Urgencias

El infarto llegó a las doce de la mañana, el hombre había empezado a encontrarse mal después del desayuno y no había querido asustar a la familia, que se había reunido después de mucho tiempo de ausencias. Llegó pálido, sudoroso y angustiado, con tal sensación de gravedad que ninguno de la media docena de pacientes que esperaban inquietos en la sala de espera se atrevió a protestar cuando la enfermera le hizo pasar sin esperar su turno. Inmediatamente cuatro manos y dos cabezas bien  centradas se pusieron con él, mientras alguien más tranquilizaba a la familia, y ordenaba un poco el caos de la mañana en el Centro de Salud.

Dentro ya se atendía a una anciana que no se tenía en pie, mareada y sin dejar de vomitar, cuando el teléfono sonó, con esa urgencia de lo desconocido que lo convierte en prioritario. La enfermera aceleró el inyectable que ya estaba poniendo y corrió a coger la llamada, que todo lo grave se junta, y, tras el saludo habitual de “Urgencias, dígame…” y la repetición un poco crispada de “¡Urgencias, dígame!…” oyó decir al otro lado, “Ah, es que estaba probando a ver si ya me funcionaba el teléfono, que antes no me iba…”. La enfermera se separó del auricular y lo miró, incrédula, antes de colgar sin decir palabra.

Siete días

El primer día no fue capaz de dormir; cerraba los ojos y sólo la veía a ella, hablándole sin voz, moviendo la boca para decirle lo que ya había escuchado de sus labios cuando vino a despedirse, como un martillo en su cerebro.

El segundo día se levantó agotado, al límite de sus fuerzas, se veía arrastrándose bajo un peso que no podía soportar, sin horizonte, en una existencia gris y dolorosa que empezaba a asfixiarle, como si ella se hubiera llevado el aire que respiraba.

El tercer día el dolor se hizo más físico, le dolía la garganta y el estómago se le había anudado. Hablaba poco o nada, lo estrictamente necesario para que nadie sospechara lo que le pasaba; sólo le faltaba que alguien se le acercara condescendiente intentando entenderlo.

El cuarto día se sintió terriblemente sólo, abandonado a sus recuerdos como el único alimento del que podía tirar para seguir subsistiendo, aunque aquella existencia fuera ya oscura y triste; sin futuro, con un presente doloroso y un pasado efímero que intentaba aprovechar como el fuego en el invierno, acercándose a él para entrar en calor, para sentir de nuevo el cuerpo entumecido por el frío, a sabiendas  de que ya no podría echar más leña para mantenerlo vivo.

El quinto día sintió que había tocado fondo, que ya no podía sentirse peor. Se supo sólo y sin fuerzas para sobrevivir, ni siquiera le consolaba ya el recuerdo de los momentos felices, le atenazaba la sensación de pérdida, de nunca jamás, y decidió dejarse llevar, dejarse ahogar en aquella pena sin llanto. Ya no podía sentirse peor.

El sexto día comenzó a emerger del fondo en el que se había hundido. Sin ni siquiera decidirlo se sintió impulsado a vivir a pesar de todo, a llegar a la superficie, como si no quedara otro remedio. Tomó conciencia de su propia existencia, dolorosa pero real. Soñó que su corazón se liberaba de una coraza que le aprisionaba y lo vio latir por sí mismo. Se sintió un superviviente. La recordó de nuevo y le dolió aún, mucho, muchísimo, pero al momento supo que sólo podía permitirse recordar para seguir caminando. Y eso hizo.

El séptimo día descansó.

Aceite de colza

Que sí, que ahora lo cuenta, a pesar de todo; a pesar de las hemorragias y el cansancio, y de boquear como un pez cuando sube dos escalones, y de esos dolores de tripas que le hacen retorcerse, y esos dedos agarrotados que no sujetan ni la cuchara.

Que es como si fuera ayer, trabajando en Madrid hace treinta años, soltero y en casa de la patrona, y comiendo y cenando en el bar, que allí solo iba a dormir y a que le lavaran la ropa, y a otro compañero y a él les cayó lo del aceite, que él estaba hecho una mierda y le decían que no tenía nada porque no salía la enfermedad, aunque te iba matando por dentro; y hasta que, al final, ya lo ingresaron y estuvo a la muerte.

Que eran otros tiempos, que luego nos pagaron todo, hasta las tiritas y el agua oxigenada, para toda la vida; que qué mala suerte tuvimos, ¿no?; porque nadie iba a ser tan canalla de matarnos con ese veneno sólo para ganar más; vamos, digo yo…

El adiós

A él le dijo que llevaba mucho tiempo preparándose para ese momento, pero no era verdad; en  realidad, sólo llevaba mucho tiempo temiendo que llegara ese momento; el suelo se abría bajo sus pies y ella no podía agarrarse a nada para evitar que la oscuridad la tragara. Se sintió como un náufrago, intentando bracear en medio del océano, inútilmente.

Le agradeció la sinceridad, y se dejó hundir en aquel dolor mudo y sin lágrimas. Y se sintió terriblemente sola. Otra vez.

Leer

Fue el ruido de la puerta al cerrase de golpe lo que la devolvió a la realidad. Incluso se asustó un poco y levantó bruscamente la cabeza mirando alrededor con temor. Cerró el libro y esperó. De nuevo iba a repetirse la misma escena de siempre, su madre, reprochándole que no hubiera hecho las tareas que le había encargado; su hermana, mirándola con un aire entre la reprobación y la conmiseración, y ella, sin saber qué decir, sin entender por qué debía  justificar que no quisiera convertirse en una mujer de su casa, por qué odiaba tener que limpiar o coser cuando en los libros la acechaban tantas cosas interesantes, tantas vidas por vivir sin moverse de aquella habitación que era una ventana abierta al mundo, hasta que había llegado su madre son sus estúpidas normas de educación y la había convertido en una cárcel.

Ausencia

Ocupó su tiempo como supo, trabajó concienzudamente, salió con amigos, visitó museos y exposiciones, fue al cine y a conciertos, salió a caminar y montó en bicicleta, incluso durmió la siesta y leyó cada noche hasta quedarse dormido y, cada día, sin previo aviso, aquella sensación repetida que interrumpía cualquier cosa que estuviera haciendo, un vuelco que localizaba en el estómago, el tirón de una cuerda invisible… Y entonces se daba cuenta de cuánto la echaba de menos.

El agujero

 

-¡Tapen el puto agujero o pongan una señal! ¡Hagan lo que quieran, pero hagan algo! Y entonces se apoyó, de pie como estaba, en el borde de la mesa; sus brazos, rígidos, acabados en dos manos como palas, y sus ojos, saltones, abiertos como platos. -! O van a dar lugar a que algún viejo se tropiece en él y tengamos que pagarlo como nuevo! Y arrastró la “o” final, dejando tiempo para que el jefe de obras, que era su único interlocutor, pudiera dar rienda suelta a la imaginación y ver la que se lo podía venir encima.

El concejal de urbanismo, íntegro y concienzudo como el que más, no comprendía como podían pasar estas cosas; como era posible que la última manifestación hubiera dejado tras de sí aquel descalabro. La prensa de la oposición había escrito a voces que los impactos de los botes de humo de la policía habían provocado oquedades en el asfalto de la vía principal, probablemente, seguramente, porque la última mordida del asfaltado que se hizo en primavera había sido desmedida y el material utilizado era endeble como el betún, es más, sólo era betún. Ya se sabía lo que había, tenían que ser los botes de humo de los policías, no podían ser las piedras que lanzaban los manifestantes, que la policía no hacía más que defenderse de tanto vandalismo, y los agujeros salían siempre después de las lluvias, ya era cosa sabida y esperada, pero la prensa malintencionada sólo pensaba en mordidas. Por cierto, a ver si hablaba con Cosme y le abroncaba, que, esta vez, se había pasado, bien es verdad que se quejó desde el principio de que no iba a quedar dinero para hacer el trabajo, pero Cosme siempre andaba igual, y, al final, había para todos y nunca pasaba nada, no iba a ser ahora la primera vez.

El jefe de obras salió del despacho con las ideas muy claras sobre lo que podía pasar, no tanto sobre lo que podía hacer para que no pasara, e, inmediatamente, destinó una cuadrilla formada por los obreros más competentes para que rellenaran de arena el agujero, la apisonaran bien para que no repisara y lo dejaran a nivel, que alguno era capaz de meter el pie –que le cabía de sobra porque, hay que joderse, lo grande que se había hecho el agujero-, y tener un disgusto –el dueño del pie, y él, por añadidura, que, a ver qué cara le ponía él al concejal si fuera el caso-.

La crisis había acarreado la penuria económica de los constructores de obra pública –no sólo de ellos, pero también- y, por ende, de los concejales de urbanismo que participaban de los desvelos de los constructores y de los de los ciudadanos, a pesar de que éstos, la mayoría de las veces, no se lo merecían, pero la vocación de servicio público era así y bastaba con la satisfacción del deber cumplido. Sin embargo, también había que reconocer que la crisis había traído algo bueno y era que, después de tantos años, generaciones incluso, intentando doblegar a los segundos –los primeros nacían doblegados ya-, por fin, poquito a poco, sin prisas pero sin pausas, éstos se habían ido dejando apoderar por un sentimiento de fatalidad que, ¡oh, milagro!, les había llevado a dejar de protestar, a dejar de quejarse. ¿Para qué quejarse, si la situación era irremediable? ¿Cómo si no,  explicarse que, después de quince meses sin tapar el agujero nadie viniera a quejarse por el Ayuntamiento?

El concejal de urbanismo, próximas las fechas de la campaña electoral, decidió darse un baño de popularidad –populismo según la prensa amarilla- y se dedicó a recorrer los barrios, los periféricos, que el centro ya se lo caminaba él cada día para ir a su despacho, pero sin pasarse, que los del extrarradio podían esperar a la siguiente campaña y, según como se viera él de seguro. Dudó hasta el final de si sería juicioso pasar también por aquella calle agujereada que llevaba tantos meses sin arreglar, pero en seguida decidió que era el momento, que él siempre daba la cara y no tenía la culpa si el Ayuntamiento no había destinado presupuesto para aquello, al fin y al cabo también podía explicar, si alguien se ponía borde, que la culpa la tenía el concejal de cultura, que era de la oposición, que pidió destinar el dinero a contratar al personal de la biblioteca, que, por cierto, cerrada, no había generado ningún gasto en siete años,  pero como el de cultura tenía fama de subversivo, hubo que ceder y dejar el agujero para mejor ocasión.

No podía dar crédito a lo que veía. Mira que ya iba mosqueado porque parecía que nadie quería pararse a hablar con él, quizás el fotógrafo que le seguía a todas partes les intimidara un poco, estaba claro que no se merecían que un político se molestara en conocer de viva voz cuales eran los problemas del barrio, pero aquello ya era el no va más; después de quince meses, del famoso agujero de los botes de humo emergía un arbolito, y en la valla alguien había escrito “Proyecto árbol” y, además, los vecinos paseaban por allí cerca sin quitarle ojo, a ver si resulta que ahora temían que el Ayuntamiento asfaltara la calle. Dio por terminado el paseo y enfiló encorajinado hacia su despacho. Al día siguiente llamó al jefe de obras y, aunque intentó sosegarse, a medida que hablaba, se enfurecía cada vez más.

-¡Me importa un carajo si el árbol ha nacido sólo o alguien lo ha plantado allí! ¿Pero, qué se ha pensado la gente que es esto? ¡Ahora mismo vas allí y lo arrancas; tú, personalmente! Solo nos faltaba que viniera alguien enarbolando banderas de ecologismo, y de vida en la muerte, y tonterías por el estilo…

-Señor… piénselo usted bien, mire… El hombre le tendió el periódico local y le señaló la fotografía que venía en la segunda página. El fotógrafo que llevaba en la campaña le había sacado una foto cuando se inclinaba sobre el arbolito y el agujero, de modo que se veía el gesto, pero no la gesticulación, y su jefe de prensa había aprovechado la oportunidad para explicar cómo el concejal de urbanismo, defensor de las zonas verdes en su ciudad –“su ciudad”, textualmente- había alabado la feliz iniciativa de los vecinos, que se turnaban para regar y proteger del vandalismo el germen de lo que podría llegar a ser un parque.

El concejal intentó tragar saliva para aliviar la presión de la garganta, se sujetó en el borde de la mesa para no caer y pensó, antes de perder la conciencia, que el oficio de político estaba lleno de sacrificios y sinsabores.

IMG-20140719-WA0001-001Foto cedida por Raúl Rodríguez Acedo.

 

Luna llena

Miró al cielo unos instantes y apuntó en el cuaderno abierto sobre la mesa, Esta noche, la Luna es un gran queso de bola. Qué poco romántico, pensó, donde los poetas encuentran inspiración constante yo sólo veo cosas de comer; será que tengo hambre… Pero entonces reparó en que había escrito Luna con mayúscula y ya le pareció que ese gesto denotaba que él también tenía un sentido lírico de la vida. Se quedó más tranquilo.
Cada día se levantaba con el mejor de los ánimos, con ganas de comerse el mundo, de saborear cada minuto –y dale con las cosas de comer-, y, cada día, alguien, algunos o casi todos, se empeñaban en ponérselo un poquito más difícil cada vez, y él se debatía entre lo que deseaba y lo que tenía, entre lo que imaginaba y lo que veía a su alrededor.
Por un momento se preguntó si realmente él sería un pesimista que se empeñaba en disimular constantemente su propia forma de ser con el afán de creerse él también su propia mentira, quizás sólo representaba un papel que el azar le había asignado por eliminación de los demás, quizás…
Se sorprendió mirando a la Luna de nuevo, en realidad no podía separar los ojos de aquella Luna inmensa, suspendida y amarilla. La Luna dominaba todo lo que se veía y todo lo que se podía adivinar más allá de su luz, la Luna atraía su mirada como atraía las aguas del mar o el pensamiento de los locos.
Siguió mirando sin apenas pestañear, hasta que los ojos le quemaban, y, entonces, la vio. La vio y el corazón le dio un vuelco en el pecho y la cabeza, por un instante, se le quedó vacía de sangre; pero la vio, e, inmediatamente, decidió que nunca podría contárselo a nadie; una niña vestida de negro y con un sombrero puntiagudo cruzaba el cielo subida en una escoba. La vio al contraluz de la Luna, y nadie podría discutírselo, porque él miraba atentamente cuando la niña volvió su cara hacia él y le hizo un guiño, sonriendo.

Las manos

Desde que la vio llegar a la puerta del instituto y los nervios del primer día la hicieron tropezar y caer, y él le tendió la mano para ayudarla a levantarse, ya no pudo desprenderse de su mirada, ya no pudo cerrar la puerta por la que ella había entrado en su vida sin pedir permiso y ya todo el mundo se habituó a verlos caminar así, con las manos enlazadas, como siameses que desconocen la soledad.
Pasó mucho tiempo, hubo muchos millones de momentos, hasta que ella empezó a sentir que la mano acogedora de él la ataba, que la frontera a la que se llegaba con los brazos de los dos extendidos dibujaba un mundo diminuto y ella quería ir más lejos, mucho más lejos, para poder regresar y, quién sabe, volver a irse después.
Se alejó una tarde cualquiera, sin ni siquiera tener que decirlo; ella tiró un poco de su mano y al momento él abrió la suya para dejarla libre, como se deja que el agua escape del cuenco que hacemos con ellas para beber, irremediablemente.
Cuando ella volvió estaba más guapa que nunca, quizás también un poco más triste, más lánguida; él la vio llegar de lejos y la esperó con las manos en los bolsillos de los pantalones, que empezaron a moverse por el temblor. Ella se acercó en silencio, sonrió y con delicadeza metió la suya en el bolsillo de él buscando entrelazarse con sus dedos, con toda la nostalgia y con toda la ternura de que era capaz después de tanto tiempo, pero no reconoció el tacto de aquella carne temblorosa. Él se liberó despacio y sacó del pantalón aquel amasijo de cicatrices en el que se había convertido su mano, para que ella la viera, y, sin mediar palabra, empezó a llorar.
Ella no preguntó, pero, si lo hubiera hecho, nadie le habría podido explicar cómo había ocurrido aquel accidente. Todos sabían que, cuando se atascaba la sierra, había que pararla e intentar desatascarla después. Todos los sabían, él el primero, y todos le avisaron de que no metiera la mano, pero él no les escuchó, él se fue a la sierra como un loco, como si hubiera querido amputarse la mano desde siempre.

La casa.

Era una casa pequeña en un pueblo pequeño; una casa de esas que te devuelven la paz que no has perdido, que te sosiegan el alma y que, en seguida, huele a ti; una de esas casas fresquita en verano y refugio en invierno, con un troje vacío donde almacenar todos los miedos y todos los fantasmas, un troje donde también bailen las hadas que te dieron la mirada inmensa de aquel niño que empezaba a enamorarse, hace tantas vidas ya, y de todos los niños que después han sido.