Futuro imperfecto

Hay quien piensa que Isaías es un hombre torpe, pero él, con una opinión más generosa de sí mismo, se considera un hombre sin suerte. Por eso, ya en el colegio, si tenía la ocurrencia de copiar en los exámenes, siempre lo pillaban, y su falta de fortuna o de habilidad, según se mire, traspasaba los límites de la intimidad y se instalaba en el punto de mira de sus aviesos compañeros. Por eso también, cuando se enamoró por primera vez lo hizo de la novia de su mejor -y único, todo hay que decirlo-, amigo; y por esa misma falta de fortuna o de habilidad en el manejo de su vida, cuando encontró trabajo, lo destinaron, casi de inmediato, a 800 km de casa, y, a los pocos  día de abandonarlo porque ya había llegado al límite de sus fuerzas, se enteró por la prensa local de que su empresa, necesitada de viabilidad a corto y medio plazo, negociaría ventajosos despidos para liberarse de cargas laborales.

Aparte de estos asuntos sin importancia, Isaías siempre se ponía en la cola que menos avanzaba o acertaba a pisar la hoja resbaladiza sobre el suelo mojado; cosas así. ¿A quién iba a extrañarle que, desesperado e incapaz de atisbar un futuro menos pesimista, decidiera suicidarse? ¿Y, a quién podía sorprenderle que se pusiera al tren… en una vía muerta?

No sé si tú sabes

Y nunca le recordaba lo que no se podía contar, como si él mismo ya lo hubiera olvidado o como si nunca hubiera ocurrido. Hace años, cuando ella se encontraba con su mirada, no podía menos de pensar “yo sé que tú sabes…”, y una corriente eléctrica le recorría la espina dorsal, como una amenaza, pero, poco a poco, él había comenzado a tener pequeñas lagunas, pequeños olvidos, distracciones sin importancia que fueron a más, y a ella le parecía, por eso, cada vez más adorable. Era tan dócil, tan resignado, tomando su medicina, que se preguntaba si él no lo habría sabido siempre, pero…verle así la hacía tan feliz…

Clausura

Las veo salir de su clausura, siempre de dos en dos, con sus caras redondas asomadas a la ventana blanca de su toca negra, bajo un hábito negro también, del que solo asoman unos pies bailarines que, se me antoja, juegan al escondite esquivando las sayas. Me gusta pensar que una de ellas es la que sabe adonde van y la otra la que sabe lo que tendrán que hacer cuando lleguen, dondequiera que sea; y por eso necesitan ir juntas. También por la mañana, cuando aún las calles están desiertas, salen de a dos y, con las bolsas de basura en la mano, atraviesan la calle hasta los contenedores, bulliciosas y sonrientes, vestiditas totalmente de blanco, juguetonas como dos niñas que se escaparan en camisón.

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Basura

Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor, ella y su hermano colocaron como pudieron todo lo que habían recogido en las bolsas arrugadas. La salida nocturna era ya una rutina aunque, en realidad, cualquier momento del día era bueno porque nadie respetaba los horarios para sacar la basura. Decididamente no le gustaba esa palabra, la mayoría de la gente se equivocaba, y se equivocaba casi todos los días, porque no era posible que dejaran allí, sin equivocarse, todo aquello que su mamá transformaba después en el menú del día. ¿O sería que las hadas existen en realidad y mamá era una de ellas?

Teresa

Teresa es alegre como unas castañuelas. A la primera de cambio y sin que le preguntes te cuenta que tiene seis hijos, que la más pequeña acaba de empezar la escuela y que, todos juntos, le dan mucho trabajo; que el mayor se llama como su marido y la más pequeña como su tía Isabel, que vive a pocos metros de su casa y le echa una mano con los chiquillos. De pronto se agonía porque es la hora de las meriendas y no sabe por donde andan, y quiere llegarse hasta la puerta del colegio para recogerlos y que no se le extravíen.

Teresa tiene 82 años. Pero ella no lo sabe.

Volando, al fin.

-Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost… Claro que, sin equipaje ni billete de vuelta, no creo que vaya a haber overbooking. Aquí llega un rezagado de última hora; parece un padre de familia, el típico empleado de banca o vendedor de coches. Míralo, desencajado… un infarto, seguro. Tranquilo, hombre, a ver si ni siquiera va a ser tu vuelo… A ver si te pasa como a mí que, por dos veces, sentado ya y hasta con el cinturón puesto, me hicieron bajar del avión.

-Perdone, caballero, pero no está en nuestra lista de pasajeros…

-¡A mí qué me cuentan, uno es novato hasta para esto!. Esta vez, no; esta vez me he asegurado de no perder el vuelo; lo único molesto es este nudo corredizo que me aprieta el cuello. Ni tragar saliva me deja”.

-Señoras y señores pasajeros, el comandante Muerte les da la bienvenida a este vuelo con destino a ninguna parte…

Un día más

Se apoya en un bastón demasiado alto que coloca un poco oblicuo al caminar y casi arrastra en la otra mano una bolsa de plástico con muchas vidas, vacía y arrugada. Mira al suelo de cerca -los años siempre se posan en la espalda y doblan a uno por la mitad y le agarrotan las piernas, hinchadas y torpes-, se acerca a la frutería de la esquina y mira y remira el género y hasta toquetea un melocotón mientras el muchacho del puesto de fruta hace como que no la ve. El bastón, la bolsa, el monedero y la vista cansada son demasiados enemigos juntos y por eso ofrece la cartera al muchacho, mirándole a los ojos, y él mismo coge las monedas y también le cuelga la bolsa preñada en la mano izquierda. Se gira lentamente y comienza a caminar mientras la mirada protectora del frutero la acompaña hasta que libra la acera.