Diario de Pepín. Día 15

Mamá y yo vinimos a la oficina, como cada día. Pero luego mamá salió y yo me quedé con el chico de la gorra y con el señor que viene por las tardes y siempre me llama “perrete”. Los dos me acarician y me dicen cosas lindas cuando llego, después yo me pongo a dormir en mi rincón, al lado del sillón de mamá, y hasta que nos vamos.

Mamá no volvió a mediodía. El chico de la gorra me llevó a otra casa donde había otra gata que no era Sofía y que, como Sofía, tampoco quería cuentas conmigo. Yo me adapto a cualquier cosa, y, además, el chico de la gorra me dio mi pienso y agua fresca, pero no comí. Yo olí todos los rincones, invité a Mía (así se llama la gata) a jugar y, como no me hizo caso, me eché a dormir en una cama pequeña que, supongo, debía ser la suya. El chico de la gorra me sacó por la tarde también a un sitio cerquita, que olía mucho a otros perros pero no tenía hierba. Yo hice todas mis cosas y por la noche, cuando ya era mucho más tarde de lo que salgo con mamá, volvió a sacarme; yo creo que tenía miedo de que hiciera pis y caca en casa. Me porté bien. Por la mañana fuimos los dos a trabajar a la oficina pero tampoco estaba mamá y, a mediodía, me llevó a nuestra casa (de mamá, de Sofía y mía) y yo supuse que allí estaría ya mamá esperándome. Pero tampoco, así es que la esperé yo a ella.

Mamá llegó a media tarde, arrastrando la maleta que le vi preparar dos días antes. Ahora ya sé que las maletas son signo de mal presagio; a Sofía tampoco le gustan, aunque ella se metió dentro cuando mamá la dejó abierta sobre la cama. Yo, cuando la vi guardada, me quedé más tranquilo.

Los nervios por volver a ver a mamá me duraron hasta la hora de dormir. No podía estar quieto; cuando veía algún perro, daba  más brincos que nunca, cuando alguien me decía algo yo quería subirme por sus piernas, y, cuando mamá me decía “vaaaamos” yo hasta me echaba en el suelo para esperar un poco más. Luego ya hemos vuelto a la vida normal; que también es buena.

Diario de Pepín. Día 2

Yo creo que la cosa va bien. La primera noche, mamá me dejó dormir en la alfombra de su habitación y yo me puse lo más cerca que pude de ella. Dormí toda la noche de un tirón y ni siquiera me di cuenta de que la gata había dormido a su lado, en la cama. Yo creo que, si me porto bien, también podré dormir con ella, más adelante.

Como quiero hacerme mayor muy de prisa, aguanté toda la noche el pis pero, como tardamos en salir a dar un paseo, ya no pude más y me lo hice en el salón. Mamá se dio cuenta en seguida y lo recogió, y me dijo que “allí no”, pero ya no había remedio. Si yo lo sé, que a los humanos no les gusta que le mees el suelo, pero ya no podía más. Esta noche me he esforzado un poco más y he aguantado hasta llegar al parque. Mamá se ha puesto muy contenta, me ha dicho cosas lindas y me ha dado muchos cariños. A ver mañana.

La gata se llama Sofía. Lo sé porque, cuando está cerca de mí y me bufa, mamá le dice “Sofía, no”. Y se lo ha dicho muchas veces, pero no hemos llegado a mayores. Esta mañana, los dos nos asustamos, Sofía y yo, porque estábamos uno a cada lado de una esquina del pasillo y, al vernos de golpe, ella me bufó muy cerca y yo chillé como si me hubiera hecho algo. Pero fue el miedo, y ya no le tengo más miedo.

La vida del perrito de ciudad es muy atribulada. Todos los árboles huelen a pis y hay mucho que recorrer. Hay muchas hojas en el suelo y colillas, y algunas plumas. Yo quiero olerlo todo y cogerlo todo con la boca, pero mamá me dice “vaaamos” y me tira un poquito de la correa para que no me entretenga. Y luego, al llegar a casa, me limpia el morro y las patitas con una tela húmeda que huele muy bien. Yo creo que eso no es muy propio de perros, pero no pienso protestar, porque después, ella me da cariñitos otra vez.

Diario de Pepín. Día 1

Hoy mami me ha llevado al veterinario. La última vez fui con mis hermanas, pero hoy no. Estaban esperándonos allí la mujer del pelo blanco y el chico barbudo que vinieron a verme a casa de mami hace un par de semanas. Hoy el chico llevaba otra gorra, pero era él.

La mujer me ha cogido en brazos y los dos me han hecho muchos cariños, como a mí me gusta. Y me han sacado fotos. Mami también me ha sacado una foto para “el momento feliz”. Eso significa que ya tengo una familia para siempre. Lo sé por mis hermanos, que, en este último mes, se han ido de uno en uno, muy contentos, con humanos que venían a vernos. Y mami les hacía una foto para “el momento feliz”. Cuando había visitas yo corría más que ninguno y luego me despanzurraba al sol porque los humanos se entusiasmaban conmigo, pero no me llevaban con ellos. Yo creo que mis patitas cortas no les gustaban demasiado.

La veterinaria me ha tocado por todas partes, como siempre, y me ha clavado algo en el cuello. Apenas me ha dolido pero he chillado un poco para que mami y mi nueva mamá y el chico de la gorra me llenaran de cariños otra vez. Después mami se ha despedido de mí con un montón de besitos y nosotros tres hemos hecho un viaje. Yo creo que, por lo menos, hemos tardado un rato de esos largos, largos. A mí no me gustan demasiado los viajes, porque se me revuelve el estómago y se me llena la boca de saliva, pero tragué y tragué y ya está.

Hoy ha sido un día muy emocionante. En mi nueva casa vivimos mamá, una gata y yo. El chico de la gorra no vive con nosotros. A mí no me importa la gata, al fin y al cabo, yo acabo de llegar, me ha olido un poco y yo he pasado de ella porque no quiero problemas. Mamá me ha puesto una mantita al lado del sofá y la gata, cuando pasa a mi lado, se separa un poco y me mira con desconfianza. He visto cómo una vez se le ha puesto el rabo gordísimo, lleno de pelos de punta, pero yo he hecho como si nada porque no es culpa mía.

Por la tarde mamá me ha llevado a otra casa que no tiene sofás, ella dijo que era la oficina, pero no sé todavía qué significa eso, voy aprendiendo poco a poco. Ella se sienta delante de una mesa y toquetea todo el tiempo unos botones mientras mira una ventanita que se ilumina. Yo me he acostado al lado de su sillón y me he puesto a dormir, tranquilito, toda la tarde. A su lado. Después, cuando casi era de noche, nos hemos ido juntos al parque. Había muchos perros, todos grandes. Todos los perros me huelen, yo aguanto con el rabo entre las piernas pero tiemblo un poco y luego ya se van, y todos los humanos que me ven dicen que soy muy pequeñito y sonríen. Y algunos se acercan para acariciarme la cabeza. Me da vergüenza decir que, cuando vino el primer perro grandote a olerme tuve mucho miedo, mamá se dio cuenta y me cogió y yo le meé la falda. Pero ella no se enfadó y seguimos un rato todavía correteando por el parque.

Yo creo que no ha ido mal el primer día de mi nueva vida. Mamá y el chico de la gorra me quieren, se lo noto. Y la gata… bueno, ya me querrá poco a poco. Yo voy a portarme bien. Prometo no llorar y hacer lo posible para no mearme en casa pero aún soy pequeño y me cuesta mucho…

De gatos

El viejo se sentó en el porche, estiró un poco las piernas –todo lo que pudo con permiso de sus rodillas gastadas- para que el sol le calentara los pies y sacó del bolsillo de la chaqueta una pequeña navaja y un trozo de madera. En la residencia no dejaban que los viejos guardaran ese tipo de cosas, pero él era de los pocos que no tenía que dormir atado de noche y por el día podía ocuparse de pequeñas tareas para ayudar a las muchachas, estaba atento al timbre, les ayudaba a poner las mesas para el desayuno  y como había hecho unos días antes, se ocupaba de podar los rosales del patio. El sol invernal empezaba a devolverle el color a la hierba, que aparecía perlada de gotitas brillantes, separada en línea de la que quedaba cubierta por la escarcha, aun en sombra. El viejo comenzó a tallar torpemente el trozo de madera, el peral de la huerta le proveía de material suficiente para poder seguir recordando sus años de pastor y las horas al lado de la chimenea. De cuando en cuando levantaba la cabeza y, de forma casi mecánica, recorría con la vista el patio y el jardín, con un control inconsciente y amigo; echó de menos a la gata, llevaba unos días en que el animal no aparecía para restregarse contra las perneras de sus pantalones con su habitual maullido mimoso y pensó que, seguramente, ya habría parido, tendría que echar un vistazo por la leñera, a ver si tenía escondidas allí a las crías. Recordó, cuando niño, que la gata de casa –en casa siempre hubo una gata, que fue cambiando a lo largo de los años, a medida que desaparecía la anterior- paría constantemente –eso le parecía a él cuando era chico-, pero él nunca le veía más que un gatito, y solo durante un tiempo; a veces, criaban uno para dárselo a algún vecino y otras desaparecía al poco, y  la gata erraba de un lado a otro maullando de una forma desconsolada. Luego, un día vio a madre buscando en los rincones del corral hasta que dio con las crías recién nacidas y, con total desenvoltura, cogió a todas menos a una de ellas, las metió en un saco de arpillera y dijo que luego su padre lo tiraría al río. Cuando preguntó, madre lo miró como si no entendiera a qué venía aquello:

-¿Qué quieres, que le deje todos y se llene esto de gatos?- parecía enfadada-. Ya le dejo uno para que se descargue de la leche, y se lo tendré que quitar después.

– Pero –balbuceó-, ¿por qué los va a ahogar padre?

-¿Y, qué quieres, que les retuerza el pescuezo?.

Él no quería que la casa se llenara de gatos, no; pero, desde luego, no entendía que la única forma de conseguirlo fuera ahogando a los gatitos recién nacidos, o retorciéndoles el pescuezo para que murieran. Aquella noche un resquemor contra su padre le impidió levantar los ojos del plato de sopas y apenas masculló algunas palabras; incluso padre le había preguntado qué le pasaba y él disimuló –se sintió obligado- diciendo que le dolía la barriga. Se acostó pronto para quitarse de la cocina y de la compañía, pero no consiguió dormirse y, cuando lo hizo, soñó que era un bebé y un hombre lo robaba de la cuna, lo metía en un saco y lo tiraba a un pozo. El hombre no tenía rostro, pero él sabía que era su padre.

Preguntó a la cocinera por la gata y se convenció de que debía de haber parido porque apenas se la veía por allí, de modo que vigiló, en los días siguientes, que no le faltara comida y agua en los cacharros del patio; si estaba dando de mamar, tendría que alimentarse aunque fuera a escondidas. A los pocos días le pidió una caja de cartón a una de las muchachas y rebuscó en la leñera hasta dar con el animal, que no maulló al verle pero tampoco escapó. Aún tuvo que encontrar los rincones donde la gata había escondido a las tres crías y decidió que no había más porque, cuando tuvo a los tres gatitos metidos en el bolsillo de la chaqueta, la gata ya no se separó de él y se olvidó del escondrijo. Tapó el fondo de cartón con un jersey apolillado y con cuidado fue sacándolos, enganchados en el estambre; calculó que tendrían poco más de 8 ó 10 días, aún tenían los párpados semicerrados cubriendo a medias unos ojitos grises y todos salían de aquel abrigo despatarrados, las garritas diminutas abiertas y maullando sin parar.  La madre se metió en la caja cuidando de no pisarlos y los amorró sucesivamente para que se callaran; el viejo acarició a la gata, que se dejó hacer sin  protestar y le respondió aplicando la cabeza al cuenco de su mano con un ronroneo. Levantó la caja con cuidado para no desequilibrar a los animales y la colocó en el quicio de la ventana donde ya estaba dando el sol y, cada día durante la semana siguiente, cuando ya empezaba a hacer frío allí, se llevaba la caja –la madre, confiada, le seguía ya caminando a su lado- hasta el cuarto de las calderas.

Tuvo que dar algunas explicaciones y tranquilizar a la gobernanta que pensaba que iba a llenarle aquello de gatos, pero, cuando los hijos de Engracia vieron que su madre sonreía al ponerle uno de los gatitos sobre el regazo e intentaba seguirlo con un dedo, y le dieron las gracias porque “eso podía mejorar a su madre”, dijeron, supo que ya no tendría problemas. Con todo, los animales estaban limitados al patio, al jardín, al porche, y a las salas de estar, pero nunca les dejaban subir a las habitaciones ni entrar en la cocina, para evitar males mayores.

El viernes por la tarde de la segunda semana el viejo se sintió mal, estaba revuelto y pensar en la cena le daba nauseas, de modo que dejó a medias una tortilla francesa que habían hecho para él y se acostó más pronto de lo habitual. Se quedó en seguida dormido pero soñó que le dolía el estómago y, entre sueños y sudor, se dio cuenta de que la gata, sin saber cómo, había llegado hasta su habitación y, de un salto, se había encaramado a la cama. La gata se le acercó hasta tocarle la cara con los bigotes, oliéndole; se puso encima de él, amasó la ropa sobre el pecho y después se ovilló al lado. Podía tocarla con la mano izquierda, y eso hizo para comprobar que no era un sueño; poco a poco el calor del animal le fue reconfortando, y la suavidad del tacto de su pelo fue invadiendo sus dedos y su mano y su brazo entero y se extendió por todo el cuerpo hasta que el dolor de estómago desapareció. Hundió los dedos agarrotados en el lomo del animal y la escuchó ronronear. Y luego ya, nada.

DE GATOS

Toc-Toc

Musa, en realidad, se llama Musaraña, y acompaña siempre a la cojita, con cuidado de no enredarse entre sus piernas y dar con sus huesos en tierra. Musa es una preciosa gatita blanca y negra, negra y blanca, que descansa en el balcón, modorrando bajo el sol del invierno o al amparo de la esquina en sombra en el verano, pero siempre atenta cuando el toc-toc de la muleta de la cojita le indica que hay movimiento en la casa.

La cojita no tiene nombre, o parece que no lo tuviera, porque nunca he oído a nadie llamarla por su nombre. Ella es una muchacha de unos quince años, que maneja la muleta mejor que sus propias piernas, que ya, desde que nació, la derecha le nació como seca y su padre no supo nunca qué hacer, que ni preguntar a su madre pudo porque murió del parto, y se vio sólo con la niña, que otra familia no tenía, y la criaron entre él y las vecinas, que otra mujer no tuvo porque no le diera mala vida a la cojita.

Musa es el alma de la cojita, tan mimosa que se muere por una caricia, se despanzurra boca arriba cuando la oye llegar, toc-toc, esperando que la muchacha levante un poco el extremo de la muleta y le acaricie con él la panza blanca, y tan ágil y tan juguetona como ella, como su alma, que a la cojita se le cae la baba cuando ve a la gata contorsionarse persiguiendo a una mosca.

Cada día, desde mi casa, al lado de la suya, oigo al padre salir de la casa, apenas amanecido, y regresar cada tarde al anochecer, y a la cojita, toc-toc, moviéndose por la casa, ya viene, ya viene, y a Musa maullando porque quiere salir al balcón. En realidad esto era así hasta hace un mes. Hace un mes escuché la puerta cerrarse de madrugada, y luego escuché a la cojita moviéndose por la casa, como cada día, y luego, ya contra la tarde, no escuché nada, salvo a la gata maullando, y el agujero en el aire que dejaba la ausencia del toc-toc habitual. Y luego ya, las vecinas cotorreando que si la cojita se había ido a la ciudad, aburrida de la vida que llevaba, y que si se había escapado sóla o se había ido con uno que venía al mercadillo de los miércoles.

Por eso, ahora, Musa se acurruca junto a mí en el sofá y se ovilla en mi cama, y me persigue por la casa sin miedo a tropezar con mis piernas, tan acostumbrada está a esquivar ese peligro, y las dos levantamos la cabeza y orientamos las orejas hacia la casa de al lado, porque nos parece, de cuando en cuando, escuchar el toc-toc de una muleta.