Al despertar

Boby debe estar malo. Ha entrado a despertarme y, en vez de plantar las patas sobre la cama, le he sentido olisqueando sobre la alfombra mientras yo me hacía el dormido; he abierto un poquito los ojos para sorprenderle con un susto y no me ha dado tiempo porque ha salido corriendo de la habitación con el rabo entre las piernas. El mosqueo ha sido mayúsculo; y el susto que me he llevado yo al bajar de la cama, más grande aún. Cuando he ido a meter los pies en las zapatillas he visto mis piernas, y hasta mis pies, cubiertos de pelo negro, pero no como las piernas de papá, no; mi pelo es tan espeso como el de Boby pero mucho más fino. Me he quedado de piedra, he tardado en darme cuenta de que, durante la noche,  me ha crecido pelo por todas partes, por las piernas, por el cuerpo, por los brazos y las manos, y, supongo, ¡qué horror!, que también por la cara. Quiero llamar a mamá, pero no me salen las palabras, lo intento de nuevo y escucho un maullido ahogado. Me doy cuenta de que tengo pelo de gato, maúllo, asusto a los perros  y, ahora que me miro las manos, también tengo uñas de gato. Debo ser un gato.

Ser un gato está muy bien cuando vives en una casa con un sofá enorme frente a la chimenea, o cuando tienes un parque al  lado, con árboles a los que subirse y con pájaros asustadizos a los que cazar, mientras que yo voy al colegio todos los días, tengo que hacer tareas en casa que la seño me corrige rezongando y, encima, mi hermano Ernesto me da patadas bajo la mesa para provocarme y que así papá me riña a mí y no a él.  La tita Luisa mima a su gata Pati  como si fuera un niño, le compra juguetes y comida especial y se junta con gente y  hablan de gatos como hacen las mamás en la puerta del colegio, cuando hablan de nosotros. Aunque también la lleva al veterinario… pero, bueno, mamá también me lleva a mí al médico y tampoco me gusta que me miren la garganta con el palo. A lo mejor, esto de ser un gato no está tan mal. Aunque a Boby no le guste.

Mora y Mora

Mora cabía en la palma de mi mano; tenía los pelos de punta, todos negros,  y unos ojos de vidrio tan grandes que parecía que te miraban por dentro. Tan pequeña, tan indefensa, había sobrevivido en un contenedor de basura, en una caja de zapatos con cuatro migas de pan, pero con un maullido incansable que llamó mi atención al pasar a su lado. Mora vivió libre y feliz en nuestra casa, con nuestro primer gato, y una noche parió un gatito muerto y otro vivo que encontré dentro de una zapatilla de deporte. El gatito tenía la cabeza negra de su madre y el cuerpo canela de su padre.

Mora murió, posiblemente envenenada, bajo el olivo que le daba sombra en los días soleados, y lloramos por dentro y por fuera por nosotros, por su pérdida.

Poco después, del hijo de Mora nació una gatita tan negra como ella, y quisimos llamarla Carbón, pero no fue posible, llevaba el nombre de Mora escrito en cada pelo, en cada gesto, en nosotros mismos. Y Mora, de nuevo, vivió libre y feliz.

Ayer venía conduciendo, quien tiene o ha tenido gatos no puede menos de sentir una punzada de dolor cuando ve alguno en la orilla de la carretera; no sé si ayer fue uno de esos días, creo que no, pero recuerdo que, llegando ya a casa, me asaltó la imagen de Mora muerta bajo el olivo. Hoy mi hijo me dice que han tenido que sacrificar a Mora, mi otra Mora, mi querida Mora, mi Mora ausente; la han tenido que sacrificar porque ayer la atropelló un coche y no iba a ser capaz de sobrevivir. Yo no podía saber ayer hasta qué punto el dolor por el pasado era la premonición del que se estaba produciendo en ese mismo momento.

LA CAZA

“El gato”

El inspector Mora había nacido predestinado a ser policía. Era sagaz, intuitivo, taimado y tan ágil, física y mentalmente, como un felino, lo que le había valido el sobrenombre de “El gato”. El mote no era público, o casi; se lo llamaban los policías de su unidad cuando hablaban entre ellos, en voz baja y a sus espaldas; y se lo decían sus jefes cuando se referían a él sin estar él presente. Todos le llamaban “El gato” y él lo sabía;  y le gustaba tanto que, en una ocasión agarró por la pechera a un confidente del que sospechaba que le pasaba información falsa, lo miró a los ojos con la mirada más fría y calculada de la que fue capaz y, literalmente, le escupió en la cara: “Ten cuidado, rata asquerosa, que “El gato” anda suelto…

Al inspector Mora, lo de la lucha entre buenos y malos le parecía bien, de eso vivía. De chico disfrutaba jugando a “policías y ladrones” y lo mismo le daba ser lo uno que lo otro, porque a él lo que le entusiasmaba de verdad era el juego del engaño de uno contra otro, pero, ya adulto, prefirió ser Inspector de Policía a ser el ladrón, el perseguidor antes que el perseguido, porque, lo que realmente le apasionaba era la caza; acechar a su presa, anticiparse a ella incluso, tenderle una trampa, dejarla ir un poco para que se confiara y acorralarla de nuevo cuando menos se lo esperara… y, !zas¡ el gato acababa saltándole irremediablemente encima.

Por eso, incluso fuera de servicio, olfateaba a los rateros y carteristas en el metro o en los centros comerciales , se hacía ver para incitarles a huir y comenzaba el juego del gato y el ratón.  Y siempre, siempre, los acorralaba; y, a veces, solo a veces, los dejaba marchar… para volver a empezar.

LA CAZA

De gatos

El viejo se sentó en el porche, estiró un poco las piernas –todo lo que pudo con permiso de sus rodillas gastadas- para que el sol le calentara los pies y sacó del bolsillo de la chaqueta una pequeña navaja y un trozo de madera. En la residencia no dejaban que los viejos guardaran ese tipo de cosas, pero él era de los pocos que no tenía que dormir atado de noche y por el día podía ocuparse de pequeñas tareas para ayudar a las muchachas, estaba atento al timbre, les ayudaba a poner las mesas para el desayuno  y como había hecho unos días antes, se ocupaba de podar los rosales del patio. El sol invernal empezaba a devolverle el color a la hierba, que aparecía perlada de gotitas brillantes, separada en línea de la que quedaba cubierta por la escarcha, aun en sombra. El viejo comenzó a tallar torpemente el trozo de madera, el peral de la huerta le proveía de material suficiente para poder seguir recordando sus años de pastor y las horas al lado de la chimenea. De cuando en cuando levantaba la cabeza y, de forma casi mecánica, recorría con la vista el patio y el jardín, con un control inconsciente y amigo; echó de menos a la gata, llevaba unos días en que el animal no aparecía para restregarse contra las perneras de sus pantalones con su habitual maullido mimoso y pensó que, seguramente, ya habría parido, tendría que echar un vistazo por la leñera, a ver si tenía escondidas allí a las crías. Recordó, cuando niño, que la gata de casa –en casa siempre hubo una gata, que fue cambiando a lo largo de los años, a medida que desaparecía la anterior- paría constantemente –eso le parecía a él cuando era chico-, pero él nunca le veía más que un gatito, y solo durante un tiempo; a veces, criaban uno para dárselo a algún vecino y otras desaparecía al poco, y  la gata erraba de un lado a otro maullando de una forma desconsolada. Luego, un día vio a madre buscando en los rincones del corral hasta que dio con las crías recién nacidas y, con total desenvoltura, cogió a todas menos a una de ellas, las metió en un saco de arpillera y dijo que luego su padre lo tiraría al río. Cuando preguntó, madre lo miró como si no entendiera a qué venía aquello:

-¿Qué quieres, que le deje todos y se llene esto de gatos?- parecía enfadada-. Ya le dejo uno para que se descargue de la leche, y se lo tendré que quitar después.

– Pero –balbuceó-, ¿por qué los va a ahogar padre?

-¿Y, qué quieres, que les retuerza el pescuezo?.

Él no quería que la casa se llenara de gatos, no; pero, desde luego, no entendía que la única forma de conseguirlo fuera ahogando a los gatitos recién nacidos, o retorciéndoles el pescuezo para que murieran. Aquella noche un resquemor contra su padre le impidió levantar los ojos del plato de sopas y apenas masculló algunas palabras; incluso padre le había preguntado qué le pasaba y él disimuló –se sintió obligado- diciendo que le dolía la barriga. Se acostó pronto para quitarse de la cocina y de la compañía, pero no consiguió dormirse y, cuando lo hizo, soñó que era un bebé y un hombre lo robaba de la cuna, lo metía en un saco y lo tiraba a un pozo. El hombre no tenía rostro, pero él sabía que era su padre.

Preguntó a la cocinera por la gata y se convenció de que debía de haber parido porque apenas se la veía por allí, de modo que vigiló, en los días siguientes, que no le faltara comida y agua en los cacharros del patio; si estaba dando de mamar, tendría que alimentarse aunque fuera a escondidas. A los pocos días le pidió una caja de cartón a una de las muchachas y rebuscó en la leñera hasta dar con el animal, que no maulló al verle pero tampoco escapó. Aún tuvo que encontrar los rincones donde la gata había escondido a las tres crías y decidió que no había más porque, cuando tuvo a los tres gatitos metidos en el bolsillo de la chaqueta, la gata ya no se separó de él y se olvidó del escondrijo. Tapó el fondo de cartón con un jersey apolillado y con cuidado fue sacándolos, enganchados en el estambre; calculó que tendrían poco más de 8 ó 10 días, aún tenían los párpados semicerrados cubriendo a medias unos ojitos grises y todos salían de aquel abrigo despatarrados, las garritas diminutas abiertas y maullando sin parar.  La madre se metió en la caja cuidando de no pisarlos y los amorró sucesivamente para que se callaran; el viejo acarició a la gata, que se dejó hacer sin  protestar y le respondió aplicando la cabeza al cuenco de su mano con un ronroneo. Levantó la caja con cuidado para no desequilibrar a los animales y la colocó en el quicio de la ventana donde ya estaba dando el sol y, cada día durante la semana siguiente, cuando ya empezaba a hacer frío allí, se llevaba la caja –la madre, confiada, le seguía ya caminando a su lado- hasta el cuarto de las calderas.

Tuvo que dar algunas explicaciones y tranquilizar a la gobernanta que pensaba que iba a llenarle aquello de gatos, pero, cuando los hijos de Engracia vieron que su madre sonreía al ponerle uno de los gatitos sobre el regazo e intentaba seguirlo con un dedo, y le dieron las gracias porque “eso podía mejorar a su madre”, dijeron, supo que ya no tendría problemas. Con todo, los animales estaban limitados al patio, al jardín, al porche, y a las salas de estar, pero nunca les dejaban subir a las habitaciones ni entrar en la cocina, para evitar males mayores.

El viernes por la tarde de la segunda semana el viejo se sintió mal, estaba revuelto y pensar en la cena le daba nauseas, de modo que dejó a medias una tortilla francesa que habían hecho para él y se acostó más pronto de lo habitual. Se quedó en seguida dormido pero soñó que le dolía el estómago y, entre sueños y sudor, se dio cuenta de que la gata, sin saber cómo, había llegado hasta su habitación y, de un salto, se había encaramado a la cama. La gata se le acercó hasta tocarle la cara con los bigotes, oliéndole; se puso encima de él, amasó la ropa sobre el pecho y después se ovilló al lado. Podía tocarla con la mano izquierda, y eso hizo para comprobar que no era un sueño; poco a poco el calor del animal le fue reconfortando, y la suavidad del tacto de su pelo fue invadiendo sus dedos y su mano y su brazo entero y se extendió por todo el cuerpo hasta que el dolor de estómago desapareció. Hundió los dedos agarrotados en el lomo del animal y la escuchó ronronear. Y luego ya, nada.

DE GATOS

El cartero

Narciso sentía aversión por su nombre,” un nombre vulgar, decía, para un hombre corriente…” La culpa la tuvo su abuelo, por llamarse así, y su padre, que no tuvo mejor ocurrencia que honrar su memoria llamándole a él del mismo modo, total solo porque el viejo se murió un mes antes de que él naciera.

Narciso sentía ese nombre como una losa, como una impostura, tímido como era  y huidizo en su relación con los demás, mermado de ánimo o con ánimo tenebroso la mayor parte de las veces. Había vivido siempre como un extraño, para sí mismo y para los demás, sin llegar a sentirse dueño de su vida, huésped, como mucho; su padre no había confiado nunca en sus posibilidades –no servía ni para descalzarle a él ni, por supuesto, al abuelo-, y, mientras vivió, se ocupó de recordárselo de cuando en cuando, de día en día –“menos mal que pudo meterlo en Correos, según andan las cosas”-.

Narciso no se había casado, no es que no encontrara la mujer adecuada para él; lo que nunca encontró fue la fuerza suficiente para arriesgarse a fracasar, nunca se atrevió a acercarse tanto o tan íntimamente a una mujer como para que ésta pudiera rechazarlo. Un día por otro, en la guerra de los pros y los contras, del quiero y no puedo, siempre ganaban los últimos, y Narciso vivió solo toda su vida sin más compañía que la de un gato sin nombre que lo encontró a él cuando fue a tirar la basura una noche de lluvia y frío, y los dos se reconfortaron mutuamente durante los casi veinte años que el gato vivió. Después, nada.

Unos meses antes de encontrarse con el animal, Narciso había empezado a ahogarse entre el reparto habitual y la soledad de su casa, hasta que un día, cuando iba a dejar en un buzón una carta con el nombre manuscrito de una mujer –después de ocho años en el mismo distrito conocía a todos los vecinos por el nombre, salvo a los estudiantes que no paraban más de un curso en el mismo domicilio, y aun así, también al final de ese tiempo, y a las parejas jóvenes recién llegadas-, con una letra firme y masculina, pero sin remite, decidió saltarse todas las barreras, las normas, la ética, la profesionalidad… para saltar él mismo al vacío y al vértigo y quedarse con la carta. Miró a todos lados, la dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo interior del uniforme, la mano temblorosa y torpe, la boca seca y el corazón desbocado. Aceleró el reparto pendiente y se fue a casa con prisa por una vez, y, al llegar, corrió las cortinas antes de atreverse a abrir el sobre. A partir de entonces, cada día sustraía una carta, siempre a personas diferentes para no levantar sospechas (una carta podía perderse, todo el mundo lo asume, pero varias o todas las cartas de la misma persona habría obligado a comprobaciones acusadoras); tentado estuvo a quedarse con las cartas que el mismo remitente enviaba a dos mujeres que vivían a cincuenta metros una de la otra; debió reprimirse hasta casi la extenuación cuando comprobó que, en una de ellas, la que se quedó como botín, el hombre, que firmaba solo con la inicial “L” pedía perdón a la mujer por no poder corresponderle en sus sentimientos. Se moría de ganas por comprobar qué motivos podía tener “L” para seguir escribiendo a la mujer con una frecuencia de una o dos veces por semana, aunque sospechaba que la pérdida forzada de aquella carta explicadora habría protegido a la mujer del desengaño y habría mantenido la relación, aunque sólo hubiera sido en el corazón de ella.

Desde hacía casi treinta años, cada día de lunes a viernes no festivos, y a excepción de las vacaciones obligadas y de una baja por apendicitis de la que le operaron a vida o muerte porque no quería dejar el reparto a pesar del dolor y de los vómitos, Narciso llegaba a casa desde el trabajo, corría las cortinas y se metía a escondidas en la vida de todas aquellas personas sin rostro –excepto los que recibían certificados, cuando firmaban ellos mismos-. Generalmente leía la carta al llegar, inmediatamente, salvo alguna que, por algún detalle, consideraba especial y la dejaba entonces en la mesita de velador y la leía después de comer, sentado ante una taza de té humeante. Desde que el gato llegó a su casa y a su vida, las leía en voz alta y,  a veces, después de un punto y aparte, miraba al animal como si buscara su opinión o su complicidad.

Los vecinos no le echaron de menos, la mayoría ni siquiera se habían dado cuenta de que llevaban dos días sin verle; fueron los compañeros de Correos los que dieron la voz de alarma, a Narciso le quedaba una semana para jubilarse y siempre había sido tan puntual y tan cumplidor que nunca nadie necesitó llamarlo por teléfono para que explicara un retraso o una falta al trabajo. En los últimos días le habían visto taciturno y más gris de lo habitual, por eso, y porque nadie contestaba al teléfono y todos sabían que vivía solo, decidieron acudir a su casa, por eso los bomberos tuvieron que abrir la puerta por la fuerza y, por eso, fue la Policía quien encontró a Narciso muerto en su cama sin deshacer, vestido con pijama y batín perfectamente abrochados, una pluma vacía de insulina en la mesilla de noche y la cama y el suelo a su alrededor cubiertos por completo de sobres abiertos y de hojas escritas.