La casa de ladrillo rojo

En la última curva de la carretera que atravesaba el pueblo había una casa abandonada. Era de ladrillo rojo y la vegetación que crecía sin control había ido cercándola, como si quisiera ahogarla. Ladrillo rojo en un mar verde. Todo en el pueblo era verde, salpicado por aquí y por allá de tejados oscurecidos por la humedad y fachadas de ladrillo o pintadas de colores claros.

En la casa de la curva solo habitaba el abandono. La verja de la entrada estaba entreabierta, o entrecerrada tal vez. Los arbustos habían invadido el espacio que permitía el paso y la puerta de hierro oxidado había quedado fija en un ángulo escaso, como si alguien se la hubiera dejado abierta al salir o, finalmente, no se hubiera atrevido a entrar. Sin duda hacía mucho tiempo que nadie atravesaba aquella entrada.

Los ladrillos rojos de las paredes lucían desgastados, envejecidos, como contagiados de la decadencia interior, de la falta de vida. Algunas ventanas permanecían cerradas, pero, la mayoría, de madera terriblemente envejecida por la falta de cuidado, despellejada y surcada de grietas, enmarcaban solo cuadros negros como pozos, sin la máscara benévola de los cristales. A través de la puerta principal, también entreabierta, se veía la vegetación que había invadido ya el interior de la casa.

En la segunda planta se mantenía firme la baranda oxidada de un balcón amplio y, en cada extremo del balcón había una silla de terraza, oxidada también. Las dos sillas estaban abiertas, una frente a la otra. Nada quedaba ya en la casa que pudiera recordar a los que habían vivido en ella. Nada, salvo las dos sillas esperando que la pareja que allí había vivido, saliera al balcón a la caída de la tarde -uno frente al otro, no frente a la calle o frente al monte-, para reposar, para conversar y para tomar el fresco en compañía.

Todo se lo habían llevado de la casa, menos las sillas del balcón. Todo había desaparecido ya, comido por el monte, pero, mientras las dos sillas siguieran esperando la puesta de sol, los dos viejos seguirían vivos allí, y la casa seguiría en pie.

El monte

Me doy cuenta, Isabel, de que ya no te necesito para ser feliz…

Esta mañana me levanté sin reloj, que era fin de semana y el cuerpo agradece esa espontaneidad; a lo lejos oí las rehalas de perros ladrando nerviosos, impacientes ante la suelta próxima, sedientos de muerte, e imaginé a los hombres, con ropas verdosas y sombreros pardos, riendo y vociferando para entenderse por encima del alboroto de los perros. “Como una liturgia”, pensé, “unos y otros se disponen para un ritual de sangre, tan asumido por todos que me mirarían como a un bicho raro si supieran cómo pienso, si supieran que me encoge el alma esta disposición tan natural para matar”. Decidí salir más tarde, no quería encontrármelos, y, menos aún, no quería reconocer a ninguno de los de aquí entre ellos; no quería que me llamaran para acercarme a sus corros, y sentir esa incomodidad de otras veces, que ni siquiera me permite ser condescendiente y reírles las gracias, como si yo también fuera uno de ellos…

He corregido primero unos exámenes y luego he salido a caminar, con mi vieja cámara de fotos, monte arriba. También he tenido que escapar de los domingueros, de la gente de ciudad que huye al campo cuando el tiempo es benévolo –y ahora lo es- y lo arrasa todo. Y los peores son los que de chicos vivieron aquí, que muchos de ellos huyeron de la vida en el pueblo y ahora regresan henchidos de orgullo para enseñarle estas tierras a los que nunca pudieron embarrarse por estos caminos, o resguardarse en un chicorzo escapando de la tormenta o asustarse cuando caen las castañas en medio de un silencio sobrecogedor; enseñan el campo como si fuera una extensión del salón de su casa, suyo sólo y con derecho sobre él y por eso abandonan por doquier latas de cerveza vacías y setas arrancadas por el mezquino placer que les da el desprecio por la naturaleza. He seguido un poco más allá, lejos de todo y de todos, salvo el monte en sí, y he caminado despacio, respirando el aire limpio, dejándome a ratos llover encima una lluvia fina que bajo los castaños se convierte en goterones; he sacado fotos de detalles, ya sabes como soy, me gusta fijarme en lo chico, en lo que casi siempre pasa desapercibido incluso para los ojos que van escudriñando todo alrededor, y se me ha ido el tiempo sin sentir. En realidad, he tenido la sensación de que el tiempo no existe, tan solo la vida, sin distingos; la luz que se filtra a través de las hojas verdes, la esponja de musgo que tapiza las piedras, el olor a tierra mojada, el perfume de los pinos, el oleaje de los castaños cuando los acaricia el viento, y yo mismo en medio de todo esto. Me he sentido como de espuma, Isabel, como si mi cuerpo no pesara, como si no hubiera cadenas que pudieran atarme. Feliz.

Cada vez necesito menos para ser feliz.  O quizás debería decir que, para ser feliz, me basta con sentirme libre.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Contrastes

A las 6:02 sonó el teléfono del Centro de Salud, la hora crítica en los servicios de Urgencias, el momento en que pasan revista en las Residencias de ancianos y el momento en el que los que han aguantado de noche para  no molestar deciden que ya no es demasiado pronto, antes de que sea demasiado tarde.

Sonó al otro lado la voz de un hombre ni demasiado joven ni demasiado viejo, tranquila, dulzona y hasta algo relamida.

-¿Podría decirme, por favor, cual es la farmacia que está ahora de guardia?.

La pregunta no le extrañó demasiado, la gente acostumbraba a utilizar al personal sanitario de cicerone para ahorrarse el paseo hasta la puerta del Centro y mirarlo ellos mismos, pero esa pregunta a las seis de la mañana, buscando la farmacia sin pedir un médico, no le parecía normal.

El hombre siguió dando explicaciones: “El enganche del tubo al gotero se ha obstruido. Sin duda, con algún movimiento brusco, se ha doblado la aguja y le he sacado una fotografía para coger otro igual”. El médico de guardia abrió los ojos más aún y, literalmente, sacudió el cerebro, a ver si era capaz de entender.

-Perdone, pero… ¿desde dónde me llama? Nosotros no dejamos puestos sueros en domicilio…

-No- dijo el hombre al otro lado encogiéndose, porque al médico le pareció sentir, por el tono, como se encogía un poco-. Es para mi gatita, que la tengo con suero constantemente para que no se muera. ¿Puedo pasar por ahí para ver si tienen ustedes uno igual?.

-¿A las seis de la mañana? Perdone, esto es un servicio de urgencias de personas; estamos atendiendo –recalcó. ¿Por qué no busca una clínica veterinaria que esté 24 horas?.

Todavía se oyó un “claro, claro” al otro lado antes de colgar.

A las 8:10 el teléfono volvió a sonar; una mujer avisaba de que un pariente suyo había aparecido muerto en casa. El médico preguntó el nombre del difunto y lo apuntó, preguntó la dirección y la mujer dijo solo un nombre sin número en medio de las dudas, pues ella estaba fuera y también la acababan de avisar; “a las afueras del pueblo”, comentó, y ya no supo darle más referencias. El médico se sentía ya impotente cuando, como por casualidad, la mujer comentó que alguien había avisado a la Guardia Civil. El cielo abierto.

A los treinta minutos de circular monte arriba detrás del todo terreno de la Guardia Civil, por un camino forestal de tierra apisonada –“menos mal que no ha llovido”, pensó en voz alta, y la enfermera movió la cabeza asintiendo mientras se agarraba al salpicadero para amortiguar un poco el bamboleo de los baches- llegaron a una casa, detrás de un recodo del camino. Salió a recibirlos un perro que no había ladrado al oír los coches y movía el rabo como si les conociera o como si estuviera deseando ver gente, y escucharon en seguida el balido de una cabra que les miraban atentamente desde detrás de una cerca. Un pariente del hombre muerto lo había encontrado boca abajo, caído en la entrada de la huerta que, a la vista estaba, había cuidado hasta el último momento de una forma primorosa. A su lado, sobre la tierra negruzca y blanda, una col y unas zanahorias con las hojas todavía tiesas le hicieron imaginar que el hombre estaba pensando en su comida cuando la muerte le atacó por sorpresa. Un chorro de agua canalizada llenaba una cubeta con ropa puesta a remojo y aún se notaba el calor en las cenizas de un hogar de piedras, junto a la entrada de la casa. No debía haber luz, desde luego no había bombilla en la puerta, porque el hombre llevaba una linterna de minero en la cabeza, que en aquel momento no lucía. El pariente que lo había encontrado comentó que el muerto vivía allí solo desde hacía más de cuarenta años, como un ermitaño, se apañaba con la huerta y el ganado –“una cabra, dos gallinas y un cerdo”- dijo, y solo bajaba al pueblo a por pan.

-De casualidad que he venido yo hoy; porque salí a por níscalos y pasé a decirle algo… y mira lo que me he encontrado.

No había signos de violencia, no había por qué molestar al Forense, de modo que cumplieron el protocolo habitual y regresaron monte abajo. El frío les dolía en los pies. A lo lejos se oían los tiros de los cazadores.