hasta mucho tiempo después. En realidad fue la pregunta de Pablo la que me hizo despertar. Me preguntó si, ahora que ya no trabajaba, iba a volverme al pueblo. Y le dije que no.

Me sorprendió la pregunta, me pareció fuera de lugar, una ocurrencia desafortunada. Pero el único que estaba fuera de lugar era yo. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza algo así, y, ahora que la pregunta de Pablo me obligaba a recapacitar, me daba cuenta de que nunca había pensado en volver, de que nunca había querido volver allí.

Cuando era niño me sentía fuera de lugar. Probablemente me habría pasado lo mismo en cualquier otro sitio, pero era allí donde estaba. No encajaba bien entre los otros niños, que me hacían sentir diferente. Y la gente del pueblo… Siempre los he visto como fuego amigo, tan peligroso que puede matarte. Siempre tuve la sensación de que me acechaban, de que, a cada paso o con cada gesto, una doble sombra me seguía, la mía y la que ellos dibujaban. Siempre bajo su mirada crítica; siempre bajo su juicio inapelable.

Me marché en cuanto pude, y creo que nunca sentí nostalgia ni del lugar ni de los momentos. Volví muchas veces, claro. Mientras vivieron mis padres volví a menudo, pero nunca paré lo suficiente como para que algo o alguien me hicieran cambiar de opinión. Por eso ahora, que puedo disponer del tiempo, podría regresar a cualquiera de los otros pueblos donde viví después y dónde fui feliz a veces. Pero al mío, no.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Cumpleaños

El 3 de diciembre de 1961 mi padre volvió de Francia. Cuando alguien deja su familia atrás acuciado por la necesidad, aunque se dirija a un lugar determinado, la experiencia es tan abrumadoramente dolorosa, que solo referirse a la dimensión de un país, entonces, o de un continente, ahora, puede ofrecer una dimensión adecuada.

Mi padre solo fue emigrante durante tres meses. Ahora, cada mes recibe algo más de 30 euros que Francia le envía puntualmente en pago del servicio que prestó allí.

Lo único que yo conozco de entonces es la humillación que mi padre sentía cuando se acercaba a algún taller buscando trabajo y el patrón no levantaba la vista siquiera para decirle que no, que allí no. Tanto esfuerzo, tanto dolor, y ni siquiera lo miraban a los ojos.

Mi padre decidió volver a donde las cosas estaban peor, pero donde estaban su casa y su familia.

El día que mi padre volvió yo cumplía tres años y no guardo memoria de nada, pero sé, porque él me lo ha contado, que cuando le vi en casa le pregunté a mi madre quién era aquel señor.

Yo no guardo memoria de esto, ni de nada de aquel tiempo, pero él me lo recuerda cada año, el día de mi cumpleaños, como si cada año celebrara el haberme recuperado.