Esta noche he decidido

Esta noche he decidido

morir un poco,

dejar un poco de ser  yo;

dejar de ilusionarme, tomar distancia

de este ir y venir

que me fatiga;

verlas venir, si es que vienen,

pero no buscarlas.

Esta noche he decidido

no cabalgar la cresta de las olas.

Quizás este trocito de mí

que ya está muerto

ocupe más que mi presencia,

quizás el hueco llene más que yo.

Pero morir

es tan triste siempre…

Luna llena

Miró al cielo unos instantes y apuntó en el cuaderno abierto sobre la mesa, Esta noche, la Luna es un gran queso de bola. Qué poco romántico, pensó, donde los poetas encuentran inspiración constante yo sólo veo cosas de comer; será que tengo hambre… Pero entonces reparó en que había escrito Luna con mayúscula y ya le pareció que ese gesto denotaba que él también tenía un sentido lírico de la vida. Se quedó más tranquilo.
Cada día se levantaba con el mejor de los ánimos, con ganas de comerse el mundo, de saborear cada minuto –y dale con las cosas de comer-, y, cada día, alguien, algunos o casi todos, se empeñaban en ponérselo un poquito más difícil cada vez, y él se debatía entre lo que deseaba y lo que tenía, entre lo que imaginaba y lo que veía a su alrededor.
Por un momento se preguntó si realmente él sería un pesimista que se empeñaba en disimular constantemente su propia forma de ser con el afán de creerse él también su propia mentira, quizás sólo representaba un papel que el azar le había asignado por eliminación de los demás, quizás…
Se sorprendió mirando a la Luna de nuevo, en realidad no podía separar los ojos de aquella Luna inmensa, suspendida y amarilla. La Luna dominaba todo lo que se veía y todo lo que se podía adivinar más allá de su luz, la Luna atraía su mirada como atraía las aguas del mar o el pensamiento de los locos.
Siguió mirando sin apenas pestañear, hasta que los ojos le quemaban, y, entonces, la vio. La vio y el corazón le dio un vuelco en el pecho y la cabeza, por un instante, se le quedó vacía de sangre; pero la vio, e, inmediatamente, decidió que nunca podría contárselo a nadie; una niña vestida de negro y con un sombrero puntiagudo cruzaba el cielo subida en una escoba. La vio al contraluz de la Luna, y nadie podría discutírselo, porque él miraba atentamente cuando la niña volvió su cara hacia él y le hizo un guiño, sonriendo.