Conversaciones

Hablaban de cocina. De las recetas nuevas que cada uno se aventuraba a probar o de las recetas antiguas heredadas de madre. A veces comentaban anécdotas del día a día, y, muchas otras, relataban como una aventura la espera en la caja del supermercado o el saludo de la vecina del quinto, que apenas habla con nadie. Todo, con tal de llamarse por teléfono todos los días. Cualquier conversación para poder decir después: “Te llamo mañana, ¿vale? Te llamo mañana y te cuento”.

Y ella se queda mirando el teléfono apagado como si él siguiera allí, con esa tibieza que le queda en el pecho cada día después de hablar con él, cuando deja anidar allí el deseo de que llegue mañana y el temor de que él reconozca cuánto amor esconde ella tras aquellas nimiedades. El temor de que no vuelva a llamar ni a responder a sus llamadas.

Y él sopesa el teléfono apagado en la mano, dudando de si mañana será capaz de decirle al fin cuánto la necesita a su lado, no vaya a ser que ella se asuste y no vuelva a llamarle. O no vuelva a responder a sus llamadas.

Contrastes

A las 6:02 sonó el teléfono del Centro de Salud, la hora crítica en los servicios de Urgencias, el momento en que pasan revista en las Residencias de ancianos y el momento en el que los que han aguantado de noche para  no molestar deciden que ya no es demasiado pronto, antes de que sea demasiado tarde.

Sonó al otro lado la voz de un hombre ni demasiado joven ni demasiado viejo, tranquila, dulzona y hasta algo relamida.

-¿Podría decirme, por favor, cual es la farmacia que está ahora de guardia?.

La pregunta no le extrañó demasiado, la gente acostumbraba a utilizar al personal sanitario de cicerone para ahorrarse el paseo hasta la puerta del Centro y mirarlo ellos mismos, pero esa pregunta a las seis de la mañana, buscando la farmacia sin pedir un médico, no le parecía normal.

El hombre siguió dando explicaciones: “El enganche del tubo al gotero se ha obstruido. Sin duda, con algún movimiento brusco, se ha doblado la aguja y le he sacado una fotografía para coger otro igual”. El médico de guardia abrió los ojos más aún y, literalmente, sacudió el cerebro, a ver si era capaz de entender.

-Perdone, pero… ¿desde dónde me llama? Nosotros no dejamos puestos sueros en domicilio…

-No- dijo el hombre al otro lado encogiéndose, porque al médico le pareció sentir, por el tono, como se encogía un poco-. Es para mi gatita, que la tengo con suero constantemente para que no se muera. ¿Puedo pasar por ahí para ver si tienen ustedes uno igual?.

-¿A las seis de la mañana? Perdone, esto es un servicio de urgencias de personas; estamos atendiendo –recalcó. ¿Por qué no busca una clínica veterinaria que esté 24 horas?.

Todavía se oyó un “claro, claro” al otro lado antes de colgar.

A las 8:10 el teléfono volvió a sonar; una mujer avisaba de que un pariente suyo había aparecido muerto en casa. El médico preguntó el nombre del difunto y lo apuntó, preguntó la dirección y la mujer dijo solo un nombre sin número en medio de las dudas, pues ella estaba fuera y también la acababan de avisar; “a las afueras del pueblo”, comentó, y ya no supo darle más referencias. El médico se sentía ya impotente cuando, como por casualidad, la mujer comentó que alguien había avisado a la Guardia Civil. El cielo abierto.

A los treinta minutos de circular monte arriba detrás del todo terreno de la Guardia Civil, por un camino forestal de tierra apisonada –“menos mal que no ha llovido”, pensó en voz alta, y la enfermera movió la cabeza asintiendo mientras se agarraba al salpicadero para amortiguar un poco el bamboleo de los baches- llegaron a una casa, detrás de un recodo del camino. Salió a recibirlos un perro que no había ladrado al oír los coches y movía el rabo como si les conociera o como si estuviera deseando ver gente, y escucharon en seguida el balido de una cabra que les miraban atentamente desde detrás de una cerca. Un pariente del hombre muerto lo había encontrado boca abajo, caído en la entrada de la huerta que, a la vista estaba, había cuidado hasta el último momento de una forma primorosa. A su lado, sobre la tierra negruzca y blanda, una col y unas zanahorias con las hojas todavía tiesas le hicieron imaginar que el hombre estaba pensando en su comida cuando la muerte le atacó por sorpresa. Un chorro de agua canalizada llenaba una cubeta con ropa puesta a remojo y aún se notaba el calor en las cenizas de un hogar de piedras, junto a la entrada de la casa. No debía haber luz, desde luego no había bombilla en la puerta, porque el hombre llevaba una linterna de minero en la cabeza, que en aquel momento no lucía. El pariente que lo había encontrado comentó que el muerto vivía allí solo desde hacía más de cuarenta años, como un ermitaño, se apañaba con la huerta y el ganado –“una cabra, dos gallinas y un cerdo”- dijo, y solo bajaba al pueblo a por pan.

-De casualidad que he venido yo hoy; porque salí a por níscalos y pasé a decirle algo… y mira lo que me he encontrado.

No había signos de violencia, no había por qué molestar al Forense, de modo que cumplieron el protocolo habitual y regresaron monte abajo. El frío les dolía en los pies. A lo lejos se oían los tiros de los cazadores.

Urgencias

El infarto llegó a las doce de la mañana, el hombre había empezado a encontrarse mal después del desayuno y no había querido asustar a la familia, que se había reunido después de mucho tiempo de ausencias. Llegó pálido, sudoroso y angustiado, con tal sensación de gravedad que ninguno de la media docena de pacientes que esperaban inquietos en la sala de espera se atrevió a protestar cuando la enfermera le hizo pasar sin esperar su turno. Inmediatamente cuatro manos y dos cabezas bien  centradas se pusieron con él, mientras alguien más tranquilizaba a la familia, y ordenaba un poco el caos de la mañana en el Centro de Salud.

Dentro ya se atendía a una anciana que no se tenía en pie, mareada y sin dejar de vomitar, cuando el teléfono sonó, con esa urgencia de lo desconocido que lo convierte en prioritario. La enfermera aceleró el inyectable que ya estaba poniendo y corrió a coger la llamada, que todo lo grave se junta, y, tras el saludo habitual de “Urgencias, dígame…” y la repetición un poco crispada de “¡Urgencias, dígame!…” oyó decir al otro lado, “Ah, es que estaba probando a ver si ya me funcionaba el teléfono, que antes no me iba…”. La enfermera se separó del auricular y lo miró, incrédula, antes de colgar sin decir palabra.