De amor y olvido

Se sentó en el rincón donde le gustaba leer y se quedó allí, con la mirada perdida y el cerebro a mil revoluciones. Intentó primero ordenar sus pensamientos, pero huían despavoridos en cuanto un punto de razón se les acercaba, de modo que decidió investigar sus emociones, y, sobre todo, decidió bajar hasta aquel pozo oscuro que le había ido perforando  en los últimos tiempos. Al cabo de tres horas le dolían las pantorrillas agarrotadas y eso le devolvió al mundo real como si despertara de un mal sueño. Entonces, un único pensamiento se abrió paso en su cerebro y se oyó decir en voz alta: “Si no puedo forzarla a que me quiera, puedo forzarme yo a dejar de quererla…”

Y en los meses siguientes se hizo sangrías en el ánimo, y palideció un poco más; se vendó los ojos para aprender a caminar a ciegas, y se cayó cien veces y se levantó ciento una; se tapó la boca con una mordaza pero escuchó los gritos de desesperación en su cerebro, y decidió, al fin, no moverse más para creerse muerto… hasta que una mañana ya no se reconoció al verse en el espejo, vio sus ojos, sus cejas, su nariz, su boca, pero no era él, y se dio cuenta, por el nudo que sentía en el pecho, de que seguía queriéndola, aunque ya no recordaba ni su nombre ni su cara.

Locura de amor

A Francisco, el loco, no le importaba que en el pueblo lo llamaran así; al fin y al cabo, nunca se lo decían a la cara, y, además, su madre ya no estaba allí para llorar por eso, como había hecho durante los últimos cuarenta años, desde que la Nuncia lo engolosinó con tanto mover el culo y ponerle las tetas en la cara, para luego quedarse embarazada de aquel pelanas que vino a trabajar al pueblo. Que suyo no era el bombo, eso lo tenía él muy seguro, que él bebía los vientos por ella, pero no había llegado a ponerle la mano encima, que se hacía la remilgada y luego mira por donde salió. Mira que le había dicho su madre que la Nuncia no le convenía, y él, erre que erre, que no veía más que por sus ojos, que iba tras ella como un corderito, hasta que pasó lo que pasó, y, entonces, sí que se volvió loco, sí, que se emborrachó hasta caerse muerto, aquella y muchas noches más, y oía como la Nuncia se reía a carcajadas en sus narices, y él se daba cabezazos contra las paredes, con las manos tapando las orejas y gritando más fuerte que las risotadas de ella, aunque nunca dejaba de oírlas; bueno, sí, las dejó de oír cuando empezaron las voces, las que le decían que merecía estar muerta por lo que le había hecho, y entonces seguía viéndola por las noches, un poco transparente y siempre sin la barriga, y ya no se reía, que seguro que ella escuchaba las voces también y sabía lo que le esperaba.

Su madre entonces lo pasó muy mal, penando por este hijo, decía, que se ha vuelto loco de dolor; de amor, madre, de amor, decía él, que la sigo queriendo aunque todas las noches quiero matarla. Su madre dio gracias a dios, y, ni se le ocurrió ir a confesarse después, cuando supo que la Nuncia se había muerto en el parto, porque ya no podía vivir con la angustia de saber que ese hijo acabaría matándola, y, al fin y al cabo, si alguien tenía que pagar por esto, que pagara ella, la muy puta, que le había destrozado la vida al su Francisco.

Locura de amor.

Cómo no iba a amarla, si nunca me pidió que la dejara libre. Como no iba a amarla, si cada día lucía su traje más brillante para mí y me regalaba lo mejor de sí misma sin esperar nada a cambio, sin exigir una caricia o un gesto de ternura. Ni siquiera ahora, cuando me ahogo en el remordimiento y el alcohol, puedo olvidar sus ojos, esos ojos siempre tan abiertos, y esa mirada que me traspasaba el alma.

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