Diario de Pepín. Día 68

¡Hala, cómo he corrido! Hemos ido al parque, pero cuando no parece el mismo parque, porque está lleno de gente. Mamá me ha soltado y había allí ya otros cuatro perros que se notaba que se conocían de antes. Yo he observado un poco al principio, como hago siempre que oteo un perro de lejos, y luego… ¡a la batalla! Dos perros eran grandotes, pero ya he visto yo que, generalmente, los perros grandes ni se enfadan ni nada, y otros dos eran más pequeños –más grandes que yo, por supuesto, pero más pequeños que los otros-. Bueno, pues uno de los pequeños, que, además estaba muy gordo, venga a ladrarme y a no dejarme en paz. Su papá decía que quería jugar, pero yo no estoy tan seguro, porque yo también quería jugar y no había forma. Total que yo me metí entre los grandes, venga a correr y a correr y no me alcanzaban y, cuando me vi apurado, me subí al muro de piedra y me metí entre las piernas de los señores, que seguro que allí no iban a hacerme nada. Luego llegó también el papá de Cayetana, que es mi amiga enorme y negra, y nos dio una galleta a cada uno, y otro papá con un perro chico que se llama Pirata, pero a ese yo no lo conocía de antes y casi no me dio tiempo a olerlo porque nos marchamos en seguida.

Uno de los papás dijo que yo era un perro muy espabilado. Mamá sonrió y dijo que yo era muy listo.

Diario de Pepín. Día 67

Por las mañanas correteo muchísimo porque, cuando salimos a caminar, apenas hay gente en la calle, aunque sí que me encuentro con perrillos que salen a dar una vuelta, como nosotros. Incluso me encuentro con los  mismos perros y  nos saludamos y nos olemos y damos unas vueltas alrededor de la correa. Lo peor es que, por la mañana, huele a cosas de comer en muchísimos sitios; en el parque, alrededor de las papeleras, en la calle, donde ahora no hay mesas ni gente pero por la tarde sí; y quedan en el suelo muchos trozos de pan y de bocadillos y de bolsas de fritos que huelen de maravilla… y mamá no me deja coger nada. Me va riñendo y dando tirones todo el tiempo y, cuando puedo hincarle el diente a algo, me mete los dedos en la boca para sacármelo. Solo me deja coger algún vaso de plástico, que se dobla cuando lo muerdo, y puedo corretear un rato con él en la boca. Entonces voy feliz, más chulo que un ocho, y la gente me mira sonriendo.

El parque, ahora, está desierto, solo podemos entrar y salir de él por un sitio que no tiene alambrada. Da gusto corretear y oler sin que nadie te distraiga. Me concentro tanto en el trabajo que, de vez en cuando, tengo que levantar la cabeza para ver si mamá se ha perdido. Menos mal que ella me espera.

Diario de Pepín. Día 63

Lo de levantar la pata para hacer pis, bien sabe Dios que no me sale de natural, pero lo de subirme a la cama de un brinco… Si soy capaz de subirme a las piedras que bordean la hierba del parque, que en algunos sitios son altísimas, también soy muy capaz de subirme a la cama de mamá. Lo que pasa es que no quiero, prefiero llegar a la alfombra y ponerme de manos en el borde de la cama para que mamá me suba. Yo creo que ella no se ha dado cuenta todavía de que lo hago a propósito; yo creo que puedo aguantar así algunos días más.

Hoy no hemos podido ir al parque de todos los días, porque todas las entradas estaban valladas. Yo podía entrar por debajo de una alambrada, pero el hueco era muy pequeño para que pudiera pasar mamá. Seguro que cuando llegó Max tampoco pudo entrar porque él es muy grandote. Entonces, mamá me llevó por otras calles con parques pequeñitos que tenían un montón de olores nuevos y apenas tuvo que reñirme por quedarme  como un mojón en cualquier esquina, porque tenía tanto que oler que iba corriendo de un lado a otro.

Diario de Pepín. Día 26

Mamá me ha dicho, muy seria, que si no paro quieto en la cama, vuelvo a dormir en la alfombra. Y es que, cuando se sube Sofía, yo no puedo estarme quieto y nada más, tengo que mirar a ver qué hace ella –que no hace nada, la verdad- y a ver dónde está por si puedo jugar con ella un poco. Me veo en la alfombra otra vez.

Hoy he vuelto a ver al loco de Max. Es que tiene mucha fuerza, que yo he visto perros más grandes que él en el parque y son mucho más tranquilos, y me huelen, y ya está. Dice la mamá de Max que es un cachorro todavía, pero también soy yo un cachorro y no mareo tanto. Hoy nos han soltado a los dos y hemos pasado un ratito bien y, a pesar de que yo soy mucho más pequeño y mis patas son muy cortitas, siempre lo he alcanzado corriendo. Max corre mucho más desparramado, pero yo corro mucho más rápido. Estoy muy contento. Luego ya Max se revolvió con tanto juego y yo me metí entre las piernas de su mamá para que me dejara un poco en paz. Ella le gritaba “siéntate, Max, siéntate” y le empujaba el culo hacia el suelo, pero él, como si no la oyera. Su mamá dijo que algunas veces le hacía caso, “cuando le da la gana”, dijo. Yo me porto mejor que Max, porque mamá me gritó “No” cuando iba suelto por el jardín y me acercaba a la zona de los coches y yo me paré, la miré y corrí adonde ella estaba.

De cojos

El tiempo es tan benévolo que invita a sentarse en los jardines y  las plazas. Estoy cansada de caminar y elijo un banco con el asiento de madera. Me dejo llevar. Tan sólo veo pasar la vida.

Un viejo deja un periódico gratuito sobre el banco de enfrente y, al momento, otro viejo lo recoge y se lo lleva. Pasan mujeres embarazadas, con los pies hinchados y enormes barrigas ceñidas por camisetas demasiado ajustadas. Pasan hombres y mujeres empujando carritos de niño y alguno de ellos se para a charlar con algún conocido, al resguardo del sueño del bebé, que no le mete prisa. Una niñita que no habrá cumplido los tres años, con un chupete en la boca, explora el cercado de hierro que delimita el césped y mira de reojo a su padre, que no la busca. Y pasan los cojos. Cada poco pasa un cojo, a veces, más de uno, con cojeras diferentes que los definen y  los identifican. Pasan sillas de ruedas con ancianos que ya no pueden caminar y salen, o los sacan, a tomar el sol de la mañana. Y mujeres mayores con sandalias liberadoras y pies maltrechos llenos de dedos torturados que las hacen cojear. Y un hombre joven que no sabe aún que tiene una pierna más corta que la otra y se inclina hacia un lado, ahora sí, ahora no. Y un hombre con el zapato izquierdo deformado porque, de niño, una rueda de carro le pasó por encima. Y una turista extranjera que lleva un aparato en el tobillo para que no se le caiga el pie cuando camina, pero, a pesar de todo, lo arrastra un poco. Y un niño que cojea ostensiblemente porque sus piernas de enano no han crecido por igual y sus caderas apenas tienen juego. Y luego están los que arrastran los pies; unos, con un roce intermitente porque sólo arrastran uno de los dos, y otros que, directamente, van barriendo el suelo.

Apenas corre el aire y una lluvia de hojas menudas y amarillas cubre el suelo de otoño y va desnudando los árboles. Un viejo dormita frente a mí, en un rincón al sol tibio de octubre. Pasa un viejo con boina y bastón que cojea de sus tres piernas. Yo decido caminar un rato hasta la hora de comer y, como cada vez que inicio la marcha, el dolor me roe la cadera izquierda y me alejo disimulando mi cojera.

Asimetrías

No recuerdo cómo empezó todo, pero tengo la íntima convicción de que fui yo el primero. Desde el principio me di cuenta de que ella estaba allí, resuelta y ajena a todo y a todos, y, esa indiferencia fue la que me tentó, la que provocó que me acercara. Yo ya lo sabía, sabía de mi condición de polilla que, irremediablemente, vuela hacia la luz. Y me dejé llevar. Aún a riesgo de quemarme.

Pero en el mundo real las cosas suceden de otra manera. La gente muere en accidentes de tráfico, por un infarto o tras una larga enfermedad. Incluso algunos se suicidan porque nada hay en este mundo que les resulte más atractivo que la muerte. Pero nadie muere de amor. Ni siquiera las polillas.

Esa debe ser la razón por la que yo sigo vivo. La he amado desde siempre, tanto como he sabido hacerlo. Nunca le he pedido nada, sólo que no se alejara de mí. Y no lo ha hecho. He vivido con ella durante años. Ya es una parte de mí; hasta el punto de que ya no me reconozco sin ella. Sin las cicatrices que me ha dejado este amor asimétrico y cruel.

 

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En el parque

A Ulises

Cuando yo era pequeña vivía en una ciudad distinta a ésta en la que ahora vivo. Mi madre me llevaba de la mano hasta la puerta del colegio y un señor muy serio, que debía ser el director o el jefe de estudios, según he sabido después, vigilaba que todos los niños entráramos en orden y, sobre todo, que ninguno se subiera a la valla, por mucha prisa que tuviera –en realidad, no recuerdo que tuviéramos prisa por entrar a clase, si acaso por salir al recreo y, después, a comer-. Aquella pared que rodeaba el patio y el edificio donde estaban las clases, tenía una parte de piedra y cemento, desde el suelo hasta la altura de mi cabeza entonces, y, por encima, unas lanzas de hierro oscuro, rectas y frías, que apuntaban al cielo infinito. Todos sabíamos que una vez, no sé cuándo ni por qué, un niño se había subido a la valla y se había quedado clavado en una de aquellas lanzas “como un pincho moruno”, según dijo alguien, y yo ni entonces ni ahora he sido capaz de imaginar lo alto que debía ser ese niño para poder alcanzar el extremo en punta de aquellos hierros, ni, por supuesto, he podido ya comer pinchos morunos, ni siquiera verlos en fotografías.

Todas las tardes, después del colegio y de hacer los deberes, yo iba a jugar un ratito al parque que había cerca de mi casa. Recuerdo que algunas veces nos tocaba esperar y esperar a que unos niños mucho más grandes que nosotros se hartaran de subir y bajar en el balancín, en medio de grandes risotadas, mientras nos miraban desafiantes y esperábamos en silencio con cara de pánfilos. En aquel parque, en una esquina adonde acudían puntualmente cuatro o cinco perros cada tarde, había una placa metálica sobre un pedestal, dando cuenta de que el Sr. Alcalde lo había inaugurado unos años antes. Yo creo que aquel señor alcalde no tenía niños, o, si los tenía, no iban a aquel parque, porque, cada vez que algo se rompía, tardaban meses, casi diría que años, en arreglarlo; el tobogán nos lanzaba hasta un hueco inmenso que se había hecho sobre la tierra de tanto caernos encima, tan profundo que a nosotros nos parecía un pozo, y los columpios se quejaban con un gañido lastimero a falta de aceite que aliviara sus engranajes. Recuerdo que, una tarde, una de las cadenas de las que colgaba el asiento de un columpio se soltó, y la niña que estaba balanceándose en él salió volando, el vestido hinchado como una medusa, y se dio de bruces en el suelo; cuando se levantó tenía las rodillas y las manos arañadas y llenas de tierra y el susto la había dejado hasta sin ganas de llorar. Y otro día, mi amigo Andrés, que era un valiente, se me acercó mirándose un dedo con cara de incrédulo; el índice de su mano izquierda goteaba sangre y Andrés recogió el trozo que le faltaba en el asidero del balancín, que se lo había arrancado.

Todo esto sucedió hace mucho tiempo, pero aún recuerdo, y Andrés también, que una tarde, ya casi anochecido, apareció por allí un hombre alto y serio, no tan serio como para asustarnos, y con una caja de herramientas colgando de la mano izquierda, en realidad, de lo que quedaba de su mano izquierda, pues le faltaba la mitad del dedo índice y un trozo del pulgar y del meñique. El hombre no dijo nada, se agachó sobre la arena, abrió la caja allí y  fue revisando, uno por uno, todos los juegos del parque, apretando un tornillo aquí y aflojándolo allá donde hacía falta. Ninguno dijimos nada tampoco, pero, poco a poco, todos dejamos de jugar y nos quedamos observando al hombre y a su mano ágil y deformada mientras trabajaba. Al cabo de un rato se volvió para mirarnos y  nos dijo: “Hay que tener cuidado, niños, alguien dejó un cohete en el parque cuando yo era pequeño como vosotros, y me explotó en la mano cuando lo prendí. Y mirad como me quedó”. Y adelantó su mano para que todos la viéramos y Andrés miró de reojo el vendaje de la suya.

Fue la única vez, no volvimos a verle y ningún padre supo de él ni siquiera aquel día; era como si hubiera salido de la nada y hubiera vuelto a ella una vez terminado el trabajo. A partir de entonces ya no hubo más averías sin reparar; incluso espiábamos a veces, cuando algún juego estaba maltrecho, para verle llegar y arreglarlo, pero nunca volvimos a verle. Y no volvimos a hablar de ello.

Aún ahora, Andrés conserva una cicatriz en el pulpejo de su dedo herido, y dice que, si toca con él, tiene más sensibilidad. Y eso nos permite pensar que es la prueba de que todo sucedió como lo recordamos.