Literatura

A Gloria

-Profesor, usted que ha sido un gran estudioso de esta autora, ¿cree que influyó su vida privada en sus poemas?; porque nunca se casó, pero escribe muchas veces sobre el amor; ¿cree que sus poemas responden a una realidad?.

La chica se había empinado desde las sombras de las primeras filas y había acabado de pie, con el micro que le había alcanzado la azafata en la mano.

El profesor, un hombre de unos cincuenta años, de aspecto tranquilo y barba arreglada como al descuido, acercó un poco la varilla del micrófono de sobremesa y carraspeó levemente.

-Como probablemente saben ustedes, dijo, yo conocí personalmente a Isabel  Blanco y la frecuenté en sus últimos años porque su talento y su forma de hacer tenían un efecto hipnótico en mí. Isabel era una de las personas más interesantes que he conocido, y una de las más apasionadas y equilibradas a la vez.

-Efectivamente, continuó, ella nunca se casó, pero sospecho que fue para no someter a la rutina y al compromiso ninguna relación, por miedo a destruirla. Ella no hablaba de su vida privada en privado, “ya escribo –me decía-, mis poemas son mi alma desnuda”. Quizás se enamoró de alguien que no le correspondía, o quizás se enamoró de alguien a quien debió dejar marchar, quizás se enamoró en silencio y “para adentro” como le gustaba decir, “yo ya escribo para afuera y lloro para adentro”.

-En cualquier caso –y le pareció que se alargaba en la respuesta y miró de reojo al coordinador de la mesa que le seguía tan atento que se había olvidado del tiempo de los ponentes-; en cualquier caso, repitió, hasta donde yo conocí a Isabel Blanco y  hasta donde conozco su obra, estoy seguro de que ella amó mucho y muy intensamente. Ella no sabía vivir de otra manera.

La chica le había escuchado de pie, en señal de respeto. Cuando el profesor calló, se sentó de nuevo, y se dio cuenta de que le temblaban un poco las piernas.

Contrastes

A las 6:02 sonó el teléfono del Centro de Salud, la hora crítica en los servicios de Urgencias, el momento en que pasan revista en las Residencias de ancianos y el momento en el que los que han aguantado de noche para  no molestar deciden que ya no es demasiado pronto, antes de que sea demasiado tarde.

Sonó al otro lado la voz de un hombre ni demasiado joven ni demasiado viejo, tranquila, dulzona y hasta algo relamida.

-¿Podría decirme, por favor, cual es la farmacia que está ahora de guardia?.

La pregunta no le extrañó demasiado, la gente acostumbraba a utilizar al personal sanitario de cicerone para ahorrarse el paseo hasta la puerta del Centro y mirarlo ellos mismos, pero esa pregunta a las seis de la mañana, buscando la farmacia sin pedir un médico, no le parecía normal.

El hombre siguió dando explicaciones: “El enganche del tubo al gotero se ha obstruido. Sin duda, con algún movimiento brusco, se ha doblado la aguja y le he sacado una fotografía para coger otro igual». El médico de guardia abrió los ojos más aún y, literalmente, sacudió el cerebro, a ver si era capaz de entender.

-Perdone, pero… ¿desde dónde me llama? Nosotros no dejamos puestos sueros en domicilio…

-No- dijo el hombre al otro lado encogiéndose, porque al médico le pareció sentir, por el tono, como se encogía un poco-. Es para mi gatita, que la tengo con suero constantemente para que no se muera. ¿Puedo pasar por ahí para ver si tienen ustedes uno igual?.

-¿A las seis de la mañana? Perdone, esto es un servicio de urgencias de personas; estamos atendiendo –recalcó. ¿Por qué no busca una clínica veterinaria que esté 24 horas?.

Todavía se oyó un “claro, claro” al otro lado antes de colgar.

A las 8:10 el teléfono volvió a sonar; una mujer avisaba de que un pariente suyo había aparecido muerto en casa. El médico preguntó el nombre del difunto y lo apuntó, preguntó la dirección y la mujer dijo solo un nombre sin número en medio de las dudas, pues ella estaba fuera y también la acababan de avisar; “a las afueras del pueblo”, comentó, y ya no supo darle más referencias. El médico se sentía ya impotente cuando, como por casualidad, la mujer comentó que alguien había avisado a la Guardia Civil. El cielo abierto.

A los treinta minutos de circular monte arriba detrás del todo terreno de la Guardia Civil, por un camino forestal de tierra apisonada –“menos mal que no ha llovido”, pensó en voz alta, y la enfermera movió la cabeza asintiendo mientras se agarraba al salpicadero para amortiguar un poco el bamboleo de los baches- llegaron a una casa, detrás de un recodo del camino. Salió a recibirlos un perro que no había ladrado al oír los coches y movía el rabo como si les conociera o como si estuviera deseando ver gente, y escucharon en seguida el balido de una cabra que les miraban atentamente desde detrás de una cerca. Un pariente del hombre muerto lo había encontrado boca abajo, caído en la entrada de la huerta que, a la vista estaba, había cuidado hasta el último momento de una forma primorosa. A su lado, sobre la tierra negruzca y blanda, una col y unas zanahorias con las hojas todavía tiesas le hicieron imaginar que el hombre estaba pensando en su comida cuando la muerte le atacó por sorpresa. Un chorro de agua canalizada llenaba una cubeta con ropa puesta a remojo y aún se notaba el calor en las cenizas de un hogar de piedras, junto a la entrada de la casa. No debía haber luz, desde luego no había bombilla en la puerta, porque el hombre llevaba una linterna de minero en la cabeza, que en aquel momento no lucía. El pariente que lo había encontrado comentó que el muerto vivía allí solo desde hacía más de cuarenta años, como un ermitaño, se apañaba con la huerta y el ganado –“una cabra, dos gallinas y un cerdo”- dijo, y solo bajaba al pueblo a por pan.

-De casualidad que he venido yo hoy; porque salí a por níscalos y pasé a decirle algo… y mira lo que me he encontrado.

No había signos de violencia, no había por qué molestar al Forense, de modo que cumplieron el protocolo habitual y regresaron monte abajo. El frío les dolía en los pies. A lo lejos se oían los tiros de los cazadores.

Limosna

-¿Puede ayudarme, señora?

Abro la puerta del coche y me vuelvo para ver al hombre que me habla desde la acera de enfrente. Es un hombre mayor, aunque no viejo, con barba de varios días y un gorro de estambre oscuro; lleva una chaqueta gris y grasienta que hace mucho tiempo debió de ser parte de un traje y me muestra tres o cuatro paquetes de pañuelos de papel que lleva en la mano, ofreciéndomelos. Me disculpo e intento demostrar que tengo prisa pero él atraviesa la calle y se coloca a mi lado, buscando mis ojos mientras yo rehúyo su mirada. Al final decido que la forma más rápida de terminar es buscar unas monedas y dárselas. Saco tres euros del bolso y se los alargo sin ni siquiera mirarle y el hombre, que ya había dejado un paquete de pañuelos en el asiento del coche a través de la puerta entreabierta, al ver las monedas, rápidamente coge otros dos paquetes y me los tiende.

-¡No, no! No es necesario- le digo; pero él protesta y se apresura a decir con firmeza: “No, señora. Me ha dado tres euros. Es mi obligación”. Me quedo callada, de pronto me doy cuenta de que esa necesidad de compensarme es la razón de que él conserve su dignidad y yo recupere la mía. Ahora sí le miro a los ojos, y sigo mirándole cuando él regresa a la acera de enfrente y se aleja contando las monedas.

A la hora del té

Desde donde estoy tengo una vista privilegiada de la plaza del Corrillo; pido un té rojo con limón, recordando otros tés, y observo el verano que se niega a abandonar la ciudad.

Un camarero ha salido a fumar a la calle y el barrendero que trajina por allí casi le barre los pies, esperando la colilla que no acaba de caer; hay un par de hombres con traje de ejecutivos en una mesa de la terraza, desentonando entre los turistas que aprovechan a comer tarde y los estudiantes que caminan con los libros en el brazo, camino de la Facultad. Como aún hay poca gente sentada, los pájaros se atreven a revolotear entre las mesas vacías, picoteando migajas aquí y allá. Hay uno que se sujeta en el borde de una silla y se balancea, como los niños en los columpios, antes de echarse a volar de nuevo. La vida pasa a mi lado y me invita a acompañarla.

El hombre del saco

 

A Sara.

Recuerdo ahora que, cuando niña, mis abuelos solían forzarme a obedecer bajo la amenaza de que, de no hacerlo, me pasarían cosas terribles como, por ejemplo, que iba a venir el hombre del saco y se me llevaría si protestaba porque no me gustaba la comida, o si comía muy deprisa porque me gustaba demasiado, o si lloraba, o si… Recuerdo también que mi padre se enfadaba con ellos y les decía que los niños debían crecer sin miedos, de modo que yo dormía plácidamente cada noche porque, cada noche, mi padre me leía un cuento y me daba un beso en los párpados cerrados y yo sabía que ningún monstruo se atrevería con él, tan grande y tan fuerte.

Recuerdo que, con cuatro años, mi padre me prometió llevarme a las Ferias y allá  nos fuimos los dos, él caminando a grandes zancadas y yo colgando de su mano y dando un brinco cada dos pasos para adaptarme a su camino. Yo le miraba de reojo y me iba contagiando de su ilusión, pero nada fue comparable a lo que sentí ante tanta algarabía y tantas luces de colores, castillos hinchables, tiovivos y trenes que subían y bajaban sin parar. A mí aquello me pareció otro mundo, y era un mundo maravilloso que no me cabía en los ojos.

Nos miramos los dos, y, sin ni siquiera decirme nada, mi padre me llevó de la mano hasta el tiovivo de los caballitos y nos quedamos los dos parados, mirando aquellas luces parpadeantes y aquel galopar pausado e interminable, mi mano en la suya y mi corazón alocado. Mi padre sacó un billete del bolsillo y se acercó a un hombre que estaba frente a nosotros y acababa de darle un manotazo en el hombro a un crío de mi edad que trotaba por allí sin hacer caso de sus llamadas. Recuerdo que en aquel momento pensé que aquel crío debía de ser su hijo, porque algo de padre debí de reconocer en aquella actitud, y me alegré íntimamente de que no fuera el mío. Aquel hombre oscuro masculló unas palabras que yo no entendí, cogió el billete que mi padre le ofrecía y sacó de un saco que tenía a sus pies unas fichas redondas que le entregó a mi padre mientras me miraba a mí con una mirada que me pareció de hartura, como si yo le estorbara, y el tiovivo y los otros niños también.

Aquella noche fui princesa a lomos de un corcel –en los cuentos de mi infancia no había caballos-, eso lo recuerdo tan nítidamente como mis miradas ansiosas buscando a  mi padre cada vez que el tiovivo daba una vuelta entera. Aquella noche me costó dormirme y soñé que alguien llamaba a la puerta de mi casa y, al abrir, aparecía aquel hombre del tiovivo, gris y mal encarado, con un saco al hombro, preguntando por mí.

Impunidad

Tenía prisa; quizás por eso, cuando fue a abrir la puerta del coche y vio el espejo como desmayado, colgando de lado, no se acordó. Maldijo en voz baja y sacó del maletero la rueda de cinta americana para reparar el desaguisado, arrancó el vehículo y se alejó sin acordarse aún, maldiciendo de nuevo y con el enfado invadiendo su rostro como una ola de lava.

Una hora después conducía por la autovía, bajo la lluvia, sorteando coches fantasmales en medio de la neblina. Miró por el espejo retrovisor y solo vio un intenso aerosol de agua gris contra un asfalto y un cielo grises; miró por el espejo reconstruido y, aunque modificó su posición para ganar ángulo, no pudo ver nada en aquel cristal inútil. Aún entonces, siguió sin acordarse. No fue sino hasta el momento en que inició la maniobra de adelantamiento, cuando el camión que le adelantaba a su vez -y que él no había visto por el espejo roto-, lo arrolló como si fuera de juguete, y lo lanzó haciendo trompos contra los otros coches y contra el muro del arcén, cuando, mientras su cerebro se vaciaba de cualquier realidad y todo dejaba de tener sentido, recordó con total nitidez una madrugada de hace más de treinta años, cuando la panda salía a beber y a ponerse a tono y el alcohol ya les había soltado la lengua, primero, y los impulsos, después, y aquella chica de la disco le había hecho la cobra delante de todos, y salieron a la calle con los pies inseguros y los ojos brillantes, guaseándose de la gracia y de su desgracia, y le entraron ganas de vengarse de ella y demostrarles a ellos con quién se jugaban los cuartos, y se fue hacia el único coche que quedaba a aquellas horas en la calle con la misma resolución que si fuera el suyo, para colgarse de uno de los espejos hasta que un chasquido como de cuello roto le avisó, y lo dejó así, colgando de los cables, como desmayado.

La vida simple

Si lo pensaba detenidamente, él no era un hombre brillante; pero, ¿para qué quería ella un hombre brillante, capaz de eclipsar con su luz la suya propia, o capaz de atraer, por el mismo motivo, a todas las mariposas que revoloteaban por ahí? ¿Cómo explicarle que lo que ella necesitaba en realidad era un hombre normal que supiera hacerse imprescindible? Sí, un hombre que supiera manejarse en el noble arte de la esgrima, con reflejos e imaginación y capaz de marcar sin herir; un hombre de tierna sonrisa y sosegados silencios; un refugio, a veces, y un niño siempre, pero, sobre todo, lo que ella necesitaba, era un hombre capaz de ordenar el frigorífico porque ella era una inútil para eso y estaba harta de encontrarse la fruta enmohecida y los yogures caducados.

El canto de las ballenas

Si usted lee esta “Nota de autor” quiere decir que yo ya habré muerto. He dejado esta nota redactada para acompañar este libro, también póstumo. Quizás, en unos años, algunos de esos que pasan por críticos y entendidos en la materia, se refieran a mí como una figura interesante, que leyó con sed, y que escribió, dibujó, pintó y esculpió sin descanso hasta su último aliento, mi último aliento, con algo de fortuna.

Mi abuelo decía que yo necesitaba tener la cabeza ocupada, pero se equivocó, porque lo que yo necesitaba tener ocupado era el corazón. Y no conocí otra forma de hacerlo. Leí, y leí mucho, para vivir otras vidas que no eran la mía, y escribí, y dibujé, y pinté e hice formas con mis manos porque no me quedaba más remedio, porque mi corazón no conocía otra forma de pedir ayuda.

De modo que sólo fue eso, querido lector –cómo no quererle, si está usted leyendo estas líneas-. Todo lo que hice fue como el canto de las ballenas, señales que en la distancia, otra ballena podría descifrar y acudir a mi encuentro.  No encontré otra forma de escapar de la soledad del mar inmenso.

 

Física y química

Es cierto que te quise, amor, y aún te quiero. Te quise y esperé que me quisieras, pero ya no tengo tiempo, no me queda más tiempo…

Sería más fácil si tuviera fe, esa fe bobalicona que niega los principios de la física y la química, del tiempo y del espacio que nos unieron y del impulso que me llevó a vivir contigo, sin ti.

Ahora la física se rinde y la química que me fundió contigo me deja el rescoldo de tu recuerdo, y con eso me basta para dejarme ir. Y yo ya no seré más que en tu memoria.

El libro

-Dedícame el libro, por favor.

Él entornó los ojos unos instantes y luego le pidió su barra de labios. Se pintó los suyos con el carmín y los puso una y muchas veces sobre la contraportada intacta y sobre la hoja de la dedicatoria del autor. Y se lo entregó así, todo lleno de besos.