De gatos

El viejo se sentó en el porche, estiró un poco las piernas –todo lo que pudo con permiso de sus rodillas gastadas- para que el sol le calentara los pies y sacó del bolsillo de la chaqueta una pequeña navaja y un trozo de madera. En la residencia no dejaban que los viejos guardaran ese tipo de cosas, pero él era de los pocos que no tenía que dormir atado de noche y por el día podía ocuparse de pequeñas tareas para ayudar a las muchachas, estaba atento al timbre, les ayudaba a poner las mesas para el desayuno  y como había hecho unos días antes, se ocupaba de podar los rosales del patio. El sol invernal empezaba a devolverle el color a la hierba, que aparecía perlada de gotitas brillantes, separada en línea de la que quedaba cubierta por la escarcha, aun en sombra. El viejo comenzó a tallar torpemente el trozo de madera, el peral de la huerta le proveía de material suficiente para poder seguir recordando sus años de pastor y las horas al lado de la chimenea. De cuando en cuando levantaba la cabeza y, de forma casi mecánica, recorría con la vista el patio y el jardín, con un control inconsciente y amigo; echó de menos a la gata, llevaba unos días en que el animal no aparecía para restregarse contra las perneras de sus pantalones con su habitual maullido mimoso y pensó que, seguramente, ya habría parido, tendría que echar un vistazo por la leñera, a ver si tenía escondidas allí a las crías. Recordó, cuando niño, que la gata de casa –en casa siempre hubo una gata, que fue cambiando a lo largo de los años, a medida que desaparecía la anterior- paría constantemente –eso le parecía a él cuando era chico-, pero él nunca le veía más que un gatito, y solo durante un tiempo; a veces, criaban uno para dárselo a algún vecino y otras desaparecía al poco, y  la gata erraba de un lado a otro maullando de una forma desconsolada. Luego, un día vio a madre buscando en los rincones del corral hasta que dio con las crías recién nacidas y, con total desenvoltura, cogió a todas menos a una de ellas, las metió en un saco de arpillera y dijo que luego su padre lo tiraría al río. Cuando preguntó, madre lo miró como si no entendiera a qué venía aquello:

-¿Qué quieres, que le deje todos y se llene esto de gatos?- parecía enfadada-. Ya le dejo uno para que se descargue de la leche, y se lo tendré que quitar después.

– Pero –balbuceó-, ¿por qué los va a ahogar padre?

-¿Y, qué quieres, que les retuerza el pescuezo?.

Él no quería que la casa se llenara de gatos, no; pero, desde luego, no entendía que la única forma de conseguirlo fuera ahogando a los gatitos recién nacidos, o retorciéndoles el pescuezo para que murieran. Aquella noche un resquemor contra su padre le impidió levantar los ojos del plato de sopas y apenas masculló algunas palabras; incluso padre le había preguntado qué le pasaba y él disimuló –se sintió obligado- diciendo que le dolía la barriga. Se acostó pronto para quitarse de la cocina y de la compañía, pero no consiguió dormirse y, cuando lo hizo, soñó que era un bebé y un hombre lo robaba de la cuna, lo metía en un saco y lo tiraba a un pozo. El hombre no tenía rostro, pero él sabía que era su padre.

Preguntó a la cocinera por la gata y se convenció de que debía de haber parido porque apenas se la veía por allí, de modo que vigiló, en los días siguientes, que no le faltara comida y agua en los cacharros del patio; si estaba dando de mamar, tendría que alimentarse aunque fuera a escondidas. A los pocos días le pidió una caja de cartón a una de las muchachas y rebuscó en la leñera hasta dar con el animal, que no maulló al verle pero tampoco escapó. Aún tuvo que encontrar los rincones donde la gata había escondido a las tres crías y decidió que no había más porque, cuando tuvo a los tres gatitos metidos en el bolsillo de la chaqueta, la gata ya no se separó de él y se olvidó del escondrijo. Tapó el fondo de cartón con un jersey apolillado y con cuidado fue sacándolos, enganchados en el estambre; calculó que tendrían poco más de 8 ó 10 días, aún tenían los párpados semicerrados cubriendo a medias unos ojitos grises y todos salían de aquel abrigo despatarrados, las garritas diminutas abiertas y maullando sin parar.  La madre se metió en la caja cuidando de no pisarlos y los amorró sucesivamente para que se callaran; el viejo acarició a la gata, que se dejó hacer sin  protestar y le respondió aplicando la cabeza al cuenco de su mano con un ronroneo. Levantó la caja con cuidado para no desequilibrar a los animales y la colocó en el quicio de la ventana donde ya estaba dando el sol y, cada día durante la semana siguiente, cuando ya empezaba a hacer frío allí, se llevaba la caja –la madre, confiada, le seguía ya caminando a su lado- hasta el cuarto de las calderas.

Tuvo que dar algunas explicaciones y tranquilizar a la gobernanta que pensaba que iba a llenarle aquello de gatos, pero, cuando los hijos de Engracia vieron que su madre sonreía al ponerle uno de los gatitos sobre el regazo e intentaba seguirlo con un dedo, y le dieron las gracias porque “eso podía mejorar a su madre”, dijeron, supo que ya no tendría problemas. Con todo, los animales estaban limitados al patio, al jardín, al porche, y a las salas de estar, pero nunca les dejaban subir a las habitaciones ni entrar en la cocina, para evitar males mayores.

El viernes por la tarde de la segunda semana el viejo se sintió mal, estaba revuelto y pensar en la cena le daba nauseas, de modo que dejó a medias una tortilla francesa que habían hecho para él y se acostó más pronto de lo habitual. Se quedó en seguida dormido pero soñó que le dolía el estómago y, entre sueños y sudor, se dio cuenta de que la gata, sin saber cómo, había llegado hasta su habitación y, de un salto, se había encaramado a la cama. La gata se le acercó hasta tocarle la cara con los bigotes, oliéndole; se puso encima de él, amasó la ropa sobre el pecho y después se ovilló al lado. Podía tocarla con la mano izquierda, y eso hizo para comprobar que no era un sueño; poco a poco el calor del animal le fue reconfortando, y la suavidad del tacto de su pelo fue invadiendo sus dedos y su mano y su brazo entero y se extendió por todo el cuerpo hasta que el dolor de estómago desapareció. Hundió los dedos agarrotados en el lomo del animal y la escuchó ronronear. Y luego ya, nada.

DE GATOS

El hombre del saco

 

A Sara.

Recuerdo ahora que, cuando niña, mis abuelos solían forzarme a obedecer bajo la amenaza de que, de no hacerlo, me pasarían cosas terribles como, por ejemplo, que iba a venir el hombre del saco y se me llevaría si protestaba porque no me gustaba la comida, o si comía muy deprisa porque me gustaba demasiado, o si lloraba, o si… Recuerdo también que mi padre se enfadaba con ellos y les decía que los niños debían crecer sin miedos, de modo que yo dormía plácidamente cada noche porque, cada noche, mi padre me leía un cuento y me daba un beso en los párpados cerrados y yo sabía que ningún monstruo se atrevería con él, tan grande y tan fuerte.

Recuerdo que, con cuatro años, mi padre me prometió llevarme a las Ferias y allá  nos fuimos los dos, él caminando a grandes zancadas y yo colgando de su mano y dando un brinco cada dos pasos para adaptarme a su camino. Yo le miraba de reojo y me iba contagiando de su ilusión, pero nada fue comparable a lo que sentí ante tanta algarabía y tantas luces de colores, castillos hinchables, tiovivos y trenes que subían y bajaban sin parar. A mí aquello me pareció otro mundo, y era un mundo maravilloso que no me cabía en los ojos.

Nos miramos los dos, y, sin ni siquiera decirme nada, mi padre me llevó de la mano hasta el tiovivo de los caballitos y nos quedamos los dos parados, mirando aquellas luces parpadeantes y aquel galopar pausado e interminable, mi mano en la suya y mi corazón alocado. Mi padre sacó un billete del bolsillo y se acercó a un hombre que estaba frente a nosotros y acababa de darle un manotazo en el hombro a un crío de mi edad que trotaba por allí sin hacer caso de sus llamadas. Recuerdo que en aquel momento pensé que aquel crío debía de ser su hijo, porque algo de padre debí de reconocer en aquella actitud, y me alegré íntimamente de que no fuera el mío. Aquel hombre oscuro masculló unas palabras que yo no entendí, cogió el billete que mi padre le ofrecía y sacó de un saco que tenía a sus pies unas fichas redondas que le entregó a mi padre mientras me miraba a mí con una mirada que me pareció de hartura, como si yo le estorbara, y el tiovivo y los otros niños también.

Aquella noche fui princesa a lomos de un corcel –en los cuentos de mi infancia no había caballos-, eso lo recuerdo tan nítidamente como mis miradas ansiosas buscando a  mi padre cada vez que el tiovivo daba una vuelta entera. Aquella noche me costó dormirme y soñé que alguien llamaba a la puerta de mi casa y, al abrir, aparecía aquel hombre del tiovivo, gris y mal encarado, con un saco al hombro, preguntando por mí.