Mala cabeza

Estaba convencido de que nunca había tenido mucha suerte, aunque, según le decían algunos, la suerte hay que buscarla, que no anda por ahí perdida esperando a que alguien la encuentre, de modo que debía ser que él estaba algo desorientado a la hora de buscar.

Tampoco había sido dado a pensar mucho, siempre fue un poco a lo loco, a lo que le pedía el cuerpo. El problema era que siempre hacía caso de lo que le pedían las tripas, y no de lo que le pedía la cabeza, que el cuerpo tiene muchas partes y cada cual se gobierna a su manera. La duda está en si, de haber hecho la prueba, y haber usado la cabeza para decidir dónde, ahora estaría en el mismo sitio.

Probablemente no, hay que ser muy torpe para pensar que si te pones a pedir dinero en la puerta de un banco alguien va a darte ni siquiera unos céntimos. Si me apuras, ni los buenos días.

La prueba

Desde que, de pequeño, su tía, una sombra larguirucha y malhumorada, de la que decían que se había quedado soltera porque no  había quién la aguantara, le dijo que tenía la cabeza hueca, ese sambenito le había perseguido durante toda su vida como una maldición. A él no le había preocupado mucho el asunto, salvo cuando quiso hacerse novio de la Chon y los padres le pusieron mala cara porque, dijeron, siempre había sido un poco lelo y todo el mundo lo sabía.

Fue el Román, el hijo de la Vicenta, el que corrió el pueblo de cabo a rabo para  contarlo; que el Fabián se había subido a una higuera, a la parte más alta, a por los higos más gordos, y se le había roto la rama y se había caído del árbol, y se había oído un ruido como el de una sandía cuando se revienta. Y allí se había quedado el Fabián, con los ojos abiertos y los sesos desparramados por el suelo, que, mira por donde, estaba claro que no tenía la cabeza hueca.