Diario de Pepín. Día 55

Los cachorros tenemos que aprender tantas cosas, tantas cosas nos pasan por primera vez que no sé yo si, cuando deje de ser cachorro, me habrá dado tiempo a todo.

He visto llover por primera vez, una lluvia suavecita que apenas se veía caer pero sonaba al golpear sobre la grama y sobre la tierra. Yo había visto la lluvia desde abajo que riega los jardines cada mañana pero esto es otra cosa, en la lluvia de esta mañana el aire olía a fresco y a mar y las gotitas que me caían en los hocicos me hacían cosquillas. Pero también he oído cómo se rompía el cielo sobre mi cabeza, que iba yo todo chulo a explorar el jardín cuando, de pronto, hubo un estruendo terrible y el aire tembló a mi alrededor y creí que todas las piedras del mundo iban a caer sobre mí. Antes de pestañear dos veces ya me había metido en casa, a todo meter.  Mamá dijo que no tuviera miedo, que eso era un trueno y que a todos los perros nos asustan mucho las tormentas. ¡Cómo no nos van a asustar, a todo el mundo le asustarán, digo yo!

Bueno, pues, además de la lluvia y de los truenos, he aprendido una cosa nueva. Aún no me atrevo a meterme yo solo en el coche, pero ya sé bajarme yo solito. Mamá me quita el amarre de seguridad que me pone para viajar y me coloca la correa de paseo y luego ya me deja a mí solo que, de un saltito baje del asiento, y de otro más salga del coche. Y eso hago, que me bajo todo orgulloso y luego espero a mamá y ella me mira y yo sé que también está muy orgullosa de mí.

Diario de Pepín. Día 45

Mamá y yo vemos crecer la hierba. Por la mañana vemos como corre el agua por la calle abajo, porque siempre llueve finito encima de los jardines. De pronto, se para la lluvia y ya solo queda la hierba mojada y fresquita. Yo disfruto mucho correteando por el jardín empapado de agua, pero no me gusta nada pisar la calle mojada; no es lo mismo. Bueno, pues, a lo mejor, una mañana, la hierba está muy pequeñita, como si una vaca hubiera pasado allí la noche pegándose un atracón, y huele a hierba cortada; al día siguiente la vemos un poquito más crecida, verde y mullida que da gusto pisarla, crece un poquito más el siguiente día y, como mucho, un día o dos más, y las vaquitas vuelven a pasar la noche comiendo pasto. Nosotros nunca las vemos, pero vemos como queda de pequeñita la hierba después de pasar ellas por allí. Y otra vez a empezar; la hierba nunca se cansa.  Y las vaquitas, tampoco.

Lluvia

Afuera sigue lloviendo y también aquí dentro el aire se ha vuelto más limpio.

No tengo ventanas a mi alcance pero escucho cómo pasan los coches exprimiendo a su paso el agua sobre el asfalto y ese sonido inconfundible me acerca a la imagen del agua sobre los paraguas, sobre la gente que corre a refugiarse, sobre los árboles que forman goterones y cimbrean las ramas delgadas bajo su peso. Veo llover con solo escuchar el eco tardío de la lluvia, cuando ya ni siquiera es lluvia.

En el libro de ayer llovía sin ruido. El hombre sin nombre de la novela vive de prestado en una casa en la montaña y ve llover a través de sus ventanas. La lluvia de ese otoño japonés es fina, suave, y cae sin ruido, sin hacerse notar demasiado si no fuera por el frío que la acompaña. Murakami no explica en sus libros los hechos que decoran la trama principal. Tan solo los cuenta como una rutina, sin insistir mucho en ello, sin distraer la atención de lo que importa, pero, aun así, yo vi su lluvia fina y fría, silenciosa y benefactora. Y ahora esa lluvia me llama, me pide que salga a la calle esquivando los charcos y los coches y vaya a acurrucarme al sofá, a respirar el olor limpio del bosque oscuro y a observar cómo un hombre que se busca a sí mismo mira llover a través de los cristales.

Llueve

Jarreaba agua detrás de los cristales. Miró abajo,  a la calle desierta y ahogada; sólo una chica corría protegiendo inútilmente su cabeza bajo un portafolios. Por la esquina atravesó la calle una figura desdibujada por la cortina de agua, chapoteando a cada paso, sin prisa ya, vencida por el aguacero. Y nadie más. La ciudad de cemento y ladrillos se dejaba lavar violentamente y la suciedad anegaba las alcantarillas.

Bajó sin paraguas y sin el gorro para el agua que colgaba en el perchero. Bajó deprisa, antes de que descampara, poniéndose la gabardina por las escaleras. Llegó a la plaza y se colocó en medio, los brazos abiertos y la cara hacia arriba. La lluvia le golpeó el rostro con fuerza y cerró los ojos. Sintió que el chorreo le arrancaba la corteza oscura que la estaba asfixiando y pudo por fin respirar. Al momento empezó a caer ya una lluvia fina, abrió los ojos y se retiró el cabello pegado a la cara.

Empezó a salir el sol.

Impunidad

Tenía prisa; quizás por eso, cuando fue a abrir la puerta del coche y vio el espejo como desmayado, colgando de lado, no se acordó. Maldijo en voz baja y sacó del maletero la rueda de cinta americana para reparar el desaguisado, arrancó el vehículo y se alejó sin acordarse aún, maldiciendo de nuevo y con el enfado invadiendo su rostro como una ola de lava.

Una hora después conducía por la autovía, bajo la lluvia, sorteando coches fantasmales en medio de la neblina. Miró por el espejo retrovisor y solo vio un intenso aerosol de agua gris contra un asfalto y un cielo grises; miró por el espejo reconstruido y, aunque modificó su posición para ganar ángulo, no pudo ver nada en aquel cristal inútil. Aún entonces, siguió sin acordarse. No fue sino hasta el momento en que inició la maniobra de adelantamiento, cuando el camión que le adelantaba a su vez -y que él no había visto por el espejo roto-, lo arrolló como si fuera de juguete, y lo lanzó haciendo trompos contra los otros coches y contra el muro del arcén, cuando, mientras su cerebro se vaciaba de cualquier realidad y todo dejaba de tener sentido, recordó con total nitidez una madrugada de hace más de treinta años, cuando la panda salía a beber y a ponerse a tono y el alcohol ya les había soltado la lengua, primero, y los impulsos, después, y aquella chica de la disco le había hecho la cobra delante de todos, y salieron a la calle con los pies inseguros y los ojos brillantes, guaseándose de la gracia y de su desgracia, y le entraron ganas de vengarse de ella y demostrarles a ellos con quién se jugaban los cuartos, y se fue hacia el único coche que quedaba a aquellas horas en la calle con la misma resolución que si fuera el suyo, para colgarse de uno de los espejos hasta que un chasquido como de cuello roto le avisó, y lo dejó así, colgando de los cables, como desmayado.

De soledad

Afuera llovía desordenadamente; el olor a tierra húmeda se filtraba por las ventanas y llegaba a ella como un bálsamo apaciguador. Excepto la lluvia empapándolo todo, limpiándolo todo, nada ni nadie quedaba en la calle. Se dio cuenta de que también ella llovía sin control, las lágrimas se desbordaban por sus mejillas y caían manchando el suelo de madera como gotas de sangre transparente; nada existía fuera de ese llanto silencioso que ahogaba sus deseos y empapaba sus recuerdos de olor a tierra mojada. Se dejó llorar hasta que las nubes se agotaron afuera y empezó a salir la gente de los portales y la vida inundó de nuevo la calle,  y se quedó pegada al cristal, mirando desde adentro, como los niños miran a través del cristal de un acuario, con admiración y con temor también, pero, sobre todo, a través de una barrera infranqueable.