Diario de Pepín. Día 32

Hoy sí que me lo he pasado bien. Hacía dos días que no veía a Cascabel y esta tarde estaba con su mamá vieja en el parque y, en cuanto hice pis y caca tiré para allá y estuvimos un rato largo haciendo peleas de mentira. Mientras nosotros nos mordíamos y dábamos volteretas y liábamos las correas mi mamá y la suya hablaban de cosas que a los perros no nos importan nada. Tan solo mamá, de vez en cuando, nos vigilaba para que no nos pasáramos de la raya, pero, al ver que ninguno de los dos chillábamos, pues se quedaba más tranquila; aunque una vez vio que me había sacado el arnés, y otra que me puse a morder a Cascabel en los hocicos y me quedé colgando de sus pelos. Pasamos un rato fenomenal, incluso cuando ya nos íbamos cada uno para su lado, nos dimos la vuelta para volver a vernos.

Cascabel es muy majo y también es un cachorro como yo, pero su mamá no me gusta del todo. Cuando mi mamá y la mamá de Cascabel hablaban de nosotros y cada una decía lo que hacía y lo que no, la suya dijo que no lo dejaba entrar en la habitación cuando dormía porque “al fin y al cabo, son animales”. Nos llamó animales. Y yo creo que lo dijo como si eso no fuera muy bueno, la verdad.

La higuera

Le pareció torturado el tronco de la higuera, tan nudoso, tan retorcido, tan grueso que, de haberlo intentado, no habría podido rodearlo con sus brazos a pesar de ser un hombre alto –“largo”, le decían cuando joven, “larguirucho”, cuando adolescente-, y con aquellas ramas, tantas, desnudas y delgadas como varas que parecían huir ligeras de la pesadez del tronco. Tan falto de armonía estaba que habían aprovechado un cambio de rumbo, como a un metro del suelo, donde la higuera dejaba de subir para intentar crecer horizontal y arrepentirse en seguida, para abrigar allí, en aquel ángulo, un cobertizo pequeño, refugio del perro que guardaría la finca. Esto debió ser en otro tiempo, ahora todo parecía abandonado y no había perro en el refugio y tampoco se le presentía fuera.

Buscó con la mirada el fallo en la pared de piedra para poder entrar y  acercarse al árbol y recorrió unos metros hasta la portera de la finca; las botas se le hundían en la hierba, de un verde rabioso, y en la tierra blanda, empapada por el agua en que la escarcha de la mañana se había convertido. La entrada estaba acotada por un somier viejo, sujeto con gruesos alambres y cuerdas de nailon a sendos postes, como si fueran el cabecero y los pies, ambos escasos, de una cama vertical. Le costó desatar y desalambrar y, al avanzar un poco, vio debajo de un negrillo, ahora desnudo y cubierto de líquenes enmarañados, una bañera con desconchones, medio llena de un agua amarillenta, asentada sobre el terreno para servir de abrevadero al ganado. Pensó que, si había animales por allí, cosa que dudaba porque no estaba el perro que los cuidaba, deberían ser vacas, o caballos, quizás también en aquella zona, pero, sin duda, animales grandes y pesados, capaces de alcanzar a beber en aquel abrevadero improvisado y alto, y responsables de las enormes calvas que se veían en el tapizado de hierba a su alrededor.

Se acercó a la higuera y, casi con solemnidad, recorrió con la yema de los dedos los círculos abollados que rodeaban los nudos, casi le extrañó que el color acerado de la corteza no añadiera el tacto frío del metal; notó, en cambio, una tibieza impropia de aquel invierno, donde ya las cimas de la sierra, al fondo, aparecían cubiertas de nieve inmaculada, como la nata montada de una tarta de cumpleaños. Recorrió despacio los surcos del grueso tronco, profundos y retorcidos, y siguió con la vista el nacimiento de las ramas, lineales, casi paralelas al suelo la mayoría de ellas, todas cercenadas en los extremos por la poda. Le dolió aquella amputación. Sintió que aquel árbol, a pesar de su aspecto mortecino, lleno de palitroques, era capaz de transmitirle la fuerza de la tierra, su propia capacidad para sobrevivir, para resistir año tras año, minuto a minuto, el ciclo de la vida; para nacer y morir mil veces y resistir; resistir, siempre.