Rutinas

Tengo una amiga que es darse crema en las manos por las mañanas y entrarle ganas de ir al servicio; y vuelta a empezar. Hasta tal punto le pasa esto que, si algún día, próxima a salir de casa, tiene la duda de si debería aligerarse o no antes de que las prisas la atenacen en la calle, se da crema y,  antes de acabar el masaje para que se absorba… duda resuelta, al servicio de cabeza –en lenguaje figurado, claro está-, y, ¡hala! a lavarse y darse crema de nuevo.

Tengo otra amiga, ¿o era la misma? que, al igual que la mayoría de la gente siente ganas de orinar cuando ve el agua corriendo de un grifo, ella, es entrar a la ducha, sentir el agua caliente desbordándose por el cuerpo desde el cabello y ¡zas!, ganas de orinar; da igual que acabe de hacerlo un momento antes, las ganas son las ganas.

Por eso, cuando mis amigas leen noticias en prensa sobre sesudos y costosos  estudios en Universidades extranjeras –en las españolas ya no hay presupuesto para investigar, ni sobre temas sesudos ni sobre otros menos interesantes-, generalmente americanas –americanas de Estados Unidos, conviene no mezclar y confundir-, sobre asuntos  como si preguntar por albardas supone que mi padre venda escopetas, ella o ellas (mis amigas) se preguntan por qué algún viejo rico, chiflado y con mala conciencia ( y, probablemente con incontinencia) no dedica una pasta gansa a la “Investigación sobre la autodeterminación de nuestros esfínteres”; aunque quizás, piensan, sea preferible acurrucarse en el refugio de nuestras rutinas para seguir sintiéndonos nosotros mismos.

Todo está bien

-¿Por qué me preguntas? Yo siempre estoy bien.

Mentía. Mentía porque así él mismo se hacía a la idea de que no pasaba nada, porque le parecía una debilidad reconocer que algo le afectara negativamente y, sobre todo, mentía porque no quería que nadie le ayudara, que nadie pensara, siquiera, que necesitaba ayuda.

De gatos

El viejo se sentó en el porche, estiró un poco las piernas –todo lo que pudo con permiso de sus rodillas gastadas- para que el sol le calentara los pies y sacó del bolsillo de la chaqueta una pequeña navaja y un trozo de madera. En la residencia no dejaban que los viejos guardaran ese tipo de cosas, pero él era de los pocos que no tenía que dormir atado de noche y por el día podía ocuparse de pequeñas tareas para ayudar a las muchachas, estaba atento al timbre, les ayudaba a poner las mesas para el desayuno  y como había hecho unos días antes, se ocupaba de podar los rosales del patio. El sol invernal empezaba a devolverle el color a la hierba, que aparecía perlada de gotitas brillantes, separada en línea de la que quedaba cubierta por la escarcha, aun en sombra. El viejo comenzó a tallar torpemente el trozo de madera, el peral de la huerta le proveía de material suficiente para poder seguir recordando sus años de pastor y las horas al lado de la chimenea. De cuando en cuando levantaba la cabeza y, de forma casi mecánica, recorría con la vista el patio y el jardín, con un control inconsciente y amigo; echó de menos a la gata, llevaba unos días en que el animal no aparecía para restregarse contra las perneras de sus pantalones con su habitual maullido mimoso y pensó que, seguramente, ya habría parido, tendría que echar un vistazo por la leñera, a ver si tenía escondidas allí a las crías. Recordó, cuando niño, que la gata de casa –en casa siempre hubo una gata, que fue cambiando a lo largo de los años, a medida que desaparecía la anterior- paría constantemente –eso le parecía a él cuando era chico-, pero él nunca le veía más que un gatito, y solo durante un tiempo; a veces, criaban uno para dárselo a algún vecino y otras desaparecía al poco, y  la gata erraba de un lado a otro maullando de una forma desconsolada. Luego, un día vio a madre buscando en los rincones del corral hasta que dio con las crías recién nacidas y, con total desenvoltura, cogió a todas menos a una de ellas, las metió en un saco de arpillera y dijo que luego su padre lo tiraría al río. Cuando preguntó, madre lo miró como si no entendiera a qué venía aquello:

-¿Qué quieres, que le deje todos y se llene esto de gatos?- parecía enfadada-. Ya le dejo uno para que se descargue de la leche, y se lo tendré que quitar después.

– Pero –balbuceó-, ¿por qué los va a ahogar padre?

-¿Y, qué quieres, que les retuerza el pescuezo?.

Él no quería que la casa se llenara de gatos, no; pero, desde luego, no entendía que la única forma de conseguirlo fuera ahogando a los gatitos recién nacidos, o retorciéndoles el pescuezo para que murieran. Aquella noche un resquemor contra su padre le impidió levantar los ojos del plato de sopas y apenas masculló algunas palabras; incluso padre le había preguntado qué le pasaba y él disimuló –se sintió obligado- diciendo que le dolía la barriga. Se acostó pronto para quitarse de la cocina y de la compañía, pero no consiguió dormirse y, cuando lo hizo, soñó que era un bebé y un hombre lo robaba de la cuna, lo metía en un saco y lo tiraba a un pozo. El hombre no tenía rostro, pero él sabía que era su padre.

Preguntó a la cocinera por la gata y se convenció de que debía de haber parido porque apenas se la veía por allí, de modo que vigiló, en los días siguientes, que no le faltara comida y agua en los cacharros del patio; si estaba dando de mamar, tendría que alimentarse aunque fuera a escondidas. A los pocos días le pidió una caja de cartón a una de las muchachas y rebuscó en la leñera hasta dar con el animal, que no maulló al verle pero tampoco escapó. Aún tuvo que encontrar los rincones donde la gata había escondido a las tres crías y decidió que no había más porque, cuando tuvo a los tres gatitos metidos en el bolsillo de la chaqueta, la gata ya no se separó de él y se olvidó del escondrijo. Tapó el fondo de cartón con un jersey apolillado y con cuidado fue sacándolos, enganchados en el estambre; calculó que tendrían poco más de 8 ó 10 días, aún tenían los párpados semicerrados cubriendo a medias unos ojitos grises y todos salían de aquel abrigo despatarrados, las garritas diminutas abiertas y maullando sin parar.  La madre se metió en la caja cuidando de no pisarlos y los amorró sucesivamente para que se callaran; el viejo acarició a la gata, que se dejó hacer sin  protestar y le respondió aplicando la cabeza al cuenco de su mano con un ronroneo. Levantó la caja con cuidado para no desequilibrar a los animales y la colocó en el quicio de la ventana donde ya estaba dando el sol y, cada día durante la semana siguiente, cuando ya empezaba a hacer frío allí, se llevaba la caja –la madre, confiada, le seguía ya caminando a su lado- hasta el cuarto de las calderas.

Tuvo que dar algunas explicaciones y tranquilizar a la gobernanta que pensaba que iba a llenarle aquello de gatos, pero, cuando los hijos de Engracia vieron que su madre sonreía al ponerle uno de los gatitos sobre el regazo e intentaba seguirlo con un dedo, y le dieron las gracias porque «eso podía mejorar a su madre», dijeron, supo que ya no tendría problemas. Con todo, los animales estaban limitados al patio, al jardín, al porche, y a las salas de estar, pero nunca les dejaban subir a las habitaciones ni entrar en la cocina, para evitar males mayores.

El viernes por la tarde de la segunda semana el viejo se sintió mal, estaba revuelto y pensar en la cena le daba nauseas, de modo que dejó a medias una tortilla francesa que habían hecho para él y se acostó más pronto de lo habitual. Se quedó en seguida dormido pero soñó que le dolía el estómago y, entre sueños y sudor, se dio cuenta de que la gata, sin saber cómo, había llegado hasta su habitación y, de un salto, se había encaramado a la cama. La gata se le acercó hasta tocarle la cara con los bigotes, oliéndole; se puso encima de él, amasó la ropa sobre el pecho y después se ovilló al lado. Podía tocarla con la mano izquierda, y eso hizo para comprobar que no era un sueño; poco a poco el calor del animal le fue reconfortando, y la suavidad del tacto de su pelo fue invadiendo sus dedos y su mano y su brazo entero y se extendió por todo el cuerpo hasta que el dolor de estómago desapareció. Hundió los dedos agarrotados en el lomo del animal y la escuchó ronronear. Y luego ya, nada.

DE GATOS

La decisión

La vida cambia en un minuto; en un segundo, si me apuras. ¿Cuánto tiempo necesita uno para morirse? Es un pestañear y basta. Pero no hay que ser tan drásticos, nadie habla de morirse, tan solo hablamos de cambios importantes, como cuando nació el niño y cambió totalmente mi vida, de que Mirian tuviera barriga un día a dejar de tenerla al día siguiente y llenarse todo de ocupaciones, y de preocupaciones, y, sobre todo, de responsabilidad… Y ahora, ¿ahora, qué?; ahora he de tomar una decisión importante, importantísima, que puede cambiar mi vida para siempre, y eso supone una continuidad o una ruptura, así de extremado es todo… Preferiría que me dieran las cosas hechas, sería más cómodo, simplemente esforzarme en adaptarme, sin tener que decidir… miento, no prefiero que me lo den hecho, prefiero el riesgo de equivocarme pero sentirme dueño de mi vida, al menos de un hilito de mi vida, ¡dejadme que lo maneje, por favor!, al menos un hilito de mi polichinela.

Todos opinan, todos se creen con derecho a opinar, les pregunte o no, pero no se dan cuenta de que cada uno me aconseja pensando en sí mismo y yo debo pensar en todos. Y en mí. Me agota tanta presión, y más aún cuando disimulan y aparentan imparcialidad, se me aguzan las orejas para escuchar lo que se callan; ese sentido nunca me ha faltado, desconfianza, dice Mirian, pero no, solo es que los veo venir y me protejo.

¿Cómo estar seguro de no equivocarme? No puedo estar seguro de eso. ¿O sí? Nadie puede saber adónde nos lleva el camino que elegimos, ni adónde nos habría llevado el que dejamos atrás, tan solo podemos decidir en medio de la incertidumbre y el desamparo; decidir ir adonde el corazón nos lleve. Esa es la única seguridad para no equivocarme, para no arrepentirme nunca; usar mi cabeza, analizar cuidadosamente todos los matices, todas las posibilidades, simular todos los escenarios posibles, hacer todos los cálculos y elegir lo que mi corazón me dicte. Solo así tendré fueras para seguir adelante. No puedo engañar a mi corazón.

La decisión (relato)

Certeza

Me di cuenta cuando te eché de menos y tu ausencia me dolía y me apagaba el ánimo; me di cuenta cuando me vi esperando el momento de volver a verte y me demoraba en tu recuerdo, en el sonido de tu voz o en una caricia tuya. Pero eso sólo fue la brisa ligera de una mañana soleada; la certeza llegó como un huracán que todo lo arrasa. Cuando los dos nos abandonamos al silencio sin que el silencio fuera un vacío que todo lo ocupa, cuando los dos callamos porque ninguna voz era necesaria y ninguno se sintió de más…, entonces fue cuando me di cuenta de que la magia existía por encima de la voluntad y del tiempo y de la distancia; por encima de nuestra conciencia, por encima, incluso, de nosotros mismos.

Invierno

Hace frío y el aliento dibuja volutas  que se desvanecen poco a poco a esta hora de la mañana. Ella es pequeña, menuda, y pliega y despliega un mapa de la ciudad mientras le mira a él, mucho más alto que ella y tan joven como ella, y le niega algo con la voz y con el gesto.

-¡Que no; que te digo que no, que no puede ser!

Él no responde; mientras ella habla comienza a desabrocharse el abrigo y se lo saca de encima, la sujeta suavemente por los hombros con ambas manos, la gira hasta que ella le da la espalda y le coloca el abrigo sobre el suyo. Ella sigue diciendo que no, pero se deja hacer.

Sigo caminando y les siento muy cerca detrás de mí; la escucho diciendo que hace muchísimo frío para ir así –imagino que mueve la cabeza de un lado a otro, negando aún- y él, muy tranquilo, responde que le basta con abrigarse el cuello. Me adelantan al momento, ella con el abrigo de él hasta los tobillos –¡es tan pequeña! – y él, con jersey y una gruesa bufanda anudada bajo la barbilla. Todavía le pasa un brazo por los hombros mientras caminan, muy deprisa y muy apretados, e, intermitentemente, vuelve su cabeza hacia ella y se agacha un poco para besarla en la frente.

Les veo alejarse, ajenos a mí y al resto del mundo, mientras la memoria y la ternura juegan al escondite en mi piel.

Niebla

“…Me siento a veces como un niño que acaba de aprender a andar y tiene que mover sus piernecitas en una carrera incontrolada de pies volanderos, hasta que acierta a pararse posando las manos en el suelo, de nuevo a cuatro patas;  o me reconozco en medio de la niebla sólida que borra los contornos y me hace perder las referencias para seguir caminando. Me siento así constantemente, inseguro, pero aprendiendo y ensayando, resuelto a no ceder, a explorar, a vivir. Yo creo que, a veces, ella se agobia con este ir y venir que me conoce, quizás por eso, para frenarme un poco, me había dicho: “Si te fueras a una isla desierta…” –y debió imaginarme debajo de una palmera, durmiendo la siesta y reposado por una vez-;  la corté inmediatamente para decirle que nunca me iría a una isla desierta y que, si me encerraran de por vida en la cárcel, siempre me quedarían la memoria y la imaginación. Me miró entonces, yo creo, que con un cierto desánimo, como si pensara que nunca haría vida de mí, como a un niño al que hay que educar y se resiste, y yo me di cuenta de que, poco a poco, la niebla, la misma niebla, se iba interponiendo entre los dos…»

(De las memorias de Ismael Blanco)

El cartero

Narciso sentía aversión por su nombre,” un nombre vulgar, decía, para un hombre corriente…” La culpa la tuvo su abuelo, por llamarse así, y su padre, que no tuvo mejor ocurrencia que honrar su memoria llamándole a él del mismo modo, total solo porque el viejo se murió un mes antes de que él naciera.

Narciso sentía ese nombre como una losa, como una impostura, tímido como era  y huidizo en su relación con los demás, mermado de ánimo o con ánimo tenebroso la mayor parte de las veces. Había vivido siempre como un extraño, para sí mismo y para los demás, sin llegar a sentirse dueño de su vida, huésped, como mucho; su padre no había confiado nunca en sus posibilidades –no servía ni para descalzarle a él ni, por supuesto, al abuelo-, y, mientras vivió, se ocupó de recordárselo de cuando en cuando, de día en día –“menos mal que pudo meterlo en Correos, según andan las cosas”-.

Narciso no se había casado, no es que no encontrara la mujer adecuada para él; lo que nunca encontró fue la fuerza suficiente para arriesgarse a fracasar, nunca se atrevió a acercarse tanto o tan íntimamente a una mujer como para que ésta pudiera rechazarlo. Un día por otro, en la guerra de los pros y los contras, del quiero y no puedo, siempre ganaban los últimos, y Narciso vivió solo toda su vida sin más compañía que la de un gato sin nombre que lo encontró a él cuando fue a tirar la basura una noche de lluvia y frío, y los dos se reconfortaron mutuamente durante los casi veinte años que el gato vivió. Después, nada.

Unos meses antes de encontrarse con el animal, Narciso había empezado a ahogarse entre el reparto habitual y la soledad de su casa, hasta que un día, cuando iba a dejar en un buzón una carta con el nombre manuscrito de una mujer –después de ocho años en el mismo distrito conocía a todos los vecinos por el nombre, salvo a los estudiantes que no paraban más de un curso en el mismo domicilio, y aun así, también al final de ese tiempo, y a las parejas jóvenes recién llegadas-, con una letra firme y masculina, pero sin remite, decidió saltarse todas las barreras, las normas, la ética, la profesionalidad… para saltar él mismo al vacío y al vértigo y quedarse con la carta. Miró a todos lados, la dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo interior del uniforme, la mano temblorosa y torpe, la boca seca y el corazón desbocado. Aceleró el reparto pendiente y se fue a casa con prisa por una vez, y, al llegar, corrió las cortinas antes de atreverse a abrir el sobre. A partir de entonces, cada día sustraía una carta, siempre a personas diferentes para no levantar sospechas (una carta podía perderse, todo el mundo lo asume, pero varias o todas las cartas de la misma persona habría obligado a comprobaciones acusadoras); tentado estuvo a quedarse con las cartas que el mismo remitente enviaba a dos mujeres que vivían a cincuenta metros una de la otra; debió reprimirse hasta casi la extenuación cuando comprobó que, en una de ellas, la que se quedó como botín, el hombre, que firmaba solo con la inicial “L” pedía perdón a la mujer por no poder corresponderle en sus sentimientos. Se moría de ganas por comprobar qué motivos podía tener “L” para seguir escribiendo a la mujer con una frecuencia de una o dos veces por semana, aunque sospechaba que la pérdida forzada de aquella carta explicadora habría protegido a la mujer del desengaño y habría mantenido la relación, aunque sólo hubiera sido en el corazón de ella.

Desde hacía casi treinta años, cada día de lunes a viernes no festivos, y a excepción de las vacaciones obligadas y de una baja por apendicitis de la que le operaron a vida o muerte porque no quería dejar el reparto a pesar del dolor y de los vómitos, Narciso llegaba a casa desde el trabajo, corría las cortinas y se metía a escondidas en la vida de todas aquellas personas sin rostro –excepto los que recibían certificados, cuando firmaban ellos mismos-. Generalmente leía la carta al llegar, inmediatamente, salvo alguna que, por algún detalle, consideraba especial y la dejaba entonces en la mesita de velador y la leía después de comer, sentado ante una taza de té humeante. Desde que el gato llegó a su casa y a su vida, las leía en voz alta y,  a veces, después de un punto y aparte, miraba al animal como si buscara su opinión o su complicidad.

Los vecinos no le echaron de menos, la mayoría ni siquiera se habían dado cuenta de que llevaban dos días sin verle; fueron los compañeros de Correos los que dieron la voz de alarma, a Narciso le quedaba una semana para jubilarse y siempre había sido tan puntual y tan cumplidor que nunca nadie necesitó llamarlo por teléfono para que explicara un retraso o una falta al trabajo. En los últimos días le habían visto taciturno y más gris de lo habitual, por eso, y porque nadie contestaba al teléfono y todos sabían que vivía solo, decidieron acudir a su casa, por eso los bomberos tuvieron que abrir la puerta por la fuerza y, por eso, fue la Policía quien encontró a Narciso muerto en su cama sin deshacer, vestido con pijama y batín perfectamente abrochados, una pluma vacía de insulina en la mesilla de noche y la cama y el suelo a su alrededor cubiertos por completo de sobres abiertos y de hojas escritas.

La higuera

Le pareció torturado el tronco de la higuera, tan nudoso, tan retorcido, tan grueso que, de haberlo intentado, no habría podido rodearlo con sus brazos a pesar de ser un hombre alto –“largo”, le decían cuando joven, “larguirucho”, cuando adolescente-, y con aquellas ramas, tantas, desnudas y delgadas como varas que parecían huir ligeras de la pesadez del tronco. Tan falto de armonía estaba que habían aprovechado un cambio de rumbo, como a un metro del suelo, donde la higuera dejaba de subir para intentar crecer horizontal y arrepentirse en seguida, para abrigar allí, en aquel ángulo, un cobertizo pequeño, refugio del perro que guardaría la finca. Esto debió ser en otro tiempo, ahora todo parecía abandonado y no había perro en el refugio y tampoco se le presentía fuera.

Buscó con la mirada el fallo en la pared de piedra para poder entrar y  acercarse al árbol y recorrió unos metros hasta la portera de la finca; las botas se le hundían en la hierba, de un verde rabioso, y en la tierra blanda, empapada por el agua en que la escarcha de la mañana se había convertido. La entrada estaba acotada por un somier viejo, sujeto con gruesos alambres y cuerdas de nailon a sendos postes, como si fueran el cabecero y los pies, ambos escasos, de una cama vertical. Le costó desatar y desalambrar y, al avanzar un poco, vio debajo de un negrillo, ahora desnudo y cubierto de líquenes enmarañados, una bañera con desconchones, medio llena de un agua amarillenta, asentada sobre el terreno para servir de abrevadero al ganado. Pensó que, si había animales por allí, cosa que dudaba porque no estaba el perro que los cuidaba, deberían ser vacas, o caballos, quizás también en aquella zona, pero, sin duda, animales grandes y pesados, capaces de alcanzar a beber en aquel abrevadero improvisado y alto, y responsables de las enormes calvas que se veían en el tapizado de hierba a su alrededor.

Se acercó a la higuera y, casi con solemnidad, recorrió con la yema de los dedos los círculos abollados que rodeaban los nudos, casi le extrañó que el color acerado de la corteza no añadiera el tacto frío del metal; notó, en cambio, una tibieza impropia de aquel invierno, donde ya las cimas de la sierra, al fondo, aparecían cubiertas de nieve inmaculada, como la nata montada de una tarta de cumpleaños. Recorrió despacio los surcos del grueso tronco, profundos y retorcidos, y siguió con la vista el nacimiento de las ramas, lineales, casi paralelas al suelo la mayoría de ellas, todas cercenadas en los extremos por la poda. Le dolió aquella amputación. Sintió que aquel árbol, a pesar de su aspecto mortecino, lleno de palitroques, era capaz de transmitirle la fuerza de la tierra, su propia capacidad para sobrevivir, para resistir año tras año, minuto a minuto, el ciclo de la vida; para nacer y morir mil veces y resistir; resistir, siempre.

Fauna urbana

A veces,  entre la gente con la que me cruzo en la ciudad, hay alguna mujer -con más frecuencia son mujeres que aún no son viejas-  que caminan solas, sin rumbo fijo y como amortiguadas; mujeres que olvidaron peinarse o quitarse las zapatillas de estar en casa o fueron incapaces de abrocharse bien el abrigo, drogadas legalmente y con receta, extraviadas y devueltas al redil… de aquella manera.

Otras veces me cruzo con parejas que caminan del brazo como quien lleva un bastón, caminan con rostros sin expresión, o, mejor dicho, con expresión de desánimo, de desilusión, de hartazgo, cada cual a lo suyo, que para nada es el otro, y no puedo menos de pensar en la condena que arrastran, tan juntos hasta la muerte y tan solos. Entonces necesito buscar un parque infantil, de esos con rampas y balancines de plástico, con padres jóvenes que ríen y animan a sus niños pequeños entre risotadas y gritos -porque ni unos ni otros aventuran aún destinos de hastío y resignación-, y donde, con algo de suerte, puedo encontrarme a algún viejo sentado en un banco, observando la escena con una mirada más joven que su edad, calibrando con satisfacción al verles el paso del tiempo por su vida misma, atento, tranquilo y, sobre todo, con una sonrisa en la mirada. Y entonces pienso que aún hay salida.