Diario de Pepín. Día 78

Mamá tiene miedo. Cuando vamos al parque por la tarde hay muchos perros de todos los tamaños y yo corro, ya sin correa, hacia ellos. Nos lo pasamos en grande, sobre todo yo, porque soy el que más corro y todos los papás me conocen y se alegran de verme y me acarician. Yo, cuando veo que son demasiados perros o demasiado grandes y no puedo correr durante mucho tiempo, me meto entre las piernas de los papás y ellos me protegen. Y es que hay un perro, que casi siempre está solo porque riñe con todos, y que me ha perseguido como un loco enseñándome los dientes, y, claro, mamá tiene miedo porque dice que soy muy pequeño. Pero es que ella no se da cuenta de que yo corro como una liebre y, a no ser que me choque con otro perro o contra la valla de piedra, ninguno me alcanza, y, si me pongo de pie, le llego a los morros al perro más grande.

Que yo puedo ser pequeño, pero soy muy valiente.

Diario de Pepín. Día 44

Debe de ser domingo otra vez, porque esta mañana hemos llegado hasta el río. El río está lejísimos pero yo no me canso, incluso doy brincos por la hierba que hay allí y echo carreras sin correa ni nada, aunque nunca me alejo demasiado de mamá y miro de vez en cuando a ver si ella sigue cerca. Me gusta, cuando me separo un poco, que mamá me silbe para volver. Ella me silba de una forma especial, como solo silba ella y como solo me silba a mí,  y, entonces, yo echo a correr como si no hubiera un mañana. Luego me siento frente a mamá esperando una golosina, ella me dice “muy bien, muy bien” y me da un trozo de colín como premio.

Pero todo no es así de bonito, porque esta tarde, mamá se ha enfadado conmigo. Primero, porque hice pis en casa, aunque ella me tiene un empapador en el balcón por si me aprietan las ganas y no me aguanto hasta la hora de salir, y luego, porque le pedí que me quitara la correa para subir las escaleras de casa y, cuando íbamos por mitad de camino, me paré, ella me llamó pero no hice caso, y volví a bajarme hasta el portal. Mamá bajó detrás de mí a buscarme, me riñó y volvió a ponerme la correa –que odio desde que me asustó por el pasillo de casa- y me llevó casi a rastras porque yo me hacía el remolón. Y luego, ya en casa, me dijo muy, muy seria que no me moviera de un rincón y yo estuve allí quieto, sin moverme, muchísimo rato, a ver si se le pasaba el enfado. Por lo menos estuve uno o dos minutos allí quieto; una eternidad.

Diario de Pepín. Día 43

Me he llevado un susto de muerte. Mamá me ha comprado una correa extensible que me gusta mucho, porque puedo corretear por ahí sin que parezca que voy atado. Puedo marchar muy lejos de mamá sin peligro. Además, han puesto carteles en los parques y en la hierba diciendo que los perros no pueden ir sueltos y siempre hay alguien que protesta al vernos sin atar, aunque los perros vayamos a lo nuestro y ni siquiera les miremos.

Pues el caso es que, en casa, mamá me puso el arnés y la correa para salir, pero luego se acordó de algo que tenía que hacer antes y me dijo “¡quédate aquí un momento, quédate quieto!” y yo la miré sin pestañear como si ya, desde ese momento, me hubiera quedado quieto para siempre. Pero el espíritu de los cachorros tiene super poderes y, en cuando mamá se dio  la vuelta, yo empecé a ir detrás. ¡Qué horror, qué ruido más infernal el de la caja donde se enrolla la correa, dando contra el suelo de madera! Yo me asusté muchísimo, cuanto más ruido hacía más corría yo, y más ruido hacía entonces… Pude esconderme debajo de la cama; ni siquiera me di cuenta de que, al parar yo, paraba el ruido; y mamá venga a buscarme y no me encontraba en ninguna habitación. Hasta que me atreví a salir de mi escondite para correr hacia ella y ¡otra vez aquel ruido atronador que me perseguía! Menos mal que mamá nos paró en seco en medio de la carrera, a la correa y a mí. Y Sofía, observándonos tranquilamente desde el sofá, que esta vez no iba la carrera con ella.

Transparencias

No sé si fue el modo en que lo preguntaste, o cómo quise escucharlo yo. Han pasado meses desde entonces y, casi a diario, vuelvo a recordarlo: Yo, ocupada en buscar las monedas para pagar la cuenta, y tú en la espera profesional del que ha de tratar con el público. Todo muy normal. Y, de pronto, dijiste “¿hoy no curras?”. Fue como si una figura humana apareciera de entre la niebla, como si un rostro se dibujara en el fondo anodino de un cuadro. Levanté la vista, espero que no se notara mi sorpresa, y te miré al otro lado de la línea que habías trazado. Esas palabras se instalaron en mi consciencia a machamartillo, como si no hubiera más sonidos, ni antes ni después.

 

Llevaba tanto tiempo siendo transparente, que, de pronto, el que tú me vieras me desconcertó. El que alguien pudiera individualizarme, el que, remotamente, yo pudiera importarle a alguien, siquiera fuera un momento, me hizo sentir como el que dobla una esquina y, de pronto, se enfrenta a un vendaval que barre la calle y te abofetea el rostro. Algo se tambaleó dentro de mí, y cayó estrepitosamente. Las barreras que, tan cuidadosamente había ido levantando, se habían convertido en escombros.

Amigos

En la escuela había un muchacho cojitranco que, como suele ocurrir, dio en ser el blanco de los ataques de los más cerriles. Una de las veces yo fui testigo de los abusos, le increpaban, valentones por ser mayoría y sentirse más fuertes, y se reían de él imitando su cojera. Yo tuve miedo, hubiera deseado ser transparente en esos momentos, tuve miedo de que le dejaran a él y empezaran a reírse de mí, y tuve miedo, también, de que llegaran a las manos conmigo si intentaba defenderlo. Entonces y ahora sé que el miedo fue lo que me inmovilizó como una estatua de sal, supongo que yo era tan poco importante para ellos que ni siquiera me tuvieron en cuenta, y él no reclamó mi ayuda. Cuando se marcharon me acerqué y le ofrecí compartir mi merienda, y este gesto, amistoso pero cobarde, fue suficiente para que me mirara como si yo fuera su salvador.

Esta escena se quedó grabada en mi memoria toda la vida, el deseo de humillar de ellos, su soledad resignada y mi cobardía. Durante años, a partir de entonces, nos sentamos como compañeros en el mismo pupitre y nos seguimos viendo como amigos después, cuando nos fuimos los dos a la ciudad para estudiar carreras diferentes, y, cada día, desde entonces, no he podido quitarme ese sabor amargo, la conciencia de no saberme digno de su amistad.

(De las memorias de Ismael Blanco)

El camino

“Podemos intentarlo”, dijiste, y los dos, por un momento, seguimos mirando al frente, hacia un horizonte más amplio que nosotros mismos, mientras el eco de tus palabras flotaba en mi ánimo, como las motas de polvo bailan en los listones de luz que atraviesan una habitación en penumbra. Durante unos momentos, los dos seguimos apoyados en el pretil del puente, mirando sin ver la corriente de agua, ajenos a todo lo que no fuera la presencia del otro. Volví la cara hacia ti, las manos apoyadas en la piedra fría y gris de líquenes rugosos y amarillos y quise decir “Pero es que…” porque me atenazaba el miedo y notaba los labios fríos y temblorosos y la lengua remolona y el alma rígida, pero tú te volviste también y levantaste mis ojos con los tuyos y posaste una mano tibia sobre la mía helada y, sin decir nada, solo con tu mirada dulce y paciente, sellaste mis labios y un momento después, tan solo un momento después, me escuché decir “Podemos… sí, vamos a intentarlo”. Y no fueron necesarias más palabras.

De desconfianza

Hasta que aquel hombre llegó al pueblo las puertas de las casas nunca se cerraron con llave. Los vecinos las ponían en las cerraduras, eso sí, para que no se les olvidara cogerlas al salir y luego encontrarse conque no podían entrar en casa, que no todos estaban tan ligeros como para andar saltando por las ventanas abiertas o desde los balcones aledaños, pero, desde que llegó aquel hombre al pueblo las cosas cambiaron y la desconfianza y, en algunos, el miedo que generó esa desconfianza, les pusieron “a guardar la viña”, como decían los viejos.

Nadie le conocía de antes ni sabían de dónde venía y solo alguno sabía a qué se dedicaba; no es que fuera mal vestido o desaseado, al contrario, el forastero era pulcro en sus formas y muy educado, saludaba a los del pueblo aún sin conocerles con un “Buenas tardes” o “Buenos días”, dependiendo de la ocasión, y no les miraba a los ojos para no parecer desafiante, salvo que alguno le hablara, no fuera a interpretarse que tenía algo que esconder. Pasaban los días y los viejos que se sentaban al serano seguían callando a su paso y lo miraban ir, y las mujeres que hacían corrillo en la calle cuando iban a comprar cuchicheaban arrimando sus cabezas cuando él saludaba. En una ocasión le pareció que se referían a él como “bohemio” y dudó de que realmente supieran el significado de la palabra y otras veces escuchó palabras sueltas como “raro”, “nuevo” o “artista”, e incluso todas a la vez, en la misma conversación.

Consciente de lo poco que avanzaba la situación, y ya algo incómodo, el forastero, incapaz de hacerse transparente para pasar desapercibido decidió pasar a la acción. El martes, día de mercadillo en el pueblo, se paseó por la plaza, en plena ebullición, y se codeó, y nunca mejor dicho, con todo el que pudo, y opinó sobre las frutas y las verduras mirando a las mujeres que compraban a su lado, como buscando aprobación a sus comentarios; y el sábado, a eso de las once, se pasó por el comercio del pueblo, uno de esos bazares que funcionan como las cajas de resonancia, y donde lo mismo encuentras unas botas de trabajo que un frigorífico o bacalao seco al peso, y se plantó delante del mostrador y de la señora Pura, que lo esperaba algo desafiante al otro lado, y preguntó en voz bastante alta, para que todo el que estuviera allí, incluso los sordos, que eran mayoría, lo oyeran:

-Buenos días, Pura. ¿Podría decirme si hay ladrones en el pueblo?

La cara que puso la señora Pura pasó de la sorpresa al susto en décimas de segundo, miró a ambos lados sin dar crédito a lo que estaba oyendo y con tono elevado por el enfado y para no ser menos que el que el forastero había utilizado, respondió:

-¡¿Cómo dice usted?! ¡Naturalmente que no hay ladrones en el pueblo! Al menos, no entre la gente del pueblo –se atrevió-. ¿Por qué pregunta usted eso? ¿Le han robado, acaso?, y dijo esto último con un puntito de hosquedad.

-No, no, ni mucho menos, no. Es que yo me vine aquí pensando que la gente del pueblo era de confianza y no cierro la puerta de mi casa porque no creo que sea necesario, yo me fío de ustedes… Pero es que, me he dado cuenta de que ustedes sí que cierran las suyas, y ya me he empezado a apurar pensando si ustedes saben algo que yo no sé y si debería preocuparme y protegerme. No sé, a mí ustedes todos me parecen buena gente…- y sonrió con la sonrisa más inocente de que fue capaz.

No hubo necesidad de más conversación, compró una caja de cerillas y un paquete de sal, para disimular, pagó con lo suelto porque la señora Pura todavía no se había recuperado del susto y salió.

El martes siguiente, el forastero, que ya no lo era tanto, se paseó discretamente por el mercadillo y tuvo que responder con una abierta sonrisa al saludo que varias mujeres le dedicaron y Pedro, el alcalde, que, además de alcalde era el marido de la señora Pura y presumía de ser alcalde porque los vecinos lo querían a él, independientemente del partido por el que se presentara, se hizo el encontradizo con él, le dio la bienvenida al pueblo como si acabara de enterarse de su llegada y le ofreció el Hogar del Jubilado por si algún día decidía hacer una exposición con sus cuadros. Y, ya cuando se alejaba, se volvió para decirle, levantando el brazo para llamar su atención:

-¡Ah! Este pueblo es muy tranquilo, ya lo verá  usté –dijo “usté”, sin la d final-. Aquí no hace falta ni echar la llave a la puerta…, todos nos conocemos.