Sala de espera

Como las gallinas se arremolinan cacareando para picoterar el maiz, así la recibieron cuando entró en la sala. Si no fuera por el cotorreo, pensó, esto parecería un velatorio, todas las sillas ordenaditas contra las paredes, y todas llenas de parroquianos pendientes de todo el que entra por la puerta.

Ella abrió el despacho con la llave, aplicándose en la tarea para evitar así a los oportunistas que, cada día y siempre distintos, la abordaban al llegar. Se supo dispuesta a la pelea, porque mucho había de pelea en el día a día, y, mientras el ordenador hacía lo propio, se dio cuenta de que el tumulto de afuera iba a necesitar de una estrategia diferente. Se armó de valor, abrió la puerta bruscamente y, con un poquito, sólo un poquito de mala leche, dijo alto y claro: «¡Como se supone que están ustedes enfermos, no tendrán muchas ganas de hablar!». Todavía hubo alguno que se resistió, a pesar de la sorpresa de la mayoría, pero ella no se esperó a verlo, se dio la vuelta y entró de nuevo en la consulta. Llamó al primer paciente y, mentalmente, se apuntó una victoria, momentánea, pero victoria al fin y al cabo.

El hombre tranquilo

A menudo se lo decían, que, con los tiempos que corren, y qué tranquilo estaba; y él respondía siempre diciendo que era cuestión de talante, que cabrearse no le ayudaba mucho. Y, así siguió, mirando la botella medio llena porque le resultaba más útil que mirarla medio vacía, templando gaitas también, mientras pudo, y contando hasta diez primero, y hasta veinte y hasta treinta después, hasta que un día, muy tranquilo, decidió que una cosa era no atacar y otra, muy distinta, no resistirse, y se puso enfrente de aquel cabrón que se aprovechaba de la miseria que él, y otros como él habían favorecido con tanto entusiasmo y cuidaban cada día con tanto mimo y, muy tranquilo, mucho más tranquilo de lo habitual, le dijo que no se pasara ni un pelo, que ni siquiera él, que estaba tan acostumbrado a tener a todo el mundo debajo de la bota, iba a pisarle; que no sabía respetar a nadie, y por eso nadie le tenía un respeto a él, obediencia sí, por obligación, pero resquemor, también, y mucho. Y que no le importaba saber de qué iba a morirse, ni cuando, porque sabía a buen seguro que, por mucho que viviera, él, que podía pagarse los mejores médicos y las medicinas más caras, iba a vivir muy sólo y muy atormentado. Eso sí lo sabía seguro.

Y se dio la vuelta, muy tranquilo, mientras el otro se quedaba boquiabierto, pasmado y un poco encogido por temor a la profecía.

Locura de amor

A Francisco, el loco, no le importaba que en el pueblo lo llamaran así; al fin y al cabo, nunca se lo decían a la cara, y, además, su madre ya no estaba allí para llorar por eso, como había hecho durante los últimos cuarenta años, desde que la Nuncia lo engolosinó con tanto mover el culo y ponerle las tetas en la cara, para luego quedarse embarazada de aquel pelanas que vino a trabajar al pueblo. Que suyo no era el bombo, eso lo tenía él muy seguro, que él bebía los vientos por ella, pero no había llegado a ponerle la mano encima, que se hacía la remilgada y luego mira por donde salió. Mira que le había dicho su madre que la Nuncia no le convenía, y él, erre que erre, que no veía más que por sus ojos, que iba tras ella como un corderito, hasta que pasó lo que pasó, y, entonces, sí que se volvió loco, sí, que se emborrachó hasta caerse muerto, aquella y muchas noches más, y oía como la Nuncia se reía a carcajadas en sus narices, y él se daba cabezazos contra las paredes, con las manos tapando las orejas y gritando más fuerte que las risotadas de ella, aunque nunca dejaba de oírlas; bueno, sí, las dejó de oír cuando empezaron las voces, las que le decían que merecía estar muerta por lo que le había hecho, y entonces seguía viéndola por las noches, un poco transparente y siempre sin la barriga, y ya no se reía, que seguro que ella escuchaba las voces también y sabía lo que le esperaba.

Su madre entonces lo pasó muy mal, penando por este hijo, decía, que se ha vuelto loco de dolor; de amor, madre, de amor, decía él, que la sigo queriendo aunque todas las noches quiero matarla. Su madre dio gracias a dios, y, ni se le ocurrió ir a confesarse después, cuando supo que la Nuncia se había muerto en el parto, porque ya no podía vivir con la angustia de saber que ese hijo acabaría matándola, y, al fin y al cabo, si alguien tenía que pagar por esto, que pagara ella, la muy puta, que le había destrozado la vida al su Francisco.

La prueba

Desde que, de pequeño, su tía, una sombra larguirucha y malhumorada, de la que decían que se había quedado soltera porque no  había quién la aguantara, le dijo que tenía la cabeza hueca, ese sambenito le había perseguido durante toda su vida como una maldición. A él no le había preocupado mucho el asunto, salvo cuando quiso hacerse novio de la Chon y los padres le pusieron mala cara porque, dijeron, siempre había sido un poco lelo y todo el mundo lo sabía.

Fue el Román, el hijo de la Vicenta, el que corrió el pueblo de cabo a rabo para  contarlo; que el Fabián se había subido a una higuera, a la parte más alta, a por los higos más gordos, y se le había roto la rama y se había caído del árbol, y se había oído un ruido como el de una sandía cuando se revienta. Y allí se había quedado el Fabián, con los ojos abiertos y los sesos desparramados por el suelo, que, mira por donde, estaba claro que no tenía la cabeza hueca.

 

Urgencias

El infarto llegó a las doce de la mañana, el hombre había empezado a encontrarse mal después del desayuno y no había querido asustar a la familia, que se había reunido después de mucho tiempo de ausencias. Llegó pálido, sudoroso y angustiado, con tal sensación de gravedad que ninguno de la media docena de pacientes que esperaban inquietos en la sala de espera se atrevió a protestar cuando la enfermera le hizo pasar sin esperar su turno. Inmediatamente cuatro manos y dos cabezas bien  centradas se pusieron con él, mientras alguien más tranquilizaba a la familia, y ordenaba un poco el caos de la mañana en el Centro de Salud.

Dentro ya se atendía a una anciana que no se tenía en pie, mareada y sin dejar de vomitar, cuando el teléfono sonó, con esa urgencia de lo desconocido que lo convierte en prioritario. La enfermera aceleró el inyectable que ya estaba poniendo y corrió a coger la llamada, que todo lo grave se junta, y, tras el saludo habitual de “Urgencias, dígame…” y la repetición un poco crispada de “¡Urgencias, dígame!…” oyó decir al otro lado, “Ah, es que estaba probando a ver si ya me funcionaba el teléfono, que antes no me iba…”. La enfermera se separó del auricular y lo miró, incrédula, antes de colgar sin decir palabra.

Aceite de colza

Que sí, que ahora lo cuenta, a pesar de todo; a pesar de las hemorragias y el cansancio, y de boquear como un pez cuando sube dos escalones, y de esos dolores de tripas que le hacen retorcerse, y esos dedos agarrotados que no sujetan ni la cuchara.

Que es como si fuera ayer, trabajando en Madrid hace treinta años, soltero y en casa de la patrona, y comiendo y cenando en el bar, que allí solo iba a dormir y a que le lavaran la ropa, y a otro compañero y a él les cayó lo del aceite, que él estaba hecho una mierda y le decían que no tenía nada porque no salía la enfermedad, aunque te iba matando por dentro; y hasta que, al final, ya lo ingresaron y estuvo a la muerte.

Que eran otros tiempos, que luego nos pagaron todo, hasta las tiritas y el agua oxigenada, para toda la vida; que qué mala suerte tuvimos, ¿no?; porque nadie iba a ser tan canalla de matarnos con ese veneno sólo para ganar más; vamos, digo yo…

El adiós

A él le dijo que llevaba mucho tiempo preparándose para ese momento, pero no era verdad; en  realidad, sólo llevaba mucho tiempo temiendo que llegara ese momento; el suelo se abría bajo sus pies y ella no podía agarrarse a nada para evitar que la oscuridad la tragara. Se sintió como un náufrago, intentando bracear en medio del océano, inútilmente.

Le agradeció la sinceridad, y se dejó hundir en aquel dolor mudo y sin lágrimas. Y se sintió terriblemente sola. Otra vez.

Leer

Fue el ruido de la puerta al cerrase de golpe lo que la devolvió a la realidad. Incluso se asustó un poco y levantó bruscamente la cabeza mirando alrededor con temor. Cerró el libro y esperó. De nuevo iba a repetirse la misma escena de siempre, su madre, reprochándole que no hubiera hecho las tareas que le había encargado; su hermana, mirándola con un aire entre la reprobación y la conmiseración, y ella, sin saber qué decir, sin entender por qué debía  justificar que no quisiera convertirse en una mujer de su casa, por qué odiaba tener que limpiar o coser cuando en los libros la acechaban tantas cosas interesantes, tantas vidas por vivir sin moverse de aquella habitación que era una ventana abierta al mundo, hasta que había llegado su madre son sus estúpidas normas de educación y la había convertido en una cárcel.

Ausencia

Ocupó su tiempo como supo, trabajó concienzudamente, salió con amigos, visitó museos y exposiciones, fue al cine y a conciertos, salió a caminar y montó en bicicleta, incluso durmió la siesta y leyó cada noche hasta quedarse dormido y, cada día, sin previo aviso, aquella sensación repetida que interrumpía cualquier cosa que estuviera haciendo, un vuelco que localizaba en el estómago, el tirón de una cuerda invisible… Y entonces se daba cuenta de cuánto la echaba de menos.

La casa.

Era una casa pequeña en un pueblo pequeño; una casa de esas que te devuelven la paz que no has perdido, que te sosiegan el alma y que, en seguida, huele a ti; una de esas casas fresquita en verano y refugio en invierno, con un troje vacío donde almacenar todos los miedos y todos los fantasmas, un troje donde también bailen las hadas que te dieron la mirada inmensa de aquel niño que empezaba a enamorarse, hace tantas vidas ya, y de todos los niños que después han sido.