De la memoria

Hace dos años la llevaron al hospital. Esa fue la primera vez de muchas veces después. Estaba tomando un café en un bar y vio en la mesa de al lado una mano masculina que movía la cucharilla al revés. Y todo desapareció a su alrededor. Luego dijeron que estaba ausente, sin moverse, sin hablar, y  los camareros llamaron a una ambulancia porque tuvieron miedo de que le hubiera dado algo. Ella no entendía por qué tanta preocupación, tan solo había estado recordando la primera vez que lo vio, hacía tanto tiempo ya; otra mano, en otro bar y en otra primavera, moviendo al revés la cucharilla del café y cambiando su vida solitaria por una vida entre dos.

Después siguieron algunos hospitales más, y más médicos manoseando su cerebro, buscando no se sabe qué para ponerlo en un largo informe; y nuevas consultas y nuevos medicamentos que ella, cuidadosamente, ordenaba como un puzle en el cajón de la mesilla.

En los últimos meses había conseguido volver a él  con mucha más frecuencia. Cualquier cosa le servía para llevarla al fondo de su memoria juntos y quedarse allí las horas muertas. Apenas salía ya de casa porque si el recuerdo la asaltaba en medio de la calle o entre gente, siempre había alguien que llamaba a una ambulancia. Y vuelta a empezar.

Hasta hoy. Hoy, un portazo por una ventana abierta le trajo a la memoria otros portazos con las ventanas cerradas, y súplicas, y lágrimas, y soledad. Y abrió el cajón de la mesilla y sacó la caja intacta de la última receta y vació en su mano y en su boca todas las pastillas. Y tragó despacio los momentos amargos, y se tumbó en la cama para que él supiera donde encontrarla si volvía.

Único

Dijo que era hijo único. Lo dijo antaño y lo siguió diciendo después, cuando se dio cuenta de que tener muchos hijos era cosa de pobres y hacinados y ser hijo único era cosa de señores de bien, con grandes casas desocupadas  y personal de servicio al servicio de casi nadie. Dijo que era hijo único y nadie supo nunca, ni él mismo, si estaba mintiendo. Nunca cuidó de otro más chico y nadie más grande cuidó nunca de él y ni siquiera en los papeles decía lo contrario cuando lo sacaron de la inclusa. Único, sólo, al fin y al cabo…

De paseos

“Estoy un poco harto, la verdad. Todos los días con la misma monserga, con lo a gusto que estaría yo echando una cabezadita en el sofá mientras ella ve la tele. Mírala, ya está en el pasillo esperándome. Si no fuera yo bueno le iban a dar…, pero me da pena. Si no fuera por mí se moriría de asco en casa, sola todo el día. Por eso sigo aquí, a pesar de las ganas que tengo de correr mundo, de husmear por ahí todo el tiempo, de perseguir pájaros. Por eso voy a ir hasta ella meneando la cola y me pondré de manos en sus muslos para que proteste como todos los días, dos veces al día. ¡Sólo porque ella lleva la correa, cree que me saca a pasear!”.

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El cartero

Narciso sentía aversión por su nombre,” un nombre vulgar, decía, para un hombre corriente…” La culpa la tuvo su abuelo, por llamarse así, y su padre, que no tuvo mejor ocurrencia que honrar su memoria llamándole a él del mismo modo, total solo porque el viejo se murió un mes antes de que él naciera.

Narciso sentía ese nombre como una losa, como una impostura, tímido como era  y huidizo en su relación con los demás, mermado de ánimo o con ánimo tenebroso la mayor parte de las veces. Había vivido siempre como un extraño, para sí mismo y para los demás, sin llegar a sentirse dueño de su vida, huésped, como mucho; su padre no había confiado nunca en sus posibilidades –no servía ni para descalzarle a él ni, por supuesto, al abuelo-, y, mientras vivió, se ocupó de recordárselo de cuando en cuando, de día en día –“menos mal que pudo meterlo en Correos, según andan las cosas”-.

Narciso no se había casado, no es que no encontrara la mujer adecuada para él; lo que nunca encontró fue la fuerza suficiente para arriesgarse a fracasar, nunca se atrevió a acercarse tanto o tan íntimamente a una mujer como para que ésta pudiera rechazarlo. Un día por otro, en la guerra de los pros y los contras, del quiero y no puedo, siempre ganaban los últimos, y Narciso vivió solo toda su vida sin más compañía que la de un gato sin nombre que lo encontró a él cuando fue a tirar la basura una noche de lluvia y frío, y los dos se reconfortaron mutuamente durante los casi veinte años que el gato vivió. Después, nada.

Unos meses antes de encontrarse con el animal, Narciso había empezado a ahogarse entre el reparto habitual y la soledad de su casa, hasta que un día, cuando iba a dejar en un buzón una carta con el nombre manuscrito de una mujer –después de ocho años en el mismo distrito conocía a todos los vecinos por el nombre, salvo a los estudiantes que no paraban más de un curso en el mismo domicilio, y aun así, también al final de ese tiempo, y a las parejas jóvenes recién llegadas-, con una letra firme y masculina, pero sin remite, decidió saltarse todas las barreras, las normas, la ética, la profesionalidad… para saltar él mismo al vacío y al vértigo y quedarse con la carta. Miró a todos lados, la dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo interior del uniforme, la mano temblorosa y torpe, la boca seca y el corazón desbocado. Aceleró el reparto pendiente y se fue a casa con prisa por una vez, y, al llegar, corrió las cortinas antes de atreverse a abrir el sobre. A partir de entonces, cada día sustraía una carta, siempre a personas diferentes para no levantar sospechas (una carta podía perderse, todo el mundo lo asume, pero varias o todas las cartas de la misma persona habría obligado a comprobaciones acusadoras); tentado estuvo a quedarse con las cartas que el mismo remitente enviaba a dos mujeres que vivían a cincuenta metros una de la otra; debió reprimirse hasta casi la extenuación cuando comprobó que, en una de ellas, la que se quedó como botín, el hombre, que firmaba solo con la inicial “L” pedía perdón a la mujer por no poder corresponderle en sus sentimientos. Se moría de ganas por comprobar qué motivos podía tener “L” para seguir escribiendo a la mujer con una frecuencia de una o dos veces por semana, aunque sospechaba que la pérdida forzada de aquella carta explicadora habría protegido a la mujer del desengaño y habría mantenido la relación, aunque sólo hubiera sido en el corazón de ella.

Desde hacía casi treinta años, cada día de lunes a viernes no festivos, y a excepción de las vacaciones obligadas y de una baja por apendicitis de la que le operaron a vida o muerte porque no quería dejar el reparto a pesar del dolor y de los vómitos, Narciso llegaba a casa desde el trabajo, corría las cortinas y se metía a escondidas en la vida de todas aquellas personas sin rostro –excepto los que recibían certificados, cuando firmaban ellos mismos-. Generalmente leía la carta al llegar, inmediatamente, salvo alguna que, por algún detalle, consideraba especial y la dejaba entonces en la mesita de velador y la leía después de comer, sentado ante una taza de té humeante. Desde que el gato llegó a su casa y a su vida, las leía en voz alta y,  a veces, después de un punto y aparte, miraba al animal como si buscara su opinión o su complicidad.

Los vecinos no le echaron de menos, la mayoría ni siquiera se habían dado cuenta de que llevaban dos días sin verle; fueron los compañeros de Correos los que dieron la voz de alarma, a Narciso le quedaba una semana para jubilarse y siempre había sido tan puntual y tan cumplidor que nunca nadie necesitó llamarlo por teléfono para que explicara un retraso o una falta al trabajo. En los últimos días le habían visto taciturno y más gris de lo habitual, por eso, y porque nadie contestaba al teléfono y todos sabían que vivía solo, decidieron acudir a su casa, por eso los bomberos tuvieron que abrir la puerta por la fuerza y, por eso, fue la Policía quien encontró a Narciso muerto en su cama sin deshacer, vestido con pijama y batín perfectamente abrochados, una pluma vacía de insulina en la mesilla de noche y la cama y el suelo a su alrededor cubiertos por completo de sobres abiertos y de hojas escritas.

Incertidumbre

Confío en que ella lo sepa; que sepa que yo la quiero y que siempre estaré a su lado. Es tan difícil conocer la distancia exacta, la distancia a la que debo estar para no invadirla y para no arriesgarme a perderla, tampoco. Para no acercarme ni alejarme demasiado… Y, mientras tanto, esperar… pero, ¿esperar, qué? A veces, hasta yo olvido que la verdadera generosidad es estar ahí sin que nadie lo diga, sin que ella tenga que pedirlo, y, sí, en realidad, eso hago, solo que hasta los espíritus más entrenados en luchar contra la adversidad, hasta los más recios y avezados tienen momentos de flaqueza, momentos en que darías tu vida por una sonrisa o por una caricia para poder seguir.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Ismael Blanco

Supe que Ismael Blanco había vivido en la casa en la que ahora vivo yo, por pura casualidad. Cuando la alquilé, ni siquiera abrí la puerta del sobrado, a mí me interesaba la parte de la casa que yo podía habitar y en la ciudad nunca tuve un sitio donde guardar los trastos viejos, de modo que ni echaba de menos ese espacio ni creía que fuera a necesitarlo. Fue unos días después de acabar la mudanza, cuando ya empezaba a sembrar cachitos de mí por los rincones, cuando decidí subir al sobrado y almacenar allí unas cajas que, quizás más adelante, pudiera necesitar. La luz del sol se filtraba entre las tejas y el polvo bailaba en ella, movido por el impulso de la puerta abierta; en un rincón, junto a una mesa camilla de madera y una alambrera medio tumbada en el hueco que debía haber ocupado el brasero, había una silla desvencijada y un baúl sin candado. Como a los gatos, me pudo la curiosidad, me acuclillé junto a él y giré la pestaña del cierre. Allí dentro me encontré la vida de Ismael Blanco, ordenada en hatillos de cuadernos, todos iguales, en montones de cuatro o cinco, un año entero por montón, hasta un total de nueve años, los que vivió en aquella casa. A medida que fui leyendo fui preguntando por él a quién le había conocido y nadie supo darme detalles de su vida, habían pasado ya demasiados años para que su memoria se mantuviera fresca; investigué para saber si había escrito y había publicado alguna obra hasta que me convencí de que lo que yo tenía en casa eran las memorias de aquel hombre. A partir de ese momento su presencia en la casa se hizo casi tangible, a veces me sorprendo actuando como si él fuera un interlocutor capaz de escuchar y de responderme y, poco a poco, me resulta imprescindible leer algunas páginas cada día, al menos, algunas páginas.

El día 29 de diciembre de 1976 escribió:

“Lo peor de alejarte de un alma gemela es la sensación de orfandad, de soledad sin esperanza; el no poder compartir… La soledad física se agota antes y deja solo un poso, pero la soledad emocional deja una herida que nunca cicatriza.

Hay días en que uno se levanta creyéndose capaz de andar por el mundo, incluso de marcarse un rumbo, de creer que sabe adónde  va y de creer que tiene fuerzas para seguir. Hay días en que uno cree que renace, tan muerto como estaba…”.