Diario de Pepín. Día 87

Cuando era pequeño todo mi afán era descargar la vejiga en el primer trozo de hierba que veía y luego me iba entreteniendo con todo lo que encontraba: una hoja, un papel, un trocito de pan… Pero ahora eso de mear con la pata levantada me ha abierto nuevos horizontes. Ahora tengo mucho que hacer, mamá apenas tiene que reñirme en la calle por quedarme pegado al suelo o salir disparado por cualquier cosa; ahora tengo prisa al caminar porque tengo que investigar a todos los perros que han pasado por allí antes que yo. Yo no tenía ni idea de cuántas farolas, papeleras y árboles había en el barrio, quizás porque siempre iba mirando a ras de suelo. Pero ahora voy de una en otro, deprisa y corriendo, oliendo y marcando como el que más. Bueno, en realidad huelo todas y cada uno, pero marco menos de la mitad porque la vejiga no me da para más. ¡Y mira que intento dosificarme, pero nada!.

Rutinas

Tengo una amiga que es darse crema en las manos por las mañanas y entrarle ganas de ir al servicio; y vuelta a empezar. Hasta tal punto le pasa esto que, si algún día, próxima a salir de casa, tiene la duda de si debería aligerarse o no antes de que las prisas la atenacen en la calle, se da crema y,  antes de acabar el masaje para que se absorba… duda resuelta, al servicio de cabeza –en lenguaje figurado, claro está-, y, ¡hala! a lavarse y darse crema de nuevo.

Tengo otra amiga, ¿o era la misma? que, al igual que la mayoría de la gente siente ganas de orinar cuando ve el agua corriendo de un grifo, ella, es entrar a la ducha, sentir el agua caliente desbordándose por el cuerpo desde el cabello y ¡zas!, ganas de orinar; da igual que acabe de hacerlo un momento antes, las ganas son las ganas.

Por eso, cuando mis amigas leen noticias en prensa sobre sesudos y costosos  estudios en Universidades extranjeras –en las españolas ya no hay presupuesto para investigar, ni sobre temas sesudos ni sobre otros menos interesantes-, generalmente americanas –americanas de Estados Unidos, conviene no mezclar y confundir-, sobre asuntos  como si preguntar por albardas supone que mi padre venda escopetas, ella o ellas (mis amigas) se preguntan por qué algún viejo rico, chiflado y con mala conciencia ( y, probablemente con incontinencia) no dedica una pasta gansa a la “Investigación sobre la autodeterminación de nuestros esfínteres”; aunque quizás, piensan, sea preferible acurrucarse en el refugio de nuestras rutinas para seguir sintiéndonos nosotros mismos.