Por fin, la vida…

Siempre fue el miedo. El miedo a los otros, o, quizás, simplemente era el miedo a verse a sí mismo tan desnudo y tan indefenso. Miedo a salir del refugio que le proporcionaba vivir en la sombra, siempre con la tentación de escribir lo que pensaba o lo que sentía, y siempre resistiéndose a caer en ella.

En algún momento indefinido, en algún momento sedimentado por muchos momentos previos, la muralla a su alrededor empezó a derrumbarse, la fortaleza que le protegía fue ya una cárcel, y se emborrachó de viento fresco y de luz para dejarse ir hacia la vida que le esperaba. Había necesitado muchos años, muchos caminos recorridos, muchos temores, muchas renuncias hasta asumir que había llegado el momento de ceder, de dejar de resistirse. Había llegado el momento de ser él mismo a pesar de todo, a pesar de sí mismo también.