La condición humana

Ayer, cuando se cumplían noventa años del asesinato de mi abuelo a manos de partidarios del golpe de estado del 18 de julio de 1936, publiqué en redes sociales un texto sobre el hecho de que sus nietos no hayamos conseguido aún recuperar sus restos y sobre el dolor y el miedo que siempre vertebró la vida de mi madre.

Como era de esperar hubo comentarios solidarizándose con mis sentimientos y con los de todas las víctimas y sus familiares, pero hubo uno, solo uno, que culpaba a las leyes de memoria histórica de reavivar recuerdos tristes y enfrentar a los ciudadanos de nuevo.

La banalidad de hablar de asesinatos como de recuerdos tristes me produce escalofríos y considerar que las leyes que pretenden poner cada cosa en su sitio y no permitir que siempre caigan del lado de los vencedores son las que provocan enfrentamientos me parece de una ceguera absoluta. Según este criterio el orden se equipara con la justicia, o lo que es peor, si hay orden, aunque sea a base de pisar a los que no pueden defenderse, no importa si no hay justicia, ni siquiera nos planteamos si algo es justo o no. Lo importante es que nadie se rebele, que las víctimas admitan su papel de víctimas. Y, si yo estoy entre los que resplandecen de orgullo, los que pueden reprimir —lo hagan o no—, los que se niegan a ser generosos con los que nada tienen porque no se atreven a pedir, negándoles algo que les pertenece por el orden natural… entonces ese orden ficticio es “la vida como debe ser”.

Tal falta de empatía me paraliza por momentos, y me rebela, después.

Me rebela la cosificación de las personas, que permite aligerar o anular la responsabilidad por nuestros crímenes, ya sean por acción o por omisión. Me aterra pensar que alguien justifique los golpes de estado, que asuma que debe haber muertos por el bien común de unos pocos o unos muchos, que las dictaduras son el camino —solo para los dictadores y para los que obtienen prebendas de ellos, claro—, que los desaparecidos de Argentina son un daño colateral que no merece la pena un minuto de nuestro tiempo, que la guerra del 36 fue una guerra entre hermanos y todos perdieron —no, en esa guerra provocada por un golpe de estado hubo vencedores y vencidos, y todavía sigue ese reparto—, que los niños robados en todos los escenarios dictatoriales son algo normal —no, son algo demasiado frecuente, que certifica la existencia de vencidos y represaliados—, que el estado de Israel cometa un genocidio publicitado y documentado contra Palestina y los demás estados lo consientan por el poder del dinero, que un lunático barriobajero siga “reinando” en un país contra los derechos de los que no babean en sus zapatos, que África siga siendo una víctima del primer mundo, que lo es a su costa…

El mal es una parte inherente de todas las personas. Asumido esto, de cada uno de nosotros depende reconocerlo y amortiguarlo o darle alas. De cada uno de nosotros depende elegir si somos a costa de los otros, o con los otros.

Diario de Pepín. Día 89

Menos mal que estoy yo para ayudar a mamá porque la verdad es que Sofía da bastante guerra. Ella anda a su aire y nunca quiere jugar conmigo, que, en cuanto me acerco brincando me amenaza con la mano en alto, pero es que todas las mañanas tengo que sacarla de mi camita. Cuando mamá y yo nos levantamos de la cama de mamá ella siempre está acostada en la mía, que está en el sitio donde ella dormía siempre, es verdad, pero mamá la compró para mí. Y es que ella se acuesta en miles de sitios, incluso en el vestidor, entre la ropa, cosa que yo nunca podré hacer, y se empeña en quitarme mi cama. Menos mal que estoy yo para echarla.

O cuando entramos y salimos de casa; ella nunca sale a la calle, eso no es cosa de gatos, pero se acomoda encima del mueble de la entrada y cada vez que nosotros vamos o venimos ella hace amago de salir al rellano de la escalera. Y sale, que mamá la deja salir sin problema, pero Sofía sabe que debe volver a casa y se hace la remolona, incluso, a veces, se sube al piso de arriba y luego se pone a maullar porque le parece que se ha perdido, que parece tonta. Menos mal que estoy yo, que, cuando Sofía sale al rellano, me quedo vigilando, sin ninguna prisa por bajar la escalera como hacemos cuando estamos solos mamá y yo, y no me muevo de la puerta hasta que la empujo para que entre.

O cuando Sofía quiere comida blanda y, en cuanto nos ponemos a ver la televisión por la noche, se sube a los muebles y se pone a descolgar cuadros, que se pone de manos y rasca en el cristal hasta que se desequilibran y el día menos pensado nos va a tirar alguno.

O cuando nos dormimos la siesta en el sofá, que mamá dice que Sofía siempre se ponía entre sus piernas, o encima de su tripa, y yo he probado y, efectivamente, entre las piernas de mamá se está de maravilla para dormir la siesta, de modo que yo puedo quedarme allí tan a gustito y ella ponerse encima, que pesa menos que yo. Pues nos cuesta acomodarnos unos cuantos viajes, y, la mayor parte de las veces, no aguantamos los dos juntos. Menos ayer; ayer, ¡por fin! –dijo mamá-, estuvimos los dos encima de ella y estuvimos tranquilos. Lo que me parece mentira es que mamá pudiera dormir, aunque, por otro lado, no me extraña, porque debe estar cansada de guerrear con nosotros.

Todavía

A ti ya no te quiero y a ella no la quiero todavía…  Las guerras me desgastan, mis propias  guerras donde yo soy a la vez el que ataca y el que se defiende, donde soy, inevitablemente, el vencido y a la vez y después de muchas agonías, más que el vencedor soy solo un superviviente. Sí, a duras penas, pero siempre sobrevivo. He sobrevivido al hecho de alejarme de ti y he vencido porque, aun así, no te he olvidado. Ni he podido ni he querido olvidarte. Me palpo el alma y las cicatrices están aún tiernas y duelen un poco, pero cada vez se harán más duras y más rígidas y dolerán menos. Solo es cuestión de tiempo.

Ya no te quiero, es cierto. Era mejor para los dos e imprescindible para mí desde que te fuiste que dejara de quererte. La vida no acaba porque un amor termine, me lo dije tantas veces que acabé creyéndolo y así fue. Ahora ella, y yo mismo, esperamos pacientemente mi recuperación, nos vamos acercando al camino como niños que están aprendiendo a andar, tambaleantes y con miedo a caer, de volver a caer, pero con la curiosidad infinita de lo que podamos encontrarnos.

Nunca leerás estas líneas, pero necesitaba escribirlas; ya me conoces, pienso, pienso… pero, hasta que no escribo, no tomo verdaderamente conciencia. Pues bien, es cierto, a ti ya no te quiero y a ella no la quiero todavía. Todavía.

(De las memorias de Ismael Blanco)

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Sala de espera

Como las gallinas se arremolinan cacareando para picoterar el maiz, así la recibieron cuando entró en la sala. Si no fuera por el cotorreo, pensó, esto parecería un velatorio, todas las sillas ordenaditas contra las paredes, y todas llenas de parroquianos pendientes de todo el que entra por la puerta.

Ella abrió el despacho con la llave, aplicándose en la tarea para evitar así a los oportunistas que, cada día y siempre distintos, la abordaban al llegar. Se supo dispuesta a la pelea, porque mucho había de pelea en el día a día, y, mientras el ordenador hacía lo propio, se dio cuenta de que el tumulto de afuera iba a necesitar de una estrategia diferente. Se armó de valor, abrió la puerta bruscamente y, con un poquito, sólo un poquito de mala leche, dijo alto y claro: «¡Como se supone que están ustedes enfermos, no tendrán muchas ganas de hablar!». Todavía hubo alguno que se resistió, a pesar de la sorpresa de la mayoría, pero ella no se esperó a verlo, se dio la vuelta y entró de nuevo en la consulta. Llamó al primer paciente y, mentalmente, se apuntó una victoria, momentánea, pero victoria al fin y al cabo.