Certeza

Me di cuenta cuando te eché de menos y tu ausencia me dolía y me apagaba el ánimo; me di cuenta cuando me vi esperando el momento de volver a verte y me demoraba en tu recuerdo, en el sonido de tu voz o en una caricia tuya. Pero eso sólo fue la brisa ligera de una mañana soleada; la certeza llegó como un huracán que todo lo arrasa. Cuando los dos nos abandonamos al silencio sin que el silencio fuera un vacío que todo lo ocupa, cuando los dos callamos porque ninguna voz era necesaria y ninguno se sintió de más…, entonces fue cuando me di cuenta de que la magia existía por encima de la voluntad y del tiempo y de la distancia; por encima de nuestra conciencia, por encima, incluso, de nosotros mismos.

La prueba

Desde que, de pequeño, su tía, una sombra larguirucha y malhumorada, de la que decían que se había quedado soltera porque no  había quién la aguantara, le dijo que tenía la cabeza hueca, ese sambenito le había perseguido durante toda su vida como una maldición. A él no le había preocupado mucho el asunto, salvo cuando quiso hacerse novio de la Chon y los padres le pusieron mala cara porque, dijeron, siempre había sido un poco lelo y todo el mundo lo sabía.

Fue el Román, el hijo de la Vicenta, el que corrió el pueblo de cabo a rabo para  contarlo; que el Fabián se había subido a una higuera, a la parte más alta, a por los higos más gordos, y se le había roto la rama y se había caído del árbol, y se había oído un ruido como el de una sandía cuando se revienta. Y allí se había quedado el Fabián, con los ojos abiertos y los sesos desparramados por el suelo, que, mira por donde, estaba claro que no tenía la cabeza hueca.