De la memoria

Hace dos años la llevaron al hospital. Esa fue la primera vez de muchas veces después. Estaba tomando un café en un bar y vio en la mesa de al lado una mano masculina que movía la cucharilla al revés. Y todo desapareció a su alrededor. Luego dijeron que estaba ausente, sin moverse, sin hablar, y  los camareros llamaron a una ambulancia porque tuvieron miedo de que le hubiera dado algo. Ella no entendía por qué tanta preocupación, tan solo había estado recordando la primera vez que lo vio, hacía tanto tiempo ya; otra mano, en otro bar y en otra primavera, moviendo al revés la cucharilla del café y cambiando su vida solitaria por una vida entre dos.

Después siguieron algunos hospitales más, y más médicos manoseando su cerebro, buscando no se sabe qué para ponerlo en un largo informe; y nuevas consultas y nuevos medicamentos que ella, cuidadosamente, ordenaba como un puzle en el cajón de la mesilla.

En los últimos meses había conseguido volver a él  con mucha más frecuencia. Cualquier cosa le servía para llevarla al fondo de su memoria juntos y quedarse allí las horas muertas. Apenas salía ya de casa porque si el recuerdo la asaltaba en medio de la calle o entre gente, siempre había alguien que llamaba a una ambulancia. Y vuelta a empezar.

Hasta hoy. Hoy, un portazo por una ventana abierta le trajo a la memoria otros portazos con las ventanas cerradas, y súplicas, y lágrimas, y soledad. Y abrió el cajón de la mesilla y sacó la caja intacta de la última receta y vació en su mano y en su boca todas las pastillas. Y tragó despacio los momentos amargos, y se tumbó en la cama para que él supiera donde encontrarla si volvía.

Contrastes

A las 6:02 sonó el teléfono del Centro de Salud, la hora crítica en los servicios de Urgencias, el momento en que pasan revista en las Residencias de ancianos y el momento en el que los que han aguantado de noche para  no molestar deciden que ya no es demasiado pronto, antes de que sea demasiado tarde.

Sonó al otro lado la voz de un hombre ni demasiado joven ni demasiado viejo, tranquila, dulzona y hasta algo relamida.

-¿Podría decirme, por favor, cual es la farmacia que está ahora de guardia?.

La pregunta no le extrañó demasiado, la gente acostumbraba a utilizar al personal sanitario de cicerone para ahorrarse el paseo hasta la puerta del Centro y mirarlo ellos mismos, pero esa pregunta a las seis de la mañana, buscando la farmacia sin pedir un médico, no le parecía normal.

El hombre siguió dando explicaciones: “El enganche del tubo al gotero se ha obstruido. Sin duda, con algún movimiento brusco, se ha doblado la aguja y le he sacado una fotografía para coger otro igual”. El médico de guardia abrió los ojos más aún y, literalmente, sacudió el cerebro, a ver si era capaz de entender.

-Perdone, pero… ¿desde dónde me llama? Nosotros no dejamos puestos sueros en domicilio…

-No- dijo el hombre al otro lado encogiéndose, porque al médico le pareció sentir, por el tono, como se encogía un poco-. Es para mi gatita, que la tengo con suero constantemente para que no se muera. ¿Puedo pasar por ahí para ver si tienen ustedes uno igual?.

-¿A las seis de la mañana? Perdone, esto es un servicio de urgencias de personas; estamos atendiendo –recalcó. ¿Por qué no busca una clínica veterinaria que esté 24 horas?.

Todavía se oyó un “claro, claro” al otro lado antes de colgar.

A las 8:10 el teléfono volvió a sonar; una mujer avisaba de que un pariente suyo había aparecido muerto en casa. El médico preguntó el nombre del difunto y lo apuntó, preguntó la dirección y la mujer dijo solo un nombre sin número en medio de las dudas, pues ella estaba fuera y también la acababan de avisar; “a las afueras del pueblo”, comentó, y ya no supo darle más referencias. El médico se sentía ya impotente cuando, como por casualidad, la mujer comentó que alguien había avisado a la Guardia Civil. El cielo abierto.

A los treinta minutos de circular monte arriba detrás del todo terreno de la Guardia Civil, por un camino forestal de tierra apisonada –“menos mal que no ha llovido”, pensó en voz alta, y la enfermera movió la cabeza asintiendo mientras se agarraba al salpicadero para amortiguar un poco el bamboleo de los baches- llegaron a una casa, detrás de un recodo del camino. Salió a recibirlos un perro que no había ladrado al oír los coches y movía el rabo como si les conociera o como si estuviera deseando ver gente, y escucharon en seguida el balido de una cabra que les miraban atentamente desde detrás de una cerca. Un pariente del hombre muerto lo había encontrado boca abajo, caído en la entrada de la huerta que, a la vista estaba, había cuidado hasta el último momento de una forma primorosa. A su lado, sobre la tierra negruzca y blanda, una col y unas zanahorias con las hojas todavía tiesas le hicieron imaginar que el hombre estaba pensando en su comida cuando la muerte le atacó por sorpresa. Un chorro de agua canalizada llenaba una cubeta con ropa puesta a remojo y aún se notaba el calor en las cenizas de un hogar de piedras, junto a la entrada de la casa. No debía haber luz, desde luego no había bombilla en la puerta, porque el hombre llevaba una linterna de minero en la cabeza, que en aquel momento no lucía. El pariente que lo había encontrado comentó que el muerto vivía allí solo desde hacía más de cuarenta años, como un ermitaño, se apañaba con la huerta y el ganado –“una cabra, dos gallinas y un cerdo”- dijo, y solo bajaba al pueblo a por pan.

-De casualidad que he venido yo hoy; porque salí a por níscalos y pasé a decirle algo… y mira lo que me he encontrado.

No había signos de violencia, no había por qué molestar al Forense, de modo que cumplieron el protocolo habitual y regresaron monte abajo. El frío les dolía en los pies. A lo lejos se oían los tiros de los cazadores.

Urgencias

El infarto llegó a las doce de la mañana, el hombre había empezado a encontrarse mal después del desayuno y no había querido asustar a la familia, que se había reunido después de mucho tiempo de ausencias. Llegó pálido, sudoroso y angustiado, con tal sensación de gravedad que ninguno de la media docena de pacientes que esperaban inquietos en la sala de espera se atrevió a protestar cuando la enfermera le hizo pasar sin esperar su turno. Inmediatamente cuatro manos y dos cabezas bien  centradas se pusieron con él, mientras alguien más tranquilizaba a la familia, y ordenaba un poco el caos de la mañana en el Centro de Salud.

Dentro ya se atendía a una anciana que no se tenía en pie, mareada y sin dejar de vomitar, cuando el teléfono sonó, con esa urgencia de lo desconocido que lo convierte en prioritario. La enfermera aceleró el inyectable que ya estaba poniendo y corrió a coger la llamada, que todo lo grave se junta, y, tras el saludo habitual de “Urgencias, dígame…” y la repetición un poco crispada de “¡Urgencias, dígame!…” oyó decir al otro lado, “Ah, es que estaba probando a ver si ya me funcionaba el teléfono, que antes no me iba…”. La enfermera se separó del auricular y lo miró, incrédula, antes de colgar sin decir palabra.

Escenas II

Por lo visto, el hombre llevaba ya unos minutos en el suelo, en la calle, cuando alguien decidió que aquello era tarea de la Policía Municipal. Por lo visto, no era la primera vez, de modo que nadie había pensado que se tratara de un infarto, o de un intento de homicidio, o, lo más simple, de un tropezón al descuido seguido de un mal golpe en la cabeza. Por lo que dijo la Policía cuando le trajeron a Urgencias, el hombre era un viejo conocido –joven por edad, unos 40 ó 45 años, pero conocido desde hacía tiempo porque, cada vez con mayor frecuencia, se empeñaba en dibujar con tinta de alcohol un círculo vicioso, nunca mejor dicho, del que, como de todos los círculos, es imposible salir-.

El hombre caminaba torpemente, pero por su propio pie, custodiado por los dos policías, uno a cada lado, como si fueran los diques que iban a impedir su desbordamiento, según se balanceaba con las piernas abiertas y poniendo los cinco sentidos que ya le faltaban en no mover demasiado la cabeza para no caer de nuevo. Se había meado en los pantalones, que aparecían renegridos por la puesta ininterrumpida durante días, y salpicados por la sangre que había dejado de manar  de la ceja derecha. La camisa tenía algunos botones arrancados y también estaba manchada de sangre, de tierra y de restos de bebidas con el olor dulzón del alcohol destilado.

-Lo traemos porque se ha hecho una herida en la cabeza- dijo uno de ellos, como disculpándose con nosotros.

No es frecuente que nos traigan borrachos al Servicio de Urgencias, tan solo nos traen a gente joven, demasiado joven, que bebe ocasionalmente hasta casi perder el sentido; pero, cuando beber demasiado se convierte en una costumbre, cuando los accidentes, las caídas y los escándalos son frecuentes, el bebedor pasa a ser un borracho, y los excesos y las broncas se pasan en casa. Por eso el Policía se disculpaba con nosotros, por romper esa rutina de intimidad familiar.

-Ya hemos avisado a su mujer- y todos nos pusimos a echar una mano para subirle a la camilla y evitar nuevos accidentes.

Cuando acabamos con él, me di cuenta del tremendo contraste que suponía la cura limpia sobre la ceja del hombre, y la frente y la mejilla recién lavados, con aquellas greñas llenas de sangre seca (como se cayó, la sangre corrió hacia el pelo, pensé) y aquella ropa sucia y maloliente. El hombre charlaba soltando incoherencias y bravatas sobre lo bien que manejaba él situaciones como ésta. A la vista estaba lo bien que se manejaba.

Cuando se estaba incorporando, con un movimiento algo rotatorio de cabeza, hasta encontrar el equilibrio, llegaron a buscarle su mujer y su hijo.

-¿Qué te ha pasado, hombre?- Preguntó ella avanzando hasta el hombre, como si necesitara alguna respuesta diferente a la que ya tenía solo con verle. Era delgada, y curtida, con el pelo largo sembrado de canas y recogido en una coleta en la nuca- con un obligado sentido práctico de las cosas, pensé. La gente que no tiene dinero se viste por necesidad, no por estética, no entiende de modas. Las mujeres no se maquillan, ni van a la peluquería. La gente que no tiene dinero no puede ir al dentista, pensé también, cuando me fijé en un hueco de su dentadura-.

-Nada, no me ha pasado naaada- respondió él, barriendo el aire con la mano derecha-. Que me he mareado y me he caído.

-Pero, ¿has visto como estás? –dijo la mujer, sin que sonara a reproche; incluso me pareció que había un tono de súplica o de resignación cuando se acercó para colocarse a su lado, como una muleta bajo su hombro, invitándole a salir con ella.

El hijo permaneció inmóvil, inexpresivo, en la entrada de la sala; quizás por eso me llamó la atención. No tendría más de 12 ó 13 años, y, en lugar de acercarse hasta su padre para ayudarle a salir, siguió quieto y a distancia, como si solo fuera un espectador. Me di cuenta de que, en realidad, no quería mirarnos; ni a los policías, que aún seguían allí, ni a la enfermera, ni a mí; como cuando éramos niños y nos escondíamos con la certeza de que, si nosotros no podíamos ver, tampoco nos verían a nosotros. Solo que él se había convertido en el centro de mi atención, como el primer plano que aparece en una película para mostrarnos a uno de los protagonistas mientras la escena se desarrolla fuera de cámara. Tuve la sensación de verme caer por un pozo oscuro y profundo, al que me empujaba toda la vergüenza que el chico sentía. Vergüenza ajena, pensé; pero la peor de las vergüenzas, la que siente por tener un padre así, cuando debería –necesitaría- estar orgulloso de él. Y vergüenza por tener una madre condescendiente y consentidora, con tal de que no haya bronca, de que él no se enfade y todo siga igual cada día. La expresión del chico me pareció desoladora, culpable, con ese sentimiento de culpa que, con frecuencia, tienen las víctimas; y empezó a ahogarme con un dolor casi físico. El aire de la sala de Urgencias se había vuelto caliente y viciado. Agradecí que la torpeza del borracho al salir mantuviera la puerta abierta unos minutos y pudiera entrar el aire fresco de la calle.