Sobrevivir

Uno se acostumbra a sufrir. La piel va haciendo corteza y uno se acuclilla a su amparo; y así recibes los mismos golpes pero se te antojan más lejanos o más leves. Y uno sigue caminando por dónde antes creyó que no podría hacerlo, como un sonámbulo, sin ver el camino y sin mirar atrás. Pero sigue caminando. Quizás sólo se trate de eso, de no pararse nunca.

Eso era lo que intentabas explicarme. Eso fue lo que aprendí…

(De las memorias de Ismael Blanco)

De botica

Abrió el cajón de arriba en el mueble de la cocina y sacó dos blísters plateados. Apretó sobre cada uno de ellos y sobre la encimera de granito cayeron dos cápsulas desiguales y pulidas, de colores llamativos. Llenó un vaso con agua del grifo y bebió hasta la mitad para tragarlas. Luego, volvió al cajón de la cocina, todavía abierto, y rebuscó hasta el fondo. Sacó un frasco de plástico blanco, abrió la tapa blanca y dejó sobre la palma de su mano derecha un comprimido blanco también. Lo lanzó al fondo de la boca y bebió el medio vaso de agua que quedaba. “Todo controlado”, pensó “Todas mis enfermedades a raya”.

Entonces volvió al dormitorio y cogió el teléfono móvil; encendió la pantalla y buscó la función de teclado. Marcó un único número durante unos instantes y se lo acercó a la oreja. Unos segundos después dijo en voz alta: “Buenos días. Tú eres mi píldora para el alma”. Y sonrió.

La muda de la serpiente

Se despertó empapado en sudor e, inmediatamente, añoró el otoño. El calor agotaba su ánimo como los días de sol agostaban los campos, pero en seguida se dio cuenta de que la desazón provenía de algo más profundo, como cuando era estudiante y le suspendían y se despertaba de la siesta con el alivio de una amnesia que duraba apenas unos segundos, dando paso en seguida al peso de una losa, la misma losa, que lo aplastaba todo de nuevo.

Se quedó paralizado, casi todo el día en el sofá o vagando por la casa como un autómata, sin más horizonte que su propio pensamiento, mientras analizaba como un hipnotizado hasta el detalle más pequeño de su nueva situación. Y, otra vez, aquel sabor amargo en la boca, el sabor de la ruptura, se dijo, cada vez que algo se rompe en mi vida me vuelve ese sabor a bilis, y casi encontró acogedora esa sensación en medio del desierto que ahora atravesaba.

Necesitaba dormir para vivir sin darse cuenta, para dejar que el tiempo hiciera su labor arrancando las hojas muertas hasta formar una mullida alfombra sobre la que pisar sin que le doliera el sonido de sus pasos. Desconectó el teléfono y se tumbó de nuevo, estirado, las piernas y los brazos abiertos como el Hombre de Vitruvio, y durmió, primero por necesidad y luego porque se obligó a hacerlo.

A la mañana siguiente despertó sin violencia, sin daño; como en la muda de la serpiente, sintió la necesidad de desprenderse de aquel traje de rígidas costuras que había sido su vida y que le aprisionaba hasta la asfixia y sintió, al desperezarse, cómo se le desprendía la piel muerta para dejar paso a un hombre renovado.

De soledad

Afuera llovía desordenadamente; el olor a tierra húmeda se filtraba por las ventanas y llegaba a ella como un bálsamo apaciguador. Excepto la lluvia empapándolo todo, limpiándolo todo, nada ni nadie quedaba en la calle. Se dio cuenta de que también ella llovía sin control, las lágrimas se desbordaban por sus mejillas y caían manchando el suelo de madera como gotas de sangre transparente; nada existía fuera de ese llanto silencioso que ahogaba sus deseos y empapaba sus recuerdos de olor a tierra mojada. Se dejó llorar hasta que las nubes se agotaron afuera y empezó a salir la gente de los portales y la vida inundó de nuevo la calle,  y se quedó pegada al cristal, mirando desde adentro, como los niños miran a través del cristal de un acuario, con admiración y con temor también, pero, sobre todo, a través de una barrera infranqueable.

De dolor y muerte.

Mi hermana viajaba en el asiento del copiloto y yo detrás. En los últimos meses habíamos dado pasitos de gigante, sobre todo ella, para conseguir atar los cabos sueltos que nunca estuvieron sueltos y localizar el lugar en dónde mi abuelo estaba enterrado; presuntamente enterrado. Mi abuelo arrebatado; mi abuelo ausente siempre; mi abuelo, esa sombra que siempre ha planeado sobre nuestras vidas, en silencio y casi a escondidas…

El hombre que conducía había hecho el recorrido más veces, demasiadas veces, hasta el lugar por donde iba el camino antiguo de Hervás a Valverde del Fresno, un sitio anodino como cualquier otro bordeado de postes de luz y de terreno sin labrar, dónde antes de este momento nuestro, mucho antes, tuvo mi abuelo su momento particular, y sus asesinos también; mi abuelo para verse obligado a dejarse matar sin culpa y sin poder defenderse, y sus asesinos para dejar en la cuneta el logro de su propia maldición.

Yo, en aquel momento, ni siquiera podía pensar con claridad, la emoción de llegar al sitio en donde mi abuelo había muerto de una forma tan bárbara; el poder ponerle coordenadas, colores, texturas, realidad al fin, me paralizaba. Ninguna de las dos podíamos hablar, mi hermana me miraba por el espejo retrovisor y me veía llorar como el agua desborda de un vaso, pausadamente y en silencio, mientras yo miraba sus ojos en el espejo, que también empezaban a inundarse. El hombre que conducía habló en tono jovial, supongo que no fue un pensamiento en voz alta, que nos hablaba a nosotras aunque no escuché lo que dijo, porque se volvió y nos vio así, calladas y llorando un dolor ancestral ya, y… se puso a canturrear una canción. Aún pude sorprenderme, miraba su espalda y su nuca y oía aquel tarareo que me hacía daño, que volvía a hacer sangrar aquella herida nunca cerrada, que me hacía sentir que mi abuelo volvía a morir en aquellos momentos.

De lecturas

Cuando abrió los ojos su primer pensamiento fue para él, incluso había soñado con él aunque  no recordara el sueño, pero sí identificaba el poso que el sueño le había dejado. Se desperezó con la ilusión de su regreso, una tarde más, en aquel refugio fabricado a la medida de los dos, en el que casi nada más existía, o, al menos, nada podía interferir. La espera en sí misma ya resultaba entrañable, como el tráiler algo almibarado de una película romántica, como el presentimiento de una felicidad tranquila, reposada y certera que, sin embargo, acelera el corazón. Todo era siempre igual y, a la vez, tan diferente; igual era el deseo que la empujaba, y sentir que el tiempo se paraba en el reloj, porque, aun a sabiendas de lo manido que resultaba todo, de lo predecible que pueden llegar a ser las emociones, salvo en el momento y en la intensidad de ser vividas, eso era lo que pasaba en realidad, que el tiempo se paraba junto a él, y ella se dejaba transportar a otros universos que después, cuando él ya no estaba, seguían pegados a su piel y a su memoria, y esa huella, imborrable ya, serviría de reclamo para la siguiente tarde, porque tenía que haber una tarde más como aquella, y muchas tardes más, porque si no, ella se sentiría languidecer como una luz de gas. Y todo pasaría muy rápido, demasiado rápido a pesar del tiempo detenido, y al final de la tarde ella se sentiría como emergiendo del sueño que no recordaba, con la piel y el corazón erizados de sensaciones y el deseo intacto de seguir a su lado.

Y así era cada tarde, ella cogía cuidadosamente un libro, buscaba, como en una caricia, el punto en que había quedado su encuentro anterior y ambos se entregaban al juego de los amantes que viven a espaldas de los demás.

De pescados

El Bruno no había sido su último novio, pero sí era el único que la Asunción no había conseguido olvidar. Había empezado a trabajar en una pescadería del Mercado Central cuando era poco más que un crío y, nada más verle, a ella le gustó todo de él, hasta el olor a pescado y las botas altas llenas de escamas. Primero fue la relación comercial, claro,  pero, a base de frecuentar el puesto, el Bruno y la Asunción empezaron a quererse y a dejarse querer –la Asunción quería al Bruno y el Bruno se dejaba querer por la Asunción-, hasta que un día, cuando ya andaban pensando en boda – ella pensaba en boda y él sólo pensaba en verlas venir-, el Bruno desapareció sin dejar otro rastro que el olor a pescado fresco en la cama de Asunción.

Al principio, todo fue desolación y llanto, la Asunción tenía alucinaciones y creía que el Bruno aparecía porque le venía de pronto aquel olor tan familiar que sólo estaba en su memoria, hasta que llegó un momento, cuando supo que él trabajaba en una gran superficie a la que ella nunca iría y que se había casado con una dependienta de la sección de congelados, que la añoranza de los abrazos y de los besos sólo le fue tolerable si se pasaba la mañana de una pescadería en otra, llenando sus pulmones de aquel olor tan entrañable, tan necesario. Por eso, aún ahora, la Asunción coge cada día su bastón y acude puntualmente a la pescadería, para comprar una caballita, o un par de sardinas, o media docena de boquerones, y luego, en casa, abre el envoltorio, lo acerca a su nariz y cierra los ojos mientras se llena de recuerdos, porque ella, en realidad, hace muchos años que se hizo vegetariana.

Sala de espera

Como las gallinas se arremolinan cacareando para picoterar el maiz, así la recibieron cuando entró en la sala. Si no fuera por el cotorreo, pensó, esto parecería un velatorio, todas las sillas ordenaditas contra las paredes, y todas llenas de parroquianos pendientes de todo el que entra por la puerta.

Ella abrió el despacho con la llave, aplicándose en la tarea para evitar así a los oportunistas que, cada día y siempre distintos, la abordaban al llegar. Se supo dispuesta a la pelea, porque mucho había de pelea en el día a día, y, mientras el ordenador hacía lo propio, se dio cuenta de que el tumulto de afuera iba a necesitar de una estrategia diferente. Se armó de valor, abrió la puerta bruscamente y, con un poquito, sólo un poquito de mala leche, dijo alto y claro: «¡Como se supone que están ustedes enfermos, no tendrán muchas ganas de hablar!». Todavía hubo alguno que se resistió, a pesar de la sorpresa de la mayoría, pero ella no se esperó a verlo, se dio la vuelta y entró de nuevo en la consulta. Llamó al primer paciente y, mentalmente, se apuntó una victoria, momentánea, pero victoria al fin y al cabo.

El hombre tranquilo

A menudo se lo decían, que, con los tiempos que corren, y qué tranquilo estaba; y él respondía siempre diciendo que era cuestión de talante, que cabrearse no le ayudaba mucho. Y, así siguió, mirando la botella medio llena porque le resultaba más útil que mirarla medio vacía, templando gaitas también, mientras pudo, y contando hasta diez primero, y hasta veinte y hasta treinta después, hasta que un día, muy tranquilo, decidió que una cosa era no atacar y otra, muy distinta, no resistirse, y se puso enfrente de aquel cabrón que se aprovechaba de la miseria que él, y otros como él habían favorecido con tanto entusiasmo y cuidaban cada día con tanto mimo y, muy tranquilo, mucho más tranquilo de lo habitual, le dijo que no se pasara ni un pelo, que ni siquiera él, que estaba tan acostumbrado a tener a todo el mundo debajo de la bota, iba a pisarle; que no sabía respetar a nadie, y por eso nadie le tenía un respeto a él, obediencia sí, por obligación, pero resquemor, también, y mucho. Y que no le importaba saber de qué iba a morirse, ni cuando, porque sabía a buen seguro que, por mucho que viviera, él, que podía pagarse los mejores médicos y las medicinas más caras, iba a vivir muy sólo y muy atormentado. Eso sí lo sabía seguro.

Y se dio la vuelta, muy tranquilo, mientras el otro se quedaba boquiabierto, pasmado y un poco encogido por temor a la profecía.

Locura de amor

A Francisco, el loco, no le importaba que en el pueblo lo llamaran así; al fin y al cabo, nunca se lo decían a la cara, y, además, su madre ya no estaba allí para llorar por eso, como había hecho durante los últimos cuarenta años, desde que la Nuncia lo engolosinó con tanto mover el culo y ponerle las tetas en la cara, para luego quedarse embarazada de aquel pelanas que vino a trabajar al pueblo. Que suyo no era el bombo, eso lo tenía él muy seguro, que él bebía los vientos por ella, pero no había llegado a ponerle la mano encima, que se hacía la remilgada y luego mira por donde salió. Mira que le había dicho su madre que la Nuncia no le convenía, y él, erre que erre, que no veía más que por sus ojos, que iba tras ella como un corderito, hasta que pasó lo que pasó, y, entonces, sí que se volvió loco, sí, que se emborrachó hasta caerse muerto, aquella y muchas noches más, y oía como la Nuncia se reía a carcajadas en sus narices, y él se daba cabezazos contra las paredes, con las manos tapando las orejas y gritando más fuerte que las risotadas de ella, aunque nunca dejaba de oírlas; bueno, sí, las dejó de oír cuando empezaron las voces, las que le decían que merecía estar muerta por lo que le había hecho, y entonces seguía viéndola por las noches, un poco transparente y siempre sin la barriga, y ya no se reía, que seguro que ella escuchaba las voces también y sabía lo que le esperaba.

Su madre entonces lo pasó muy mal, penando por este hijo, decía, que se ha vuelto loco de dolor; de amor, madre, de amor, decía él, que la sigo queriendo aunque todas las noches quiero matarla. Su madre dio gracias a dios, y, ni se le ocurrió ir a confesarse después, cuando supo que la Nuncia se había muerto en el parto, porque ya no podía vivir con la angustia de saber que ese hijo acabaría matándola, y, al fin y al cabo, si alguien tenía que pagar por esto, que pagara ella, la muy puta, que le había destrozado la vida al su Francisco.