El lugar que ocupas

Soñó una mujer sin rostro de la que enamorarse y salió a buscarla entre la gente de las plazas, en los bancos de los parques, en los rincones de los cafés donde se esconde la gente solitaria. Todas las mujeres con las que se topaba tenían ojos, y cejas y boca, y ninguna, nunca, salió a su encuentro con un rostro vacío que, paradójicamente, él pudiera identificar. Por eso no la reconoció cuando se cruzó con ella la primera vez ni cuando, un tiempo después, sus conversaciones fueron una rutina necesaria; no  la reconoció cuando se saludaban con un beso en la mejilla, ni cuando el recuerdo de ella se le colaba en la mente sin avisar. No la reconoció porque él esperaba encontrarla algún día y ella llevaba ya mucho tiempo allí.

Literatura

A Gloria

-Profesor, usted que ha sido un gran estudioso de esta autora, ¿cree que influyó su vida privada en sus poemas?; porque nunca se casó, pero escribe muchas veces sobre el amor; ¿cree que sus poemas responden a una realidad?.

La chica se había empinado desde las sombras de las primeras filas y había acabado de pie, con el micro que le había alcanzado la azafata en la mano.

El profesor, un hombre de unos cincuenta años, de aspecto tranquilo y barba arreglada como al descuido, acercó un poco la varilla del micrófono de sobremesa y carraspeó levemente.

-Como probablemente saben ustedes, dijo, yo conocí personalmente a Isabel  Blanco y la frecuenté en sus últimos años porque su talento y su forma de hacer tenían un efecto hipnótico en mí. Isabel era una de las personas más interesantes que he conocido, y una de las más apasionadas y equilibradas a la vez.

-Efectivamente, continuó, ella nunca se casó, pero sospecho que fue para no someter a la rutina y al compromiso ninguna relación, por miedo a destruirla. Ella no hablaba de su vida privada en privado, “ya escribo –me decía-, mis poemas son mi alma desnuda”. Quizás se enamoró de alguien que no le correspondía, o quizás se enamoró de alguien a quien debió dejar marchar, quizás se enamoró en silencio y “para adentro” como le gustaba decir, “yo ya escribo para afuera y lloro para adentro”.

-En cualquier caso –y le pareció que se alargaba en la respuesta y miró de reojo al coordinador de la mesa que le seguía tan atento que se había olvidado del tiempo de los ponentes-; en cualquier caso, repitió, hasta donde yo conocí a Isabel Blanco y  hasta donde conozco su obra, estoy seguro de que ella amó mucho y muy intensamente. Ella no sabía vivir de otra manera.

La chica le había escuchado de pie, en señal de respeto. Cuando el profesor calló, se sentó de nuevo, y se dio cuenta de que le temblaban un poco las piernas.