El cartero

Narciso sentía aversión por su nombre,” un nombre vulgar, decía, para un hombre corriente…” La culpa la tuvo su abuelo, por llamarse así, y su padre, que no tuvo mejor ocurrencia que honrar su memoria llamándole a él del mismo modo, total solo porque el viejo se murió un mes antes de que él naciera.

Narciso sentía ese nombre como una losa, como una impostura, tímido como era  y huidizo en su relación con los demás, mermado de ánimo o con ánimo tenebroso la mayor parte de las veces. Había vivido siempre como un extraño, para sí mismo y para los demás, sin llegar a sentirse dueño de su vida, huésped, como mucho; su padre no había confiado nunca en sus posibilidades –no servía ni para descalzarle a él ni, por supuesto, al abuelo-, y, mientras vivió, se ocupó de recordárselo de cuando en cuando, de día en día –“menos mal que pudo meterlo en Correos, según andan las cosas”-.

Narciso no se había casado, no es que no encontrara la mujer adecuada para él; lo que nunca encontró fue la fuerza suficiente para arriesgarse a fracasar, nunca se atrevió a acercarse tanto o tan íntimamente a una mujer como para que ésta pudiera rechazarlo. Un día por otro, en la guerra de los pros y los contras, del quiero y no puedo, siempre ganaban los últimos, y Narciso vivió solo toda su vida sin más compañía que la de un gato sin nombre que lo encontró a él cuando fue a tirar la basura una noche de lluvia y frío, y los dos se reconfortaron mutuamente durante los casi veinte años que el gato vivió. Después, nada.

Unos meses antes de encontrarse con el animal, Narciso había empezado a ahogarse entre el reparto habitual y la soledad de su casa, hasta que un día, cuando iba a dejar en un buzón una carta con el nombre manuscrito de una mujer –después de ocho años en el mismo distrito conocía a todos los vecinos por el nombre, salvo a los estudiantes que no paraban más de un curso en el mismo domicilio, y aun así, también al final de ese tiempo, y a las parejas jóvenes recién llegadas-, con una letra firme y masculina, pero sin remite, decidió saltarse todas las barreras, las normas, la ética, la profesionalidad… para saltar él mismo al vacío y al vértigo y quedarse con la carta. Miró a todos lados, la dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo interior del uniforme, la mano temblorosa y torpe, la boca seca y el corazón desbocado. Aceleró el reparto pendiente y se fue a casa con prisa por una vez, y, al llegar, corrió las cortinas antes de atreverse a abrir el sobre. A partir de entonces, cada día sustraía una carta, siempre a personas diferentes para no levantar sospechas (una carta podía perderse, todo el mundo lo asume, pero varias o todas las cartas de la misma persona habría obligado a comprobaciones acusadoras); tentado estuvo a quedarse con las cartas que el mismo remitente enviaba a dos mujeres que vivían a cincuenta metros una de la otra; debió reprimirse hasta casi la extenuación cuando comprobó que, en una de ellas, la que se quedó como botín, el hombre, que firmaba solo con la inicial “L” pedía perdón a la mujer por no poder corresponderle en sus sentimientos. Se moría de ganas por comprobar qué motivos podía tener “L” para seguir escribiendo a la mujer con una frecuencia de una o dos veces por semana, aunque sospechaba que la pérdida forzada de aquella carta explicadora habría protegido a la mujer del desengaño y habría mantenido la relación, aunque sólo hubiera sido en el corazón de ella.

Desde hacía casi treinta años, cada día de lunes a viernes no festivos, y a excepción de las vacaciones obligadas y de una baja por apendicitis de la que le operaron a vida o muerte porque no quería dejar el reparto a pesar del dolor y de los vómitos, Narciso llegaba a casa desde el trabajo, corría las cortinas y se metía a escondidas en la vida de todas aquellas personas sin rostro –excepto los que recibían certificados, cuando firmaban ellos mismos-. Generalmente leía la carta al llegar, inmediatamente, salvo alguna que, por algún detalle, consideraba especial y la dejaba entonces en la mesita de velador y la leía después de comer, sentado ante una taza de té humeante. Desde que el gato llegó a su casa y a su vida, las leía en voz alta y,  a veces, después de un punto y aparte, miraba al animal como si buscara su opinión o su complicidad.

Los vecinos no le echaron de menos, la mayoría ni siquiera se habían dado cuenta de que llevaban dos días sin verle; fueron los compañeros de Correos los que dieron la voz de alarma, a Narciso le quedaba una semana para jubilarse y siempre había sido tan puntual y tan cumplidor que nunca nadie necesitó llamarlo por teléfono para que explicara un retraso o una falta al trabajo. En los últimos días le habían visto taciturno y más gris de lo habitual, por eso, y porque nadie contestaba al teléfono y todos sabían que vivía solo, decidieron acudir a su casa, por eso los bomberos tuvieron que abrir la puerta por la fuerza y, por eso, fue la Policía quien encontró a Narciso muerto en su cama sin deshacer, vestido con pijama y batín perfectamente abrochados, una pluma vacía de insulina en la mesilla de noche y la cama y el suelo a su alrededor cubiertos por completo de sobres abiertos y de hojas escritas.

Obsesivo compulsivo

NECROLÓGICA:

Ha muerto Don Luis García Valdés a la edad de 37 años, víctima de un desgraciado accidente. Sus amigos ruegan una oración por el eterno descanso de su alma. Descanse en paz.

SUS AMIGOS:

-¡Te digo que no se cayó!. Sebastián levanta la voz, cierra los puños y adelanta un poco la barbilla cuando insiste.

-¿Qué quieres decir?.

-Luis no era un suicida; era un cachondo. Tenía un gran sentido del humor, muy suyo, eso sí, pero un cachondo al fin y al cabo. O se cayó o le empujaron; lo malo es que eso no lo sabremos jamás…

LUIS

Luis está en los andenes del Metro de Bilbao, distraído, caminando despacio mientras se mira los pies. Ha llegado sólo y se entretiene en leer los carteles publicitarios mientras espera los ocho minutos que quedan para que llegue el próximo tren. Se detiene, los pies separados y las manos en los bolsillos, y repara en el andén de enfrente, que tiene un reborde con un texto pintado con pintura reflectante: “Prohibido acceder a las vías bajo multa de hasta 6000 euros”. De pronto, el mismo impulso que le ha llevado, desde que tiene memoria, a entrar en el fútbol sin pagar, a pisar el césped junto al cartel que lo prohibe, o a circular por la autovía a 180 km/hora, se apodera de él. Un ligero temblor en la punta de los dedos le anuncia lo inevitable. Seis mil euros, seis mil euros, seis mil euros. Su mirada machaquea desde el andén al anuncio luminoso del próximo tren. Seis mil euros… el tren se adivina ya en el túnel y algunas personas empiezan a colocarse junto a la banda antideslizante del suelo.

El corazón de Luis está desbocado y un sudor frío resbala por su espalda. El tren avanza aún, lejos de la distancia de frenado. Mientras se lanza a las vías, Luis sonríe pensando cómo van a ser capaces de cobrarle los seis mil euros de multa.

 

Tomás.

Desde que pasó lo de Tomás ya no fue el mismo. De pocas palabras, siempre a lo suyo, a partir de aquello se volvió taciturno y arisco; podía pasarse el día entero de un lado para otro, quitando malas hierbas, echándole a las gallinas, o limpiando el escaso estiércol que dejaba acumularse bajo las jaulas; cualquier cosa con tal de parecer ocupado y esquivar la angustia.

Tomás había sido su primer nieto y el que él había sentido más cercano. De pequeño, el crío pasaba los veranos pegado a sus perneras, paso que daba él, paso que daba el chico, como una sombra, siempre con una pregunta en los labios, revoloteando a su alrededor en espera de una respuesta que le dejara satisfecho. Y él sabía lo que le costaba, a veces, que el crío se quedara satisfecho, con aquella hambre insaciable de todo lo que su abuelo pudiera mostrarle.

Cuando, unos meses atrás, alguien habló de un accidente, él no quiso escuchar nada, no quiso conocer detalles, no preguntó, pero no pudo evitar saber que un maldito kamikaze se había lanzado contra el coche del muchacho cuando volvía del trabajo. No fue capaz de sentir odio, no fue capaz de llorar o de rebelarse, tan sólo sintió un terrible vacío, como si le hubieran arrancado las vísceras y los huesos y solo fuera un pellejo relleno de trapos y serrín.

A partir de ese momento, dejó de ser consciente del tiempo y del espacio, vagando sin sentido hacia ninguna parte, sin afán y sin esperanza. Tomás era más que su nieto, era más que un muchacho joven y animoso, con  muchas ilusiones y buenos sentimientos, capaz de comerse el mundo hasta que el mundo decidió comérselo a él. Tomás era su proyección en el futuro, la forma de seguir viviendo a través del chico muchos años después de que su propia vida terminara, y, bruscamente, ni Tomás ni él tenían ya futuro. Y él tampoco quería ese presente.

Cuando Juana llegó a limpiar, como hacía cada lunes y cada jueves, no encontró al viejo como solía ocurrir, desayunando un tazón de café con pan migado en la cocina. No le extrañó demasiado porque, a veces, salía temprano a dar una caminata por el campo, con el perro, y, desde luego, parecía que el animal no estuviera en casa, porque no había salido a recibirla como hacía cada vez que escuchaba la llave en la puerta.  La mujer se dio cuenta de que la mesa seguía puesta desde la noche anterior, a juzgar por la vajilla y por la cena que aún estaba allí, fría y reseca ya. Miró a su alrededor buscando algún indicio de lo que hubiera sucedido y presintió, más que oyó, unos leves gruñidos que venían de la parte de atrás de la casa. El perro estaba allí, pateando con insistencia la puerta del cobertizo, gimiendo levemente, y no se separó de allí cuando Juana se acercó. La mujer abrió la puerta con miedo pero con determinación, y ni siquiera se sobresaltó cuando vio la silueta del viejo colgando de una viga, recortada por la luz de los ventanucos que tenía detrás. Tenía la cabeza amoratada, hasta donde le apretaba la cuerda, los ojos saltones bajo los párpados y la lengua asomando, negruzca, por la boca entreabierta. Bajo él estaba la sillita de colegio en la que Tomás se sentaba cuando era niño para escuchar a su abuelo; Juana supuso que el viejo se había subido en ella para luego hacerla caer de una patada y quedarse colgado. Las botas estaban cerca de la silla, colocadas juntas, y los calcetines estaban dentro de ellas, como cuando uno se va a la cama y coloca las zapatillas al borde de la alfombra. Juana permaneció junto a la puerta durante algunos minutos, incapaz de moverse o de pedir ayuda, consciente de que nada de lo que pudiera hacer iba a ser ya de utilidad; tan sólo era capaz de mirar alternativamente al viejo inmóvil, los zapatos ordenados y la silla caída. Pensó en el tacto acogedor de la madera en los pies del viejo, en que esa habría sido la última sensación antes del colapso, pensó en Tomás y fue a pedir ayuda.

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