De olores

Abrió la ventana para ventilar el cuarto y le llenó la nariz el olor a pescado frito que llegaba desde el bar de abajo; pensó que habían madrugado en la cocina e imaginó las bandejas repletas de trozos de bacalao rebozado. A mediodía y por la tarde, el olor violento y agudo de las gambas a la plancha le desagradaba. El olor del pulpo, no. El aroma cálido del pulpo recién cocido le hacía pensar en los humeantes calderos de cobre, en los sombreritos desprendidos de las patas del animal, en la piel gelatinosa de color berenjena. El aroma del pulpo recién cocido la transportaba hasta la Galicia de aquellas vacaciones hacía  ya más de treinta años, y¸ sobre todo,  le traía a los labios el sabor de los besos en la playa, de los besos compartiendo un bocado, de los besos  a la luz de la luna, de los besos al amanecer.  El día en que por la ventana llegaba el aroma a pulpo recién cocido respiraba hondo, dejaba la ventana abierta y llamaba al trabajo para avisar que estaba enferma; enferma de melancolía.

El olor

No lo vio pasar a su lado, pero el hedor que dejó tras de sí le hizo volver la cabeza.

Aunque asqueroso, mejor si hubiera dejado el típico olor a sudor, podría haber pensado que el hombre venía de trabajar duro bajo un sol de justicia, o habría estado cargando y descargando o poniendo ladrillos o, incluso, ya puestos a pensar sin caridad, podría ser el típico que no se pone desodorante por desidia, o porque él no se huele y cree que los demás tampoco le huelen a él. Pero no, aquel hombre había dejado tras de sí un penetrante olor a tabaco rancio, ese que se apodera de cada centímetro de piel a base de veces y de años y que todo lo ocupa, mezclado con un metálico olor a alcohol destilado.

Se le torció el gesto con una mueca de asco y ni siquiera lo miró, no quiso ponerle cara –suficientemente débil como para ser presa de, al menos, dos adicciones, pensó, como para no poder dominar sus impulsos, como para necesitar del alcohol y del tabaco para sentirse bien, o para no sentirse mal, o, sencillamente, para no sentir-.

Se le quedó en la nariz aquel rastro hediondo e imaginó sin querer una sala discreta de un piso sin lujos, donde un niño hace los deberes sentado a una mesa camilla mientras respira aquel olor rancio que le llega de las faldillas, del sofá, de las cortinas, del aire mismo que vicia la casa entera y que ya no le es ajeno. La madre sale de la cocina con la bandeja de la merienda en la mano y se sienta también a la camilla, un poco seria, un poco envejecida, un poco cansada y constantemente alerta por si llega él; respira profundamente pero no le llega bien el aire, el hijo ya está acostumbrado a oírla respirar así y ya no se angustia por eso. Al momento, se escucha el tintineo de las llaves en la puerta y los dos levantan la cabeza y se miran sin hablar. El olor, preludio del humor, entra en la casa por delante del sonido de los pasos y del hombre. Ninguno de los tres sonríe.

Otra vez

Volvió a verla de nuevo después de mucho tiempo, demasiado tiempo para no confundir los recuerdos con su imaginación. Volvió a verla, más delgada aún, el cabello más largo también, pero el mismo brillo en la mirada, y esa sonrisa suya iluminándolo todo, y ese olor, ese olor acogedor que le invitaba al abrazo, y que seguía, después de tanto tiempo, erizándole la piel.

De pescados

El Bruno no había sido su último novio, pero sí era el único que la Asunción no había conseguido olvidar. Había empezado a trabajar en una pescadería del Mercado Central cuando era poco más que un crío y, nada más verle, a ella le gustó todo de él, hasta el olor a pescado y las botas altas llenas de escamas. Primero fue la relación comercial, claro,  pero, a base de frecuentar el puesto, el Bruno y la Asunción empezaron a quererse y a dejarse querer –la Asunción quería al Bruno y el Bruno se dejaba querer por la Asunción-, hasta que un día, cuando ya andaban pensando en boda – ella pensaba en boda y él sólo pensaba en verlas venir-, el Bruno desapareció sin dejar otro rastro que el olor a pescado fresco en la cama de Asunción.

Al principio, todo fue desolación y llanto, la Asunción tenía alucinaciones y creía que el Bruno aparecía porque le venía de pronto aquel olor tan familiar que sólo estaba en su memoria, hasta que llegó un momento, cuando supo que él trabajaba en una gran superficie a la que ella nunca iría y que se había casado con una dependienta de la sección de congelados, que la añoranza de los abrazos y de los besos sólo le fue tolerable si se pasaba la mañana de una pescadería en otra, llenando sus pulmones de aquel olor tan entrañable, tan necesario. Por eso, aún ahora, la Asunción coge cada día su bastón y acude puntualmente a la pescadería, para comprar una caballita, o un par de sardinas, o media docena de boquerones, y luego, en casa, abre el envoltorio, lo acerca a su nariz y cierra los ojos mientras se llena de recuerdos, porque ella, en realidad, hace muchos años que se hizo vegetariana.

A veces lo hago…

A veces lo hago; perderme –literalmente, perderme-,  entre la gente de la ciudad. Salgo sin rumbo fijo, sin nada en particular de qué ocuparme, y camino por las calles del casco antiguo, o, por el contrario, me dirijo a las calles más comerciales, llenas de gente dispar que conversa y carga con bolsas, como anuncios andantes. Camino entonces como un sonámbulo que trata de orientarse, mirando todo y a casi todos, como si pasara las hojas de un libro para echar un vistazo rápido, dispuesto a sorprenderme siempre de los ojos que me devuelven la mirada al pasar. Mirar gente desconocida y que esa gente repare en mí me produce siempre una sensación de nudo en el estómago, me parece que quieren decirme mucho más de lo que yo soy capaz de percibir durante los pocos segundos que dura el contacto. De hecho, cuando esto sucede, cuando yo miro a alguien de forma aparentemente distraída, y ese alguien me mira a mí, se desdibuja todo lo demás, la ciudad misma, el aire, la luz, los otros, y solo tomo conciencia de sus ojos profundos, habladores, interrogantes.

Los días en que las calles están demasiado llenas, no; no soporto los codazos o los empujones, me agobian muchísimo, sobre todo si pienso en los niños pequeños que caminan de la mano de sus padres y lo hacen perdidos en un bosque de piernas, sin llegar a ver nunca, desde tan abajo, las caras de los transeúntes con los que se cruzan, esquivando los bolsos de mujeres descuidadas, que siempre se balancean a la altura de sus cabecitas.

Puesto que la ciudad cambia constantemente, he decidido que me gusta verla recién levantada, medio dormida y medio despierta, con la cara lavada y las ventanas abiertas para dar paso a esa luz dorada de las primeras horas del día, la que apenas calienta aún, la que no agobia,  la que lo baña todo de dulces promesas. Me gusta estrenar el día en las calles desiertas, donde solo me cruzo con algún estudiante en bicicleta, o con la gente que prepara las terrazas de las cafeterías para la invasión que les espera –en invierno, no, en invierno, los pocos que se atreven a caminar “bajo cero”, ahuecan los hombros para proteger la cabeza entre las solapas levantadas de los abrigos, mientras el aliento gélido camina por delante de las bocas-. Me resultan familiares los sonidos y los olores de esas primeras horas, puedo escuchar el zureo de las palomas y el canto enloquecedor de los pardales que atosigan los árboles y enmudecen cuando das una palmada al aire; y el sonido de las mangueras a presión rociando las aceras para devolverlas pulcras otra vez y arrastrar las huellas de la vida nocturna. Me gusta el olor a pan reciente, y a café recién hecho, y a churros calientes y tostadas –en cada sitio, un olor, siempre el mismo, como una identidad flotante y acogedora que me envuelve y mece y adormece mi cerebro como una nana intemporal-.

Sí, a veces lo hago; me siento inmortal por estas calles, mirándome en los ojos de los desconocidos…

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