Diario de Pepín. Día 74

No estés triste, mamá. Esta vez no he llorado cuando saliste de casa con la maleta. Me dijiste que vendría a buscarme el chico de la gorra y, efectivamente, llegó a media tarde y me llevó con él. Su gata no es como Sofía, se asusta mucho de mí, pero yo creo que es que me ha visto poco. Si tuviera que volver pronto con él seguro que ya sería diferente.

Yo estoy bien, mamá. Yo sé que te gusta que me suba al sofá y me pegue a ti y apoye mi cabecita en tu muslo, que me acueste en tu cama y que me ponga de manos en el borde del colchón para que tú me subas – los dos sabemos que alcanzo a subir yo solo pero te gusta cogerme-, y que me ponga en la almohada hecho un ovillo y coloque mi cabeza sobre tu mano cuando te estás quedando dormida. Pero hoy no puede ser, mamá, a mí también me gustaría estar contigo -siempre voy a estar contigo-, pero algunas veces tendrás que irte sin mí. Y yo te esperaré. No dudes que yo te esperaré, ¿vale? Yo te quiero muchísimo, mamá, y por eso quiero que no estés triste. Mientras te espero, te mando un besito de buenas noches, mamá. Que duermas bien y sueñes conmigo.

Diario de Pepín. Día 73

Mamá trabaja casi todo el tiempo que no estamos dando una vuelta por la calle o en el parque. Yo no puedo ayudarla en la oficina pero intento que no se le haga muy pesado. Es verdad que gran parte del tiempo lo paso durmiendo, pero me pongo justo al lado del sillón, lo más cerca que puedo de ella, de forma que, en cuanto se mueve un poco, doy un respingo y me incorporo por si me necesita. A veces salgo a recibir a la gente, y a todo el mundo le hace gracia ver a un perro como yo en un sitio como ese, y todos me acarician y me dicen cosas, pero alguna vez mamá me ha sacado del despacho porque dice que molesto. Yo creo que hago lo mismo de siempre y que el problema debe ser que se junta más gente y, además, hablan y hablan,  y entonces parece que molesto yo.

Lo que más me gusta, cuando mamá está sola en el despacho, es que me coja en brazos y  me deje quedarme sobre sus piernas mientras sigue trabajando. Es que me da el mimo y me pongo de pie a su lado llamándole la atención –dice que no le dé con las patas porque tengo las uñas muy duras y le hago daño-, y entonces ella me coge para abrazarme. Yo aguanto los achuchones sin pestañear, y si me deja un ratito encima de sus piernas, ni me muevo, a ver si ni siquiera se da cuenta de que estoy allí, pero siempre acaba bajándome, claro.

Diario de Pepín. Día 72

No sé por qué me aterra el ascensor. Desde antes de entrar por primera vez, cuando mamá se acercó a la puerta, yo empecé a recular como si me fuera la vida en ello. Y no puedo saber por qué. Quizás a todos nos pase, que tengamos miedos por  algo que está por venir y solo imaginamos, y es mucho peor que si fuera por algo que ha sucedido y nos puede volver  a pasar. Por eso mamá y yo subimos las escaleras hasta casa, y yo se lo agradezco cada vez que lo hacemos. ¡Cómo se lo agradezco!

Cuando entramos en el portal, yo voy por delante de mamá, subo hasta el tercer peldaño y me paro allí; entonces mamá me da un trocito de colín y me desata la correa para que suba yo solo, unas veces delante de ella y otras detrás porque me entretengo, pero, al final, siempre tengo yo que esperarla en la puerta de casa porque ella sube cansada.

No sé por qué, si es que mamá tenía mucha prisa o estaba demasiado cansada, pero hace un par de días me obligó a subir en el ascensor, a pesar de que yo la miraba suplicándole que subiéramos por las escaleras. No pasó nada, salvo mi miedo y mi disgusto; pero he decidido que eso no puede volver a pasar.  El ascensor es un enemigo que me acecha cada vez que entro en el portal y a mamá no se le tiene que pasar por la cabeza subirnos en él, ni siquiera cuando algún vecino entra con nosotros y lo utiliza. Por eso, ahora entro más deprisa y corro hasta la escalera con la correa desplegada, pero no me paro en el tercer escalón, me paro en el sexto, casi acabado el primer tramo, y entonces espero a mamá que, para poder darme el colín ya tiene que haber subido algún peldaño. Y, una vez allí, ¿para qué vamos a querer el ascensor?

De momento, funciona.

Diario de Pepín. Día 71

Sofía había vomitado mientras nosotros estábamos fuera. Ya había vomitado el día anterior, cuando estábamos tumbados en el sofá después de comer, y mamá me pilló al vuelo cuando quise bajarme de un salto para ir a comerme el vómito. De veras que me pilló en el aire y no pude moverme, y luego ya fue ella con la fregona a limpiarlo mientras yo miraba desde una distancia de seguridad.

Pues hoy, como Sofía vomitó bastante pronto, el robot de mamá que barre cuando ella no está había repartido el vómito por el suelo, haciendo unos preciosos dibujos de ir y venir por casi toda la casa. Así es que mamá se puso con la fregona en cuanto llegamos y yo solo pude dar un par de legüetazos al suelo antes de que mamá me riñera. No sé qué le pasa a mamá con los vómitos que no soporta que me acerque a ellos, ni los de Sofía ni los que me encuentro en nuestros paseos. ¡Y mira que estos días había montones en la calle y en la hierba, como si estuvieran esperando a que pasáramos nosotros para… quedarme con las ganas de hincarles el diente!

Diario de Pepín. Día 70

Reconozco que lloré; pero solo un poco. Es que vi remover de maletas, aunque era otra maleta más pequeña que la que mamá preparó las otras veces, y mamá me sacó muy temprano a la calle – muy, muy temprano-, pero no fuimos después a la cochera. Volvimos a casa, mamá me dio un beso, cogió esa maleta pequeña y se marchó. Y yo me quedé llorando detrás de la puerta. Yo sé dónde he nacido, pero procuro no acordarme del monstruo ese del abandono; de hecho, ya no sueño con él y tiene la cara tan borrosa que ya no lo reconozco, pero cuando se fue mamá se me vino a la memoria y empecé a gañir casi sin darme cuenta.

Después, cuando ya era muy de día, vino a buscarme el chico de la gorra y me llevó con él a la oficina, me puso la mantita y los juguetes en su despacho y hasta me sacó al parque. Él me saca de distinta manera que mamá, pero yo disfruto lo mismo; el parque es el parque y hay que aprovecharlo.

Mamá volvió por la tarde y ya no nos separamos en todo el rato.

Diario de Pepín. Día 69

He tenido un día rabioso, de esos que, de pronto, no puedes estarte quieto  y, si toca salir a la calle, sales como un loco tirando de la correa con tanta fuerza como si quisieras arrastrar el mundo. Y casi lo arrastras, o, al menos, casi arrastro a mamá, que viene a ser lo mismo.

Yo creo que la culpa es de esta forma de crecer que tenemos los perros. Y de los dientes, claro, que ayer estaba yo jugando, como juego con todo lo que me llevo a la boca, y mamá se extrañó del sonido que hacía mi juguete al caer al suelo. Y miró y lo cogió en su mano y resultó que estaba jugando con una muela que se me había caído. Que yo nunca pensé que costara tanto hacerse grande.

Diario de Pepín. Día 68

¡Hala, cómo he corrido! Hemos ido al parque, pero cuando no parece el mismo parque, porque está lleno de gente. Mamá me ha soltado y había allí ya otros cuatro perros que se notaba que se conocían de antes. Yo he observado un poco al principio, como hago siempre que oteo un perro de lejos, y luego… ¡a la batalla! Dos perros eran grandotes, pero ya he visto yo que, generalmente, los perros grandes ni se enfadan ni nada, y otros dos eran más pequeños –más grandes que yo, por supuesto, pero más pequeños que los otros-. Bueno, pues uno de los pequeños, que, además estaba muy gordo, venga a ladrarme y a no dejarme en paz. Su papá decía que quería jugar, pero yo no estoy tan seguro, porque yo también quería jugar y no había forma. Total que yo me metí entre los grandes, venga a correr y a correr y no me alcanzaban y, cuando me vi apurado, me subí al muro de piedra y me metí entre las piernas de los señores, que seguro que allí no iban a hacerme nada. Luego llegó también el papá de Cayetana, que es mi amiga enorme y negra, y nos dio una galleta a cada uno, y otro papá con un perro chico que se llama Pirata, pero a ese yo no lo conocía de antes y casi no me dio tiempo a olerlo porque nos marchamos en seguida.

Uno de los papás dijo que yo era un perro muy espabilado. Mamá sonrió y dijo que yo era muy listo.