Así empezó todo

Yo caminaba solo por la calle y tú salías de un portal. La calle estaba desierta y yo llevaba tiempo acostumbrándome al eco de mis pasos solitarios y a la luz mortecina de las farolas. Mi propia vida, pensé. Seguí mi camino -yo creía que era un camino, pero en realidad, caminaba sin rumbo, o, precisamente, caminaba intentando no seguir un camino-. Apenas me di cuenta de que tú salías del cobijo de un portal a la intemperie.

Un tiempo más tarde, la escena, más o menos, se repitió. La intemperie tiene su atractivo para quien vive inmerso en la tranquilidad que da un techo, y yo… yo era Ulises luchando con denodado esfuerzo contra el canto de las sirenas.

Sin embargo, poco a poco, fui buscando tu presencia en la calle desierta, me sentía bien al reconocer tu sombra cerca de la mía. Me di cuenta de que yo lloraba en soledad, pero no podía sonreír si no era con alguien, y empecé a imaginar que tú me mirabas y yo sonreía.

De pronto, un día, te pusiste frente a mí y me dijiste:

-¿Tomamos un café?

Y así empezó todo.

                                                                               (De “Las Memorias de Ismael Blanco”)

Solo en casa

Mi padre, a mi edad, era ya un viejo. No es que yo no lo sea aún, no; es que se espera de mí que viva más años –la estadística de vida media-, y los que deciden han decidido retrasar de forma torticera la entrada en la vejez, como si no fuera verdad que ahora vivimos más años siendo viejos y no que envejecemos más tarde.  

El hecho cierto es que ya no me pagan por trabajar, sino por haber dejado de hacerlo, que ahora tengo tiempo para todo aquello que siempre quise hacer y ahora ya no quiero –desear lo que no podemos tener o “el espíritu de la contradicción”, que diría mi madre- y que puedo, por fin, sentirme dueño de mi tiempo, aunque sea para perderlo –nunca el tiempo es perdido-.

He cambiado de rutinas, pero alguna conservo. Sigo levantándome a la misma hora porque creo que, de no hacerlo, el día no me dará de sí lo que de él espero y así he ido ganando terreno en campos que antes nunca exploré, como la cocina. Cuando trabajaba –cuando tenía un amplio horario fuera de casa, tediosos desplazamientos en cercanías y más conflictos de los que podía resolver por asuntos ajenos a mí- mi actividad en relación con la cocina se limitaba a desayunar en ella de pie, de prisa y mirando el reloj. Ahora he descubierto el placer de imaginar qué comer y procurar cocinarlo. A veces me quedo solo en ese “procurar” pero otras consigo conciliar el deseo con la mano de obra y llego a saborear bocados que a mí me parecen propios de cardenales. Y, como Juanjo Millás, he descubierto el alcance terapéutico de un buen sofrito. Me refiero al beneficio que para el espíritu supone cortar en pedacitos las verduras, sin prisa, como haciéndote perdonar por ellas semejante estropicio, y acabar de rendirlas en una sartén al fuego. ¡Ojalá lo hubiera descubierto en mi época de empleado de Banca, seguro que me habría evitado los ansiolíticos!.

También me he dado cuenta de que, ahora, mi casa es mi casa y no solo el sitio por donde paso a dormir. Ahora me preocupa el orden, me he dado cuenta de que vivir solo no es óbice para que en la casa pueda reinar el desorden; basta con dejar la ropa sucia fuera del cubo de la ropa sucia, los platos en el fregadero esperando mejores tiempos o la cama deshecha porque no esperas visitas para que la casa, tu casa, parezca la casa de tu enemigo. Por eso cuido ahora los detalles, aprovecho que nadie descoloca lo que coloco yo e, incluso, he comprado un poto con la esperanza de una convivencia satisfactoria para ambos. Y, de momento, los dos estamos bien.

Supongo que en cada piso de mi rellano de escalera vive alguien, pero no conozco a ninguno de ellos. En realidad solo sé que existe mi vecina del B –yo soy el A-. No la he visto nunca, no hemos coincidido en el ascensor ni en la escalera, supongo que antes porque yo salía pronto y llegaba tarde y ahora porque apenas salgo. Si me paro a pensarlo, sé muchas cosas de ella. Sé que es una mujer joven porque escucho su zapateo cuando llega y cuando sale de casa y porque la he oído reírse como solo lo hacen los jóvenes. Será un milagro que pase de los treinta o los treinta y cinco. Sé que vive sola porque solo se la oye hablar por teléfono o se escucha la televisión, de fondo, diálogos de película o de serie, pero no propios. Sé que, además de vivir sola, no tiene pareja  o novio o amigo íntimo o como quiera que se le llame ahora, porque, en seis meses desde que paro en casa, tan solo una vez escuché una voz de hombre, también joven como ella, en pausada conversación, una de esas en las que esperas más la respuesta del otro que el momento de decir algo, en las que los silencios intermedios son más importantes que las voces, en las que el tema de conversación  en realidad no existe porque basta con la presencia, con estar en el mismo sitio y con el mismo deseo. Solo ocurrió una vez, el afán de intimidad debió quedar en tentativa, porque escuché abrirse y cerrarse la puerta de la casa  a una hora demasiado prudente y con palabras y tono propios de amigos, pero nada más que amigos. Alguna vez, en fin de semana y a mediodía, la he escuchado junto a otros hombres y mujeres, cuatro o cinco voces diferentes, sentados alrededor de una mesa, en medio de risotadas y ruidos de cubiertos y de copas entrechocando. Supongo que serán amigos, o viejos –por serlo desde hace mucho tiempo- compañeros de trabajo que acaban siendo amigos y celebran así cumpleaños o ascensos.

Ayer, al abrir mi buzón, me di cuenta de que ella había quitado el nombre del suyo. Se me pasó por la cabeza que trataba de esconderse de mí, pero me di cuenta de que eso no tiene ningún sentido; yo no la espío, tan solo vivo al otro lado y no tengo ningún interés en perjudicarla. Su nombre, conozco su nombre y puedo reconocer sus pasos y su voz, pero ni siquiera sé si es alta o delgada, rubia o morena. Es probable que ella ni siquiera sepa que yo existo.

Casi es la hora de cenar. Ha empezado a sonar al otro lado el golpeteo apresurado y metálico que se escucha cuando se bate un huevo, el golpe del tenedor contra el plato mientras voltea el huevo roto. Será buena idea prepararme también yo una tortilla. Una tortilla francesa y una copita de vino blanco. Y, como cada noche, brindar por ella.

Volver

Me di cuenta cuando volví a la ciudad, después de tantos años. Era la misma que habíamos recorrido juntos, los mismos bares, los mismos rincones… pero no era la misma. Ahora la veía plana, distante; su manto protector había desaparecido. La luz que fue mi inspiración en otro tiempo se había tornado mortecina y cualquier lugar al que mirara era uno más.

Me di cuenta de que, en realidad, las cosas seguían igual, inanimadas. Los mismos edificios, algunos bares nuevos, tiendas cerradas con escaparates sucios y pintarrajeados, los niños en los parques y los viejos en los bancos, buscando el sol. Y me di cuenta de que era yo el que había cambiado. Ya no vivía para las mismas cosas que entonces. Ya no miraba a mi alrededor como si necesitara embeberme de la vida de los otros, ya había vivido lo suficiente como para haber aprendido a vivir solo.

No me malinterpretes, nadie me sobra, pero a nadie necesito. Ya no voy corriendo detrás de los afectos, quizás porque con el tiempo aprendí a quererme un poquito más. Sí, añoraba la ciudad de aquellos tiempos hasta que me di cuenta de que añoraba lo que entonces viví. Y en ese mismo instante, pude verla de nuevo en toda su belleza. Era mi corazón, baqueteado de retiradas y de dejar marchar, el que latía; eran mis ojos llenos de vida los que hacían magníficas aquellas piedras doradas por el sol.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

De la memoria

Hace dos años la llevaron al hospital. Esa fue la primera vez de muchas veces después. Estaba tomando un café en un bar y vio en la mesa de al lado una mano masculina que movía la cucharilla al revés. Y todo desapareció a su alrededor. Luego dijeron que estaba ausente, sin moverse, sin hablar, y  los camareros llamaron a una ambulancia porque tuvieron miedo de que le hubiera dado algo. Ella no entendía por qué tanta preocupación, tan solo había estado recordando la primera vez que lo vio, hacía tanto tiempo ya; otra mano, en otro bar y en otra primavera, moviendo al revés la cucharilla del café y cambiando su vida solitaria por una vida entre dos.

Después siguieron algunos hospitales más, y más médicos manoseando su cerebro, buscando no se sabe qué para ponerlo en un largo informe; y nuevas consultas y nuevos medicamentos que ella, cuidadosamente, ordenaba como un puzle en el cajón de la mesilla.

En los últimos meses había conseguido volver a él  con mucha más frecuencia. Cualquier cosa le servía para llevarla al fondo de su memoria juntos y quedarse allí las horas muertas. Apenas salía ya de casa porque si el recuerdo la asaltaba en medio de la calle o entre gente, siempre había alguien que llamaba a una ambulancia. Y vuelta a empezar.

Hasta hoy. Hoy, un portazo por una ventana abierta le trajo a la memoria otros portazos con las ventanas cerradas, y súplicas, y lágrimas, y soledad. Y abrió el cajón de la mesilla y sacó la caja intacta de la última receta y vació en su mano y en su boca todas las pastillas. Y tragó despacio los momentos amargos, y se tumbó en la cama para que él supiera donde encontrarla si volvía.

Único

Dijo que era hijo único. Lo dijo antaño y lo siguió diciendo después, cuando se dio cuenta de que tener muchos hijos era cosa de pobres y hacinados y ser hijo único era cosa de señores de bien, con grandes casas desocupadas  y personal de servicio al servicio de casi nadie. Dijo que era hijo único y nadie supo nunca, ni él mismo, si estaba mintiendo. Nunca cuidó de otro más chico y nadie más grande cuidó nunca de él y ni siquiera en los papeles decía lo contrario cuando lo sacaron de la inclusa. Único, sólo, al fin y al cabo…

De paseos

“Estoy un poco harto, la verdad. Todos los días con la misma monserga, con lo a gusto que estaría yo echando una cabezadita en el sofá mientras ella ve la tele. Mírala, ya está en el pasillo esperándome. Si no fuera yo bueno le iban a dar…, pero me da pena. Si no fuera por mí se moriría de asco en casa, sola todo el día. Por eso sigo aquí, a pesar de las ganas que tengo de correr mundo, de husmear por ahí todo el tiempo, de perseguir pájaros. Por eso voy a ir hasta ella meneando la cola y me pondré de manos en sus muslos para que proteste como todos los días, dos veces al día. ¡Sólo porque ella lleva la correa, cree que me saca a pasear!”.

IMG_0834-001

El cartero

Narciso sentía aversión por su nombre,” un nombre vulgar, decía, para un hombre corriente…” La culpa la tuvo su abuelo, por llamarse así, y su padre, que no tuvo mejor ocurrencia que honrar su memoria llamándole a él del mismo modo, total solo porque el viejo se murió un mes antes de que él naciera.

Narciso sentía ese nombre como una losa, como una impostura, tímido como era  y huidizo en su relación con los demás, mermado de ánimo o con ánimo tenebroso la mayor parte de las veces. Había vivido siempre como un extraño, para sí mismo y para los demás, sin llegar a sentirse dueño de su vida, huésped, como mucho; su padre no había confiado nunca en sus posibilidades –no servía ni para descalzarle a él ni, por supuesto, al abuelo-, y, mientras vivió, se ocupó de recordárselo de cuando en cuando, de día en día –“menos mal que pudo meterlo en Correos, según andan las cosas”-.

Narciso no se había casado, no es que no encontrara la mujer adecuada para él; lo que nunca encontró fue la fuerza suficiente para arriesgarse a fracasar, nunca se atrevió a acercarse tanto o tan íntimamente a una mujer como para que ésta pudiera rechazarlo. Un día por otro, en la guerra de los pros y los contras, del quiero y no puedo, siempre ganaban los últimos, y Narciso vivió solo toda su vida sin más compañía que la de un gato sin nombre que lo encontró a él cuando fue a tirar la basura una noche de lluvia y frío, y los dos se reconfortaron mutuamente durante los casi veinte años que el gato vivió. Después, nada.

Unos meses antes de encontrarse con el animal, Narciso había empezado a ahogarse entre el reparto habitual y la soledad de su casa, hasta que un día, cuando iba a dejar en un buzón una carta con el nombre manuscrito de una mujer –después de ocho años en el mismo distrito conocía a todos los vecinos por el nombre, salvo a los estudiantes que no paraban más de un curso en el mismo domicilio, y aun así, también al final de ese tiempo, y a las parejas jóvenes recién llegadas-, con una letra firme y masculina, pero sin remite, decidió saltarse todas las barreras, las normas, la ética, la profesionalidad… para saltar él mismo al vacío y al vértigo y quedarse con la carta. Miró a todos lados, la dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo interior del uniforme, la mano temblorosa y torpe, la boca seca y el corazón desbocado. Aceleró el reparto pendiente y se fue a casa con prisa por una vez, y, al llegar, corrió las cortinas antes de atreverse a abrir el sobre. A partir de entonces, cada día sustraía una carta, siempre a personas diferentes para no levantar sospechas (una carta podía perderse, todo el mundo lo asume, pero varias o todas las cartas de la misma persona habría obligado a comprobaciones acusadoras); tentado estuvo a quedarse con las cartas que el mismo remitente enviaba a dos mujeres que vivían a cincuenta metros una de la otra; debió reprimirse hasta casi la extenuación cuando comprobó que, en una de ellas, la que se quedó como botín, el hombre, que firmaba solo con la inicial “L” pedía perdón a la mujer por no poder corresponderle en sus sentimientos. Se moría de ganas por comprobar qué motivos podía tener “L” para seguir escribiendo a la mujer con una frecuencia de una o dos veces por semana, aunque sospechaba que la pérdida forzada de aquella carta explicadora habría protegido a la mujer del desengaño y habría mantenido la relación, aunque sólo hubiera sido en el corazón de ella.

Desde hacía casi treinta años, cada día de lunes a viernes no festivos, y a excepción de las vacaciones obligadas y de una baja por apendicitis de la que le operaron a vida o muerte porque no quería dejar el reparto a pesar del dolor y de los vómitos, Narciso llegaba a casa desde el trabajo, corría las cortinas y se metía a escondidas en la vida de todas aquellas personas sin rostro –excepto los que recibían certificados, cuando firmaban ellos mismos-. Generalmente leía la carta al llegar, inmediatamente, salvo alguna que, por algún detalle, consideraba especial y la dejaba entonces en la mesita de velador y la leía después de comer, sentado ante una taza de té humeante. Desde que el gato llegó a su casa y a su vida, las leía en voz alta y,  a veces, después de un punto y aparte, miraba al animal como si buscara su opinión o su complicidad.

Los vecinos no le echaron de menos, la mayoría ni siquiera se habían dado cuenta de que llevaban dos días sin verle; fueron los compañeros de Correos los que dieron la voz de alarma, a Narciso le quedaba una semana para jubilarse y siempre había sido tan puntual y tan cumplidor que nunca nadie necesitó llamarlo por teléfono para que explicara un retraso o una falta al trabajo. En los últimos días le habían visto taciturno y más gris de lo habitual, por eso, y porque nadie contestaba al teléfono y todos sabían que vivía solo, decidieron acudir a su casa, por eso los bomberos tuvieron que abrir la puerta por la fuerza y, por eso, fue la Policía quien encontró a Narciso muerto en su cama sin deshacer, vestido con pijama y batín perfectamente abrochados, una pluma vacía de insulina en la mesilla de noche y la cama y el suelo a su alrededor cubiertos por completo de sobres abiertos y de hojas escritas.

Incertidumbre

Confío en que ella lo sepa; que sepa que yo la quiero y que siempre estaré a su lado. Es tan difícil conocer la distancia exacta, la distancia a la que debo estar para no invadirla y para no arriesgarme a perderla, tampoco. Para no acercarme ni alejarme demasiado… Y, mientras tanto, esperar… pero, ¿esperar, qué? A veces, hasta yo olvido que la verdadera generosidad es estar ahí sin que nadie lo diga, sin que ella tenga que pedirlo, y, sí, en realidad, eso hago, solo que hasta los espíritus más entrenados en luchar contra la adversidad, hasta los más recios y avezados tienen momentos de flaqueza, momentos en que darías tu vida por una sonrisa o por una caricia para poder seguir.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Ismael Blanco

Supe que Ismael Blanco había vivido en la casa en la que ahora vivo yo, por pura casualidad. Cuando la alquilé, ni siquiera abrí la puerta del sobrado, a mí me interesaba la parte de la casa que yo podía habitar y en la ciudad nunca tuve un sitio donde guardar los trastos viejos, de modo que ni echaba de menos ese espacio ni creía que fuera a necesitarlo. Fue unos días después de acabar la mudanza, cuando ya empezaba a sembrar cachitos de mí por los rincones, cuando decidí subir al sobrado y almacenar allí unas cajas que, quizás más adelante, pudiera necesitar. La luz del sol se filtraba entre las tejas y el polvo bailaba en ella, movido por el impulso de la puerta abierta; en un rincón, junto a una mesa camilla de madera y una alambrera medio tumbada en el hueco que debía haber ocupado el brasero, había una silla desvencijada y un baúl sin candado. Como a los gatos, me pudo la curiosidad, me acuclillé junto a él y giré la pestaña del cierre. Allí dentro me encontré la vida de Ismael Blanco, ordenada en hatillos de cuadernos, todos iguales, en montones de cuatro o cinco, un año entero por montón, hasta un total de nueve años, los que vivió en aquella casa. A medida que fui leyendo fui preguntando por él a quién le había conocido y nadie supo darme detalles de su vida, habían pasado ya demasiados años para que su memoria se mantuviera fresca; investigué para saber si había escrito y había publicado alguna obra hasta que me convencí de que lo que yo tenía en casa eran las memorias de aquel hombre. A partir de ese momento su presencia en la casa se hizo casi tangible, a veces me sorprendo actuando como si él fuera un interlocutor capaz de escuchar y de responderme y, poco a poco, me resulta imprescindible leer algunas páginas cada día, al menos, algunas páginas.

El día 29 de diciembre de 1976 escribió:

“Lo peor de alejarte de un alma gemela es la sensación de orfandad, de soledad sin esperanza; el no poder compartir… La soledad física se agota antes y deja solo un poso, pero la soledad emocional deja una herida que nunca cicatriza.

Hay días en que uno se levanta creyéndose capaz de andar por el mundo, incluso de marcarse un rumbo, de creer que sabe adónde  va y de creer que tiene fuerzas para seguir. Hay días en que uno cree que renace, tan muerto como estaba…”.