De dolor y muerte.

Mi hermana viajaba en el asiento del copiloto y yo detrás. En los últimos meses habíamos dado pasitos de gigante, sobre todo ella, para conseguir atar los cabos sueltos que nunca estuvieron sueltos y localizar el lugar en dónde mi abuelo estaba enterrado; presuntamente enterrado. Mi abuelo arrebatado; mi abuelo ausente siempre; mi abuelo, esa sombra que siempre ha planeado sobre nuestras vidas, en silencio y casi a escondidas…

El hombre que conducía había hecho el recorrido más veces, demasiadas veces, hasta el lugar por donde iba el camino antiguo de Hervás a Valverde del Fresno, un sitio anodino como cualquier otro bordeado de postes de luz y de terreno sin labrar, dónde antes de este momento nuestro, mucho antes, tuvo mi abuelo su momento particular, y sus asesinos también; mi abuelo para verse obligado a dejarse matar sin culpa y sin poder defenderse, y sus asesinos para dejar en la cuneta el logro de su propia maldición.

Yo, en aquel momento, ni siquiera podía pensar con claridad, la emoción de llegar al sitio en donde mi abuelo había muerto de una forma tan bárbara; el poder ponerle coordenadas, colores, texturas, realidad al fin, me paralizaba. Ninguna de las dos podíamos hablar, mi hermana me miraba por el espejo retrovisor y me veía llorar como el agua desborda de un vaso, pausadamente y en silencio, mientras yo miraba sus ojos en el espejo, que también empezaban a inundarse. El hombre que conducía habló en tono jovial, supongo que no fue un pensamiento en voz alta, que nos hablaba a nosotras aunque no escuché lo que dijo, porque se volvió y nos vio así, calladas y llorando un dolor ancestral ya, y… se puso a canturrear una canción. Aún pude sorprenderme, miraba su espalda y su nuca y oía aquel tarareo que me hacía daño, que volvía a hacer sangrar aquella herida nunca cerrada, que me hacía sentir que mi abuelo volvía a morir en aquellos momentos.

De lecturas

Cuando abrió los ojos su primer pensamiento fue para él, incluso había soñado con él aunque  no recordara el sueño, pero sí identificaba el poso que el sueño le había dejado. Se desperezó con la ilusión de su regreso, una tarde más, en aquel refugio fabricado a la medida de los dos, en el que casi nada más existía, o, al menos, nada podía interferir. La espera en sí misma ya resultaba entrañable, como el tráiler algo almibarado de una película romántica, como el presentimiento de una felicidad tranquila, reposada y certera que, sin embargo, acelera el corazón. Todo era siempre igual y, a la vez, tan diferente; igual era el deseo que la empujaba, y sentir que el tiempo se paraba en el reloj, porque, aun a sabiendas de lo manido que resultaba todo, de lo predecible que pueden llegar a ser las emociones, salvo en el momento y en la intensidad de ser vividas, eso era lo que pasaba en realidad, que el tiempo se paraba junto a él, y ella se dejaba transportar a otros universos que después, cuando él ya no estaba, seguían pegados a su piel y a su memoria, y esa huella, imborrable ya, serviría de reclamo para la siguiente tarde, porque tenía que haber una tarde más como aquella, y muchas tardes más, porque si no, ella se sentiría languidecer como una luz de gas. Y todo pasaría muy rápido, demasiado rápido a pesar del tiempo detenido, y al final de la tarde ella se sentiría como emergiendo del sueño que no recordaba, con la piel y el corazón erizados de sensaciones y el deseo intacto de seguir a su lado.

Y así era cada tarde, ella cogía cuidadosamente un libro, buscaba, como en una caricia, el punto en que había quedado su encuentro anterior y ambos se entregaban al juego de los amantes que viven a espaldas de los demás.

De pescados

El Bruno no había sido su último novio, pero sí era el único que la Asunción no había conseguido olvidar. Había empezado a trabajar en una pescadería del Mercado Central cuando era poco más que un crío y, nada más verle, a ella le gustó todo de él, hasta el olor a pescado y las botas altas llenas de escamas. Primero fue la relación comercial, claro,  pero, a base de frecuentar el puesto, el Bruno y la Asunción empezaron a quererse y a dejarse querer –la Asunción quería al Bruno y el Bruno se dejaba querer por la Asunción-, hasta que un día, cuando ya andaban pensando en boda – ella pensaba en boda y él sólo pensaba en verlas venir-, el Bruno desapareció sin dejar otro rastro que el olor a pescado fresco en la cama de Asunción.

Al principio, todo fue desolación y llanto, la Asunción tenía alucinaciones y creía que el Bruno aparecía porque le venía de pronto aquel olor tan familiar que sólo estaba en su memoria, hasta que llegó un momento, cuando supo que él trabajaba en una gran superficie a la que ella nunca iría y que se había casado con una dependienta de la sección de congelados, que la añoranza de los abrazos y de los besos sólo le fue tolerable si se pasaba la mañana de una pescadería en otra, llenando sus pulmones de aquel olor tan entrañable, tan necesario. Por eso, aún ahora, la Asunción coge cada día su bastón y acude puntualmente a la pescadería, para comprar una caballita, o un par de sardinas, o media docena de boquerones, y luego, en casa, abre el envoltorio, lo acerca a su nariz y cierra los ojos mientras se llena de recuerdos, porque ella, en realidad, hace muchos años que se hizo vegetariana.

Sala de espera

Como las gallinas se arremolinan cacareando para picoterar el maiz, así la recibieron cuando entró en la sala. Si no fuera por el cotorreo, pensó, esto parecería un velatorio, todas las sillas ordenaditas contra las paredes, y todas llenas de parroquianos pendientes de todo el que entra por la puerta.

Ella abrió el despacho con la llave, aplicándose en la tarea para evitar así a los oportunistas que, cada día y siempre distintos, la abordaban al llegar. Se supo dispuesta a la pelea, porque mucho había de pelea en el día a día, y, mientras el ordenador hacía lo propio, se dio cuenta de que el tumulto de afuera iba a necesitar de una estrategia diferente. Se armó de valor, abrió la puerta bruscamente y, con un poquito, sólo un poquito de mala leche, dijo alto y claro: «¡Como se supone que están ustedes enfermos, no tendrán muchas ganas de hablar!». Todavía hubo alguno que se resistió, a pesar de la sorpresa de la mayoría, pero ella no se esperó a verlo, se dio la vuelta y entró de nuevo en la consulta. Llamó al primer paciente y, mentalmente, se apuntó una victoria, momentánea, pero victoria al fin y al cabo.

El hombre tranquilo

A menudo se lo decían, que, con los tiempos que corren, y qué tranquilo estaba; y él respondía siempre diciendo que era cuestión de talante, que cabrearse no le ayudaba mucho. Y, así siguió, mirando la botella medio llena porque le resultaba más útil que mirarla medio vacía, templando gaitas también, mientras pudo, y contando hasta diez primero, y hasta veinte y hasta treinta después, hasta que un día, muy tranquilo, decidió que una cosa era no atacar y otra, muy distinta, no resistirse, y se puso enfrente de aquel cabrón que se aprovechaba de la miseria que él, y otros como él habían favorecido con tanto entusiasmo y cuidaban cada día con tanto mimo y, muy tranquilo, mucho más tranquilo de lo habitual, le dijo que no se pasara ni un pelo, que ni siquiera él, que estaba tan acostumbrado a tener a todo el mundo debajo de la bota, iba a pisarle; que no sabía respetar a nadie, y por eso nadie le tenía un respeto a él, obediencia sí, por obligación, pero resquemor, también, y mucho. Y que no le importaba saber de qué iba a morirse, ni cuando, porque sabía a buen seguro que, por mucho que viviera, él, que podía pagarse los mejores médicos y las medicinas más caras, iba a vivir muy sólo y muy atormentado. Eso sí lo sabía seguro.

Y se dio la vuelta, muy tranquilo, mientras el otro se quedaba boquiabierto, pasmado y un poco encogido por temor a la profecía.

Locura de amor

A Francisco, el loco, no le importaba que en el pueblo lo llamaran así; al fin y al cabo, nunca se lo decían a la cara, y, además, su madre ya no estaba allí para llorar por eso, como había hecho durante los últimos cuarenta años, desde que la Nuncia lo engolosinó con tanto mover el culo y ponerle las tetas en la cara, para luego quedarse embarazada de aquel pelanas que vino a trabajar al pueblo. Que suyo no era el bombo, eso lo tenía él muy seguro, que él bebía los vientos por ella, pero no había llegado a ponerle la mano encima, que se hacía la remilgada y luego mira por donde salió. Mira que le había dicho su madre que la Nuncia no le convenía, y él, erre que erre, que no veía más que por sus ojos, que iba tras ella como un corderito, hasta que pasó lo que pasó, y, entonces, sí que se volvió loco, sí, que se emborrachó hasta caerse muerto, aquella y muchas noches más, y oía como la Nuncia se reía a carcajadas en sus narices, y él se daba cabezazos contra las paredes, con las manos tapando las orejas y gritando más fuerte que las risotadas de ella, aunque nunca dejaba de oírlas; bueno, sí, las dejó de oír cuando empezaron las voces, las que le decían que merecía estar muerta por lo que le había hecho, y entonces seguía viéndola por las noches, un poco transparente y siempre sin la barriga, y ya no se reía, que seguro que ella escuchaba las voces también y sabía lo que le esperaba.

Su madre entonces lo pasó muy mal, penando por este hijo, decía, que se ha vuelto loco de dolor; de amor, madre, de amor, decía él, que la sigo queriendo aunque todas las noches quiero matarla. Su madre dio gracias a dios, y, ni se le ocurrió ir a confesarse después, cuando supo que la Nuncia se había muerto en el parto, porque ya no podía vivir con la angustia de saber que ese hijo acabaría matándola, y, al fin y al cabo, si alguien tenía que pagar por esto, que pagara ella, la muy puta, que le había destrozado la vida al su Francisco.

La prueba

Desde que, de pequeño, su tía, una sombra larguirucha y malhumorada, de la que decían que se había quedado soltera porque no  había quién la aguantara, le dijo que tenía la cabeza hueca, ese sambenito le había perseguido durante toda su vida como una maldición. A él no le había preocupado mucho el asunto, salvo cuando quiso hacerse novio de la Chon y los padres le pusieron mala cara porque, dijeron, siempre había sido un poco lelo y todo el mundo lo sabía.

Fue el Román, el hijo de la Vicenta, el que corrió el pueblo de cabo a rabo para  contarlo; que el Fabián se había subido a una higuera, a la parte más alta, a por los higos más gordos, y se le había roto la rama y se había caído del árbol, y se había oído un ruido como el de una sandía cuando se revienta. Y allí se había quedado el Fabián, con los ojos abiertos y los sesos desparramados por el suelo, que, mira por donde, estaba claro que no tenía la cabeza hueca.

 

Urgencias

El infarto llegó a las doce de la mañana, el hombre había empezado a encontrarse mal después del desayuno y no había querido asustar a la familia, que se había reunido después de mucho tiempo de ausencias. Llegó pálido, sudoroso y angustiado, con tal sensación de gravedad que ninguno de la media docena de pacientes que esperaban inquietos en la sala de espera se atrevió a protestar cuando la enfermera le hizo pasar sin esperar su turno. Inmediatamente cuatro manos y dos cabezas bien  centradas se pusieron con él, mientras alguien más tranquilizaba a la familia, y ordenaba un poco el caos de la mañana en el Centro de Salud.

Dentro ya se atendía a una anciana que no se tenía en pie, mareada y sin dejar de vomitar, cuando el teléfono sonó, con esa urgencia de lo desconocido que lo convierte en prioritario. La enfermera aceleró el inyectable que ya estaba poniendo y corrió a coger la llamada, que todo lo grave se junta, y, tras el saludo habitual de “Urgencias, dígame…” y la repetición un poco crispada de “¡Urgencias, dígame!…” oyó decir al otro lado, “Ah, es que estaba probando a ver si ya me funcionaba el teléfono, que antes no me iba…”. La enfermera se separó del auricular y lo miró, incrédula, antes de colgar sin decir palabra.

Siete días

El primer día no fue capaz de dormir; cerraba los ojos y sólo la veía a ella, hablándole sin voz, moviendo la boca para decirle lo que ya había escuchado de sus labios cuando vino a despedirse, como un martillo en su cerebro.

El segundo día se levantó agotado, al límite de sus fuerzas, se veía arrastrándose bajo un peso que no podía soportar, sin horizonte, en una existencia gris y dolorosa que empezaba a asfixiarle, como si ella se hubiera llevado el aire que respiraba.

El tercer día el dolor se hizo más físico, le dolía la garganta y el estómago se le había anudado. Hablaba poco o nada, lo estrictamente necesario para que nadie sospechara lo que le pasaba; sólo le faltaba que alguien se le acercara condescendiente intentando entenderlo.

El cuarto día se sintió terriblemente sólo, abandonado a sus recuerdos como el único alimento del que podía tirar para seguir subsistiendo, aunque aquella existencia fuera ya oscura y triste; sin futuro, con un presente doloroso y un pasado efímero que intentaba aprovechar como el fuego en el invierno, acercándose a él para entrar en calor, para sentir de nuevo el cuerpo entumecido por el frío, a sabiendas  de que ya no podría echar más leña para mantenerlo vivo.

El quinto día sintió que había tocado fondo, que ya no podía sentirse peor. Se supo sólo y sin fuerzas para sobrevivir, ni siquiera le consolaba ya el recuerdo de los momentos felices, le atenazaba la sensación de pérdida, de nunca jamás, y decidió dejarse llevar, dejarse ahogar en aquella pena sin llanto. Ya no podía sentirse peor.

El sexto día comenzó a emerger del fondo en el que se había hundido. Sin ni siquiera decidirlo se sintió impulsado a vivir a pesar de todo, a llegar a la superficie, como si no quedara otro remedio. Tomó conciencia de su propia existencia, dolorosa pero real. Soñó que su corazón se liberaba de una coraza que le aprisionaba y lo vio latir por sí mismo. Se sintió un superviviente. La recordó de nuevo y le dolió aún, mucho, muchísimo, pero al momento supo que sólo podía permitirse recordar para seguir caminando. Y eso hizo.

El séptimo día descansó.

Aceite de colza

Que sí, que ahora lo cuenta, a pesar de todo; a pesar de las hemorragias y el cansancio, y de boquear como un pez cuando sube dos escalones, y de esos dolores de tripas que le hacen retorcerse, y esos dedos agarrotados que no sujetan ni la cuchara.

Que es como si fuera ayer, trabajando en Madrid hace treinta años, soltero y en casa de la patrona, y comiendo y cenando en el bar, que allí solo iba a dormir y a que le lavaran la ropa, y a otro compañero y a él les cayó lo del aceite, que él estaba hecho una mierda y le decían que no tenía nada porque no salía la enfermedad, aunque te iba matando por dentro; y hasta que, al final, ya lo ingresaron y estuvo a la muerte.

Que eran otros tiempos, que luego nos pagaron todo, hasta las tiritas y el agua oxigenada, para toda la vida; que qué mala suerte tuvimos, ¿no?; porque nadie iba a ser tan canalla de matarnos con ese veneno sólo para ganar más; vamos, digo yo…