Diario de Pepín. Día 115

Mamá está muy triste; lo noto en cómo me mira. Ella sale al balcón y mira la calle desierta y, hoy también, la nieve que cae. No hay gente en la calle, apenas pasan algunas personas y yo no me encuentro con perros con los que jugar.  Me he puesto muy contento esta mañana porque, al salir a hacer pis, caían copos enormes de nieve que yo me comía nada más caer al suelo, pero luego ya también se me pasó la gracia y solo notaba el frío.

Mamá se ha ido a trabajar. Dice que va a estar sola y que, por eso, no va a contagiar a nadie y nadie la va a contagiar a ella. Pero la he oído hablar por teléfono y se le cortaba la voz cuando decía algo del esfuerzo que está haciendo mucha gente para que no  nos pase nada, para que se mueran menos personas y para que respetemos la vida propia y la de los demás (eso decía) y se le empezaron a caer unos lagrimones como yo nunca le había visto. Y también se ha enfadado mucho con un inglés –yo no sé quién es pero ella se enfadó mucho- y con “todos los indeseables egoístas” que desprecian a los demás. Eso dijo.

También dice que le da mucha pena no poder abrazar al chico de la gorra. Por eso yo me pego a ella y apoyo la cabeza en su pierna y entonces ella me abraza. A Sofía también la acaricia, porque Sofía está más mimosa que antes, debe ser que le da envidia.

Esta noche he decidido

Esta noche he decidido

morir un poco,

dejar un poco de ser  yo;

dejar de ilusionarme, tomar distancia

de este ir y venir

que me fatiga;

verlas venir, si es que vienen,

pero no buscarlas.

Esta noche he decidido

no cabalgar la cresta de las olas.

Quizás este trocito de mí

que ya está muerto

ocupe más que mi presencia,

quizás el hueco llene más que yo.

Pero morir

es tan triste siempre…

Sombras y luces

No es un mendigo aunque podría parecerlo por su ropa gris, los mendigos no colorean su aspecto porque no hay color en su vida, buena gana de fingir, y, además, es más discreta la sombra de los grises que las luces del color, no vaya a ser que, además de mendigar, se llame la atención, y eso no está permitido por los que tienen de todo o casi de todo, ni se lo permite al mendigo la propia vergüenza, que no se ha conocido a ninguno orgulloso de serlo. Si nos fijamos bien, tampoco parece un mendigo a pesar de los grises y de que camina un poco encogido, arrastrando los pies como el preso que arrastra una pesada cadena, y con la cabeza escondida entre los hombros, por miedo o por vergüenza, o, simplemente, por falta de entusiasmo para empezar el día. Podría parecer, si nos fijamos, un hombre sólo, que camina sólo y se siente sólo, quizás, porque brilla en sus ojos un punto de dignidad por encima de la amargura que traza los surcos en su cara, como de quién ha sido y quiere seguir siendo, como de quién no se resigna, de quién todavía puede encontrar algo de fuerza para continuar, aunque sea hacia no se sabe dónde.

Hoy he vuelto a verle, medio arrastrado por un niño pequeño que le llevaba de la mano y tiraba de los dos entre brincos y chillidos, sorteando bordillos y escalones, pero sin soltarle nunca, que la carga se arrastra mejor si se comparte y el chiquillo se sabe, sin saberlo, más fuerte que el viejo y  más capaz. De pronto, el niño se ha parado y le ha hecho señas para que el hombre se agache y, cuando lo ha hecho, no sin cierta dificultad, que los goznes no ceden solo porque uno afloje en la amargura, le ha dado un abrazo colgándose de su cuello. En unos instantes, han seguido el camino los dos, el viejo, menos viejo, y el niño, más mayor; el niño caminando más despacio, y el viejo, casi sin arrastrar los pies.