Impunidad

Tenía prisa; quizás por eso, cuando fue a abrir la puerta del coche y vio el espejo como desmayado, colgando de lado, no se acordó. Maldijo en voz baja y sacó del maletero la rueda de cinta americana para reparar el desaguisado, arrancó el vehículo y se alejó sin acordarse aún, maldiciendo de nuevo y con el enfado invadiendo su rostro como una ola de lava.

Una hora después conducía por la autovía, bajo la lluvia, sorteando coches fantasmales en medio de la neblina. Miró por el espejo retrovisor y solo vio un intenso aerosol de agua gris contra un asfalto y un cielo grises; miró por el espejo reconstruido y, aunque modificó su posición para ganar ángulo, no pudo ver nada en aquel cristal inútil. Aún entonces, siguió sin acordarse. No fue sino hasta el momento en que inició la maniobra de adelantamiento, cuando el camión que le adelantaba a su vez -y que él no había visto por el espejo roto-, lo arrolló como si fuera de juguete, y lo lanzó haciendo trompos contra los otros coches y contra el muro del arcén, cuando, mientras su cerebro se vaciaba de cualquier realidad y todo dejaba de tener sentido, recordó con total nitidez una madrugada de hace más de treinta años, cuando la panda salía a beber y a ponerse a tono y el alcohol ya les había soltado la lengua, primero, y los impulsos, después, y aquella chica de la disco le había hecho la cobra delante de todos, y salieron a la calle con los pies inseguros y los ojos brillantes, guaseándose de la gracia y de su desgracia, y le entraron ganas de vengarse de ella y demostrarles a ellos con quién se jugaban los cuartos, y se fue hacia el único coche que quedaba a aquellas horas en la calle con la misma resolución que si fuera el suyo, para colgarse de uno de los espejos hasta que un chasquido como de cuello roto le avisó, y lo dejó así, colgando de los cables, como desmayado.

Tomás.

Desde que pasó lo de Tomás ya no fue el mismo. De pocas palabras, siempre a lo suyo, a partir de aquello se volvió taciturno y arisco; podía pasarse el día entero de un lado para otro, quitando malas hierbas, echándole a las gallinas, o limpiando el escaso estiércol que dejaba acumularse bajo las jaulas; cualquier cosa con tal de parecer ocupado y esquivar la angustia.

Tomás había sido su primer nieto y el que él había sentido más cercano. De pequeño, el crío pasaba los veranos pegado a sus perneras, paso que daba él, paso que daba el chico, como una sombra, siempre con una pregunta en los labios, revoloteando a su alrededor en espera de una respuesta que le dejara satisfecho. Y él sabía lo que le costaba, a veces, que el crío se quedara satisfecho, con aquella hambre insaciable de todo lo que su abuelo pudiera mostrarle.

Cuando, unos meses atrás, alguien habló de un accidente, él no quiso escuchar nada, no quiso conocer detalles, no preguntó, pero no pudo evitar saber que un maldito kamikaze se había lanzado contra el coche del muchacho cuando volvía del trabajo. No fue capaz de sentir odio, no fue capaz de llorar o de rebelarse, tan sólo sintió un terrible vacío, como si le hubieran arrancado las vísceras y los huesos y solo fuera un pellejo relleno de trapos y serrín.

A partir de ese momento, dejó de ser consciente del tiempo y del espacio, vagando sin sentido hacia ninguna parte, sin afán y sin esperanza. Tomás era más que su nieto, era más que un muchacho joven y animoso, con  muchas ilusiones y buenos sentimientos, capaz de comerse el mundo hasta que el mundo decidió comérselo a él. Tomás era su proyección en el futuro, la forma de seguir viviendo a través del chico muchos años después de que su propia vida terminara, y, bruscamente, ni Tomás ni él tenían ya futuro. Y él tampoco quería ese presente.

Cuando Juana llegó a limpiar, como hacía cada lunes y cada jueves, no encontró al viejo como solía ocurrir, desayunando un tazón de café con pan migado en la cocina. No le extrañó demasiado porque, a veces, salía temprano a dar una caminata por el campo, con el perro, y, desde luego, parecía que el animal no estuviera en casa, porque no había salido a recibirla como hacía cada vez que escuchaba la llave en la puerta.  La mujer se dio cuenta de que la mesa seguía puesta desde la noche anterior, a juzgar por la vajilla y por la cena que aún estaba allí, fría y reseca ya. Miró a su alrededor buscando algún indicio de lo que hubiera sucedido y presintió, más que oyó, unos leves gruñidos que venían de la parte de atrás de la casa. El perro estaba allí, pateando con insistencia la puerta del cobertizo, gimiendo levemente, y no se separó de allí cuando Juana se acercó. La mujer abrió la puerta con miedo pero con determinación, y ni siquiera se sobresaltó cuando vio la silueta del viejo colgando de una viga, recortada por la luz de los ventanucos que tenía detrás. Tenía la cabeza amoratada, hasta donde le apretaba la cuerda, los ojos saltones bajo los párpados y la lengua asomando, negruzca, por la boca entreabierta. Bajo él estaba la sillita de colegio en la que Tomás se sentaba cuando era niño para escuchar a su abuelo; Juana supuso que el viejo se había subido en ella para luego hacerla caer de una patada y quedarse colgado. Las botas estaban cerca de la silla, colocadas juntas, y los calcetines estaban dentro de ellas, como cuando uno se va a la cama y coloca las zapatillas al borde de la alfombra. Juana permaneció junto a la puerta durante algunos minutos, incapaz de moverse o de pedir ayuda, consciente de que nada de lo que pudiera hacer iba a ser ya de utilidad; tan sólo era capaz de mirar alternativamente al viejo inmóvil, los zapatos ordenados y la silla caída. Pensó en el tacto acogedor de la madera en los pies del viejo, en que esa habría sido la última sensación antes del colapso, pensó en Tomás y fue a pedir ayuda.

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Amnesia.

Cuando tuve el accidente lo pasé mal. Al principio yo no era consciente de la gravedad de mis lesiones -estuve en la UVI durante casi tres semanas-, pero, lo supe luego, aunque las fracturas no eran graves, yo seguía inconsciente sin que los médicos supieran  muy bien por qué. Tampoco se explicaron mucho, o no me lo explicaron a mí, o soy incapaz de recordarlo, el batiburrillo que existía en mi cabeza cuando al final abrí los ojos al mundo.

Cuando dejé de ser un vegetal pasé a ser un extraño. Mi cerebro había despertado, pero no sé adonde ni de qué, porque estaba completamente vacío. No era capaz de recordar nada en absoluto, ni las personas, ni los hechos, ni, por supuesto, los afectos (¿cómo iba a sentir afecto por esa mujer que permanecía a mi lado día y noche? ¡Si ni siquiera sabía si se trataba de mi mujer, de mi amante, o de la vecina del cuarto! Aunque he de decir que ésta última duda fue la primera que resolví desde mi incapacidad; fui capaz, con bastante premura, de deducir que, si hubiera sido la vecina del cuarto, sin ninguna vinculación conmigo más que el hecho de cruzarnos en la escalera o bajar y subir en el ascensor, resultaba bastante improbable que se pasara las horas muertas al lado de un tío que no hacía más que mirar todo con ojos de desconfianza y que nunca, o apenas, contestaba a ninguna de las preguntas que se le hacían).

De esto hace ya más de dos años, y, por entonces, yo ya no tenía familia, como se entiende eso de tener familia, vivir con una pareja, o, incluso, tener hijos, o padres, rutinas, hipotecas, compromisos familiares…, todas esas cosas que después he aprendido y que suele tener la gente para no sentirse solo en el mundo. La mujer de mi inconsciencia era mi mujer entonces; bueno, he dicho antes que ya no tenía familia, debería aclarar que era mi mujer aún, porque acabábamos de meter los papeles en el juzgado para divorciarnos, de modo que, la muy ladina, permaneció a mi lado, en el lecho del dolor, mientras tuvo la certeza de que yo iba a morir y podía ser mi viuda, y rentabilizar “tan sensible pérdida”. Cuando los médicos le aclararon, que, sin saber cómo, yo me había llevado por delante sus sesudas estadísticas de morbi-mortalidad (esto lo aprendí luego también), decidió esperar a que el señor Juez decidiera sobre nuestro futuro económico, pero a dos mil kilómetros de distancia de mí. Y eso que podría haberme convencido de cualquier cosa con aquella cabeza de chorlito que yo tenía entonces. No puedo reprochárselo, al contrario, he de agradecerle que se alejara.

El neurólogo me explicó –sí, sí, era el de la Seguridad Social, quizás por lo insólito de mi situación, se tomó la molestia y el tiempo necesario para explicármelo, más de veinte minutos- algo que no entendí muy bien sobre los mecanismos de la memoria, sobre unas proteínas que fijaban lo que aprendemos y lo que vivimos como si fueran chinchetas sobre una tapicería, y, claro, depende de cuántas chinchetas tengas y de cómo las claves, para que esos recuerdos se queden fijos o se caigan de tu cerebro como un cuadro de la pared de tu salón. Incluso yo fui capaz de entender que en mi cerebro permanecían recuerdos y  capacidades que aún estaban ocultos bajo aquella corteza de estupor y de medicamentos, y otros, más intrascendentes, o más recientes, o vaya usted a saber, se habrían descolgado de forma irremediable. El problema estaba en qué nadie podía predecir qué era lo importante para mi cabecita, qué tipo de selección habrían hecho mis chinchetas para la decoración de mi imaginación y mis recuerdos. Vamos, que salí de la consulta en la convicción de que mi vida podía ser todo un espectáculo.

Si de algo puedo presumir a estas alturas, es de instinto de supervivencia, de modo que, gracias a él, he decidido convertir esta situación en una oportunidad, y estoy terminando un libro sobre esta experiencia de aprendizaje que mi editora se ha empeñado en presentar como un libro de autoayuda porque, según dice, no importa tanto el estilo literario (o las carencias en el estilo literario, diría yo), como la sensación que se despertará en el lector al conocer mi experiencia.

-Mira, no le des más vueltas- me dijo el otro día con tono de zanjar asuntos-, los lectores necesitan tener lástima de alguien para dejar de tenerla de sí mismos, y en ese libro te verán desvalido y necesitado de ayuda para reintegrarte a la sociedad.

Y, enarcando las cejas y dejando el bolígrafo sobre la mesa con un ligero golpe, para que no quedara ninguna duda sobre quién tomaba allí las decisiones, añadió: -¿No te parece que ver tus dificultades les hará sentirse mejor con lo suyo?- Y se quedó tan ancha.

Cosas así me han hecho replantearme cómo debo afrontar el día a día, pues he de reconocer que, en ocasiones, soy feliz con esta sensación de estar inaugurando mi vida constantemente. ¿Debería preocuparme? Yo nunca me he considerado alguien original o digno de mención, y, cuando digo nunca, me refiero a estos dos últimos años y también a mi vida anterior olvidada; pues, de haber sido la pedantería o el exceso de autoestima un rasgo de mi carácter previo al accidente, seguro que alguna pista quedaría de ello. Sin embargo, este hecho no implica que me sienta un individuo digno de lástima, ni mucho menos, hasta me divierten las situaciones que, a veces, se generan con este no entender asuntos que para otros son cotidianos y que mis pobres y agitadas neuronas se niegan a asimilar.

En una de estas ocasiones, a toro pasado (y nunca mejor dicho, ya entenderán por qué) habría podido ser gracioso el tema si no hubiera levantado ampollas en algunos de los que me rodeaban.

En aquellos días, unos seis u ocho meses después del fatídico y renovador accidente, era frecuente leer en los periódicos (yo devoraba cada días los periódicos de tirada nacional para situarme en un mundo que aún no era mi mundo) titulares sobre la conveniencia o no de prohibir las corridas de toros. Puedo jurarles que, en aquellos momentos, no podía entender cómo lo que yo interpreté por transporte de ganado de unos lugares a otros, podía generar polémica. No se podía condenar, ni a los toros, ni a ningún otro animal, a permanecer siempre en la misma finca, o en la misma granja, o en el mismo corral. Se conoce que el arte taurino (ahora sé perfectamente lo que es una corrida de toros, ya he estudiado el asunto, claro) no había estado entre las prioridades de mi vida interior, y nunca dediqué ni la más endeble de mis queridas chinchetas a sujetar el más mínimo conocimiento al respecto.

Mis amigos de entonces –no podría asegurar que fueran mis amigos de siempre, pues no podía recordarlos con claridad- decidieron que no podía seguir en tanta ignorancia en un asunto tan importante como los toros –y el fútbol, apuntaron después-, y decidieron llevarme a una corrida para imbuirme de ese afán españolizador . Yo les pedí, por favor, que me dejaran totalmente libre hasta el final, me sentía en la necesidad de presenciar el famoso espectáculo, verlo con mis propios ojos y luego ya les preguntaría yo las dudas que me surgieran.

Yo no podía creer lo que veía. De momento, la plaza me recordó, y mucho, los circos romanos que había visto en la enciclopedia de Historia que mi exmujer me había regalado, según dijo, para que me instruyera sobre los hombres de Cromagnon, ya que quería recordar mi pasado. Pensé que sobre la arena aparecería un toro dispuesto a luchar con un gladiador, cuando vi entrar por una de las puertas de la plaza una recua de hombres de lo más pintoresco. Los primeros iban vestidos de negro, con plumas en la cabeza, encima de unos caballos que a mí me parecieron magníficos, pero que me recordaban a los que tiraban de las carrozas fúnebres cuando era época de duelos a pistola en Madrid; bonitos, gallardos, muy diferentes de los que cerraban el cortejo, que eran gordos y torpes, quizás por los faldones, rígidos y pesados, que les estorbaban en las patas al caminar y porque llevaban también la cara tapada con una tela, y sus jinetes, igual de pardos, igual de pesados, con una lanza en una mano y un sombrerito redondo y encajado hasta las cejas, sin mucha gracia, a mi modo de ver. Sin embargo, lo que me dejó boquiabierto y como en trance, fue el grupo de hombres que caminaba entre los dos de los caballos. Iban en formación, como los militares, pero llevaban el uniforme de trabajo más extraño que yo había visto en mi vida (en mi vida pasada y en mi vida futura, ambas sin memoria). Me pareció, aunque a esa distancia tuve dudas, que llevaban un lazo en las zapatillas negras, sin cordones, pero me sorprendió muchísimo más comprobar cómo todos ellos se cubrían las piernas con unos leotardos rosas, y una especie de mallas cortas -no me parecieron pantalones, de tan ajustados que los llevaban-. Tanto la chaqueta, muy rígida, como las mallas, iban bordadas de lentejuelas, o de hilos dorados y plateados que dibujaban filigranas, muchísimas, y que brillaban al sol del atardecer. Una camisa blanca y una ridícula corbata completaban aquel traje tan extraño. Miento, llevaban todos un brazo en cabestrillo tapado por una capa corta, del color de las mallas, recogida con fuerza alrededor de la cintura, y de la mano libre colgaba un sombrero rígido, como tejido, con la forma de una boina recia, que luego se encajaron casi a rosca en la cabeza, con unas orejeras como tejadillos que, en realidad tampoco tapaban las orejas.

A mí solo se me pasó una idea por la cabeza, y lo pregunté, en esa curiosidad infantil que me devoraba:

-Pero, ¿en las corridas de toros se celebra el orgullo gay?-. Creí que se me echaban encima. No sirvió de nada explicarles que las medias rosas, y esos pantalones tan ceñidos que mostraban aquel bulto sospechoso en la ingle (sospechoso, no, tenía la certeza absoluta de saber lo qué había en aquel bulto), y esa capa recogida que dejaba el culo al aire cuando caminaban, me habían hecho pensar que iban disfrazados con un afán exhibicionista de claro tinte sexual.

Después de este error de cálculo ya no se me ocurrió hacer ningún comentario sobre las posturas del que ahora ya sabía que era el torero, símbolo varonil por excelencia, según me explicaron luego –hay que ver lo equivocado que puede estar un turista cuando llega de nuevas a un país-, ni, por supuesto, de todo lo que vino después, incluyendo la sangre, y la muerte, y el fervor del público aplaudiendo cuando el toro cayó malherido, y la ofuscación de otro de los hombres que insistía en clavar un puñal en la nuca del animal cuando ya tenía los ojos vidriosos, y la suelta de pañuelos blancos, como palomas de muerte, pidiendo, según me contaron también, que le cortaran las orejas del bicho muerto para dárselas al torero.

No entendí nada, me negué a entender el simbolismo que mis amigos de entonces –ahora les veo poco porque paso de toros y de fútbol- querían explicarme.

No sé si este episodio irá incluido en mi libro, es posible que mi editora lo desaconseje para no herir susceptibilidades, pues pretende, como buena editora que es, que mi libro se venda a diestro y siniestro, que lo compren los taurinos y los antitaurinos también, como si fuera necesario definirse al respecto, y aunque no sepan que necesitan ayuda y piensen que la necesito yo.

Yo, de momento, voy a intentar quitar esta chincheta, a ver si el recuerdo se desprende de mi cabeza.