Escenas II

Por lo visto, el hombre llevaba ya unos minutos en el suelo, en la calle, cuando alguien decidió que aquello era tarea de la Policía Municipal. Por lo visto, no era la primera vez, de modo que nadie había pensado que se tratara de un infarto, o de un intento de homicidio, o, lo más simple, de un tropezón al descuido seguido de un mal golpe en la cabeza. Por lo que dijo la Policía cuando le trajeron a Urgencias, el hombre era un viejo conocido –joven por edad, unos 40 ó 45 años, pero conocido desde hacía tiempo porque, cada vez con mayor frecuencia, se empeñaba en dibujar con tinta de alcohol un círculo vicioso, nunca mejor dicho, del que, como de todos los círculos, es imposible salir-.

El hombre caminaba torpemente, pero por su propio pie, custodiado por los dos policías, uno a cada lado, como si fueran los diques que iban a impedir su desbordamiento, según se balanceaba con las piernas abiertas y poniendo los cinco sentidos que ya le faltaban en no mover demasiado la cabeza para no caer de nuevo. Se había meado en los pantalones, que aparecían renegridos por la puesta ininterrumpida durante días, y salpicados por la sangre que había dejado de manar  de la ceja derecha. La camisa tenía algunos botones arrancados y también estaba manchada de sangre, de tierra y de restos de bebidas con el olor dulzón del alcohol destilado.

-Lo traemos porque se ha hecho una herida en la cabeza- dijo uno de ellos, como disculpándose con nosotros.

No es frecuente que nos traigan borrachos al Servicio de Urgencias, tan solo nos traen a gente joven, demasiado joven, que bebe ocasionalmente hasta casi perder el sentido; pero, cuando beber demasiado se convierte en una costumbre, cuando los accidentes, las caídas y los escándalos son frecuentes, el bebedor pasa a ser un borracho, y los excesos y las broncas se pasan en casa. Por eso el Policía se disculpaba con nosotros, por romper esa rutina de intimidad familiar.

-Ya hemos avisado a su mujer- y todos nos pusimos a echar una mano para subirle a la camilla y evitar nuevos accidentes.

Cuando acabamos con él, me di cuenta del tremendo contraste que suponía la cura limpia sobre la ceja del hombre, y la frente y la mejilla recién lavados, con aquellas greñas llenas de sangre seca (como se cayó, la sangre corrió hacia el pelo, pensé) y aquella ropa sucia y maloliente. El hombre charlaba soltando incoherencias y bravatas sobre lo bien que manejaba él situaciones como ésta. A la vista estaba lo bien que se manejaba.

Cuando se estaba incorporando, con un movimiento algo rotatorio de cabeza, hasta encontrar el equilibrio, llegaron a buscarle su mujer y su hijo.

-¿Qué te ha pasado, hombre?- Preguntó ella avanzando hasta el hombre, como si necesitara alguna respuesta diferente a la que ya tenía solo con verle. Era delgada, y curtida, con el pelo largo sembrado de canas y recogido en una coleta en la nuca- con un obligado sentido práctico de las cosas, pensé. La gente que no tiene dinero se viste por necesidad, no por estética, no entiende de modas. Las mujeres no se maquillan, ni van a la peluquería. La gente que no tiene dinero no puede ir al dentista, pensé también, cuando me fijé en un hueco de su dentadura-.

-Nada, no me ha pasado naaada- respondió él, barriendo el aire con la mano derecha-. Que me he mareado y me he caído.

-Pero, ¿has visto como estás? –dijo la mujer, sin que sonara a reproche; incluso me pareció que había un tono de súplica o de resignación cuando se acercó para colocarse a su lado, como una muleta bajo su hombro, invitándole a salir con ella.

El hijo permaneció inmóvil, inexpresivo, en la entrada de la sala; quizás por eso me llamó la atención. No tendría más de 12 ó 13 años, y, en lugar de acercarse hasta su padre para ayudarle a salir, siguió quieto y a distancia, como si solo fuera un espectador. Me di cuenta de que, en realidad, no quería mirarnos; ni a los policías, que aún seguían allí, ni a la enfermera, ni a mí; como cuando éramos niños y nos escondíamos con la certeza de que, si nosotros no podíamos ver, tampoco nos verían a nosotros. Solo que él se había convertido en el centro de mi atención, como el primer plano que aparece en una película para mostrarnos a uno de los protagonistas mientras la escena se desarrolla fuera de cámara. Tuve la sensación de verme caer por un pozo oscuro y profundo, al que me empujaba toda la vergüenza que el chico sentía. Vergüenza ajena, pensé; pero la peor de las vergüenzas, la que siente por tener un padre así, cuando debería –necesitaría- estar orgulloso de él. Y vergüenza por tener una madre condescendiente y consentidora, con tal de que no haya bronca, de que él no se enfade y todo siga igual cada día. La expresión del chico me pareció desoladora, culpable, con ese sentimiento de culpa que, con frecuencia, tienen las víctimas; y empezó a ahogarme con un dolor casi físico. El aire de la sala de Urgencias se había vuelto caliente y viciado. Agradecí que la torpeza del borracho al salir mantuviera la puerta abierta unos minutos y pudiera entrar el aire fresco de la calle.

Lluvia y chocolate.

Ya se lo avisaron; que en el extranjero no ataban los perros con longanizas.

-No te vayas a pensar que allí las cosas son fáciles –le había repetido hasta la saciedad su madre, y, más o menos, lo mismo le habían dicho sus amigos. Pero le resultaba tan insoportable continuar en aquella situación que cualquier salida le parecía mejor que seguir así, muriendo por inanición…

-Tengo que intentarlo- argumentaba él como única respuesta. –Tengo que intentarlo.

Habían pasado ya tres meses desde su salida, o desde su llegada, según se mire, y ya había comprobado que, efectivamente, las cosas no eran fáciles allí, tampoco allí. Las oportunidades de trabajo no eran tales, se trabajaba a destajo en tareas de baja o nula cualificación, con un mínimo salario y azuzado por la urgencia de conseguir entender y hacerse entender en un idioma que, de momento, era tan hostil como el clima.

-Joder, si aquí llueve un día sí y otro también, si no he visto el sol desde que he llegado!

-Mira, no le des más vueltas- insistía en conversación con otro español que fregaba platos a su lado – un país donde el chocolate es una leche teñida de cacao no puede ser un buen país. Joder, con la de chocolates con churros que me he tomado yo en el Café de Oro, de esos que se quedan como con nata negra por encima cuando se van enfriando, que necesitas un buen vaso de agua detrás!

-Te lo digo yo, en España el trabajo estará jodido, pero sol y tapas en los bares y chocolate de verdad no nos faltan. Si, hasta cuando llueve, llueve diferente, con más luz!.

-Que por eso vienen todos estos a vernos; que estos tíos no pueden disfrutar de la vida con este cielo gris, hombre!- concluía hablando en presente, como si siguiera en España.

El otro asentía sin dudarlo, se hacía muy cuesta arriba levantarte cada día, abrir la ventana y ver aquel cielo de color “panza burro”, y a los cinco minutos, y, para el resto del día, lluvia, lluvia, lluvia…y frío. Y, para remate, si decidías pedir un chocolate para reponerte un poquito, te servían aquel beberajo en vasos de poliespán con tapa de plástico y pajita. Casi una ofensa, un sin sentido para alguien que hubiera disfrutado de un chocolate con churros como es debido.

-Te digo yo que si pusiera una chocolatería aquí, sería un éxito, porque lo es en cualquier parte, joder, y aquí, con el frío que hace y lo que llueve, más. Que a lo bueno se apunta todo el mundo, y estos, tontos no son.

-Ya, ya –terciaba el otro-, seguro. Y decía “seguro” en el mismo tono en el que puedes decir “hoy hay luna llena”, es decir, como algo evidente pero ajeno a tu voluntad.

Si no fuera porque los miraban mal cuando iban a pedir trabajo porque ya había demasiados españoles ayudando en las cocinas y limpiando wáteres, si no fuera por tener que trabajar 12 horas para pagarse la comida y la cama,  si no fuera por el problema del idioma, si no fuera… serían capaces de demostrar que allí quizás no ataran los perros con longanizas, pero ellos iban a conseguir que lloviera lluvia de chocolate.

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Escenas I

La chica entra en el viejo café y se dirige hacia la mesa del rincón más alejado, sin dudar ni mirar alrededor, como si trajera el sitio elegido desde casa. Afuera, en la terraza, casi todas las mesas están llenas de gente que engaña al sol de agosto bajo sombrillas inmensas, pero ella escoge el aire acondicionado del interior, del que todos parecen huir. Levanta la silla de madera, para alejarla un poco de las patas de hierro repintado de la mesa y la golpea sin querer contra la tapa de mármol gris, lamido en las cantoneras por el uso de muchos años. La chica mira frecuentemente hacia la puerta, como si esperara ver a alguien entrar, y empieza a mover arriba y abajo el pie derecho, como un péndulo que llevara la cuenta del tiempo, desde sus piernas cruzadas. El movimiento repetido afloja un poco la tira del talón y su zapato se balancea con un ritmo propio.

Cuando el camarero se acerca, la chica parece sobresaltarse y la cara inexpresiva se vuelve hacia él con un gesto rápido, y duda un poco antes de pedir algo, con un ligero movimiento de cabeza, como si hubiera olvidado lo que quiere o le diera igual una cosa que otra, o le molestara que la distrajeran de su tarea de vigilante. Antes de que le traigan un café con leche mira el reloj dos veces, el reloj y la entrada, por ese orden.

Al cabo de unos minutos se abre de nuevo la puerta y aparece él. Al verlo, la chica se aparta precipitadamente la taza de los labios, como si se quemara, incluso olvida pasarse por la boca la servilleta de papel blanco con el nombre del café, y se queda así, con el brazo izquierdo levantado para señalarle el sitio y el labio superior atrapado bajo la espuma de leche batida. El chico llega hasta su mesa pero no tiene intenciones de sentarse, por lo que se ve obligada a estirar el cuello y mirar hacia arriba si no quiere levantarse ella también. La chica empieza a hablarle y le señala la silla de al lado iniciando el ademán de acercársela, pero él no se da por aludido y permanece de pie, ni siquiera ha sonreído al verla. Ella parece encogerse, y le mira desde un poco más atrás, con los ojos más hundidos y una línea vertical y profunda que le separa las cejas. Él comienza a decirle algo, se apoya levemente con una mano en el respaldo de la silla que ella le ofrece mientras parece dejarse caer sobre la otra, con los dedos algo crispados sobre el mármol frío de la mesa, y le habla despacio, sin abrir mucho los labios, como remachando cada palabra, inclinado hacia la chica mientras ella retrocede un poco más. Después, durante unos segundos, los dos guardan silencio, él permanece de pie, con ausencia de expresión en su cara; ella está más pálida, incluso le tiembla un poco la barbilla y los ojos se le llenan de agua, tanto, que apenas puede ver como él se gira bruscamente y avanza hacia la puerta sin mirar atrás. Cuando ella puede reaccionar, se seca la mejilla derecha con la mano y sale precipitadamente detrás de él. Sobre el mármol de la mesa queda el café derramado, y la taza volcada, manchada de carmín.

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En el ocaso

Escoger el nombre había sido cosa de su madre, o, al menos, así se lo contaron cuando era pequeño, cuando él se dio cuenta de que casi todos los niños tenían un nombre corto y él, en cambio, no. O eso le parecía a él.
Solía llegar corriendo desde la escuela a su casa y le preguntaba a mami por qué sus amigos se llamaban Luis, o Manuel, o Jesús, o Javier, o… y él se llamaba con ese nombre tan largo, tan raro.
Su madre, entonces, dejaba la patata a medio pelar en el cestillo, o la labor de costura sobre la mesa camilla, y posaba sus manos, aquellas manos tan ágiles y delicadas aún, sobre sus pequeños hombros, se colocaba frente a él, con los ojos a la altura de los suyos, y le miraba con tanta ternura como él nunca volvió a ver en otros ojos a lo largo de su vida, ni siquiera en los de ella.
Entonces mami le contaba cosas de cuando su padre y ella eran muy jóvenes y no podían separarse uno del otro, -luego sí, luego papá desapareció de pronto un día y mamá lloró mucho, y muchas, muchas veces después, la vio en la ventana, con la mirada lejos y los ojos aguados-, y le contaba cómo soñaban con tener un hijo, el hijo más querido del mundo, el más deseado, porque ellos se querían tanto y querían tantas cosas buenas para él, que, incluso, habían decidido no ponerle un nombre cualquiera, un nombre vulgar como tantos otros. Su hijo era especial, y su nombre debía serlo también. Su nombre era el nombre de su abuelo paterno, porque papá había venerado a su padre y quería que su hijo heredara con el nombre la dignidad, la fuerza de voluntad y el carácter templado que siempre había admirado en él, y mamá escogió cuidadosamente un segundo nombre, nuevo, limpio de lastres, abierto a todas las posibilidades buenas que juntos se atrevieron a soñar para él, para su futuro.

Yo le conocí cuando los sueños de papá y mamá ya se habían esfumado, cuando ya era un viejo de poco más de cuarenta años que caminaba torpemente, como si fuera un polichinela, y el encargado de manipularlo no acertara a mover los hilos sino a base de pequeños tirones. Sus adicciones y todo lo que había ido dejando atrás a lo largo de su vida le habían vuelto gris la piel y el pelo raído, como de estopa, y miraba desde detrás de unos profundos ojos negros, bordeados de surcos más profundos aún. No podría decirse si se dejaba vivir, o, más bien, se estaba dejando morir, tal era su agotamiento. Su madre, a veces, le hacía compañía. Era la única que le seguía llamando por su nombre completo, quizás, pensaba él, porque seguía llamando al hijo que una vez soñó y que, a estas alturas, ya se había ausentado para siempre.
Se sabía próximo a la muerte, con esa certeza que no sienten los que cada día juegan con la vida como si fuera eterna. A veces, se mortificaba pensando cuánto de errores pasados y cuanto de mala suerte había en su camino, para después dejarse envolver en un bálsamo de resignación, de conciencia fatal a mitad de camino entre el azar y el destino, entre el remordimiento y la aceptación.
Se sentía un fracasado; seguro que no había sido el hombre que habían soñado por él, y el miedo y la debilidad le seguían paralizando, pero, en la oscuridad de su habitación, cuando los minutos se volvían eternos, enfrentado a su propia conciencia, se reconocía capaz de buscar la fuerza suficiente para enfrentarse a la muerte, a una muerte cierta y cercana ya.
Entre la niebla y el sueño, tuvo la revelación de su propia esquela, con aquel nombre suyo tan largo, tan único, y se dejó llevar; sin resistencia.

Todo es cierto, salvo alguna cosa…

Acabo de orinarme encima.
Los pantalones azules oscuros, heredados de mi hermana –a los seis años, casi toda la ropa que tengo es heredada de mi hermana mayor-, tienen ahora una mancha más oscura aún en la entrepierna, que se extiende hacia abajo por las perneras. Ahora están húmedos y calientes pero, cuando mi hermana venga a buscarme para llevarme a casa, la mancha ya estará fría, y sentiré más frío aún al salir a la calle, porque es invierno y tendré que caminar encogiendo un poco las piernas para resguardarme.
Doña Carmen, la maestra, está tiesa como un palo, al lado de su mesa, mirándome con los ojos como platos, los brazos a lo largo del cuerpo y las manos entre los pliegues del vestido oscuro. Doña Carmen casi nunca extiende las manos para acariciarnos la cara o colocarnos las trenzas, Doña Carmen casi siempre tiene puños, dispuestos a golpear.
-¡¿Te has meado encima?!- y adelanta un poco la cabeza, e inclina el cuerpo sin mover los pies, como si estuviera clavada en el suelo de madera del altillo desde el que nos vigila. -¡¿no os he dicho que me pidáis permiso para ir al water?!.
Yo no respondo, me quedo de pie, sin decir nada, ni siquiera intento tapar la mancha de orín que me delata, porque estoy llena de vergüenza y de miedo, y, además, aún tengo ganas de orinar.
Todas las niñas de la clase de tercero de párvulos me miran, se miran a sí mismas, desde sus pupitres de madera vieja y gastada. ¿Y, cuántas niñas antes que yo, y cuántas Doña Carmen viejas, gritonas y amargadas enseñando a niños que no son suyos, empecinadas en que la letra con sangre entra y en que la mano dura hace milagros?.
-No me dio tiempo…-respondo tímidamente. Pero no estoy segura de que haya llegado a oírme, en realidad no lo ha preguntado esperando una respuesta, le da igual lo que yo pueda decirle. Yo ya llevaba un rato despistando la urgencia de mi vejiga moviendo las piernas sin parar bajo el pupitre, dibujando números en la pizarra con el pizarrín de manteca y culeando, hasta que la urgencia pudo más que mi deseo de no interrumpir la explicación sobre las sumas y las restas.
-Mari Tere, vete a la clase de Dª María Rosa a buscar a su hermana y que se la lleve a casa.
Seguro que mi hermana piensa “¡otra vez!”, y vendrá a buscarme con ese mohín en su cara que tan bien conozco, me llevará a casa de la mano, ella un poco adelantada y tirando de mí, con el brazo rígido como un remo, porque está enfadada. Y avergonzada de que su hermana pequeña sea una meona.
Mientras espero a mi hermana, Doña Carmen saca a la pizarra a mi amiga Maribel para que haga una suma de ejemplo. La maestra escribe dos números con la tiza blanca, siempre tiene blancas las puntas de los dedos y siempre se sacude el vestido oscuro salpicado de polvo de yeso, y Maribel tiene que poner la suma debajo de la raya que está dibujando Doña Carmen. Mientras mi amiguita piensa la respuesta, la maestra escribe otra cuenta, y otra más. En la primera, Maribel acierta de pleno, aunque dudaba antes de escribir con dedos temblorosos, por lo que se rompe la barra de tiza al hacer fuerza y Doña Carmen le riñe y le da un trozo muy pequeño para evitar que se repita el destrozo. En la segunda se confunde y tiene que rectificar cuando Doña Carmen le pregunta si todavía no sabe ni hacer sumas de una cifra. En la tercera, ante el mutismo de Maribel, la maestra se acerca y la agarra por las orejas y tira de ella hasta la pizarra negra de la pared, hasta golpearle la frente contra ella mientras pregunta, no sabemos a quién, cómo va a ser capaz de meternos las matemáticas en la cabeza. Ninguna de las niñas osamos movernos, y Maribel intenta no llorar, a pesar del golpe en la frente, y del susto que se ha llevado, pero no lo consigue. Llora y moquea con tanto desconsuelo que el suelo se moja entre sus zapatos. Yo intento distraerme del frío de mi pantalón, y del tirón de orejas que me duele a mí también; por eso me fijo en la fotografía que está colgada sobre la pizarra, un hombre calvo y con bigote, con una especie de cinturón que le cruza el pecho, y una chaqueta cerrada hasta el cuello –es el mismo de los sellos de correos que utiliza mi padre para sus cartas, él los compra en pliegos y yo los desprendo por las líneas de puntos y los guardo, uno sobre otro, en una cajita de plástico transparente-, y una cruz de madera, con un hombre de metal que está clavado en ella con los brazos en cruz y la cabeza baja. Yo los veo, pero ellos no nos ven, seguro. No les preguntará a ellos, supongo, hasta una niña de seis años sabe que ninguno de los dos puede responder, ni siquiera pueden vernos… ¿Cómo iban a dejar que Doña Carmen nos diera en las uñas con la regla de madera si ellos nos estuvieran viendo?
Tener que ir a casa a cambiarme de pantalones hace que, tanto mi hermana como yo, no lleguemos a tiempo de ponernos a la cola en el recreo. Cuando llegamos al patio central de las escuelas, las filas de los niños ya casi se han desbaratado, y las de las niñas ya no existen, ya han repartido toda la leche de polvos que llenaba los peroles de porcelana del color del vino tinto, y el que más y el que menos, se entretiene jugando.
Después del recreo me ha parecido que Doña Carmen entraba más tranquila en la clase, el tono de su voz suena casi afable, pero todas nos mantenemos en guardia.
Cuando Doña Carmen vuelve al templete donde está su mesa, con la tiza en la mano derecha, levantada como si fuera un arma dispuesta a atacar a la pizarra, da un paso que casi la levanta en el aire y cae estrepitosamente al suelo, con tal golpe en sus posaderas que ha retumbado la madera, y su alarido atraviesa en nuestros oídos y la pared de la clase, porque en seguida llega la maestra de la clase de al lado para ver qué ha pasado.
Lo que pasa es que, al acercarse Doña Carmen a la pizarra, dispuesta a meternos en la mollera las sumas y las restas, ha pisado los mocos que Maribel no había podido arrastrar con la manga del baby, y habían quedado en el suelo. Lo que pasa es que todas miramos muy atentas, con los cuellos estirados como las gallinas, alzadas sobre los pupitres para alcanzar a ver, pero sin atrevernos a dejar los asientos para que no nos riñan. Nos brillan los ojos e incluso nos reímos a escondidas y cuchicheamos mientras Doña Carmen se ve incapaz de levantarse y se agarra tanto a la maestra que intenta ayudarla, que casi la tira también.
Doña Carmen no volvió a pegarnos. No sé convirtió en una buena maestra, ni en una maestra buena; dejó de dar clase porque sus viejos huesos no soportaron la caída y tuvo que guardar reposo más tiempo del que ella quería y el Ministerio pudo tolerar. En su lugar, a mi escuela llegó una maestra joven, de piel clara y voz suave, que nos explicaba despacio lo que se puede conseguir jugando con los números, y las maravillas del mundo que nos esperaba fuera, de modo que todas teníamos ganas de comprobarlo y salíamos en algarada de la escuela.

Mi memoria histórica.

La madre de mi padre se llamaba como yo, o, quizás mejor, yo me llamo como ella. Era una viejita pequeña y de carácter algo huraño, de moño apretado y nariz chata, muy chata, manos cuadradas de dedos cortos y vestida de gris, o de negro, o de negro con pintitas grises,…Recuerdo que, cuando ya estaba enferma, en una de esas largas enfermedades que socavan el cuerpo con tremenda paciencia hasta agotarlo, me llamaba para que le ayudara a ponerse las medias, tupidas y negras. Quizás su orgullo oculto bajo unos modos ásperos se relajaba un poco conmigo, porque llevaba su nombre y era la más pequeña. Mi abuela es ese recuerdo, y una fotografía familiar en el huerto de casa, seguramente un domingo después de misa, todos arregladitos, llevando en brazos a una niña menudita que no llega, probablemente, a los dos años, toda vestidita de blanco, y ella, toda vestidita de negro. Blanco sobre negro.

 Mi abuelo paterno, en cambio, sólo fue la fotografía de un hombre con chaqueta de pana, pantalón de pana, gorra y un varal bajo el brazo para ayudarse a dominar las vacas que cuidaba para otros.

 La madre de mi madre era la mujer joven que mostraba una cara resignada y envejecida prematuramente, y que aparecía en el cuadro del pasillo de mi casa en una composición fotográfica y extemporánea, forzada por la habilidad del fotógrafo, junto a un rostro masculino y joven, más joven que ella en tiempo y apariencia, peinado cuidadosamente, con un bigote rotundo y unos ojos tan profundos y negros como los míos y como los de mi hijo.

 El joven de la foto, mi abuelo materno, fue siempre el gran ausente, fue la presencia arrebatada. Durante años he visto al hombre de la foto con el mismo traje que lleva en ella pero sucio de barro, descosido y con los botones arrancados, con el cabello despeinado cayendo sobre la frente y los ojos negros, más negros aún por el miedo y la certeza de la muerte próxima, caminando junto a otros hombres sin rostro, tres o cuatro lo más, también jóvenes, todos con las manos atadas a la espalda y trastabillando por el borde de un camino, empujados a empellones por otros hombres de dientes apretados y rostro endurecido.

 He vivido con esta imagen todos estos años y hoy se me viene encima todo su miedo, toda su desesperación. Hoy, un documento escaneado, adjunto en un correo electrónico, me dice que su dolor y su impotencia tienen lugar y fecha. Víctor Sánchez González fue fusilado el 12 de septiembre de 1936 en Granadilla, provincia de Cáceres, a la altura del kilómetro  93,9 de la carretera de Valverde a Hervás; motivo de la muerte “disparos de armas de fuego”. El Registro Civil no toma nota de la realidad, solo de las circunstancias. Debería decir, motivo de la muerte “la intolerancia y la mezquindad” pero el apunte “disparos de armas de fuego” es mucho más conciso, y más gráfico. Debe serlo tanto, que aparece tachado. No está bien escribir que a alguien lo fusilan solo porque sí, sin cargos, sin juicio, solo con la sentencia de quien todo lo puede porque decide sobre la vida de hombres maniatados. El rigor profesional, en el margen del documento, aclara que las tachaduras se hacen por comunicación del superior del partido, en base a la orden nº 86 de la Ley. Qué cómodo es hacer leyes que protejan la impunidad y la vergüenza; menos mal que hay escribientes que dejan constancia en los papeles, constancia del deber cumplido, doble constancia del atropello de la muerte y del atropello de la mentira después. 

 Tenía treinta y seis años y, como sucedía en esos casos, a partir de su muerte, su viuda y sus cinco hijos vivieron como mal pudieron, bajo el signo de Caín, como tantos otros. El tiempo no lo cura todo, no nos engañemos, solo va echando tierra sobre nosotros, y por eso, cincuenta o sesenta años después, la biznieta del condenado sin delito y la biznieta del asesino pueden ser amigas, que en los pueblos pequeños, la mayor coincidencia es la edad y eso hace caer todas las barreras, sobre todo cuando la historia se ha tejido a base de silencios, unos, por temor, y otros, quizá por remordimiento.

 Mi madre ha vivido en el temor toda su vida, y nosotros, sus hijos, hemos tenido que librarnos de ese miedo que, a base de generaciones, se torna atávico, casi genético. El asesino quizá vivió en el remordimiento hasta convertirse en un viejo incapaz de soportar la carga de su delito. No hay redención sin castigo; quizá buscaba esa redención mientras hacía un nudo en la soga de la que acabó colgándose.

 

 

 

Acta de defunción